De la puerta entreabierta al pasen y vean


Supongo que, si no fuera porque este blog no aparece indexado en los resultados de Google, alguien de Microsoft ya me habría enviado un email para pedirme explicaciones.
Después de hablar el otro día sobre Bing, hoy me toca hablar sobre el otro proyecto estrella de los chicos de Bill Gates: Windows 7. Para empezar, esta mañana vi las estadísticas de u
so de sistemas operativos, y ocho años después de su lanzamiento, Windows XP sigue moviendo la mitad de los ordenadores del mundo.

Después de haber tenido que admitir que Windows Vista es un mal producto -apostaría a que el 99,9% de personas que lo usan, compraron el ordenador con Vista preinstalado-, parece que quieren hacer las cosas bien con Windows 7. El pasado día 11, en un ataque de sinceridad, un directivo de Microsoft admitió que se habían inspirado en Mac para hacer el diseño gráfico de W7.

La cosa no acaba ahí. Porque anteayer Microsoft anunció el lanzamiento de un programa para vender publicidad sobre el escritorio de Windows 7. En principio, lo que están proponiendo es la descarga opcional de "themes" de marcas; es decir, que el usuario puede descarga
rse desde la web de Microsoft un salvapantallas de Coca-Cola, customizar los sonidos para que al abrir una ventana suene como el motor de un Porsche o colocar de fondo de pantalla una película de la Fox.

No tengo Windows 7, pero si el sistema es así, opcional y no intrusivo, me parece bien. Es decir, me parece bien moralmente, aunque desde el punto de vista de márketing me parece estú
pido que por ejemplo la Fox pague a Microsoft por alojar los fondos de pantalla de Avatar en una web de Microsoft. El usuario que quiera bajarse un fondo de pantalla de Avatar hará lo que ha hecho siempre: irse a la web oficial de la película, y bajarlo. O, más rápido, abrir Google Images y seleccionar una entre las decenas de posibilidades disponibles.

Lo inquietante de esta noticia es lo complicado que parece abrir la puerta del sistema operativo a los anunciantes, y mantenerlos a raya para que no dañen la experiencia del producto. Que los anuncios no den el coñazo cada vez que encendemos el ordenador, vamos.
La publicidad en el mundo online puede ser cualquier cosa menos intrusiva. Como muestra, un botón: mi proveedor de internet, Orange, me ha obsequiado con un pop up que
aparece cada media hora en pantalla acompañado de un sonido (chaaaaaaaaaaaaaaan!) que me interrumpe lo que sea que estoy haciendo. Lógicamente, a cada aparición del dichoso pop up (que es imposible de desinstalar), mi odio por la marca va creciendo exponencialmente.

¿Es posible dejar entreabierta la puerta del sistema operativo a la publicidad? Es una cuestión de fondo para la que no estoy seguro que Microsoft tenga una respuesta clara. Igual se trata de cambiar el modelo de negocio, y regalar el producto a cambio de recibir publicidad. En otras palabras, hacer lo que hace Google.


Y hablando de Wind
ows 7, no puedo dejar pasar por alto algo tan brillante y sencillo como lo que han hecho los chicos de Mac en Adwords. Genial.

Cien años de efectos en cinco minutos

Bing, en toda la boca


El pasado mes de mayo, la prensa mundial apareció invadida de entrevistas con Steve Ballmer y comunicados de prensa de Microsoft. El objetivo: promocionar el lanzamiento de Bing, el nuevo y revolucionario motor de búsqueda con el que los chicos de Redmond quieren hacer frente a Google.

Supongo que como la mayoría del personal que se pasa media vida conectado a internet, mi reacción fue automática: tecleé bing.com y me puse a probar el nuevo buscador.
Lo primero que ves es una foto aleatoria en el fondo. Esto, independientemente de que implique tiempo de carga de la página adicional, tiene cero valor añadido. Si por lo menos te pusiesen en un pie de foto "Tribu Atagualpa degustando sopa de ñu" o la imagen fuera de un fotógrafo conocido, o Natalie Portman... lo que sea, pero así, no.

Hice un par de búsquedas (sí, una de ellas fue mi nombre) y me quedé como estaba. La única novedad es que no había publicidad ni en el lateral, ni sobre los resultados de la búsqueda.

Así que lo cerré y seguí utilizando Google. En la web no hay segundas oportunidades.


Ayer, día 10, abro la edición digital de El País, y leo una entrevista con Jordi Ribas, un español encargado del desarrollo de Bing. El titular prometía: "En diez años, si todo va bien, queremos superar a Google". Empiezo a leer el intercambio de preguntas y respuestas, y me bloqueo en la tercera:

P. ¿Cuánto queda para que Bing esté completamente listo en Europa y en España?

R. Aún no hemos anunciado nada en ningún mercado europeo, en parte para que nuestros competidores no lo sepan. Queremos estar preparados. No nos vamos a poner de momento una fecha, vamos a ponernos un nivel de calidad. Y cuando la consigamos, entonces lo lanzaremos.

Lo vuelvo a leer. Alucino. Busco (en Google) uno de los comunicados de prensa de mayo. Lo encuentro. Y es verdad: Microsoft lanzó en mayo Bing... en EE UU. El resto del mundo estamos utilizando el mismo churribuscador antiguo, Live, pero con el logo de Bing en su lugar.

¿Cómo se puede ser tan torpe? ¿Cómo aspiran estos señores a competir con Google, si ni siquiera saben lanzar un producto? Lo primero en lo que pensé fue en el estreno de Batman, cuando -como conté en mi anterior post- las películas americanas llegaban a Europa con meses de retraso.

Es ridículo pretender lanzar un producto online y restringir geográficamente ese lanzamiento. Lo que ya me parece que no tiene nombre es lanzar una nueva marca -Bing- para envolver un producto fracasado bajo otra marca -Live-. Es como, qué sé yo, si Nintendo hubiese lanzado la Wii, y al abrir la caja te encuentras con la Nintendo 64. O como si Coca-Cola lanzase una nueva bebida y dentro de las latas metiese Cherry Coke. Absolutamente demencial.

Y pretenden superar a Google en diez años. Les sugiero que empiecen por la base: no le tomen el pelo al consumidor.

Batman, 20 años después

Para los de mi quinta, que no vivimos las colas en el cine en el estreno de Star Wars, el murciélago fue nuestra primera gran experiencia en un cine. El 29 de septiembre de 1989, o lo que es lo mismo hace la friolera de veinte años, mi madre me llevó al cine a ver la película que más había esperado en mi entonces corta vida.
En aquella época, las películas se estrenaban meses antes al otro lado del Atlántico, y sólo nos enterábamos de ellas cuando veíamos el póster pegado en la puerta del cine.
No fue mi caso con Batman: mi padre había ido unos meses antes a Nueva York y a la vuelta me trajo en lugar del coche metálico de Burago habitual, una camiseta negra con el murciélago sobre fondo amarillo. Huelga decir que la llevé al colegio al día siguiente para envidia cochina de muchos...

Ayer, más de dos décadas más tarde, me senté otra vez a ver el Batman de Tim Burton. En general, no fue una buena experiencia: los infinitos making of que he visto me hacen pensar en las mil maquetas y matte paintings de la película, la música de Danny Elfman -tema principal aparte- me parece fuera de tono y el Joker de Nicholson está lejos de la perfección que tenía en la memoria.

La narrativa también ha cambiado en estos años, o por lo menos yo me he habituado a otro estilo. En ese sentido, el Batman del 89 me parece hoy una película lenta. Qué demonios, hasta el tráiler, que en su momento me ponía los pelos como escarpias, me parece aburrido hoy.



Aunque lo más sorprendente es que es muchísimo más de plástico de lo que recordaba. Me explico: si en su momento la innovación de esta película fue la aproximación seria al personaje de Batman, hoy parece una extensión del mundo exagerado del cómic. Y es que los dos peliculones de Christopher Nolan han hecho mucho daño a la película de Tim Burton.

Eso sí, Michael Keaton sigue siendo un error de cásting tan grande como veinte años atrás; de hecho, Imdb cuenta que en su momento los fans enviaron 50,000 cartas de protesta a la Warner. Se habría montado un pollo si hubiera existido entonces Internet.
Lo único que sigue vigente después de tanto tiempo es el Batmóvil, una obra maestra de diseño con la que el troncomóvil del actual Batman no puede competir.


La lección que extraigo de esta revisión al Batman de Tim Burton es que el tiempo nos cambia la perspectiva de las cosas, y en el caso del cine sólo las obras maestras -sí, estoy pensando en La ventana indiscreta, Goldfinger o Star Wars- resisten imperturbables el paso del tiempo.

EA

"Ea" es el recurso lingüístico conquense que mi amiga Irene utiliza para dejar una conversación vista para sentencia, y ahí todos sabemos que no tenemos nada más que añadir.
Esto viene a cuento por una historia de 2007, pero que conocí ayer sin ir más lejos. Resulta que un chaval americano estaba jugando en su Xbox 360 al Tiger Woods 08, cuando en un swing pasado de vueltas, la bola se le va al agua. Ni corto ni perezoso, la versión pixelada del golfista americano, da unos pasos sobre la superficie del agua, balancea un swing y continúa tranquilamente con su hoyo.

El chaval, con el nick Leviatan25, lo graba en vídeo y lo sube a YouTube. A partir de ahí, la marimorena habitual: miles de visionados del vídeo, y un montón de comentarios sobre la cagada de programación, LOL, que si los de Electronic Arts son cada vez peores, MEGALOL, que si para esto me dejo yo la pasta y un largo etcétera. El Jesus shot le llamaron con mucha y brillante mala leche.


Ni cortos ni perezosos, los amigos de EA (entiendo que su agencia de comunicación tuvo algo que ver en ello) convocan al Tiger de carne y hueso y suben su propia versión de la historia a internet.
Así funciona el márketing hoy. Tremenda lección.
O como diría mi amiga Irene, ea.

20 segundos para destruir Windows 7

Una de Urban Football

Hace unos días, unos chavales de la agencia me llamaron para que me apuntara a un equipo de fútbol que habían hecho para participar en un torneo entre empresas. Me apunté, y ayer por la noche los Didiers des Champs participamos en el susodicho torneo.

De camino hacia el campo, me dijeron que en realidad no era fútbol normal, ni tampoco fútbol siete, y como en este país no juegan jamás a futbito, yo ya no estaba muy seguro de a qué íbamos a jugar. La respuesta es "Urban Football", una modalidad que se han inventado y que se juega en un terreno de hierba artificial del tamaño de una pista de tenis, cinco contra cinco.
Las novedades: no hay fuera de banda ni corners y sobre todo está prohibido entrar en el área (o salir, para los porteros) so pena de penalti. Esta última regla me parece un poco desmesurada, y de hecho más adelante casi nos costó eliminación, cuando nuestro portero -el que se la ponía en ese momento, en realidad- osó sobrepasar con un pie la línea de cal al despejar un balón.


La cosa estaba bien montada, a lo grande. Patrocinado por Nike, había siete campos al aire libre y uno cubierto. Cada terreno tenía el nombre de un estadio -nosotros jugamos en el Bernabéu y el Camp Nou- y cada taquilla de la ropa tenía el nombre de un jugador patrocinado por Nike. Como la de Cantona estaba cogida, me conformé con la taquilla de Luis Figo.
Nike estaba presente por todos lados: en los balones, en el uniforme de los árbitros, en los petos (chasubles en francés) y hasta en la ropa de las masajistas.
Además de Nike, Powerade, Konami con su ProEvolution y Alfa Romeo también paseaban sus logos y productos por el evento.

Me gustaría ver el rendimiento que le saca Nike a este evento. No sé cuánta sería la inversión, pero por el grado de detalle y el nivel de la organización -más los 35 euros que costaba la inscripción par tête-, yo apostaría a que se han dejado 100K euros tranquilamente. Y todo eso, para 200 tíos que estábamos ahí, no sé si no se me hace demasiado. Sirva el boca a oreja de este post para contribuir a amortizar la inversión de Nike, y que sigan montando saraos de estos for the love of the game de cuando en cuando.

Treinta y cinco años y un millón de personas por detrás de Francia

Hay días en que le dan ganas a uno de devolver el pasaporte. Llego esta mañana a trabajar, y en lugar de preguntarme por el finde, lo primero que me lanzan es qué coño ha sido la manifestación en España en contra del aborto. Intento explicarles que no, que es una cosa de la Iglesia católica, y que habrán ido los integristas de siempre.
Pero es que luego leo el artículo de Le Figaro, y dicen que ha habido más de un millón de personas, entre los cuales, además de lo mejor de la iglesia católica, se encuentra la flor y nata del pepé, nuestro querido ex-presidente Ánsar incluido.

Más tarde descubro que el alucine de los franceses -y de las francesas- viene del hecho de que el aborto está liberalizado hasta las diez primeras semanas desde 1974 (o lo que es lo mismo, hace 35 años, cuando nosotros seguíamos acaudillados), y hasta doce semanas desde 2001.
Hoy ha salido el cardenal Rouco ha explicar que el Estado no es el dueño de la vida, ya que la vida, como la ciencia ha ampliamente demostrado, sólo es de Dios (supongo que habría que matizar que del dios de los católicos). Añade, ufano como es él, que esa manera de tratar la vida no se veía desde la II Guerra Mundial.

Y claro, a uno ya le toca un poquito el orgullo patrio, y un muchito las pelotas.

Punto primero: ¿por qué la iglesia católica sólo se dedica a montar marchas contra cosas? Antes contra el matrimonio de los gays, ahora contra el aborto. Que dejen a la gente en libertad, y que cada uno haga lo que crea oportuno.
Punto segundo: ¿Por qué el pepé no cambió nada durante los cuatro años de mayoría absoluta que tuvo? La perspectiva de volver a tener un gobierno rehén del crucifijo me pone malo. ¿Cuándo tendremos en España un partido de derechas laico?
Punto tercero: ¿por qué Rouco no recuerda que muchas muchísimas de las deportaciones de judíos, eslavos y un largo etcétera que incluye republicanos españoles se realizaron con la vista gorda cuando no la colaboración directa de la iglesia católica?

Creo que ya es hora de quitarnos la careta con la iglesia católica en España. De entrada, que le cierren de una el grifo del Estado, y que como establishment que son, pasen a gestionarse como una empresa privada. Si lo hemos conseguido (o casi) con Iberia y Telefónica, por qué no con éstos.

The Power Of Fun

Los amigos de Volkswagen han montado una cosa que se llama The Fun Theory, en la que básicamente quieren demostrar que haciendo las cosas divertidas, podemos conseguir mejorar el planeta.
Constryendo marca a tope, y sin poner coches en ningún sitio.







PD: lo mismo un día consiguen que hasta yo recicle...

De vuelta a la guitarra de John Lennon

Supongo que cada uno tenemos nuestras influencias musicales. En mi caso, las mías van desde mi madre, que me ponía la Sinfonía de los Juguetes de Leopold Mozart para dormir, hasta mi primo Obelix, que me descubrió Siniestro Total o Led Zeppelin, pasando por Álvaro Álvaro que me introdujo al maravilloso mundo coral de Manolo Kabezabolo o los memorables Buffalo Springfield.
Tanta variedad de gusto, tanta heterogeneidad de criterios, y sólo un grupo incuestionable para todos, unánimemente celebrado: The Beatles.


Así, tuve la suerte de crecer al lado de George, John, Paul y Ringo, iniciándome con la armónica de Lennon en Love me do y acabando con el Let it be de Macca. Tu primer A hard day's night, el viaje iniciático a través de Sargent Pepper's o la locura de Helter Skelter son cosas que se te quedan huecograbadas en la memoria.
Los Beatles fueron mi primera frikada: enseguida me hice coleccionista de todo tipo de cosas relacionadas con ellos, desde libros -aquel maravilloso pop-up q
ue me regaló Paco Recio- hasta vídeos, camisetas, imanes, pins y hasta un reloj. En Santander tengo una balda con la discografía completa, singles, rarities y demás historias de los Fab Four.

Con el paso de los años, me fui dando cuenta de que, aparte de dejarme una pasta en el coleccionismo, la cosa parecía no tener fondo. Además, no es lo mismo que tu dinero repercuta en los artistas que se lo curraron, a que los millones le lluevan a una colección de viudas, hijos y directivos de Apple Corps.


Desde el 95, cuando sacaron el álbum inédito "Live at the BBC", la cantidad de merchandising de los Beatles ha explotado, hasta el punto que han conseguido sacar hasta tres álbumes nuevos de un grupo extinto en 1970: Anthology, One y Love. Todos ellos, por cierto, éxitos de ventas.
La cosa es que ahora, al borde del 40 aniversario de la ruptura, vivimos una nueva ola de merchandising beatlemaniaco: una nueva ola de camisetas, tazas, libros y hasta un videojuego invaden las tiendas.
Aunque el plato fuerte es la remasterización de la discografía completa, re digitalizada a partir de las grabaciones originales -que se conservan en una caja fuerte en Abbey Road Studios- y que, según los críticos, dejan en ridículos los "patéticos" CDs existentes hasta ahora. Además, ha sacado una caja con toda la discografía en mono -tal y como fue concebida y como sonaba cuando fue publicada en LP por primera vez- que tiene su rollete, si no fuera por los 339 euros que cuesta.


Como beatlemaniaco que soy, creo que sólo el videojuego Rock Band: aporta algo nuevo, y da un valor añadido al legado de, porqué no decirlo, la marca The Beatles. La remasterización de los álbums no creo que ofrezca nada a la gente que está habituada a la calidad mp3; es más, me encantó escuchar al propio Paul McCartney comentar que a él los Beatles le gustaban hasta en la radio de la playa. Y la remasterización de los álbums, por mucho que la vendan como deluxe, está editada en cartón.


Para llegar a erosionar una marca tan fuerte como The Beatles tendrían que hacer algo muy gordo, como una película de su vida con Orlando Bloom en el papel de John Lennon. Y quizá ni aún así.

Aunque, por mucho que me moleste la sobreexplotación de los chicos de Liverpool, siempre es y será un gustazo darle al play y empezar otra vez por el principio, por la armónica de John Lennon.

Madrid 2016: porque no.

Porque dónde vamos con dos Bobones entre los ocho ponentes españoles.

Porque nadie sabe quién cojones es Mercedes Coghen.


Porque Samaranch no pinta nada a estas alturas, y en 2016 es probable que esté en la Almudena.


Por hacer un vídeo titulado "Vente pa Madrí" con guitarritas y sevillanas.

Porque, asumámoslo, España no es tan importante como para montar dos Juegos Olímpicos en sólo 24 años.

Porque no puede ser que ZP, Gallardón & Co salgan haciendo la presentación en español porque no hablan una palabra de inglés.

Porque dónde van con Raúl hablando en público (había anunciado horas antes en el As que estaba "haciendo de lobby").

Porque lo de la rotación de continentes debería pasar ya a ser norma escrita, y así nos habríamos ahorrado mucha pasta.

Porque en 2020 nos esperan los franceses con los cuchillos afilados.

Porque mola mucho más que nos den el Mundial de fútbol de 2018.

¿The fall of Fallon?

Una de las agencias que más admiro es la inglesa Fallon. Hace un par de años, sacaron una campaña tremenda para Cadbury, dejando de mostrar gente feliz comiendo chocolate y compartiendo el sentimiento de felicidad que nos produce comer chocolate.

La campaña resultó una de esas alineaciones planetarias que consiguen un Gran Prix de Cannes y a la vez aumenta las ventas de la marca. Además, generó un sinfín de conversaciones on y offline, desde grupos de fans en Facebook hasta remakes en YouTube, hasta rumores de que, en realidad, Phil Collins se escondía bajo el disfraz del gorila. El director creativo, el argentino Juan Cabral, se convirtió en una superestrella y dejó Londres para trabajar como un rey desde Argentina.
Sin embargo, lo realmente difícil no ha sido llegar a la cima, sino mantenerse. La continuación de la campaña fue un spot plano con una música equivocada, que no convenció al personal. El gorila parecía difícil de superar.

La siguiente pieza de "A Glass and a Half of Milk" fue otro flop. La historia de dos niños que se aburren en una sesión de fotos de carnet y deciden animar sus cejas por ordenador, no tenía la frescura del gorila, y parecía -lo era- muy prefabricada.

Ahora nos llega la última pieza de este puzzle, que por lo visto quiere contar que Cadbury es buenrollista al comprar su cacao en Ghana. O eso.

Mi amigo Dan dice que el problema es que, una vez más, los propios creativos no han sabido cuál era la idea creativa, o no han sabido transmitirla igual de bien. Yo creo que a la gente sencillamente le molaba la idea de ver a un gorila tocando la batería...

Un libro ideal para el siglo XXI: The Lost Symbol

Una cosa que vengo observando en los últimos tiempos -y no me tengo por una persona particularmente rápida a la hora de detectar este tipo de cosas- es el ansia de la gente por consumir novedades. Antes, podíamos esperar un tiempo antes de ver una película, comprar un pantalón o escuchar una canción. Ya no es así: ahora lo queremos todo ya. En Zara, por ejemplo, tardan tres semanas desde que deciden hacer una prenda hasta que la venden, y normalmente no estará a la venta más que una semana. Los blockbusters de Hollywood hacen entre un tercio y la mitad de su recaudación total durante el primer fin de semana de exhibición. Y yo llevo dos semanas considerando seriamente romper mi auto-promesa y no esperar a Navidad para comprarme el nuevo juego de Batman para la PlayStation.
El siglo XXI parece que está hecho de experiencias breves, intensas y olvidables.


Será para calmar la ansiedad que acepté a préstamo "The lost symbol", el nuevo libro de Dan Brown. Tengo que reconocer que leí "El código Da Vinci" tarde, cuando ya era un boom, y más obligado por la sociedad (y cuando digo la sociedad, digo mi querido amigo Blaski) que por interés propio. Pues bien, aquel libro me duró 48 horas. "The lost symbol" me ha durado un poco más: del jueves al lunes.

Se puede discutir la calidad escritora de Dan Brown (
"La Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini glorificaba los cuatro mayores ríos del Mundo Antiguo - el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata" suelta tan tranquilo en el Código Da Vinci), pero está claro que el tipo ha dado con una fórmula que domina, y que además funciona a las mil maravillas.
"The lost symbol" vuelve a seguir las aventuras de Robert Langdon -aquí sin el espantoso corte de pelo de Tom Hanks- a través de una ciudad -Washington donde antes estuvieron París y Roma- con una malo malísimo que le persigue, una científica que le acompaña y en medio de una conspiración religiosoide que amenaza con acabar con algo importante.

El libro vuelve a estar dividido en infinidad de capítulos cortos, como secuencias de una película, cada uno de ellos rematado por un cliffhanger, un momento emocionante que te deja, literalmente, colgado del acantilado.

Hay dos cosas que no puedo aguantar de Dan Brown: una, su manía de enfatizar frases importantes en cursiva (será para que los lectores americanos no se pierdan) y dos, las veintisiete veces que utiliza en cada novela frases del estilo "y entonces, como golpeado por un rayo, supo la verdad".
"The lost symbol", más allá de las pajas mentales de los rompecabezas religiosos, que a mí me importan más bien poco, está bien narrada, y hasta tiene una escena (la persecución a oscuras) bastante brillante. Tengo la suerte, además, de que no soy de esos (y a la cabeza de "esos" vuelve a estar el inefable Blaski) que se adelantan al giro final de una trama. Al llegar a ese punto del relato, una vez más me di cabezazos contra la pared al comprobar que todas las piezas encajaban por fin.

