Lebowski, diez años después

El título de este post es puramente comercial; la verdad es que casi hace once años que se estrenó El gran Lebowski.

El otro día discutía sobre las mejores comedias de los últimos veinte años, y se me olvidó hablar de Lebowski. Para mí, sin lugar a dudas, la mejor película de los Coen. Recoge lo mejor de Barton Fink, elimina la falta de ritmo de Fargo y no cae en el error de contratar a George Clooney como comediante. Como digo, la mejor película de los hermanos Coen.
La primera vez que la vi, lo recuerdo perfectamente, fue un día que no tuve clase en el instituto -el profesor no vino- así que, con toda la mañana libre, pasé por el videoclub y alquilé siguiendo el criterio que se seguía entonces: por la carátula.

Sin entrar en referencias de esta peli a la obra de Raymond Chandler y otras pajas mentales que le gustan al gafapastismo, El gran Lebowski, diez años más tarde, se ha convertido en película de referencia de los 90 y en clásico generacional. Como muestra de ello está el Lebowski Fest, que se celebra por todo EE. UU. y sirve para homenajear a la peli, beber rusos blancos y, por supuesto, jugar a los bolos.

Independientement del retorcido guión -macguffin incluido-, la brillante mezcla de estilos musicales (¡Mozart, los Gipsy Kings y unos falsos Kraftwerk en una misma banda sonora!) y la fotografía del gran Roger Deakins, lo que hace del Lebowski una película brillante es el casting. Empezando por un Jeff Bridges que nunca estuvo tan fino, pasando por John Goodman bordando a su amigo judío militarista, hasta acabar en toda la pléyade de secundarios de lujo que adornan la función: Peter Stormare, John Turturro ("nobody fucks with the Jesus!"), un desconocido entonces Philip Seymour Hoffman y mi favorito personal, el gran Steve Buscemi.

Para los que no la tengáis a mano, os dejo un resumen cortesía de YouTube.


Como dije en su momento, una de mis 20 películas favoritas. Un clásico básico que no me cansaré nunca de ver. Fucking A.

Capturando a Tintín

Pues ya está. Lo que parecía un proyecto maldito de Hollywood, la adaptación de Tintín a la pantalla grande, ya va sobre ruedas.
Han tenido que juntarse dos directores como Spielberg y Peter Jackson para poder ponerlo en marcha, y aún así han tenido que vender su alma al diablo para que se lo financien mano a mano Paramount y Sony, después de que la Universal dijera verdes las han segado.

La idea es rodar una trilogía, con Steven a los mandos de la primera, Peter a los mandos de la segunda, y González Iñárritu dirigiendo la tercera. Esto último me lo he inventado, pero apuesto a que a alguno le ha recorrido un escalofrío al pensar cómo podía acabar Milú bajo el yugo del autor de Amores perros.
La primera película se basa en la que para mí es la mejor aventura del reportero belga, algo por encima de El cetro de Ottokar: El secreto del Unicornio.

Total, que han decidido que lo mejor que podían hacer para plasmar el comic de Hergé es recurrir al motion capture, técnica consistente en rodar a los actores llenos de sensores de movimientos contra un croma, y después convertirlos en un dibujo animado. Es la técnica que se utilizó, por ejemplo, en la soporífera Polar express (ver a Tom Hanks en versión digital junto a estas líneas).


La técnica, si bien resulta discutible, merece mi confianza por tratarse de Steven. En lo que ya no estoy de acuerdo es en el casting: Tintín será interpretado por el (entonces) niño de Billy Elliott frente a mi favorito, el loveactually Thomas Sangster. Daniel Craig dará vida al malvado pirata Rackham el Rojo (esta elección me produce más curiosidad que inquietud) y el capitán Haddock será impersonado por Andy Serkis, que viene siendo el actor que
hizo de Gollum en los Anillos y que apestó hasta extremos insospechados en King Kong haciendo de... marino. Mala elección a todas luces, y menos para una historia en la que el protagonista es el borracho marino barbudo.
Sigue sin estar claro quién será el otro personaje clave del relato, el profesor Tornasol, pero miedo me da que quien sea caiga en la trampa de sobreactuar para darle el punto cómico al genial y sordo inventor.


