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Infumable Iñárritu: capítulo final

Hace relativamente pocos años tomé una decisión que me ha ahorrado muchas pérdidas de tiempo en esta vida: decidí que los libros que no me gustaran después de haber invertido un cierto tiempo en ellos, en lugar de forzarme a acabarlos los echaría a un lado y no perdería ni un segundo más en sus páginas. Con el cine, me dije, cuanto más vea mejor, porque al fin y al cabo por muy mala que sea una peli, sólo voy a pasar dos horas de mi vida con ella.
Pues bien, hay un grupo de cineastas que me han convencido de lo contrario. Primero fue Roberto Rodríguez, ese tío que cree que puede hacer cine en su garaje de Texas y colárnoslo como si fuera hecho en Hollywood. Creo que mi límite de tolerancia lo alcancé con Sin City. Después me negué a ver cualquier cosa dirigida, pensada, conchabada o con tufillo a Robert Rodríguez. Hasta en dos ocasiones -Predators y Machete- me planteé levantar el veto, pero al final mi sentido común se impuso.
El segundo de estos directores era Robert Altman, que me sodomizó cinematográficamente hablando con aquel espanto llamado Gosford Park. Afortunadamente, Altman hace tiempo que dejó de torturar a nadie con una cámara, y ahora alimenta a los gusanos de algún cementerio californiano.

El gran favorito para entrar en este selecto grupo de directores malditos era Alejandro González Iñárritu. Ese hombre que hizo Amores Perros, que si bien tenía sus cosas buenas, a mí me aburrió. Luego repitió fórmula con 21 gramos y también me aburrió, así que decidí no ver su tercera película idéntica, Babel. Cuando llegué a España esta navidad compré, como siempre, la revista Imágenes. En ella explican que la nueva peli de Iñárritu, Biutiful, vale mucho la pena, que Bardem está de Oscar, ñañaña. Así que fui. Y vaya si lo lamento.
No podía dejar de pensar en mi amigo Sebas mientras se consumían las interminables dos horas y pico de peli: hace unos años, Sebas me explicó que odiaba Los lunes al sol porque era una historia en la que no pasaba nada. Pues bien, al lado de Biutiful, Los lunes al sol es como la trilogía de Star Wars. Una montaña de emociones fuertes. Biutiful. Qué sopor de película, qué planos pretenciosos, sin aportar nada, una mano aquí, una mirada de dos minutos allá, un diálogo innecesario cámara en mano acuyá. De narcolepsia asegurada, oiga.
Supongo que el título del film es una especie de oxímoron que contrasta con la sordidez de la Barcelona que se retrata. Precisamente el único valor de la obra (¿?) de Iñárritu reside en la parte documental que nos enseña la Barcelona de hoy, un sitio sucio, una ciudad decadente que vive en caída libre desde aquel lejanísimo 1992.
Sin embargo, el problema de Biutiful es que no se trata de un documental, sino que pretende contar una historia, una ficción que debería interesarnos como poco y conmovernos en el mejor de los casos. Al final, agua: no podría darnos más igual lo que le pase al personaje de Bardem que, dicho sea de paso, está toda la peli con la misma cara de triste, como si llevara la sinfonía patética de Tchaikovsky enchufada en el iPod. 

Ah, y una cosita: ¿alguien me puede explicar qué hace Televisión Española financiando -con el dinero de todos- esta película? Digo, porque el director no es español, no es novel -tiene 47 añazos el mozo y ha hecho cuatro pelis en su vida- y cuenta con Javier Bardem de protagonista. Si él solito no es capaz de buscarse financiación privada para sacar este guión adelante, será porque la peli no merece ver la luz. Veremos qué dicen las taquillas mundiales.
Total, que ya tengo una más de mis resoluciones de año nuevo. Alejandro González Iñárritu, descanse en paz. Ya no volverás a aburrirme más.