Fun, funny and the Pixar way: Wall-e


Ayer estuve viendo la última de los más grandes, o lo que es lo mismo, respectivamente Wall-e y Pixar.
He de decir que en las últimas películas de Pixar, encuentro que los tráilers son especialmente aburridos. Al ver el primer minuto promocional de Cars, Ratatouille y la misma Wall-e, uno diría que está viendo aquel horror que fue el tráiler de Master and Commander.
Si bien en el caso de la peli de Russell Crowe, las dos horas de metraje se hac
ían más cortas que el minuto promocional, el caso de Cars no era tal: la peli era tan o más aburrida que el tráiler.

Otro detalle es que Pixar antes de sus largometrajes, siempre regala un cortometraje que a la vez les sirve a ellos como banco de pruebas. Muchas de sus mejores trabajos -Luxo Jr, Pajaritos- son cortometrajes. Pues bien, en el cine donde la vi, decidieron que total, si pueden poner anuncios en su lugar y sacar plus d'argent, tanto mejor. Maldita publicidad.

El caso es que Wall-e es la historia de una Tierra futuro-apocalíptica en la que sólo queda un robot (concretamente, el que da título al film) que se dedica a recoger la basura que la humanidad ha dejado por el camino. Humanidad, que, por cierto, vive en una enorme nave espacial y se pasa el día sentada en unos sillones voladores comiendo y viendo televisión.
La historia cambia cuando llega a la Tierra un nuevo robot encargado de encontrar vida vegetal, y Wall-e cae perdidamente enamorado de ella.

El planteamiento, que por s
í mismo tiene bastante rollete he de reconocer, da paso a una película irregular, que alterna momentos de aventura pixariana pura con otros impass romanticoides rozando el aburrimiento con la yema de los dedos.

Huelga hablar de la maestr
ía visual de los chicos de John Lasseter. De hecho, hace poco leí en un libro dedicado a Pixar que en ocasiones, como con la recreación del mar en Buscando a Nemo, tienen que cortarse con el realismo para que los personajes de dibujos sean creíbles como tales.
En el caso de Wall-e, es de justicia destacar el uso del sonido, ya que es una peli muda durate su primera mitad, y los ruiditos llevan buena parte de la carga narrativa de la historia. Bravo por Ben Burtt.


Me da un poco de rabia cada vez que me pasa (la
última vez con Cars, hace dos veranos) pero salí de la sala un poco indiferente a lo que había visto.

Yo dir
ía que la diferencia de Wall-e (y por cierto idem para Los increíbles) con las mejores producciones Pixar, y hablo de Monstruos SA y de las dos Toy Story, es el saber ser funny sin dejar de ser fun. O lo que es lo mismo, que el público se parta de risa Y disfrute. Eso, que creo que es el ADN del pixarismo, la comedia de aventura, falta en Wall-e. Te entretiene, pero no te hace reír. O al menos a mí no me lo hizo.

Me lo estoy pensando, me lo estoy pensando...

Ya no es sólo porque su publicidad me parezca sencillamente brillante -que también influye-, pero me estoy planteando seriamente pasarme a Mac. Es más bonito, da menos el coñazo, ocupa menos espacio, es 100% compatible, y no lleva Windows horror a la Vista.
Las dos únicas pegas que le veo es a) tener que conseguir el software básico en mi vida (office/photoshop/premiere) y solucionar el tema de ver los partidos del Racing en TVU Player. Creo que esto último lo puedo hacer con el simulador de PC.
Así que no sé. ¿Opiniones?



El tirador de esgrima

Ramón Martínez fue uno de los impulsores del deporte de la esgrima en España. Desde su gimnasio segoviano, donde impartió clase hasta casi el día de su muerte a los 96 años, muchos tiradores aprendieron allí el arte del sable y el florete.
Pongo aquí un artículo que se publicó hace un par de años en El Norte de Castilla sobre Ramón Martínez, tirador de esgrima, segoviano y bisabuelo mío.