Más allá de todo este debate, inútil a todas luces salvo que Spielberg lea este blog (por si acaso, permitidme: ¡hola maestro!), lo que me inquieta es lo difícil que es retener la esencia de las historias de Hergé, basadas en historias demasiado complejas -me temo- para los niños de ahora, con un tono realista que lo distancia de los harrypotters y otros éxitos infantiles de los últimos años, y sobre todo apoyadas en el lápiz experto de Hergé que elevaba cada viñeta a la categoría de obra de arte.

A day in the brands


El otro día estuve viendo en Canalsat la versión de American Psycho que protagonizó Christian Bale. Fue, por cierto, la primera peli que vi en el cine cuando llegué a Madrid, hace ya casi 9 años, y que luego homenajearíamos en el corto Espanis sico, pero esa es otra historia.
La verdad es que, sin tener un guión muy allá (cierto es que el texto original de Bret Easton Ellis es un referente como historia que va de más a menos), la película se sostiene exclusivamente por la interpretación de Bale. La cara de psicópata la borda, el tío.


Total, que en la película, como en la novela, se hace alusión continuamente a las marcas de las cosas que el protagonista usa. Dicen que somos lo que consumimos, así que puede tomarse esto como un psicoanálisis:

A las 7:50 suena mi despertador Philips. Lleva conmigo unos doce años, pero todos mis intentos de reemplazarlo por algo más glamouroso han sido en balde. Me preparo el desayuno: tostada con queso de untar, marca blanca del supermercado donde compro, y Cola Cao turbo traido de España. Sospecho que Nesquick les vende el producto.

Me ducho utilizando el gel con olor a melón -fresco, con un contrapunto dulce y cítrico- de The soap story, una tienda jabonera de amigos santanderinos.

Me visto, hoy con unos Levi's y unas converse negras. Casual Friday.

Agarro mi bolsa, marca Dockers -que también aspiro a reemplazar, pero se resiste-, mi móvil de empresa, Sony Ericsson y me enchufo el iPod. El disco de Joe Crepúsculo, que lo tengo de deberes. Sobre la cabeza, mi gorro Quiksilver gris, que cumple su función y no me hace parecer Eminem.

Subo al metro, que está moderadamente lleno, y leo el gratuito Direct Matin. Es el único que dan en mi parada. No recuerdo ningún anuncio de los muchos que pagan la edición de ese periódico. Bueno, sé que la contra es entera de un operador de telefonía móvil, pero no sabría decir si Bouyges o SFR.


Llego a la agencia y enciendo el ordenador Hp, marca que es a la vez proveedor y cliente.
A media mañana me tomo un café en la máquina de Nespresso. Idéntico caso que el de Hp. Afortunadamente no soy nada gourmet de café, porque me da la sensación de que ése debe ser bastante malo.
Dado que es viernes, comemos fuera de la cantina de la agencia. Chino genérico, pero dan un arroz cantonés estándar -esto es, bueno- y una sopa picante que me deja con el estómago tocando palmas toda la tarde. Me bebo una cerveza que me dicen que es tailandesa, pero no recuerdo la marca. Un poco aguachirri, para qué nos vamos a engañar.

Por la tarde/noche voy a jugar al fútbol. Me puse pantalón Austral del Racing, herencia de cuando mi amigo Juan jugaba en el b, camiseta Joma de la 07-08, y botas Nike, que encuentro más cómodas que las Adidas. El balón, que no es mío, es un Kipsta, la marca de Decathlon. Me parece demasiado pesado. Me hago una microrrotura de fibras en el cuádriceps derecho en el minuto tres y me paso el resto del partido de portero.


Luego llegando a casa, paro en McDonalds, McDo para los franceses, y compro un McFlurry de M&M's. Sobre el eterno debate McDo-Burger King, me quedo con los accesorios de McDo y las hamburguesas y patatas de BK. La mala noticia es que en Francia no hay BK...


