La amenaza fantasma, diez años después


En un par de meses se cumplirán diez años del estreno de la película más anticipada de la historia: Star Wars, Episodio I, La Amenaza Fantasma, era su título. En rigurosa primicia, y después de ocho años en la nevera, el autor de estas líneas ha sacrificado dos horas largas en pos del progreso de la raza humana (¡timbales!).

Pues bien, mi impresión general, diez años después, es mejor de lo esperado.

Por un lado, sí, los efectos especiales han envejecido mal que te cagas. Pelis como Jurassic Park o T2, del 93 y el 91 respectivamente, son una delicia, mientras que en La Amenaza Fantasma puedes intuir las ensaladas de píxeles, los actores haciendo el gañán delante de un croma azul, las texturas inexistentes por omisión y la cara de auto-satisfacción rozando el onanismo del ente antes conocido como George Lucas.

Por otro lado, la explicación de la Fuerza, que se suponía que es una energía filosófico-religiosa, a través del número de L casei immunitas en sangre, es de cagarse.
Es como pasar de Platón a Aristóteles de golpe y porrazo.
Y sí, Jar-Jar Binks sigue siendo un cruce abyecto de Ewok y Krusty el payaso. Es insoportable, enervante, fusilable con mierda.


En cambio, hay otras cosas que me han gustado. Sobre todo, dos: una, Liam
Neeson, que hace un jedi cojonudo, con el equilibrio justo entre sabiduría y reparte-cera del que carecen los Yoda, Obi-Wan, Luke y demás ralea.
La segunda cosa es el malo, Darth Maul, que mola un huevo con su doble sable láser. La batalla entre él y los dos jedis al final me cuesta creer que haya sido dirigida por Lucas. Es más, me cuesta tanto, que no me lo creo.
También me ha sorprendido, leyendo por internés, saber que Benicio del Toro iba a hacer el papel de Maul, pero rompió el contrato cuando descubrió que Lucas había cortado casi completamente sus líneas de diálogo.

Evidentemente, Lucas la vuelve a cagar cuando le despeña por un acantilado al final de la peli.

La Amenaza Fantasma, sin embargo, es mucho más dura de ver una vez que se pasa la novedad del estreno. Hay secuencias enteras -el reino submarino, la batalla gungan vs droids, los monólogos del Darth Baby- que son directamente insufribles.

Diez años después, da la sensación de que, en realidad, nadie necesitaba un Episodio I. Todos sabíamos quiénes eran, de dónde venían y a dónde iban los personajes de Star Wars.
Eso sí, este nuevo visionado me ha permitido distinguir las escenas de Keira Knightley de las de Natalie Portman. Y me reafirmo en lo que ya creía: Natalie, I love you.


Y a todo esto, ¿qué coño es La Amenaza Fantasma?

La aventura formidable del hombrecillo indomable

Siempre que, en uno de los miles de test que circulan por internet, me preguntan por mi libro favorito, yo respondo que es "La senda del perdedor" de Bukowski. Y sí, la autobiografía de Hank es espectacular, sensacional. Y, sin embargo, hay otros dos libros a los que considero obras geniales, que además fueron de los primeros que leí cuando aprendí a juntar letras y palabras hace... bueno, hace tiempo.

El primero de ellos es "Cuentos por teléfono", de Gianni Rodari. Algún día le haré el homenaje que corresponde. El segundo es el que da título a este post, "La aventura formidable del hombrecillo indomable", escrito e ilustrado por el checo Hans Traxler.

El cuento es pura surrealidad: la aventura de un hombre que, al encontrar una esponja, empieza una aventura que le llevará hasta la luna. Todo eso, en verso. Para colmo, lo leí traducido al castellano, con los azares que eso conlleva cuando se trata de poesía. Pero bueno, es una obra fantástica, delirante, que afortunadamente para aquellos cuya madre no os lo compró en su momento, tenéis disponible aquí. Que lo disfruten.