Las reglas muy claras







Hombre meticuloso y ordenado, Ramón Martínez Esteve (1888-1984) cuidaba los aparatos gimnásticos como nadie, consciente de que eran su herramienta de trabajo. Lo mismo hacía con los sables para la esgrima. En el gimnasio tenía expuesto al público el reglamento que regía el funcionamiento. Las normas exigían a los pupilos llevar el «traje de trabajo» -no se menciona la palabra 'chándal'-, así como los guantes, la careta y la chaquetilla en el caso de los esgrimistas. Si un alumno invitaba a otra persona ajena a la sala a practicar la esgrima en ella, podía hacerlo, pero «pagará las hojas (de los sables) que ésta rompa». Y continúa: «Los discípulos quedan obligados a pagar las hojas que rompan, tanto en lección como en asalto; como también las que rompa el profesor en su lección o tirando».

La preocupación por el legado de su padre se refleja en las normas que regulan las clases de gimnasia: «Se suplica a los señores alumnos el buen trato de los aparatos, quedando obligados a pagar cualquier desperfecto que ocurra siempre que sea por imprudencia».El primer testimonio escrito que da fe del trabajo del maestro de esgrima José María Martínez en Segovia es un anuncio publicitario incluido en la guía de Pedro Hernández Useros, editada en 1889. Dice así: «Gimnasio médico y sala de armas. 10-Trinidad-10. Segovia. Director: José María Martínez, profesor de esgrima de la Academia de Artillería. Lecciones particulares á precios convencionales. Clases especiales para señoras». Recién diplomado por la Escuela Central de Gimnástica de Madrid, Martínez consiguió ese mismo año de 1889 la plaza de profesor de Esgrima y Gimnasia de la Academia de Artillería de Segovia. Valenciano de nacimiento, el esgrimista se trasladó con su familia y se instaló en la ciudad del Acueducto, donde acabó echando raíces gracias al prestigio que su labor adquirió con los años.

En vista del interés que las disciplinas físicas que impartía despertaron en el entorno de la Academia, don José María decidió abrir un gimnasio particular que, según el anuncio mencionado, primero estuvo situado en el número 10 de la calle Trinidad. Ahí comenzó una historia de casi un siglo que los más viejos del lugar conocen al dedillo.

El maestro es un enamorado de su cometido y, por supuesto, de las materias que ha estudiado en Madrid, y conoce a la perfección los entresijos de la gimnasia, sus dificultades físicas y aplicaciones. A finales del siglo XIX aún no existen las casas de material deportivo, por lo que la imaginación y el sentido común deben ser virtudes innatas en un buen profesor de gimnasia. Cuando abre la sala de armas, el profesor Martínez pone en práctica los conocimientos adquiridos en la Escuela de Gimnástica y diseña los aparatos que necesita para poder prestar sus servicios. Él los idea y los plasma en un papel, pero encarga la fabricación a carpinteros y herreros de Segovia. Después empieza a trabajar y a ganar alumnos y alumnas, porque sus clases también tienen en cuenta a las mujeres. José María Martínez es un adelantado a su tiempo.

La sala particular del profesor de la Academia de Artillería pasó por varios locales antes de su instalación definitiva en el número 3 de la plaza de San Martín, lo que debió suceder hacia 1905 a juzgar por una nota que 'El Adelantado' publica el día 8 de febrero de aquel año: «La nueva sala se ha establecido en la casa que anteriormente ocuparon las oficinas de Telégrafos. Ni es grande ni allí hay lujo. Pero en ella reinan entusiasmo, juventud y fuerza, elementos indispensables para toda buena obra y que aquí se emplean y seguirán empleándose, seguramente, con excelentes resultados». La misma información revela que el gimnasio de Martínez llevaba un tiempo cerrado por ausencia del dueño, aunque este regresó para retomar e impulsar su labor con más fuerza si cabe.

Prueba de su afán de superación es la iniciativa que emprende en diciembre de 1906, cuando pone el gimnasio a disposición de los niños que asisten a las escuelas municipales. Para ello solicita permiso, y el Ayuntamiento se lo concede sin dudarlo. Los escolares acudían de 4 a 9 de la tarde de los días no festivos de los meses de septiembre a mayo, tal y como consta en el Archivo Municipal. Los lunes y los martes asistían los alumnos de la escuela de Martín Chico; los jueves, los de Santa Eulalia; los viernes, los de San Lorenzo en fin, el gimnasio estaba siempre lleno de muchachos.