Al llegar a casa y enciendo la tele, una Sony Bravia, y sintonizo Calle 13 (Rue 13 aquí) para quedarme placenteramente dormido frente a la soporífera versión americana de Godzilla...

Slumdog millionaire: una película perfecta

Hoy me he levantado de bonheur, que dicen los franceses, y después de hacer unos recados me he ido a mi cine parisino favorito -no diré cuál es para mantenerlo tan vacío como suele estar- con la sana intención de hacer sesión doble.

Tenía más opciones de las que pensaba, y al final descarté Che y la última de Daniel Craig, que aquí se llama Les insurgés y va de la resistencia soviética en la II Guerra Mundial.
Compré entradas para Largo Winch, la adaptación del comic homónimo de Van Hamme y Francq, y Slumdog millionaire, la última peli de Danny Boyle.

Sobre la primera, resulta una traducción plana de la historieta original. No merece la pena ni comentarla.


Sin embargo, Slumdog millionaire... oh, Slumdog millionaire. Entré sabiendo que era una peli rodada por Danny Boyle -quien tiene crédito casi infinito conmigo desde Trainspotting- en Bollywood, en pleno corazón cinematográfico de la India.


Y salí enamorado. Qué película. Corrijo: qué PELÍCULA.


Redonda, son dos horas de maestría cinematográfica. Ya no es sólo el hecho de que, como todas las grandes historias, parte de una premisa brillante -un chaval de los suburbios de Bombay que gana la versión india de ¿Quién quiere ser millonario?- sino que además lo complementa con un trabajo espléndido por parte de actores, músicos, DOP, producción... todo ello dirigido con mano experta por el amigo Boyle.


Slumdog millionaire es un extraño cruce entre Ciudad de Dios y Forrest Gump; es la demostración de que la fantasía no consiste en construir decorados de colores y situaciones surrealistas. Que aprenda el amigo Burton.
Hubo varios momentos de esos que te estremeces en la butaca y no sabes si reír o llorar, pero de todas formas te dan ganas de levantarte y aplaudir.

Cuando la película echó el cierre la mayoría de los que allí estábamos nos quedamos clavados en la butaca mientras los créditos pasaban, saboreando la experiencia e intentando asimilar -siempre es difícil- que acabábamos de presenciar una obra maestra.


Estamos a día 17 de enero y puedo decir sin miedo a equivocarme que Slumdog es una de las tres mejores películas de 2009. Danny Boyle lo ha hecho de nuevo. Enhorabuena.

Quo vadis IMAX

Desde finales de los años 80, el mundo entero vivió la llegada de unos cines distintos. IMAX era la marca de estas salas que llegaban dispuestas a revolucionar la manera de proyectar películas.

Basadas básicamente en dos tecnologías, el 3D, primero clásico (analógico y con gafas un ojo verde, el otro rojo) y ahora digital (con las mismas gafas, pero sin los colores) y la proyección en cúpulas que permiten una visión de 360 grados (OMNIMAX).


Sin entrar en tecnicismos, la gran diferencia inicial entre IMAX y el cine convencional es el tamaño del negativo: 70 mm frente a los 35 mm del celuloide normal.
Esto tiene una pega: para rodar una película en IMAX, se necesita una cámara especial, capaz de manejar estos negativos.

Como consecuencia, la poca cantidad de salas con tecnología IMAX y la elevada inversión en nuevas cámaras que se requería hicieron que los estudios de Hollywood le dieran la espalda al sistema.

Todo cambió con la llegada del cine digital. Ahora, muchas películas se graban directamente en discos duros, con lo que el problema del negativo desaparece de raíz.
Así, algunas majors Hollywood, conscientes del valor añadido de IMAX, han empezado a rodar partes de sus películas con cámaras de IMAX.
Yo, por ejemplo, tuve la suerte de ver cómo un petardo del tamaño de Superman Returns mejoraba sensiblemente en el IMAX del Lincoln Centre en Nueva York, con pantalla gigante, gafas 3D y toda la pesca. IMAX no transforma una peli mala en buena, pero sí que es una gran diferencia respecto a quedarte en casa y verla en tu tele.