The clown wars

Por primera vez desde que tengo uso de razón, no vi una película de Star Wars en el cine. La razón: tenía una pinta espantosa. Sin embargo, un par de comentarios positivos de mis primos alcorconeros hicieron que me decidiese a pasar una hora y media viéndola.

La historia: el alienígena que se adueñó del cuerpo de George Lucas decidió seguir explotando la franquicia, esta vez con una serie de animación para TV. Sin embargo, al ver el primer capítulo, se le encendió la bombilla: ¿por qué, ya que está hecho, no lo proyectamos en cines? Y así fue como Star Wars: The Clone Wars, llegó a las salas el pasado verano.


Para empezar, esta serie no está distribuida por Fox, sino por Warner, por lo que el comienzo de la "película" no es igual a las otras.
Para seguir, la clásica banda sonora de John Williams ha sido reemplazada por una cosa orquestada por un tal Kevin Kiner. En lugar de hacer algo totalmente diferente, o puestos a copiar, darle una vuelta a la cosa como
algunos de los brillantes remixes que se han hecho por ahí, el amigo Kiner se saca de la manga unos temas sin carisma, sin... Fuerza.

La calidad de la animac
ión, lejos de los niveles de Pixar, no está mal. El diseño de personajes parece estar inspirado en el manga, y hasta la reproducción de mi querida Natalie Portman se salva de la quema.
Luego, el flujo de la animación es regulero; en alguna de las batallas parece que alguno de los ordenadores que renderizó la cosa se las vio y se las deseó para procesar tanto píxel en movimiento.

El guión es sin duda lo más flojo de este sacacuartos de Lucas: Obi-Wan, Anakin, y la nueva padawan de Anakin (una chica, entiendo que decisión determinada por los estudios de mercado de Lucasfilm), tienen que rescatar al secuestrado hijo de... Jabba el Hutt! Honestamente, ni los niños de ocho años se merecen una chorrada semejante.
Independientemente de la estupidez del punto de partida, el desarrollo de la trama lleva a situaciones esperpénticas -como una batalla en la cual Anakin se infiltra en las líneas enemigas escondido debajo de una caja- y personajes absurdos -como el tío travestido de Jabba-.

En fin, que a mí me parece una pena que se estén cepillando la marca Star Wars y todo lo que lleva detrás a base de subproductos como éste. Pero en fin, George Lucas lo parió, y él (o quien quiera que habita su cuerpo) verá lo que hace.

Back to back blockbusters

Entre los cincuenta y los setenta, en Estados Unidos los cines proyectaban sesiones contínuas de películas de ciencia ficción, lo que se llamaban programas back to back. Hoy, con una cartelera con un incremento del número de blockbusters directamente proporcional a la temperatura en la calle, he tenido que hacer sesión doble para ponerme al día.

Por un lado, he empezado viendo Wolverine, spin off a partir del mejor personaje de las tres películas de X-Men producidas por la Fox: Lobezno.
Sin ser un fanático del personaje al nivel que puedo serlo de Batman, por ejemplo, Wolverine es un tío que siempre me ha caído bien por lo políticamente incorrecto que resulta. En los cómics fuma y mata, indistintamente. Pues bien, Wolverine es no recomendada para menores de 13, y producto de la 20th Century Rupert Murdoch Neocon Fox. Es decir, ni un fuck en todo el metraje, y el único puro que se fuma, acaba pulverizado por una bala.

Aún así, la película la aguanta sobre sus espaldas el propio Wolverine, que es una vez más el -según todas las mujeres del mundo mundial- buenorro Hugh Jackman. A pesar de que pierde un poco el tono rebelde y contestatario que tenía en X-Men, sigue siendo un personaje interesante.