José María Martínez murió en diciembre de 1912, pero, afortunadamente, la actividad no sufrió parón alguno; su hijo, Ramón Martínez Esteve, que ya entonces contaba con éxitos reseñables en campeonatos nacionales de esgrima, cogió las riendas del gimnasio que el progenitor había dejado con rango municipal. El Ayuntamiento acordó «por unanimidad ( ) nombrarle profesor del Gimnasio Municipal en iguales condiciones que lo desempeñaba su difunto padre (q.e.p.d.). El alcalde: Pedro Zúñiga Otero».

El sucesor

Acababa de nacer 'el gimnasio de don Ramón', nombre por el que fue conocido a lo largo del siglo XX. En 1913, el joven Ramón -tenía 25 años- fija las tarifas para el nuevo curso: «Para abono de diez meses á la clase de gimnasia higiénica, 5 pesetas al mes. Fuera de abono, 7,50 pesetas. Por abono durante igual tiempo á las clases de esgrima y gimnasia, 10 pesetas mensuales, y 15 pesetas para los no abonados».

Desde la plaza de San Martín, don Ramón generalizó el interés por la esgrima, deporte que en la década de 1920 vivió en la ciudad uno de sus momentos más dulces, sobre todo en el entorno de la Academia de Artillería, centro donde también impartía clases el sucesor de Martínez. Señala Juan Manuel Santamaría que la Sociedad Deportiva de la Academia organizó con éxito torneos muy reñidos, como el celebrado en 1927, en el que hubo 28 asaltos de espada y 32 asaltos de sable.

La guerra civil fue un paréntesis en el tiempo que, en el caso de la esgrima, dio paso a un periodo aún mejor. Según Santamaría, la mayoría de los alumnos cadetes de la Academia y de los muchachos de las clases acomodadas practicaron con entusiasmo un deporte que en los años que siguieron a la contienda adquirió un auge inusitado, siempre alrededor del gimnasio de don Ramón. Destacó -no podía ser de otra manera- su propio hijo, Ramón Martínez Roig, campeón de España de sable en los años 1947 y 1949 e integrante del equipo español que participó con escasa fortuna en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960.

Aunque atentísimo a las evoluciones de su hijo, Martínez Esteve siguió entregado en cuerpo y alma al gimnasio y a sus clases de educación física en las escuelas públicas segovianas. Los ayuntamientos franquistas le fueron subiendo los emolumentos que cobraba como funcionario -en 1943 percibía 4.000 pesetas al año-, e incluso le propusieron un convenio «para la prestación de servicios profesionales a las Escuelas de Enseñanza Primaria de esta capital» a cambio de 12.250 pesetas anuales, reto que asumió gustoso en enero de 1953 a pesar de sus 64 años. ¿Cuántos segovianos habrá que aún le recuerden dirigiendo los ejercicios físicos y las carreras de turno en los patios de aquellas escuelas de la posguerra o en las escarpadas laderas del Pinarillo! «Era un hombre delicioso, una pura anécdota por la cantidad de vivencias acumuladas», recuerda Mariano García Carretero, actual profesor del INEF y autor de una tesina sobre el gimnasio de don Ramón. «Llevaba Segovia en las venas y tenía una vitalidad tremenda. Con 80 años manejaba la espada como nadie porque tenía una muñeca prodigiosa que conservó siempre. Era un hombre afable y simpático, pero también con un pronto muy suyo».

Jubilado como empleado del Ayuntamiento en 1958, Ramón Martínez Esteve continuó dando clases en su gimnasio particular de la plaza de San Martín hasta casi el final de sus días.
Murió el 11 de junio de 1984, al poco de cumplir los 96 años de edad. El local quedó convertido en un bar.

Cuestiones costarriqueñas



Quería comentar alguna cosa más de Costa Rica, cosa que por cuestiones de tiempo y otras actividades varias no había podido hacer hasta ahora.

Por un lado, no me ha dado tiempo a ver nada. O lo que es lo mismo, he cruzado medio mundo para encerrarme en una sala de ocho de la mañana a siete de la tarde. Ya me pasó en Chicago y me ha vuelto a pasar aquí. Es lo que tiene que te paguen el viaje...

Por lo menos esta vez compré -en la tienda del aeropuerto, entiéndase bien- un imán de nevera para la colección familiar (¿?) y una camiseta que dice "no army since 1948. Costa Rica, pacific republic" que me hizo gracia.

De lo que he podido ver, gente muy amable, amaneceres a las cuatro y pico de la madrugada, coches bien japoneses, bien bemeuves, anocheceres a las cinco de la tarde, mucha -MUCHA- vegetación, tortillas de trigo por todos lados y a cualquier hora y una moneda llamada Colón que es un fraude, porque en dólares se puede pagar desde una pizza hut a domicilio hasta el impuesto que te hacen pagar por salir del país, que por cierto te hace una gracia y una ilusión que no veas.


Qué más... en el apartado anécdotas tenemos a) la nota de la lavandería -foto-, que fui incapaz de completar por no saber la diferencia entre un bloomer y un brassier... y qué diablos quiere decir cada uno de estos términos; y b) la cantidad de veces que pude repetir el verbo "coger", de manera que más de uno por allá piensa que los españoles somos unos pervertidos que sólo sabemos hablar de sexo.


En fin, que volveré algún día, tarde o temprano, sin un colón en el bolsillo, el despertador puesto a las cinco de la mañana y una cámara de fotos para retratar volcanes, tortugas y playas. O lo que sea que haya en Costa Rica.

Hágase la luz: The dark knight

Apenas aterrizado de Costa Rica, dejo mis cosas en casa, echo un sueñecito reparador... y me voy al cine. La película del año me esperaba: el retorno de Batman y, sobre todo, la rentrée en escena del Joker, encarnado por primera y última vez por Heath Ledger.

Hacía mucho que no me sentía así al salir del cine. Posiblemente desde Terminator 2. Es muy difícil salir de la sala con la certitud de que acabas de ver una obra maestra.
Y ojo, que no hablo de un género en especial, hablo de "obra maestra" en el sentido más amplio del término.

Todo en The dark knight es absolutamente brillante. La historia, desarrollada por los hermanos Nolan a partir de comics de referencia como La broma asesina o sobre todo el magistral The long Halloween, es sencillamente impresionante. Me he pasado el camino desde el cine hasta casa dándole vuelta a todas las tramas, subtramas, elementos, personajes, etc. sin encontrar un solo agujero, un solo cabo suelto. Y no sólo eso, sino que consigue en todo momento que el espectador considere plausible la historia de Gotham City.

Mucho se ha hablado de la interpretación de Heath Ledger del personaje del Joker. Yo, que siempre pensé que era complicado mejorar el trabajo de Jack Nicholson en 1989, me retracto públicamente. Qué exhibición, qué manejo del cuerpo, qué inflexiones de la voz, que manera de caminar entre el histrionismo y la psicopatía y, sobre todo, qué risa tan... jokeresca. La locura en estado puro.

En la otra esquina, Batman -en un doble papel que Christian Bale clava, aunque no entiendo muy bien por qué habla como a gritos susurrados-, Gordon -un lujo tener un secundario que se llama Gary Oldman-, Harvey Dent -un muy sobrio Aaron Eckhart y un sensacional maquillaje final- y sobre todo Michael Caine, que con apenas otra página de diálogo sigue componiendo un Alfred Pennyworth memorable.
Hay más. La acción, dirigida por el propio Nolan sin segunda unidad ni nada, es impecable y absolutamente verosímil. Desde el atraco al banco hasta la persecución final, pasando por el interrogatorio, el estilo de Nolan -y su inspiración michaelmannista- es difícil de superar.
Un detalle que ya me había gustado en Batman Begins, tres años ha, es la música a cargo de Hans Zimmer y James Newton Howard. En esta ocasión, se superan no tanto gracias al tema principal -una suite basada en la percusión y los graves, muy lejos de las fanfarrias clásicas de las películas de superhéroes- sino especialmente gracias a los silencios. En particular, ese inquietante silencio sonoro que rodea al Joker cada vez que toma la palabra.
En definitiva, dos horas y media de espectáculo en cuchara sopera, una ostentación de maestría cinematográfica, una auténtica iluminación para aquellos que amamos el séptimo arte y, si hay justicia en este mundo, una indiscutible candidata a los Oscar.