Porque esa es otra: cada vez más ahogados por la piratería y la calidad de los sistemas de cine en casa, los estudios de Hollywood se han dado cuenta que hace falta algo más que palomitas de maíz para atraer a los espectadores. Así que se han abrazado el formato IMAX como el futuro de la proyección cinematográfica.


Al poco de volver a España, se estrenaba Casino Royale, y ni corto ni perezoso decidí llamar al IMAX de Méndez Álvaro a ver cuándo la proyectaban. El telefonista que me atendió, tan amable como lelo, me dijo, textual, que allí no estrenaban
películas de esas. Y claro, me calenté y, además de pedirle hablar con su jefe -cosa que no conseguí-, le conté mi opinión sobre su modelo de negocio y el interés de sus películas.
Hoy, si uno entra en la web del IMAX madrileño, la programación es la siguiente: Gigantes del océano, Everest, Profundidades marinas, Los alpes, India misteriosa, Dinosaurios alive 3D, Castillo encantado y Australia. No sé si para bien o para mal, esta última no es el maravilloso film (¿?) de Baz Luhrmann.


Todo esto viene al caso de que esta mañana estaba leyendo la prensa gratuita en el metro, y vi que había un festival de películas IMAX en la Géode, en París. Entré en su página web, para ver qué películas me interesaban y, además de las que proyectan en Madrid, hay éxitos como Gran cañón, Yo: Van Gogh, Delfines y ballenas 3D o Egipto 3D. La única que vale la pena es U23D, que ya vi -y comenté en estas líneas- hace un año, más o menos.

Así que lo siguiente que hice fue irme a mirar la programación del IMAX de NYC. El resultado: Fuerzas de la naturaleza, Madagascar 2 y Ultimátum a la Tierra. Y próximamente reponen el último Batman, que necesita volver a las salas para meterse en la carrera por los oscars.

Por si acaso las películas interesantes se pierdesen al cruzar el Atlántico, me metí en el IMAX de Londres. El resultado en este caso: las mismas pelis que en París... y además 300, Batman, Madagascar y hasta aguanta Superman Returns. Parecido para Berlín.

Por las películas que exhiben, uno diría que en Francia y en España el IMAX es como La2 o Arte, es decir, que tiene una vocación más educativa que comercial. Dado que cada vez que he ido a salas IMAX -en España y en Francia- están semivacías, me pregunto si verdaderamente creen que su programación es interesante para el público, que al final es quien paga la entrada.
Es más, me pregunto si las salas IMAX son sostenibles. Porque la alternativa, como siempre, es que IMAX esté subvencionado por la Unión Europea con nuestros impuestos. No lo sé a ciencia cierta, pero no me parece inverosímil.


Mi conclusión es que, una vez más, a los franceses y a los españoles se nos olvida que el cine es un negocio y que hay que dar a la gente lo que demanda. ¿Que no queremos vernos colonizados por el cine americano? En el nombre del padre, El enemigo íntimo, The transporter, El paciente inglés, El hundimiento, La vida es bella... son sólo algunos ejemplos de películas europeas que llenaron salas convencionales y podrían llenar salas IMAX.


Otra vez más, el caso IMAX deja la sensación de que el cine europeo utiliza un proteccionismo desfasado para ocultar sus propios complejos. O al menos así me lo parece a mí.

¿Hay vida después de Steve Jobs?

El otro día se podía leer en la prensa que Steve Jobs deja provisionalmente la dirección de Apple hasta el mes de junio. Según el comunicado oficial, el CEO de Apple tiene un desajuste hormonal.
Yo -y muchos otros- a juzgar por su evolución en las fotos que han salido en los medios, diría que tiene un cáncer como un jamón.
Espero equivocarme.


La gente suele pensar que Steve Jobs es el pavo que creó Apple. Pues sí, pero también es el pavo que creó la que es mi compañía favorita a día de hoy: Pixar.


Steve Jobs empezó a montar ordenadores cuando era un adolescente. En 1976, cuando tenía 21 años, creó Apple Computer, y a partir de 1984, cuando lanzó el primer Mac, la cosa se disparó.

En 1985, apenas un año después, Jobs abandona Apple para crear NeXT. Mientras tanto, se entretiene comprándole a George Lucas Pixar, y convirtiéndolo en el primer -y mejor- estudio de animación por ordenador.

En 1997, Jobs vuelve a Apple. La compañía tenía un 3% de cuota de mercado y productos fracasados como el Newton (la primera PDA de la historia, todo sea dicho), el QuickDraw o el PowerPc, del cual yo fui víctima colateral.
Jobs cierra todo eso y se concentra en desarrollar un nuevo sistema operativo a partir de los desarrollos que había hecho en NeXT, compañía adquirida por Apple por la nada despreciable cifra de 429 millones de dólares.

A partir de ahí, comienza la era de la i, con el iMac, el iPod, iTunes, etc. Jobs incluso se refirió a sí mismo en una ocasión como iCEO. Apple Inc. ostenta a día de hoy el 10% de cuota de mercado a nivel mundial.


Lo que más me gusta de Jobs, que por otra parte en persona debe ser un auténtico cretino, es su genialidad. Aparte de ser un visionario de su negocio, un apóstol de la innovación, Jobs deja una estela de anécdotas buenísimas:

- contrató a John Sculley, entonces CEO de Pepsi, preguntándole si quería pasar el resto de su vida vendiendo agua con azúcar a los niños o quería tener una oportunidad de cambiar el mundo.

- cuando volvió a Apple encontró una habitación llena de modelos clásicos de Mac, que se guardaban como tesoros de la historia de la sociedad. Jobs los tiró todos a la basura, y dijo que aquel que se detuviera a admirar el pasado sería atropellado por el futuro.
- le soltó a Michael Dell que su compañía sólo hacía cajas beiges sin innovación alguna.


En resumen, un tipo genial, un auténtico líder y un visionario adelantado a su tiempo.

La cuestión es: ¿podrá Apple sobrevivir después de Steve Jobs?. La respuesta no es evidente, ya que en el periodo en que Steve no estuvo a las riendas, la compañía de la manzana lo pasó realmente mal.
Sin embargo, Ford sobrevivó a Henry Ford, Disney sobrevivió a Walt y Heinz sobrevivió a Henry Heinz. Así que ¿por qué no?.


Sometimes when you innovate, you make mistakes. It is best to admit them quickly, and get on with improving your other innovations.
Steve Jobs.

Goodbye Prison, welcome back Mr Bauer

Hoy he leído que la Fox ha decidido acabar con una de las pocas series que he seguido en los últimos cinco años: Prison Break se acaba al final de esta temporada.

Todavía me acuerdo cuando Blaski, en aquellos tiempos felices de Gasómetro, me vino a ver para decirme que había una nueva serie de unos que tienen que escaparse de la cárcel que estaba muy bien. Efectivamente, esa serie era Prison Break.


La premisa de la serie, la del hombre que se hacía encarcelar para liberar a su hermano, era innovadora. La elección de los actores, con sus altos -Robert Knepper- y sus bajos -Wentworth Miller-, la música, el montaje... todo ayudaba a crear una atmósfera de tensión.

Luego vino la segunda temporada, que fue hecha como consecuencia directa del éxito de la primera temporada. Obviamente, cualquiera que viera el final de aquellos 24 capítulos, sabía que no había continuación razonable. Y aún así, consiguieron hilar una temporada bastante decente, sobre todo gracias a la aparición de William Fichner y Paul Adelstein.

La tercera temporada ya fue muy justita argumentalmente. La vieja fórmula cada vez se repetía más, los personajes aburrían, la cara de palo del protagonista ya no era un pero salvable, sino un escollo serio, y la cosa decaía peligrosamente.

La hora de la verdad llegó en la cuarta temporada. Algo de profeta debo tener, porque vi el primer capítulo y le mandé un email a Blaski: esto es una mierda, me bajo del carro. Y no sé si el amigo Hopewell siguió con ella o no, pero el caso es que la serie se ha inmolado poco a poco. Es lo que pasa cuando tienes una premisa tan grande como autolimitada.