Los guionistas de la función aprovechan la
ocasión para seguir abriendo el universo mutante, representando a personajes clásicos como Gambit o Deadpool, y rehaciendo la personalidad de Sabretooth, que ahora pasa a ser hermano del héroe.
Lo mejor de la película, los créditos iniciales, donde se ve al inmortal Lobezno luchando en todas las guerras del siglo XX. También está sorprendentemente bien el Arma XI, que es en términos videojuegueros el malo de la última pantalla. La verdad es que acojona bastante su aspecto.

En el apartado negativo, la sensación de baratillo generalizado que inunda la película. Más que por falta de presupuesto, yo lo achacaría a la falta de imaginación de Gavin Hood, el director de la función, para hacer brillar los mimbres que tiene. Queda la duda de lo que habría podido hacer un director de verdad, estilo Zack Snyder o David Fincher, con el personaje.

La segunda parte de mi doblete ha sido para el remake de Star Trek. Sorprendentemente, jamás he visto un minuto de las diez películas y miles de episodios de TV que se han hecho sobre esta saga. Siempre me ha parecido demasiado camp, demasiado de baratillo. Este remake, dirigido por JJ Abrams, carece de muchas cosas, pero desde luego que de medios no.

Al entrar en el cine, tenía la sensación de que no me iba a gustar. Al salir de la sala, tuve la confirmación que esperaba. Star Trek es una especie de ciencia ficción erudita. Como si Star Wars hubiese sido escrita por un equipo de ingenieros aeronáuticos de la NASA.
Los personajes son planos y la trama, por querer resultar inteligente, acaba resultado engorrosa.

Si hay un grupo de fans de una película irascibles, esos son los trekkies. Por eso, cuando JJ Abrams desveló que él en realidad era fan de La Guerra de las Galaxias, más de uno le declaró persona non grata. Quizá por eso, en el film aparece Leonard Nimoy, que ha interpretado a Mr Spock (el de las cejas depiladas y las orejas de elfo) a lo largo de cuarenta años. A mí me parece que la presencia de Nimoy no hace sino añadir complejidad innecesaria a la trama, y parece que su presencia es más una concesión a la galería que una necesidad de guión.


En definitiva, estoy seguro de que esta película hará mucho dinero en taquilla, y en algunas semanas empezaremos a escuchar los rumores de una secuela. A mí que no me esperen: no nací para ser Trekkie.

París, deux ans plus tard.

Ayer hizo dos años que hice mi petate y me vine a París. Mientras Sarkozy, elegido el mismo día que yo llegué, hace su balance, yo saco dos años muy positivos en casi todos los sentidos.

Desde el día que aterricé en el Charles de Gaulle con tres maletas -que se me cayeron al suelo-, muchas cosas han cambiado.
Profesionalmente, estar aquí me ha enseñado cómo son los franceses, cómo razonan, etc. Estar cerca del sol te permite no sólo coger un buen bronceado, sino aprender un huevo de cosas de los intereses ocultos que mueven la publicidad y, por ende, nuestro mundo.

Desde el punto de vista personal, París ha sido mi primera oportunidad de vivir solo, negociar el alquiler, aprender a organizarme, cocinar, hablar con albañiles, limpiar, contratar la luz e internet en francés, planchar y un largo etcétera. Evidentemente, no me olvido de mi pequeño percance de salud el año pasado, del que salí with a little help from my friends, entre los que obviamente destaco a la Dra Mimamá, que estuvo ahí desde que me desperté de la anestesia hasta que volví a la vida dos meses después.

En París he hecho pocos amigos. Los pocos que he hecho, sin embargo, son pour toujours. Principalmente, mis dos grandes compis aquí son Mathieu, un ch'ti tan grande como su corazón, y sobre todo Antoine, un tipo sencillamente sensacional, espectacular, un hermano francés que, entre otras muchas cosas, me llevó al hospital el día que mi apéndice implosionó. Merci, mec.

Una cosa que me propuse al llegar aquí fue aislarme de los españoles. Ha sido imposible. A gente tan maja como Maite y Quicu y el paisano (mademoiselle) De la Peña, no tiene sentido evitarlos.
He tenido la suerte, además, de ver a la selección levantar la Euro 2008 y a mi querido Racing jugar en el mítico Parque de los Príncipes frente al PSG, golazo de Gonzalo Colsa incluido.
El partido lo vi con un montón de racinguistas que conocí en internet, y que algunos de ellos se han convertidos en buenos amigos.
Hablando de amigos, me he hecho muy colega de Javi, presentador de postín en el Canal Plus francés, con el que rápidamente pasó la corriente y así hemos montado Fútbol no es fútbol. Gran tipo, a pesar de ser un poquito más bajo de lo que da en pantalla.

No sé cuánto tiempo más estaré aquí -espero que el suficiente como para ir al Louvre-, pero está claro que París es una ciudad que ya forma parte de mi historia.

Hey T-Mobile

Tremendo.

On ne passe pas

"Nadie pasa" era la divisa de la línea Maginot. Construida por el gobierno francés durante el periodo de entreguerras con el único fin de proteger Francia de un nuevo ataque alemán, la Línea Maginot está formada por una serie de fortificaciones que se extienden desde la frontera norte con Alemania hasta el linde francoitaliano a orillas del Mediterráneo.

La historia es bien conocida: el ejército nazi decidió atravesar el desprotegido bosque de las Ardenas, en la neutral Bélgica, y alcanzó París, estampida franco-inglesa de por medio, en tan sólo un mes. La Línea Maginot, si bien es cierto que resistió mientras fue atacada de frente, tuvo que sacar la bandera blanca cuando los alemanes llegaron por la retaguardia.

Por fin, después de mucho tiempo esperando, he conseguido visitar la Línea. En un bosque cercano a Estrasburgo, escondido entre los árboles, está el bunker de entrada a la fortaleza de Schoenenburg. Sin apenas turistas, hicimos una visita guiada de dos horas y media a lo largo de los cuatro kilómetros de fortificación subterránea.

En la instalación vivieron seiscientos soldados entre 1930 y 1939. Schoenenburg está dividido en dos partes, una logística, con dormitorios, aseos, cocina, generadores eléctricos e incluso filtros de gas, y una zona de combate con seis cañones diferentes. Ambas partes están unidas por un pasillo de dos kilómetros en forma de V que impide que, en caso de invasión enemiga de una de las dos partes, se pudiese disparar de un extremo al otro.
Curiosamente, en Schoenenburg sólo murieron dos soldados, y ambos durante ejercicios de entrenamiento.

Cuando efectivamente los alemanes atacaron, en ocasiones con obuses de 420 mm, los seiscientos de Schoenenburg se defendían con ridículos cañones de 75 mm. Mientras los stukas alemanes dejaban caer bombas de 250 kg, los franceses habían considerado ridícula la instalación de defensas antiaéreas.
A pesar de la desigualdad ofensiva, es verdad que la Línea Maginot es un prodigio técnico como construcción defensiva. Los seis cañones eran retráctiles, de manera que eran subidos (189 toneladas suben y bajan con tan sólo una palanca) durante quince o veinte minutos, y luego volvían a ocultarse bajo tierra, a salvo de los bombardeos enemigos. El aspecto que dejan sobre el terreno, como puede verse en la foto, es la de un platillo volante haciendo picnic.

La mujer que nos hizo de cicerone a la construcción decía, orgullosa, que la Línea Maginot cumplió su objetivo, porque los alemanes no pasaron por ella. Luego reconoció que los soldados de Schoenenburg, rodeados por los alemanes, sólo tenían provisiones para un máximo de tres meses. O, lo que es lo mismo, habrían acabado saliendo de motu proprio, las manos en la cabeza y en fila de a uno hip-haro.
On ne passe pas? El que no se consuela es porque no quiere.