Bienvenidos a Jurassic Park

La foto ilustra perfectamente mi alucine: as ocho de la morning y un sol de justicia.
Me he levantado, y tras ducha y batalla a muerte con una araña, he ido a desayunar. El desayuno fenomenal -y sin embargo gratuito-, pero recordad pequeños satamontes que aqui a las tortitas no les ponen mermelada de fresa, sino salsa picante de la muerte.
De momento es todo.
Voy a ver si consigo un taxi para ir a ver a los diplodocus.

Costa Rica (y nada más)

Pues sí, el próximo sábado 9 me mandan -por motivos exclusivamente laborales, que conste en acta- a Costa Rica.


¿Qué sabemos de Costa Rica a priori? Poca cosa, parece ser la (engañosa) respuesta. Colonia española independizada en 1821 junto con otras muchas, con numerosos volcanes y cuya moneda es el prestigiosísimo colón.

Y sin embargo Costa Rica, sin tener el glamour de otros países, ni dictaduras bolivarianas, ni canal, ni pretóleo, ni carnaval, ni miss universos, ni de nada, tiene sus secretos escondidos.

El principal de ellos, la isla Nublar, situada a 120 millas al oeste de la costa, que la compañía americana Ingen convirtió, allá por 1993, en un parque temático con dinosaurios reales.
Más allá del jurásico peligro de la remota isla, Costa Rica presenta a uno de los jugadores de fútbol más estrambótico de todos los tiempos: Paulo Wanchope. Futbolista de escasa técnica pero mucho mucho gol -como su vecino panameño ,el no menos mítico Dely Valdés-, enchufó goles de todos los colores en Inglaterra, España, Japón, EE. UU. y un largo etcétera. En la foto, una muestra de su estrambótico -y sin embargo eficaz- estilo.


Y Costa Rica, por último, tiene esto que ya de por sí justifica la existencia de dicho país:






Los 1.196 del USS Indianapolis

Hacía una temporada que quería contar aquí la historia del crucero Indianapolis, uno de los últimos barcos americanos hundidos en la Segunda Guerra Mundial.

El USS Indianapolis partió el 16 de julio de 1944 desde San Francisco hacia Tinian, haciendo escala en Pearl Harbor (foto). En sus bodegas ibas muchas partes de lo que luego sería "Little Boy", la bomba atómica que planchó con raya al medio la ciudad japonesa de Hiroshima.


Una vez entregada la mercancía, el 28 de julio salió con 1.196 hombres a bordo del puerto de Guam hacia Filipinas, desde donde debía partir hacia Okinawa. Jamás llegó a puerto.


En la noche del 30 de julio, dos torpedos lanzados por un submarino japonés le alcanzaron, hundiéndolo rápidamente (en tan solo dos minutos, citan algunas crónicas) y matando a unos 300 hombres.
Señales de socorro fueron enviadas, pero desatendidas porque, al estar el Indianapolis en misión secreta, los oficiales que recibieron el SOS consideraron que se trataba de una treta japonesa.


Así que ahí tenemos el 30 de julio cuando sale el sol a 800 y pico hombres en mitad del Pacífico sin botes salvavidas -no hubo tiempo de sacarlos- y sin nadie que los venga a rescatar.
Como si no fuera suficiente estar abandonados flotando en el océano más grande del mundo, a primera hora de la mañana empezaron a avistarse tiburones. Los escualos comenzaron a dar vueltas alrededor de los grupos de hombres. A las pocas horas, ya había centenares de tiburones esperando su turno.


Finalmente el 2 de agosto, un piloto que sobrevolaba la zona reportó "muchos hombres en el agua", y a partir de ahí se organizó la operación de rescate.


De los más de 800 hombres que cayeron al agua, sólo 317 hombres salieron del agua con vida.
Uno de ellos fue el capitán Charles McVay, quien después sería llevado a la corte marcial acusado de haber arriesgado el barco al seguir un rumbo recto y no zigzaguear como dictaban sus órdenes. Finalmente, y ante la declaración del capitán japonés responsable de su hundimiento afirmando que el zig zag no hubiese mejorado las cosas, McVay fue exonerado de sus cargos.

Muchas de las familias de los marineros muertos le culparon del hundimiento, y McVay llevó sobre sus hombros el peso de la culpa hasta que, en la mañana del 6 de noviembre de 1968, el capitán del USS Indianapolis se voló la sien en su casa de Connecticut.

El increíble Hulk

Mientras espero impaciente el momento de hincarle el diente a El caballero oscuro, ayer me pegué sesión de cine superheróico con El increíble Hulk. Cine de verano palomitas-free, que para eso estamos en Francia. Mmmm.

Como alguna vez ya he comentado en estas líneas, Hulk es uno de los personajes de Marvel de segunda fila, muy por debajo de Lobezno, Spider-Man o el Capitán América. Nunca me gustaron sus comics, básicamente porque nunca hubo una historia más allá del doctor que se convierte en monstruo. Jekyll y Hyde en versión radiactiva, para que nos hagamos a la idea.

Después de una primera adaptación al cine por parte de Ang Lee, quizás demasiado pretenciosa desde el punto de vista intelectual (¿tiene conciencia Hulk?, se preguntaba con sus ojos medio cerrados, el director de, oh sí, Tigre y Dragón), pero al menos innovadora en cuanto al uso de viñetas de comic en una película, El increíble Hulk es el intento de llevar la franquicia hacia el terreno del encefalograma plano... que al final es de lo que se trata con semejante personaje. O quizás no.

La peli abre muy bien: en unos títulos de crédito de unos tres minutos te cuentan toda la historia de Bruce Banner (Edward Norton), quien se somete a un experimento que sale mal y le convierte en un bicho verde con muy mala leche. Entonces decide, ante el acoso del ejército, dejar a su novia y huir para aprender a dominar al monstruo.
Hop, fantástica intro en tres minutos. Bravo a Louis Leterrier, el director francés a cargo de mover la cámara en esta ocasión.

Después, descubrimos a Banner en una favela brasileña. El plano aéreo que recorre la favela, con miles de casas formando un solo ente en la ladera de una montaña, es acojonante.
Ni que decir tiene que descubren el escondite de Banner... de una manera surrealista. Resulta que mientras trabaja en una fábrica embotelladora de guaraná, se hace una herida y un poco de sangre cae en una botella.
De entrada, leo en imdb que el plano de la gota de sangre cayendo en la botella se tardó un año en hacer (!), y después resulta que esa botella contaminada le llega a un americano (cameo de Stan Lee) y... el ejército se entera! Ni MacGuffin, ni MacHostias. De alucine, oiga.

Los actores, más allá de Norton, que parece inscrito en la escuela del sosismo de Tom Hanks o Nicholas Cage, están flojetes. Liv Tyler, quien por cierto aparece pasadita de peso y luciendo falda hippie para disimular cadera, intenta repetir la actuación de Jennifer Connelly en el Hulk de 2003. Tim Roth, el malo de la función, no resulta creíble ni como mercenario, ni como monstruo, ni como nada.

Sobre los efectos especiales, que son responsables del protagonista y de su némesis, poco a señalar. Al final hay una batalla anunciada con gran pompa entre dos bichos enormes en el medio de Nueva York. Y sí, ves a dos cosas, una verde y otra amarilla, darse cera que da gloria, ora un coche, ora una cadena, se dan leches hasta en el cielo de la boca, pero no notas que dentro de ellos haya un personaje, un ser humano, una historia, un actor, o lo que quiera que debería haber.
En definitva, Hulk me sigue pareciendo increíble, pero no por sus habilidades, sino por su persistente falta de realismo.
La cuestión que queda por resolver es si puede hacerse un bicho verde de tres metros de una manera realista...