Y a todo esto, Jack Bauer ha vuelto. He visto tres de los cuatro capítulos de la temporada siete. Esperaré un poco antes de hacer un juicio de valor.

Quantum of Solace (el videojuego)

A falta de fútbol o tenis por culpa del hielo que hay en París (hielos perpetuos al paso que vamos, como si esto fuera un glaciar en Laponia), me he tenido que entregar en cuerpo y alma a repasar la sexta temporada de 24 y a echarle horas a Quantum of Solace (doblado como "Cuánto sol hace" por alguna enajenada) para PS3 que me dejó el Mapá Noel.

Soy muy fan de 007, y como tal, he jugado a absolutamente todos los juegos de James Bond que han salido en los últimos 15 años. El mejor de todos, no hay debate, es el Goldeneye de la Nintendo 64.
No sólo fue el primero en jugarse en la piel de 007 -en ese caso, Pierce Brosnan-, sino que tenía un montón de misiones, mucha interactividad para la época, y tenía un modo desafío para dos jugadores que incluía personajes clásicos como Oddjob o Tiburón.

Total, que metí el disco en la consola y me encuentro con una intro decente, y con las voces de los actores originales. Esto es un buen punto, aunque no llega a ser tan guapo como cuando hicieron Desde Rusia con amor con la voz del mismísimo Connery.


La primera escena, que por cierto va, como en las películas, antes de los títulos de crédito, tiene lugar en la mansión del final de Casino Royale.
Pasamos a créditos y nos encontramos con... una escena de Casino Royale! Miré la carátula del juego -lo juro- por si me había equivocado, o por si había dos juegos en uno o algo así. Y no. La brillante idea de mezclar las dos películas supongo que viene del arrepentimiento de haber sido tan estúpidos como para no sacar un juego con cada película del agente 00. Así que ahora corrigen y mezclan dos del tirón. El resultado, un batiburrillo de escenas sin conexión entre sí, que si has visto las películas te enteras más o menos y, si no, agachas la cabeza y te pones a dar tiros a todo lo que se mueve.

El juego es fácil. Lo puse en nivel 2 sobre 4 y sobrado. Para empezar, la energía se recarga por sí misma; es decir, que uno traga balas y, con esconderse detrás de un muro, vuelve a estar como una rosa.

A nivel de gráficos, la cosa no está mal. Escenarios elaborados, con muchos objetos pero con poca interacción (cuánto daño ha hecho el GTA). Los enemigos son tirando a lelos, aunque tienen la puta manía de intentar flanquearte continuamente, lo que les convierte en un auténtico pain in the ass que se agradece.
Imperdonable que no hayan incluido la persecución con el Aston Martin del principio de Quantum. Otro punto negativo es que la opción multijugador sólo esté disponible en línea, y no puedas jugar con un segundo mando a matar a un colega.

En definitiva, un juego que no está mal, pero que podía perfectamente haber sido de PS2. Sobre la pregunta clave ¿es mejor que Goldeneye? la respuesta es un rotundo no. Doce años después. vale la pena conservar intacta mi Nintendo 64 sólo para echarse una partidita con nuestro agente secreto favorito.

Año nuevo...


Pues eso, que año nuevo, vida nueva.
O vida reciclada.
O remake de vida.
Whatever.

Aquí os dejo lo que espero de este año:

1- Volver al fútbol después de 8 años y medio
2- Hacer la vuelta a la Galia de Astérix
3- Retomar (y acabar) al menos una de las tres historias que tengo a medio escribir
4- Conseguir que el Chucho, Obelix y Blaski pisen París
5- No tener apendicitis

Os invito a comentar vuestros anhelos y desvelos.

Hala, happy new year everyone.

Optimismo 2009

Creo en 2009. A pesar de la crisis, a pesar del pesimismo, a pesar de los israelíes y los otros, a pesar de los pesares, 2009 va a molar. TIENE que molar. 2008 ha sido, en términos generales, una ful, maquillada por los éxitos deportivos conseguidos. Para abrir boca en 2009, Jack Bauer regresa a finales de enero. Pero cómo no va a molar el año nuevo!