
El pasado sábado a las 4 de la mañana, mi amigo Cacho y yo nos levantamos en París, y nos dirigimos al aeropuerto de Orly, donde un vuelo nos llevó a Berlín, ciudad en la que nos esperaban Chava y Nono. Pasamos en Berlín tres días muy intensos, en los que nos dio tiempo a ver
cosas como el Reichtag, Potsdamer platz, Alexanderplatz, Unter den linden, la plaza donde los nazis quemaban libros (de cuyo nombre no me acuerdo), la universidad Humboldt, el Sony Center, el "museo" de los calabozos de la central de las SS o la Hauptbanhof. Son cosas muy chulas, pero cuando las ves con un sol de justicia y con una resaca de espanto, al ritmo de escapado en el Tour que imponía Cacho, se convierte en una especie de castigo. Y, hablando del Tour, conseguimos que el Chava aguantase sin verlo tres días. El tío se sabe hasta el nombre del utillero del cuñado de Alejandro Valverde. La madre que lo parió.

Pero, sin duda, a lo que nos dedicamos más en profundidad, fue a conocer Berlín Este, ese pedazo de Berlín que los rusos arrancaron como trofeo tras patear el culo de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, ahora reconvertido en lugar de ocio y cachondeo variado. A uno le sorprende ver esos edificios heredados de la época comunista, con su cemento armado, sus puertas de metal y su diseño minimalista por no decir zafio, ahora reconvertidos en bares, tiendas hippies o espacios de arte. Y todo a unos precios francamente ridículos (cerveza, 50 céntimos, pizza gigante, 1,50 euros, y así todo). Además, me reencontré con la variante de Coca Cola que más me gusta, la Coca Cola Vainilla, que no sé por qué cojones no comercializan en España, y en cambio nos dan la mierda esa al limón.

Sin lugar a dudas, lo que más nos gustó de Berlín fue... el garito con piscina sobre el río Spree. Con un nombre impronunciable (como casi todo en alemán, idioma cuyo estudio aprovecho estas líneas para confirmar oficialmente que abandono), el sitio consistía en una "playa" adosada a un muelle, todo lleno de tumbonas en las que se podía tomar desde una cerveza hasta un perrito caliente. Evidentemente, todo esto aderezado por mogollón de tipos en bañador (que pasaron inadvertidos a nuestros ojos) y chicas en bikinis (que concentraron buena parte de nuestra atención). Fantástico concepto. Quién tuviese río en Madrid para hacer lo mismo...
El martes, todavía con "monsieur mazo" castigándonos por los excesos de la noche anterior (cuya crónica no se puede reflejar por escrito, dejémoslo en que al final no cogimos el metro de las 4:10), Chava y Nono volvieron a Madrid, y Cacho y yo nos fuimos a conocer la ciudad donde Rosa de España perdió un par de kilos (no es grave, le quedan muchos más) sudando en Eurovisión: Tallin.
La historia de Estonia nos pareció una puta mierda, ya que se han pasado los últimos mil años ocupados por, respectivamente, daneses, suecos, alemanes, rusos, polacos, alemanes otra vez y soviéticos por fin. Stalin se ventiló a 20.000 personas en el año 49, por si les daba por rebelarse o algo. De hecho, el museo más interesante que encontramos se llama "Museo de la ocupación".

La ciudad está bien. Bueno, miento. El 3% de la ciudad está muy bien. Este porcentaje corresponde a la superficie de la ciudad medieval, que está llena de murallas, torres e iglesias (hasta visitamos una iglesia ortodoxa, en plan culturetas, que daba un poco de yuyu con un tío haciendo ummmmmmmmmmmm en voz alta), y que es lo que mola. Porque el resto de Tallin (y sí, nosotros salimos a verlo contra la opinión de todas las guías turísticas) se compone de avenidas grises, tranvías decrépitos y edificios diseñados con escuadra y cartabón. Eso sí, para los interesados en conocer cómo eran las ciudaddes comunistas, éste es un buen ejemplo. No es de extrañar el asco que les tienen a los rusos por allí.
Lo peor de todo, la moneda local. resulta que los muy cánceres no han cumplido los criterios de inflación de la eurozona, y como son un país de mierda, pues les han dicho que se esperen un par de añitos. Y ahí nos tienes a nosotros, moviéndonos con coronas estonias, que son como las liras, que te dan un millón y no sabes si celebrarlo o metértelas por el recto.
Aunque sin lugar a dudas, comentarios, réplicas o eventualidades, lo mejor de Estonia son... las mujeres. Parece increíble, pero en dos días y pico no vimos una fea por la calle. Asombroso. Como asombroso fue ir a un sitio de copas y ver que, de treinta mujeres, las treinta eran diosas del olimpo, máximas exponentes de la raza aria que tanto le gustaba al bigotes alemán.

Y, ayer viernes, me levanté de buena mañana en Berlín (ver foto), y ya estoy de vuelta en Santander. A comer, dormir y ver fuegos artificiales. Y, de paso, ir al cine a ver las últimas películas pendientes de ver. Ah, y he retomado 24 desde la primera temporada. Por aquello de refrescar...