El otoño ha llegado ya a París. El martes todavía estábamos a 25º y hoy la máxima han debido ser 15º. Así que era una gran oportunidad para armarse con una mantita y enchufarse cosas pendientes. En total he visto tres:
- el piloto de The Event: buen episodio piloto, aunque un poco bajón el fenómeno paranormal del final. Serie recomendada por Blaski, The Event parece una mezcla de 24 y Lost. Espero que tenga más de la primera que de la segunda. Más que nada, porque nunca me interesó Lost lo más mínimo.
- el documental El alma de la Roja, que se hizo para conmemorar el centenario de la Federación Española de Fútbol. Es básicamente una serie de entrevistas fáciles pegadas a imágenes de archivo. Lo mejor es escuchar a los jugadores veteranos explicando que todos los internacionales españoles son un mismo equipo. Pero vamos, a parsecs de distancia de cosas como el documental inglés One Night in Turin.
- When you're strange, la historia de The Doors para principiantes, contaba de la A a la Z, con buenas imágenes, buenos vídeos y, por supuesto, buena música. Me ha aportado dos cosas: una, enterarme de dónde estaba el apartamento de Morrison en París (no demasiado lejos de mi casa, metro Sully Morland) y dos, comprobar que, después de más de diez años sin haberlas escuchado, me sigo sabiendo las letras de la mayor parte de las canciones de The Doors. Me sigo quedando, por este orden, con The End, When the music's over y Riders on the Storm.
El mes de septiembre, ya duro de por sí, tiene el problema añadido de la falta absoluta de entretenimiento audiovisual: los cines han quemado sus mejores cartuchos durante el verano mientras velan armas para Navidad, y las series están de vacaciones para hacer su rentrée gloriosa en octubre.
El otro día probé a ver The Pacific en Canal Plus, una serie que me daba tanta pereza -The Aburridic, la había ensartado Blaski en su blog- que ni siquiera la intenté descargar en su momento. Pues efectivamente, la serie es un coñazo, y por mucho que yo sea fanático de la Segunda Guerra Mundial, me quedé roque en plena incursión japonesa.
Así que un compañero de trabajo -un judío que celebra el Yom Kippur, Hannuckah Y Navidad, imaginaos su nivel de credibilidad- me recomendó Breaking Bad, y tan desesperado estaba que la bajé.
Fantástica serie. Breaking Bad cuenta la historia de Walt, un sobrecualificado profesor de química en un instituto de Nuevo México, que al serle diagnosticado un cáncer terminal, decide hacerse narcotraficante (aprovechando sus conocimientos de química) para conseguir dinero para su familia.
La premisa, si bien suena original, es un poco una vuelta de tuerca a la de Dexter, padre ejemplar y criminal al mismo tiempo. Lo que mola de Breaking Bad es, principalmente, el protagonista. Bryan Cranston es una estrella de la tele hecha a sí misma. Mirando su biografía en Imdb, descubrimos que Cranston ha hecho de secundario en casi todas las series de televisión, desde Canción Triste de Hill Street hasta Walker, Texas Ranger, pasando por Expediente X y, sí amigos, los Power Rangers. En Breaking Bad, Cranston borda el papel de un tipo en el alambre pero sin nada que perder, que se lanza en una contrarreloj para salvar a los suyos antes de irse al hoyo.
Además de Cranston, el peso de la trama recae en el chaval que le ayuda a vender la droga, un blanco que habla como un negro y se pasa la vida fumando crack. Al principio de la serie parece un secundario cómico, pero conforme los capítulos avanzan, Aaron Paul va currándose un personaje mucho más interesante de lo que parecía.
También es fantástico el tipo que encarna al cuñado de Cranston, policía encargado de investigar el narcotráfico en la DEA. Encarnado por un actor que fue secundario -¿se puede ser actor terciario?- en Terminator 2 y en Desafío Total.
Visualmente la serie no es nada especial, pero está suficientemente bien rodada. Tiene alguna escena, eso sí, absolutamente genial, como la del prisionero en el sótano (cuando la veáis, entenderéis). Molan especialmente las intros a los capítulos, esos dos minutos que las series suelen llevar antes de los créditos, que si bien la mayoría de ellas aprovechan para repasar lo que ya ha pasado, en Breaking Bad sirven para darte pistas sobre lo que va a pasar. Evidentemente, sin que el espectador entienda una mierda, en ocasiones hasta varios capítulos más tarde.
En fin, que Breaking Bad es una serie bastante insólita, pero que vale muy mucho la pena. Luego no digáis que no os avisé.
Ayer volví a ir a Eurodisney (o Disneyland París), por cuarta vez en mi vida. No puedo evitar, cada vez que voy, sentirme un poco fuera de sitio, porque en realidad el parque está concebido para a) adolescentes pajilleros o b) padres con hijos pequeños. Sobre todo b). Además, el personal que uno encuentra en este tipo de parque suele ser habitualmente del género tontorronus máximus, y en Eurodisney esto se multiplica a las diferentes nacionalidades que viajan hasta allí. En verano, además, uno disfruta en estéreo de las lorzas del personal, camisetas ajustadas al michelín, pantalones demasiado cortos, camisetas de tirantes que asoman en espaldas peludas y un largo etcétera. Por no hablar de las mujeres musulmanas que van con velo -¡o con burka!- en pleno verano. Aunque las novedades de este año han sido, por este orden, los turistas indios -como empiecen a viajar, démonos por jodidos- y las camisetas de la selección española campeona del mundo.