El final de la historia, como pasaba en sus novelas precedentes, es intrascendente. La conspiración no es para tanto, y después del gran giro hay treinta páginas de epílogo morralloso que deberían venir impresas con un trepado para ser arrancadas directamente sin estropear el resto del libro.
Eso no quita para que la nueva novela de Dan Brown sea un libro ideal para el siglo XXI: breve, intenso y olvidable.

Apocalipsis


El mejor documental que he visto desde hace mucho es sin duda la serie que ha sacado National Geographic para conmemorar el 70 aniversario del comienzo de la guerra. Apocalipsis, que así se llama la cosa, es una coproducción anglo-francesa que, a lo largo de seis capítulos, narra la Segunda Guerra Mundial de cabo a rabo. La novedad de la propuesta radica en el uso de multitud de imágenes inéditas, así como otra gran cantidad de imágenes hábilmente coloreadas. Apocalipsis -uno no entiende lo acertado del título hasta que ve las imágenes- es una síntesis casi perfecta del mayor conflicto armado de la historia de la humanidad: 60 millones de víctimas así lo demuestran. Personalmente, el documental me ha aportado poca información nueva, aunque sí me ha sorprendido ver ciertas imágenes que no conocía, como por ejemplo los campos de trabajo para prisioneros alemanes que montaron en Texas y Virginia los americanos. También he aprendido que la segunda ciudad más machacada por la guerra, después de Varsovia, fue contra todo pronóstico Manila. Otra imagen tremenda, que yo no había visto hasta hoy -y que pego aquí- es el cadáver de Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich. Antes de inmolarse, Goebbels había envenenado uno por uno a sus siete hijos y, junto a su esposa, había proclamado su orgullo por tener el honor de morir junto a Hitler.

Aunque lo mejor de Apocalipsis es, sin duda, poder ver las imágenes en color. Puede parecer una obviedad, porque no por ser en color debería cambiar nada, pero el hecho de ver la carne de su color y la sangre del suyo, hace que uno caiga en la cuenta de que ese drama mundial no tuvo lugar hace tanto tiempo. El único fallo que le echo en cara es que, si bien uno de los dos factores clave de la derrota nazi, la apertura de un frente en el Este, se detalla ampliamente, el otro, la ruptura del código secreto alemán Enigma por los ingleses desde prácticamente el principio de la guerra. Esto fue clave, por ejemplo, en la famosa batalla de El Alamein, en la que Montgomery jugó viendo las cartas de su adversario Rommel.

La Segunda Guerra Mundial es un tema fascinante que nunca se termina de descubrir. El otro día apareció un viejecito italiano diciendo que había sido enviado por Mussolini para ver las pruebas atómicas de Alemania. ¿Cuánto le faltó a los alemanes para dejar Londres como Nagasaki? Lo dicho, acojonante.

Bastardos sin (pena ni) gloria

El verano cinematográfico echó por fin su telón para mí anoche, cuando vi Inglourious Basterds, la última de Tarantino. Tarantino + Segunda Guerra Mundial es a priori un cóctel explosivo, y encima Brad Pitt aparecía como protagonista en los posters. Hablando del tema, alguien tendrá que explicarnos por qué demonios en la versión francesa del cartel de la película han decidido quitar la esvástica que aparece dentro de la O del título originalmente.

Parto de la base de qu
e IB dura dos horas y media. En cualquier otro director -Spielberg incluido- me parecería una locura, una ida de olla. En el caso de QT, me dije qué coño, Kill Bill y Pulp Fiction también eran películas largas y al salir parecía que habían durado un suspiro.
No es el caso de los Bastardos. La película está dividida en capítulos, como suele hacer Tarantino, y casi me atrevería a decir que cada capítulo es una escena de veinticinco minutos. Alguna tremenda -el interrogatorio a los soldados alemanes en el bosque- y otras -las demás- sencillamente demas
iado largas.

Además, no tardamos en descubrir que, en realidad, Brad Pitt no es el protagonista de la peli. Aunque eso al final no es necesariamente malo, porque Christoph Waltz borda el papel de oficial cazajudíos nazi, aunque sí es verdad que nos quedamos con ganas de más minutos de Brad, que se nota que está tan en su salsa como hace unos años en Snatch.
De hecho, me quedé un poco sorprendido de que los Bastardos Sin Gloria al final fuesen un accesorio más -y como todo accesorio, posiblemente prescindible- del guión de Tarantino.


Aún pasando por alto todas las incoherencias del guión de QT -ese pastor francés que habla inglés perfectamente, ese Hitler en París en junio del 44-, la música por primera vez intrascendente e incluso dejando de lado lo previsible del guión, el principal problema de IB es su ritmo. Supongo que Quentin, siempre obsesionado con hacer versiones modernas de los spaghetti westerns de Sergio Leone, estaba convencido de que su habilidad para el diálogo le permitiría mantener al personal pegado a la pantalla. En mi caso personal, no fue así: encontré a mi cerebro en la escena cumbre de la película divagando sobre cosas totalmente alejadas de lo que aparecía en pantalla.


Y luego, una vez más, está el mensaje de fondo sobre los judíos asesinados por los nazis. Que sí, que fue una putada, que pobre gente... pero también hay que recordar que por cada judío muerto en la Segunda Guerra Mundial, hubo diez víctimas que no eran de esa religión. Un día habría que hacer las cuentas para ver cuántas películas sobre la IIGM narran el Holocausto. Me juego el cuello a que son bastantes más del 10%.


En fin, que el autor de estas líneas se va una semana de vacaciones a la maravillosa isla de Menorca. Para ambientarme, he empezado a leer un libro sobre la isla durante la Guerra de Sucesión. A la vuelta más. Sed buenos.

Summer's almost gone


El verano da sus últimos coletazos, y paradójicamente hoy ha sido uno de los días de más calor en París.

El pasado finde estuve de visita en Rouen. Hace justo diez años, en el verano del 99, me pasé un mes en la Alliance Française que estaba entonces en el muelle junto al Sena. Pasé un mes aprendiendo francés allí, viviendo en casa de Madame Dussart y dividiendo mis días entre las clases y el O'Kallaghans, un pub irlandés frente a la iglesia de St Ouen. Allí, como buen hispanoparlante imbécil, me hice amigo de un venezolano llamado Chespi, que entonces sabía tan poco francés como yo.

Diez años más tarde, la catedral sigue ahí, la iglesia de St Ouen y el Grand Horloge, también. Y también sigue ahí mi amigo Chespi, ahora arquitecto, ex-jugador de la primera división de béisbol en Francia y experto rouennais que hizo de cicerone. Y también sigue allí el O'Kallaghan's, aunque han quitado las mesas de picnic de la terraza en la que tantas horas invertimos. Una ciudad fantástica Rouen, muy parecida a Estrasburgo, pero con la ventaja añadida de que, una vez que pongan el TGV, uno se podrá plantar en París en media hora.

Como decía Morrison, summer's almost gone. Almost.

El reloj de Ca la Xiqueta

En Ca la Xiqueta, una casa de pueblo en pleno Ripollés catalán, mi abuela Roser ha pasado prácticamente todos los veranos de su vida. Una de sus pocas aficiones es el coleccionismo de relojes baratos, que distribuye más o menos aleatoriamente por estanterías, paredes, mesas y mesillas. Pero la mayoría de sus relojes no funcionan. Se han ido apagando poco a poco, sus manecillas abiertas en todo tipo de ángulos extravagantes, marcando horas ficticias de días que no volverán.

No muy lejos de su casa fue por donde, en febrero de 1939, tuvo que cruzar hacia Francia, parte de una marea humana que arrastró a medio millón de españoles hacia un exilio forzoso. Me habló del campo de Argelès Sur Mer, y de los ocho largos meses que pasó allí, compartiendo nueve metros cuadrados con otras ocho personas, las maletas colgadas de las vigas del techo, sus vidas en suspenso en una playa al sur de Francia. Tuvo suerte de no formar parte de la primera oleada de emigrantes que llegó a Argelès, cuyos hombres montaban los barracones mientras las mujeres dormían en la húmeda arena.
Pasaban los días sin nada que hacer, custodiados por soldados senegaleses que debían ocuparse de que nadie abandonara aquel campo provisional, como le llamaban los franceses. En aquel invierno del 39, si el gélido viento que barría el litoral no les dejaba salir del barracón, pasaban el día matando pulgas. De ahí, según ella, viene la idea de llamar al dedo gordo el pulgar.

Luego, en mayo de 1940, pudo irse con sus padres a Toulouse, donde pasaron tres años, los últimos bajo dominio alemán, trabajando para la Asociación Católica de Ayuda a los Refugiados por las mañanas y con los cuáqueros americanos -una secta benevolente, precursora de lo que ahora llamaríamos ONG- por las tardes. Tres años más tarde, en mayo del 43, mi abuela y sus padres decidieron que era complicado que la España franquista fuese mucho peor que la Francia ocupada, y emprendieron el camino a casa. Muchos otros jamás regresarían.

Le hemos comprado un reloj nuevo a Roser. De esfera grande y clara, para que pueda leerlo sin mucho esfuerzo. Nos pidió que le ajustásemos la alarma a las ocho en punto. Aún no se pone el sol en Ca la Xiqueta.

THE Rock Band



El próximo 9 del 9 del 09 sale a la venta Rock Band: The Beatles, que supone el primer juego de música para consola que no sólo incluye canciones de los Beatles, sino que está dedicado íntegramente a los Fab Four.

Pues bien, acaba de salir el tercer tráiler del juego, y lo que es todavía mejor, se ha filtrado la que parece será la track list definitiva. Hela aquí:

Singles:
I Want To Hold Your Hand
I Feel Fine
Day Tripper
Paperback Writer
Revolution
Don’t Let Me Down

Please Please Me:
I Saw Her Standing There
Boys
Do You Want To Know A Secret
Twist and Shout

With the Beatles:
I Wanna Be Your Man

A Hard Day’s Night:
A Hard Day’s Night
Can’t Buy Me Love

Beatles For Sale:
Eight Days a Week

Help!:
Ticket To Ride

Rubber Soul:
Drive My Car
I’m Looking Through You
If I Needed Someone

Revolver:
Taxman
Yellow Submarine
And Your Bird Can Sing

Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band:
Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band/With a Little Help From My Friends
Lucy In The Sky With Diamonds
Getting Better
Good Morning Good Morning

Magical Mystery Tour:
I Am The Walrus
Hello Goodbye

The Beatles (White Album):
Dear Prudence
Back In the U.S.S.R.
While My Guitar Gently Weeps
Birthday
Helter Skelter

Yellow Submarine:
Hey Bulldog

Abbey Road:
Come Together
Something
Octopus’s Garden
I Want You (She’s So Heavy)
Here Comes the Sun

Let It Be:
Dig a Pony
I Me Mine
I Got a Feeling
Get Back

Love:
Within You Without You/Tomorrow Never Knows

Aunque me hubiese gustado que pusieran albums enteros (para mí Sgt Pepper's es un loop que empieza y acaba como diría Joaquín Luqui con el Sargento Pimienta y su Banda de Corazones Solitarios), mi primera valoración no puede ser más positiva.

Revisando la track list, me he dado cuenta de la cantidad de temas gigantes que tienen los Beatles. Es verdad que echo en falta una serie de canciones, algunas de ellas fundamentales e imperdonables -Love me do, You've got to hide your love away, In my life, Eleanor Rigby, A day in the life, Strawberry fields, All you need is love, Across the universe- y otras favoritas mías como I don't want to spoil the party, You're going to lose that girl, She said she said o I will. Espero que las vayan sacando poco a poco.

No me va a quedar más remedio que invitar a mi primo Álvaro a tocarnos un Birthday a coro. Se van a cagar los de la Alltogether Band.

Un anuncio turbador

De las cosas que más nervioso me ponen -intento deliberadamente evitar el verbo turbar, que me parece tan inmaduramente cómico- es la publicidad que no entiendo. Posiblemente haya veces que me falte el contexto adecuado o simplemente el conocimiento para decodificar una campaña, aunque la mayoría de las veces me temo que la desconexión es más voluntad del emisor (la marca o, específicamente, el equipo creativo que trabaja para la marca) que incapacidad del receptor, o sea yo.

El caso es que desde hace un par de semanas, llevo viendo en los mupis -los posters de las paradas de autobús- y en el metro a lo largo y ancho de París una campaña que me trae de cabeza. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que se trate de una campaña.
La cosa es que se ve a Darth Vader haciendo levitar una bandeja en McDonald's. "Venez commes vous êtes" (ven tal como eres) reza el titular. Aparte del pequeño detalle de que este póster no tiene ninguna relación con el rollo que se trae McDo de un tiempo a esta parte ("I'm lovin' it"), nada que añadir.

¿O sí?


He pasado bastante tiempo esperando el metro delante de esta imagen, y me he planteado ciertas cuestiones a propósito de ella. Por ejemplo ¿qué hace Darth Vader comiendo en McDonald's? ¿Han montado un McDo para el personal imperial en la Estrella de la Muerte? Más aún: ¿qué hace Darth Vader comiendo solo? ¿no tiene ni un mísero storm trooper que le dé charla en plan hay que ver cómo está el tema de la rebelión? ¿no se le ha ocurrido invitar al Emperador, y ya de paso sacar el tema de su subida salarial? Y a todo esto, ¿por qué hace levitar la bandeja? ¿cómo hace para comerse un Big Mac sin quitarse el casco? ¿y por qué ha metido la pajita -con perdón- en el vaso ANTES de llegar a la mesa?

Pero lo que más me mosquea de este asunto no es el propio Vader, que al final es un trabajador por cuenta ajena, sino la pareja de detrás. ¿Qué demonios hace una pareja, su mano en el muslo de ella, dándose el lote en una publicidad de McDonald's? Y por si eso fuera poco, ¿qué demonios hace una pareja dándose el lote detrás de Darth Vader en un McDonald's?

Sospecho que en algún lugar hay unos creativos partiéndose de la risa. Riéndose de mí.
Los hijoputas.

El extraordinario Jacinto Antón

No todos los días se puede decir que se ha leído un libro genial. Yo, hoy, tengo ese privilegio.

Bueno, sin nos ponemos puntillistas como Seurat, no se trata de un libro per se, sino más bien una recopilación de artículos que Jacinto Antón ha venido publicando en El País edición de Cataluña, a lo largo de los últimos catorce años.


"Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias", que así se llama el libro, llegó a mis manos previa recomendación de mi mediático amigo Javi.
La señorita que me atendió en El Corte Inglés se pasó un rato escrutando su base de datos para saber si tenía el título de marras. He de reconocer que, aunque recordaba íntegro el título, preferí darle el nombre del autor para no pasar vergüenza.


En fin, que Jacinto Antón es un autor extraordinario. Se aproxima a la realidad desde una inocencia impropia de un periodista de su experiencia -me atrevería a describirlo como el reverso luminoso de Pérez-Reverte-, y consigue hacer de lo cotidiano algo maravilloso. A los ojos de Antón, la compra de un hámster puede ser una epopeya ("En qué momento se convierte la vida en destino? El otro día, sin ir más lejos, cuando me compré un hámster", comienza el artículo en cuestión) y el desmontaje del árbol de Navidad, en una operación de alto riesgo.
A lo largo de las 344 páginas de aventuras, Jacinto Antón habla de temas tan dispares como los indios Sioux, el standartenführer Skorzeny, su miedo al telesilla, los gorilas que han sido descubiertos en plena postura del misionero o su obsesión particular, el explorador, aventurero y falso noble húngaro Laszlo Almásy. Además, cita a uno de mis héroes particulares, el piloto alemán Hans Rudel, y su maravillosa biografía "Piloto de stukas", de la que creo que ya hablé en su momento.

Antón deja muchas joyitas a lo largo del camino ("Adoro los submarinos: combinan de mis grandes miedos, el mar y los ascensores"), y personalmente me identifico con el artículo en el que confiesa que, de vez en cuando, extravía algún libro interesante en las librerías, a la espera de una mejor ocasión para hacerse con él.

Tengo que admitir lo he pasado mal con los ataques de risa que me ha provocado "Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias" en el metro de París. Incluso una vez estaba tan metido en la historia, que tuve que cruzar el vagón de un salto para no pasarme de estación.
No habría sido tan grave; al fin y al cabo, no
tiene uno todos los días la suerte de encontrarse con un libro tan maravilloso como el de Jacinto Antón.

Guía para sobrevivir a la gripe cochina

El otro día me perdí (dammit!) el estreno en CanalSat de la película tailandesa SARS Wars, la epopeya de un grupo de seres humanos que luchan contra zombies fallecidos por la gripe aviar de hace unos años.

Pues bien, sin llegar a estos extremos, la semana pasada me pasaron por fin las recomendaciones del Espíritu Santo en caso de pandemia de gripe cochina. Un poquito cuenta lo que todos sabíamos: que si no le estornudes a la gente en la cara, que si lávate las manos no sea e tengan mierda, que si toma un klínex nuevo...


Lo inquietante no es eso, sino descubrir otra serie de recomendaciones complementarias, que amenzazan seriamente nuestra querida rutina invernal:

- A lo Pretty Woman: prohibido dar la mano, abrazar o besar (en cambio, no dice nada de practicar sexo, así que infiero que vamos a acabar haciéndolo como Julia Roberts le pedía a Richard Gere).

- Virtuales, hasta cierto punto: hay que limitar las actividades de grupo: se recomienda cambiar las reuniones físicas por teleconferencias. En cambio, evitan cuidadosamente recomendar el teletrabajo, que tanto ansiamos algunos.

- Viva el Sofing: evitar deportes de equipo: a tomar por saco todo partido que no sea en una pantalla.

-Por lo menos no pareceremos mimos: no utilizar guantes de látex (y ahora se lo dicen a Michael...).

- Convertirnos en justicieros enmascarados: llevar una máscara -modelo FFP2, precisan- cuando a) estemos en contacto con gente, b) en el transporte público, c) con invitados y d) cada vez que realicemos limpieza. Puntualizan que no es necesario llevarla cuando se trabaja solo en una oficina cerrada. Así que vamos a acabar autistas y sucios.

- Y para colmo, la máscara, por cierto, sólo es efectiva "hasta un máximo de entre 4 y 8 horas". Es decir, que entre la cuarta y la octava hora de uso, lo mismo te contagias incluso llevando la mascarilla como un panoli.

Está claro que, si la gripe no acaba con nosotros, lo que parece improbable con su tasa de mortalidad del 1%, este tipo de chorradas conseguirán rematarnos.

Cuando pasábamos la tarde liberando al mundo

Con el verano cinematográfico dando sus últimos estertores hollywoodienses -el verano real no acaba para mí hasta el 14 de septiembre-, hoy he ido a ver GIJoe. Junto a los Masters del Universo, los GIJoe han sido sin duda mis juguetes favoritos. Miles de tardes me pasé, la mayoría mano a mano con mi gran amigo Luis, los dos armados de yiyous y mucha imaginación.
No sólo estaban muy bien hechos -ese agujero en la espalda en el que se encajaban las mochilas-,
sino que además tenían el mejor repertorio de armas, naves y otros accesorios del mundo juguetil. A diferencia de los Transformers, los Joes sí que me interesan. Me preocupan.

No puedo evitar el paralelismo con los Transformers. Para empezar, porque ambos comparten fabricante -Hasbro- y pro
ductor cinematrográfico -Lorenzo di Bonaventura-. A partir de ahí, ambas franquicias son polos opuestos. Principalmente, porque una se la dan a un director de acción genial como Michael Bay y la otra se la dan a un vendedor de alfombras como Stephen Sommers, autor de espantos espantosos como La Momia (1 y 2) o Van Helsing.
Para que lo entendamos todos, con el mismo presupuesto uno crea un Lago de los cisnes cibernético mientras el otro organiza unos sanfermines bélicos.


A un director chapucero, GIJoe añade un cast imposible, con Marlon Wayans haciendo de negro gracioso,
un tal Channing Tatum como el héroe Duke y Christopher Eccleston haciendo de malo bobalicón.
Más aún, la música corre a cargo de Alan Silvestri, compositor de la música de Regreso al Futuro hace veinte años, y en cuyos muertos ya me cisqué en mi reciente crítica de Noche en el Museo 2. Empiezo a sospechar que el mismo ovni que se llevó a el Auténtico George Lucas también reemplazó al bueno de Silvestri por un clon malvado.


Y el caso es que GIJoe me ha gustado. La película no se toma en ningún momento muy en serio a sí misma, y eso ayuda a que la trama, un batido de tramas bondianas cruzadas con Star Wars, se haga tolerable.
Los efectos visuales están, salvo contadas excepciones, muy correctos. La representación de la tecnología, equipamiento y naves es una pasada, muy en la línea de los juguetes originales. Y hasta Sommers, que por lo demás da la sensación de elegir sistemáticamente la peor toma disponible, firma una persecución de lo más digna a través de París. Casi al final de la peli, cuando por fin vi sobre el costado de una nave el logotipo de la organización terrorista Cobra, casi me deshago en la butaca.

A nivel personal, lo más tremendo es la representación de mi personaje favorito, Ojos de Serpiente, un pistolero ninja mudo. Toma Shakespeare. Pues bien, no sólo el vestuario es tal cual el muñeco que yo tengo en casa, sino que sus movimientos son tal cual me lo llevo imaginando desde que, allá por 1986, le saqué de su envoltorio original. El actor que lo clava, por cierto, es el único acierto de cásting: Ray Park, el mismísimo Darth Maul de la saga de las Galaxias.
A su lado Sombra, el ninja malo que resulta ser el hermano de mi héroe, y del que se disfrazó mi amigo Luis en un carnaval del cole, parece un chinorris afeminado.


Unos años después de dejar de jugar con los GIJoe, alguien me dijo que los Joes no eran más que armas de propaganda americana, perversa creación de un Goebbels yanqui que habita un oscuro despacho en Washington. Y entonces me imaginé a Luis a mi lado, los dos sobre un portaaviones escuchando el Star Spangled Banner, preparados para pasar la tarde combatiendo por la libertad del mundo.

Up: qué malo es hacerse adulto

No voy a ser justo en mi crítica de Up. Y no lo voy a ser porque, de haber sido producida por cualquier estudio, Up sería una gran película. El hecho de haber sido producida por Pixar, sin embargo, la convierte en una buena película a secas. Al fin y al cabo, estamos hablando de un estudio que todavía no ha hecho una mala película, aunque Cars y Bichos flirtearan peligrosamente con el aburrimiento.

De los cuatro libros que más me influenciaron cuando era pequeño -posiblemente fui la última generación que tuvo al menos una parte de su infancia libre de ordenadores-, uno de ellos se llamaba "El viaje en globo de Guillermo". Básicamente, la historia de un niño que ata a su cama los globos que ha recibido como regalo de cumpleaños, y cuando se despierta está volando sobre su cama.
El hecho de haber leído dicha historia hace que, para mí, la premisa de Up pierda un poquito de gracia.

Pero bueno, Up no es sólo la historia de una casa voladora. Hay mucho más, como por ejemplo la historia de dos personas que envejecen juntas con sueños de viajar lejos, y (el que quiera saber, que pase el ratón sobre el texto)
al final ella muere sin conseguirlo. Todo eso narrado en los cinco primeros minutos de peli.
La historia de la casa voladora viene después, y da pie a la historia más surrealista jamás concebida por Pixar, que incluye perros que hablan, pájaros arcoiris, aventureros centenarios, un zeppelin gigante y alguna que otra ardilla omnisciente.


Sí, Up es una ida de olla general, pero no una cosa sin pies ni cabeza, al estilo Dreamworks, sino con unos personajes que la sustentan por detrás made in Pixar.
Y sobre los personajes y la historia quería detenerme. Siempre se ha dicho que las películas de Pixar gustan a todos porque tienen un nivel de lectura para niños y otro para adultos.
Si bien el año pasado con Wall-e ya aparecía una historia compleja por detrás -la humanidad ha destruido la Tierra, etc-, en Up vuelvo a ver que la historia adulta -no hay una sino dos muertes de personajes protagonistas- toma más fuerza.


Y por paradójico que parezca, me doy cuenta de que, cuanto más adultas son las películas de Pixar, menos me gustan.

Fuck you very much


Lily Allen - Fuck You [Official Video] (Non Censuré)
par Lily-Allen-Tv

Quizás en España no, pero en Francia la canción del verano es sin lugar a dudas el Fuck you very much de Lily Allen. Yo, que suelo ser un démodé en cuanto a música, conocí este tema por medio de las sesiones interminables de Virgin Radio que amenizan el verano parisien metido en una agencia de publicidad, y me quedé con la copla.

La canción me llama la atención por la incorrección política de su mensaje. En tiempos en que Jack Bauer tiene que decir dammit, Gallardón censura los escaparates de los sex shops y la guerra es más real en la PlayStation que en la CNN, supone todo un puñetazo en la mesa que triunfe una voz femenina como la de Allen al grito de Fuck you.
Probablemente ése sea el secreto de su éxito: poca gente se ha parado a entender la letra, que habla de homosexualidad, racismo, y no sé cuántas cosas más, pero sin duda todo el mundo entiende y acompaña el pegadizo estribillo.

Precisamente que sea en 2009, en medio de la peor crisis económica que muchos vivimos, cuando el hit del verano, la canción por la que se recuerda todo un año, sea este Fuck you very much, me parece una maravillosa ironía.

Fuck el sistema financiero.
Fuck la especulación inmobiliaria.
Fuck Madoff.
Fuck el barril de petróleo.
Fuck you very much.

Habemus himno anti-crisis.

Una de Justicia

Condenada por quemar al violador de su hija

La Audiencia de Alicante ha condenado a María del Carmen Espinosa, de 56 años, a nueve años y medio de cárcel por quemar y matar al violador de su hija, Antonio Cosme, alias Pincelito. La mujer roció a la víctima con un bidón de gasolina y le prendió fuego en un bar de Benejúzar (Alicante), en junio de 2005. Este hombre había sido condenado a nueve años por la violación de su hija, una menor de 13 años.

Cosme sufrió graves quemaduras en el 60% de su cuerpo, que 10 días después le provocaron la muerte en el hospital. Los magistrados condenan a la mujer, además, a pagar una indemnización de 80.000 euros a la esposa del fallecido y 15.000 euros a cada uno de sus cuatro hijos. La Audiencia también fija una pena de un año por las lesiones causadas a un vecino que acudió a ayudar a la víctima.

En la sentencia, el tribunal ha aplicado la eximente parcial debido al estado mental de la acusada, con ansiedad desde que se cometió la violación de su hija y sometida a tratamiento psiquiátrico. La madre nunca superó lo que le ocurrió a su hija y el día de los hechos, cuando se encontraba esperando un autobús, según la sentencia, escuchó una voz que le decía: "Hola, señora, ¿qué tal su hija?". Era el violador de su hija, de permiso carcelario. La sentencia refleja que la mujer entró en un estado mental que influyó en su voluntad. Tras ver cómo el hombre entraba en un bar, compró en una gasolinera cercana una botella de gasolina y la vació encima del hombre, prendiéndole fuego con una cerilla y diciéndole: "Para que te acuerdes de mí". La sentencia determina que aunque tenía parcialmente alterada su voluntad, la mujer era consciente de sus actos.

Pagafantas


Contra todo pronóstico, hoy he pagado seis euros que vale el cine en Santander por ver una película española. Vistas las que había que ver, y esperando a QT, hoy ha caído Pagafantas.

Lo bueno que tiene esta película es la empatía con el público. Todos hemos sido pagafantas alguna vez. Ellas quizá menos, pero por las carcajadas en la sala, se ve que entendieron de qué iba el tema.

El pagafantas es ese tío que está enamorado de una chica, y ella en cambio le quiere como un buen amigo o, terror, como a un hermano.

El guión de la peli, estirado a partir de la fantástica premisa, tiene sus altos y sus bajos, pero en general se apoya en unos actores muy correctos -ojo a ese Oscar Ladoire, ¿el Leslie Nielsen español?-, alguna fórmula ingeniosa (el inicio de la película explicando lo que es hacer la cobra es sensacional), y un buen montaje. Además, a título personal, el hecho de que el personaje principal finja ser fan de Bunbury para ligar, me ha tocado el corazón por motivos obvios.

Quizás en algún momento tiene demasiado aroma a Qué Vida Más Triste, cuyo protagonista es para mí el referente del perdedor de nuestra generación. Por ponerle otro pero, de vez en cuando intentan colocar una escena en vídeo digital a lo Michael Mann que canta a retake (tomas adicionales imprevistas) de una manera repugnante.

He salido del cine con una sonrisa. No sólo por los pagafantas, sino sobre todo por ver que hay vida en el cine español, que entre tanto abrazo roto hay algún rayo de luz.

Enemigo público: el vídeo digital

Soy muy fan de Michael Mann. Un tío que ha hecho, con sus manitas, una obra maestra como Heat, me merece un aplauso.

En las dos últimas películas de Mann -Collateral y Miami Vice-, empezó a añadir a su gusto por los azules eléctricos y los negros texturizados, el uso de cámaras digitales para rodar acción. Y para qué voy a engañaros, cuando una película se rueda entera en digital -ver por ejemplo las últimas de Star Wars-, nadie se tiene por qué dar cuenta. Cuando una película se rueda la mitad en digital, y la otra mitad en 35 mm, pega un cante que no veas.

Y a todo esto, la nueva peli de Michael Mann se llama Public Enemies, y narra la historia de John Dillinger, atracador de bancos y pistolero en el Midwest americano durante la Gran Depresión.

Como suele ser habitual en Michael Mann, tiene un tête à tête interpretativo enorme, esta vez entre Johnny Depp -cada vez que le veo pienso en Jack Sparrow- y Christian Bale -cada vez que le veo pienso en Patrick Bateman-, acompañados de una sorprendentemente sin acento francés Marion Cotillard.
La historia es un cruce entre los Intocables y Bonnie & Clyde. El cógeme si puedes, los tiroteos con ametralladoras Thompson, los bandidos canallas de buen fondo, el policía obsesionado que cruza la línea que separa el bien del mal... Du déjà vu, que dicen en mi residencia habitual.

Independientemente de eso, la película se deja ver, pero sin entusiasmos. Es un gangster sin poso. No hay ninguna secuencia equivalente al la de la cornisa con Frank Nitti y Elliott Ness, ni, ya puestos, comparable con el mano a mano de Pacino y De Niro en Heat.
Y, por supuesto, está el tema del rodaje en digital, que a día de hoy quizás da más sensación de realismo, como dice Michael Mann. El problema es que llega un punto en que el realismo excesivo se convierte en sensación de estar viendo un vídeo casero.

Los más grandes, por fin juntos

Cortesía del amigo Schwepps.
Nada más que añadir.


La diferencia está en el cariño

A medida que el verano sigue comiéndose semanas, nuevas películas aparecen en la cartelera. En 2009, algunas de ellas -la mayoría- han decepcionado, y otras han sabido justificar su producción.
El caso es que las dos últimas que he visto son dos de esas comedias dirigidas a un público infantil, que a mí, acaso por complejo de Peter Pan, me suelen gustar tanto.


La primera de ellas es Ice Age: Dawn of the dinosaurs, la tercera parte de la saga de animación creada por la Fox alrededor de un grupo de bichos prehistóri
cos que conviven durante un periodo glaciar. Después de una primera parte pasable y una segunda olvidable y olvidada, el rollete detrás de esta nueva entrega era ver a los protagonistas en un mundo de triceratops, pterodáctilos, diplodocus, stegodones y, por supuesto, tyrannosaurus rex. Sí, yo también era un dino-friki cuando era pequeño.

Contra todo pronóstico, Ice Age 3 retoma lo mejor de la primera película, la mezcla de humor con acción, y añade un nuevo personaje enorme, Buck, una alimaña con acento inglés que recuerda al Burt Lancaster de El temible burlón (me pregunto cómo se llamaría en realidad este clásico piratesco).

Aparte de eso, la tercera parte de la Edad de Hielo nos reencuentra con Scrat, la proto-ardilla que busca obsesivamente una bellota. Sin duda, el mejor personaje mudo que nos ha dejado el cine de animación hasta l
a fecha.

Si bien Ice Age 3 retoma elementos de la película original y añade nuevos ingredientes a la fórmula, mejorándola, no se puede decir lo mismo de Noche en el museo 2. La película original, una comedia de esas a las que los americanos añaden el peligroso epíteto
familiar, parte de la premisa de meter a Ben Stiller y a Dick Van Dyke con un montón de personajes de museo que cobran vida al anochecer.
El problema con la secuela es que intentan repetir la fórmula en el Smithsonian de Washigton, y se quedan cortos de picante. O de azafrán. O de interés. O quizás es que simplemente se echa de menos al bueno de Dick Van Dyke.

Esta
segunda noche en el museo deja algunas buenas ideas nuevas a medio camino -la escena en la que Stiller se mete en El beso, de Robert Doisneau, y le planta un beso a la chica, es genial-, y añade una trama absurda y muchos personajes que tenían más potencial cómico, como Napoleón Bonaparte, del que muestra la película.
Más allá del pequeño detalle de que 1 hora y 40 minutos de película se me hicieron largas, lo que de verdad me molestó de Noche en el Museo 2 fue la música. Sorprendentemente, el autor de la partitura es Alan Silvestri, responsable de clásicos básicos como Regreso al futuro o Forrest
Gump. Pues bien, el amigo Silvestri se ve que estaba ocupado enlazando acordes para la BSO de G.I. Joe, porque en esta ocasión no da una a derechas. Es más, en ocasiones uno se pregunta si lo que suenan son violines o un gato pasado por el garrote vil.
Noche en el museo 2 deja la impresión de ser una película hecha sin ganas, sin cariño, algo que siempre es importante, pero todavía más cuando se trata de cine dirigido a niños. La prueba última de esto es el poster de la película, en la que un mal uso de Photoshop hace que el malvado faraón egipcio esté pisando el pie del mono espacial. Ver para creer.

Afortunadamente, el verano sigue. Próxima estación, unos que nunca se olvidan de ponerle amor a lo suyo: Pixar.

O'Donojú, el irlandés que se hizo mexicano

Dan O'Donoghue es, además de un tipo fantástico, el mejor publicitario que he conocido desde que empecé a trabajar en este mundillo. Dan es inglés de y del Manchester, pero su familia, como su apellido indica, viene de Irlanda, tierra de eternos emigrantes. Pues bien, uno de los antepasados de Dan, mientras la mayoría de sus compatriotas cruzaban el Atlántico para ir a crear los Estados Unidos de América (Boston por ejemplo es una ciudad con importantes raíces irlandesas), decidió irse al sol de España.

Así que en 1762 nació en Sevilla Juan O'Donojú, adaptación castiza del impronunciable apellido original incluida. Se alistó joven en el ejército, y como oficial le tocó luchar en Zaragoza contra el invasor francés, hasta que fue hecho prisionero por las tropas de Murat. Logró escapar en 1811 y llegó hasta Cádiz, donde se refugiaban las famosas Cortes de Cádiz que crearon una constitución liberal en 1812 para la España libre. Como es bien sabido, cuando el borbón Fernando VII regresó al poder una vez derrotado Napoleón, dijo que verdes las han segado y se pasó por el arco del triunfo las deliberaciones de Cádiz.

O'Donojú, que era liberal, fue acusado en 1814 de conspiración contra la Corona. Afortunadamente para él, ningún cargo pudo ser probado, y en compensación por las torturas que había sufrido se le nombró capitán general de Andalucía.
En 1820, con el pueblo español aburrido de tanta tiranía, Fernando VII se vio obligado a jurar la nueva Constitución. «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional», dijo el amigo borbón. Cosas veredes.

O'Donojú, para entonces un militar de prestigio y reconocido liberal, fue entonces designado Jefe Político Superior y Capitán de la Nueva España, lo que equivalía a ser nombrado virrey de México. Llegó al puerto de Veracruz el 3 de agosto de 1821, y rápidamente se enteró de que la mayor parte de la Nueva España apoyaba al rebelde Agustín de Iturbide. Unas semanas más tarde, se reunió con el rebelde, y reconoció su autoridad, y el derecho a la independencia del territorio colonial.
Los militares españoles, lógicamente cabreados con la sonora bajada de pantalones de O'Donojú, ocuparon varias plazas fuertes. El 13 de septiembre se acordó oficialmente el cese de las hostilidades, y los últimos grupúsculos beligerantes del ejército español se vieron obligados a retirarse a Veracruz, y finalmente a embarcarse de vuelta a España.

Juan O'Donojú firmó el 28 de septiembre de 1821 el Tratado de Independencia de México, y se convirtió de facto en el número dos de la junta que gobernaría el nuevo país, detrás del propio Iturbide.

Poco pudo disfrutar O'Donojú de su nueva condición, ya que el 8 de octubre fallecía, según la versión oficial, a causa de una infección pulmonar a los 59 años. Obviamente, muchos han encontrado sospechosa esta muerte tan inmediata, y se sospecha que pudo ser envenenado.
En cualquier caso, O'Donojú es a día de hoy una figura importante de la historia de México, donde está enterrado en la catedral del DF con honores de virrey. En España, pese a todo lo que hizo en vida, es considerado como un simple traidor .

A veces Francia es maravillosa

El pasado miércoles estuve viendo, en el cine con más afluencia de Europa (Les Halles en París, una putísima mierda de cine), "The hangover". El título, traducido al español, sería "La resaca". En Francia han decidido rizar el rizo y cambiar el título a... "Very bad trip", que por mucho que se pronuncie a la francesa ("Vegui baddd trguip") sigue siendo un nombre inglés. Que me ahorquen si le veo la lógica.

En fin, que la película es la comedia del año en la taquilla de los EE. UU., donde se está fajando bastante bien con los robots sin alma de Michael Bay. Parte de una premisa clásica de comedia, la despedida de soltero que se va de las manos, pero lo hace siguiendo un esquema muy fresco, y se aprovecha de tres actores desconocidos para mí con mucha química entre ellos.


Lo que más me gustó, sin duda, es descubrir que la despedida de soltero en francés se dice "ente
rrement de vie de garçon", que creo que no hace ni falta traducirlo al español. A veces el francés es maravilloso. Y hablando de extravagancia gala (¿?), el mismo miércoles, a las doce en punto, empezó a sonar una sirena a todo tren en la calle.

La cosa ululaba como las alarmas que había en Londres en el 40, cua
ndo los bombarderos alemanes repartían bombas como quien lanza migas de pan a las palomas. Total, que pregunté que para qué servía esa alarma -que por cierto no había oído en los dos años que llevo aquí-, y nadie supo explicármelo.

A veces Francia es maravillosa.