El parque está dividido en dos, el tradicional y Studios, más nuevo pero con menos cosas. Eurodisney ofrece atracciones para todos, pero sus grandes apuestas son los rollos interactivos y las montañas rusas. Los rollos interactivos son tres: - el Capitán EO: una película 3D con Michael Jackson cuando era negro. Una cosa estupenda para 1985, cuando se diseñó. - Star Tours: una idea cojonuda, una agencia de viajes espaciales que te lleva por el universo de Star Wars con un simulador de vuelo. De nuevo, fantástico hace veinte años, pero hoy es una cosa tan aburrida y casposa como el chaleco de Han Solo. - Armageddon: la peli era tremenda. La atracción es tremendamente mala. Te cuentan toda una historia con un meteorito que va a destruir la Tierra, te meten en un plató que simula una nave espacial y... acaban echándote agua con un aspersor. - Piratas del Caribe: un paseo en barca por una colección de animatronics piratescos. Uno sabe que va a ser aburrido desde el momento en que ni le ponen un cinturón al montarse en la atracción. Me pregunto a quién se le ocurriría hacer una película sobre semejante sopor. La primera peli no fue muy fiel, pero las dos secuelas reproducen bastante bien la sensación de sopor que se le queda a uno en semejante cosa.
Luego están las montañas rusas, que no están mal pero tienen un problema muy grande: las colas. No es de recibo que uno tenga que esperar has 80 minutos de cola -algo que obviamente no hice- para una atracción de 80 segundos. Tienen un saltacolas llamado "fast pass" que está muy bien porque te da un horario en el que puedes entrar a la atracción casi sin espera. El problema es que tienen un numerus clausus de fast passes al día, y en función de la demanda, puedes encontrar que no quedan más pases a la una de la tarde, ergo de vuelta a la cola. Si uno consigue pasar, especialmente recomendable es la montaña de Aerosmith, que básicamente pone la música del grupo mientras uno da vueltas a toda hostia. El Space Mountain no está mal, pero lo de estar en permanente oscuridad no me termina de convencer porque llega un momento en el que no sabes si estás bocarriba o bocabajo. Las demás, incluida la de Indiana Jones -que ayer se estropeó cuando llevaba hecha media hora de cola- no valen gran cosa. Aunque suene patriotero, las montañas del Parque Warner de Madrid les dan cien mil vueltas.
Lo demás, muy rollo Disney: los decorados de cartón piedra, los muñecotes de las películas bailando, la comida hipercalórica... nada nuevo bajo el sol.
Lo que yo me pregunto es cómo puede ser que Disney, los tíos que invierten más pasta en este tipo de cosas, no hayan sido capaces de hacer evolucionar la experiencia de un parque de atracciones. ¿Cómo puede ser que en 2010 toda la tecnología del parque sea de 1985? ¿No ha avanzado nada el ser humano? ¿No hay una manera de incluir, yo qué sé, un simulador de Toy Story en el que te conviertes en juguete? ¿Una montaña rusa en la que vas jugando a Guitar Hero? ¿Un circuito de camas elásticas en las que te visten de Mr Increíble?
En fin, que espero que el amigo John Lasseter se ponga las pilas con este tema y consiga que los parques Disney dejen de ser un viaje a la época en la que vivía el tío Walt.
El principio de septiembre siempre es raro en el cine. Acabada la temporada veraniega, la gente no va a las salas porque a) todos los blockbusters están vistos y b) sigue haciendo lo suficientemente bueno como para ir a tomar algo a una terraza.
Total, que es un cine casi vacío es en el que he visto Salt.
Salt viene siendo un guión sobre un agente / espía / doble agente que en principio iba a interpretar Tom Cruise y dirigir Michael Mann. Al final la cosa acabó con Salt perdiendo el pene, interpretado por Angelina Jolie, con Philip Noyce (de cuya carrera sólo recuerdo El Santo) moviendo la lente.
Lo cierto es que yo me esperaba un Caso Bourne con estrógenos, y tampoco le anda tan lejos la cosa. Salt resulta una película de acción entretenida (básicamente porque no te dejan pararte a pensar ni un segundo), pero acaba agotando a base de pura inocencia, de naivité en la acción. Escenas como la de Angelina Jolie infiltrando el búnker de la casa blanca por el hueco del ascensor le dan ganas a uno de pegarle con el ordenador en la cabeza al escritor de semejante estupidez. Porque hombre, una cosa es que apilen escenas de peligro para no dejarte respirar, y otra que consigan que el oxígeno no te llegue al cerebro.
Probablemente el error de la película sea el propio cast de Angelina, ya que, al menos yo (ojo spoiler) jamás me llegué a tomar en serio la posibilidad de que ella fuera la mala del asunto. En cualquier caso, al acabar la película (que acaba raro de cojones), a mí me queda la sensación de que antes de Salt, el mundo habría preferido ver un spin off / precuela de la vida de Nina Myers.
Dicho lo cual, aprovecho para hablar de uno de los spots que han colado antes de la película. En Francia, dado que todavía no ha llegado la fantástica costumbre española de numerar los asientos, uno tiene que llegar antes de tiempo a coger sitio en la sala, de manera que se traga de pe a pa toda la ristra de anuncios. Pues bien, ha habido uno que no sólo no he entendido -los anuncios de perfume suelen ser de por sí ininteligibles-, sino que me ha parecido directamente una tomadura de pelo. Protagonizado por el chaval que hizo de Hannibal Lecter en aquella precuela olvidada, el spot no tiene ni pies ni cabeza. Y lo peor de todo es que está dirigido por Martin Scorsese. Me pregunto cuánta pasta le han aflojado los chicos de Chanel por echar una mano en semejante despropósito. En fin, juzguen ustedes mismos: