Balance del año, pero me gusta más decirlo en francés porque rima en consonante. A principios de año me puse unos objetivos para 2010 y lo subí a este blog. Repaso.
1- No tener que limpiar en casa
Conseguido. A pesar de que por el camino tocó una limpiadora creativa que cambio el orden de los muebles del salón (y fue despedida acto seguido)
2- Ganar pasta con FNF
Conseguido. No nos podremos ir a una isla caribeña con el dinero recaudado vendiendo camisetas, pero algo es algo... y lo bien que lo pasamos.
3- Pasar más tiempo en LinkedIn y menos en Facebook
No conseguido. LinkedIn me sigue pareciendo aburridito, aunque práctico para que te den la chapa los cazatalentos del mundo. Abrí un twitter y estoy bastante contento hasta ahora.
3- Publicar un artículo en una revista de publicidad
Work in progress, que dicen los ingleses. Tengo una idea para uno, y a finales de enero la queremos presentar a la gente de Campaign (creo). Conseguí publicar un artículo de fútbol y política en la "Revista de Humanidades", que deben leer cuatro gatos pero que paga muy bien.
4- Cambiar de capital europea
Work in progress otra vez. Conseguida la primera parte (cambiar) falta por definir la segunda. De momento, mi sustituto en París empieza el 3 de enero...
Añado como bonus track el premio el mejor libro que me he leído en 2010 para Courir, de Jean Echenoz (ficción) y Truth, Lies and Advertising (curro). Por último, he visto tres grandes pelis, por este orden: El concierto, Kick Ass y Buried.
Objetivos para 2011 coming soon...
Infumable Iñárritu: capítulo final
Hace relativamente pocos años tomé una decisión que me ha ahorrado muchas pérdidas de tiempo en esta vida: decidí que los libros que no me gustaran después de haber invertido un cierto tiempo en ellos, en lugar de forzarme a acabarlos los echaría a un lado y no perdería ni un segundo más en sus páginas. Con el cine, me dije, cuanto más vea mejor, porque al fin y al cabo por muy mala que sea una peli, sólo voy a pasar dos horas de mi vida con ella.
Pues bien, hay un grupo de cineastas que me han convencido de lo contrario. Primero fue Roberto Rodríguez, ese tío que cree que puede hacer cine en su garaje de Texas y colárnoslo como si fuera hecho en Hollywood. Creo que mi límite de tolerancia lo alcancé con Sin City. Después me negué a ver cualquier cosa dirigida, pensada, conchabada o con tufillo a Robert Rodríguez. Hasta en dos ocasiones -Predators y Machete- me planteé levantar el veto, pero al final mi sentido común se impuso.
El segundo de estos directores era Robert Altman, que me sodomizó cinematográficamente hablando con aquel espanto llamado Gosford Park. Afortunadamente, Altman hace tiempo que dejó de torturar a nadie con una cámara, y ahora alimenta a los gusanos de algún cementerio californiano.
El gran favorito para entrar en este selecto grupo de directores malditos era Alejandro González Iñárritu. Ese hombre que hizo Amores Perros, que si bien tenía sus cosas buenas, a mí me aburrió. Luego repitió fórmula con 21 gramos y también me aburrió, así que decidí no ver su tercera película idéntica, Babel. Cuando llegué a España esta navidad compré, como siempre, la revista Imágenes. En ella explican que la nueva peli de Iñárritu, Biutiful, vale mucho la pena, que Bardem está de Oscar, ñañaña. Así que fui. Y vaya si lo lamento.
No podía dejar de pensar en mi amigo Sebas mientras se consumían las interminables dos horas y pico de peli: hace unos años, Sebas me explicó que odiaba Los lunes al sol porque era una historia en la que no pasaba nada. Pues bien, al lado de Biutiful, Los lunes al sol es como la trilogía de Star Wars. Una montaña de emociones fuertes. Biutiful. Qué sopor de película, qué planos pretenciosos, sin aportar nada, una mano aquí, una mirada de dos minutos allá, un diálogo innecesario cámara en mano acuyá. De narcolepsia asegurada, oiga.
Supongo que el título del film es una especie de oxímoron que contrasta con la sordidez de la Barcelona que se retrata. Precisamente el único valor de la obra (¿?) de Iñárritu reside en la parte documental que nos enseña la Barcelona de hoy, un sitio sucio, una ciudad decadente que vive en caída libre desde aquel lejanísimo 1992.
Sin embargo, el problema de Biutiful es que no se trata de un documental, sino que pretende contar una historia, una ficción que debería interesarnos como poco y conmovernos en el mejor de los casos. Al final, agua: no podría darnos más igual lo que le pase al personaje de Bardem que, dicho sea de paso, está toda la peli con la misma cara de triste, como si llevara la sinfonía patética de Tchaikovsky enchufada en el iPod.
Ah, y una cosita: ¿alguien me puede explicar qué hace Televisión Española financiando -con el dinero de todos- esta película? Digo, porque el director no es español, no es novel -tiene 47 añazos el mozo y ha hecho cuatro pelis en su vida- y cuenta con Javier Bardem de protagonista. Si él solito no es capaz de buscarse financiación privada para sacar este guión adelante, será porque la peli no merece ver la luz. Veremos qué dicen las taquillas mundiales.
Total, que ya tengo una más de mis resoluciones de año nuevo. Alejandro González Iñárritu, descanse en paz. Ya no volverás a aburrirme más.
Vaso y medio de felicidad
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La gente de Cadbury (y de su agencia, Fallon) llevan años haciendo un trabajo fantástico, basado en una idea creativa tan simple como brillante: el chocolate es un momentito de felicidad.
Os dejo, como regalo navideño, una curiosidad: la maqueta de una publi tal y como se le presentó al cliente, y el resultado final. Como veréis, muy parecido.
Enjoy, y feliz navidad.
Os dejo, como regalo navideño, una curiosidad: la maqueta de una publi tal y como se le presentó al cliente, y el resultado final. Como veréis, muy parecido.
Enjoy, y feliz navidad.
Una encuesta friki
1- Te consideras friki?
Lo de friki es una modernez estúpida, como llamar al Barça-Madrid "El Clásico".
2- Serie de tv favorita?
Por este orden: 24, Friends y Breaking Bad. Añadiría Dexter, pero estoy dolido con los guionistas después de una mierda de season finale.
3- Anime/dibujo favorito?
Caballeros del Zodiaco, sin duda. Jamás supe cómo acababa, y eso lo hace todavía más interesante.
4- Video juego favorito de consola?
De consola probablemente el GTA, el Batman Arkham Asylum y el PRO con amigos. Pero prefiero el PCFútbol y el Monkey Island.
5- Estas viendo alguna serie/anime?
Dexter / Breaking Bad / Sons of Anarchy / Mad Men a ratos / The Big Bang Theory
6- Juegas algún juego actualmente de consola o tipo rol/de mesa?
Tengo medio abandonaico el Red Dead Redemption
7- Ultima serie que terminaste?
Termino Friends una y otra vez.
8- Ultimo juego que terminaste?
Batman
9- Película favorita?
La ventana indiscreta, Mary Poppins, Goldfinger, El Gran Lebowski, Regreso al Futuro, T2, los dos primeros Padrinos, Robocop... últimamente, El concierto y Kick Ass.
10- Personaje masculino favorito, ya sea de series, película, anime o libro?
Libro: Hank Chinaski
Series: Jack Bauer (24)
Película: Walter Sobchak
11- Personaje femenino favorito, ya sea de series, película, anime o libro?
Pussy Galore. Imposible ponerle un nombre mejor a un personaje femenino.
12- Personaje masculino que odies, ya sea de series, película, anime o libro?
Disiento con Blaski: a los grandes malos de Jack Bauer (Victor Drazen, Habib Marwan) les queremos en el fondo. Odiar, odiar, odio a Clara, la mujer de Doc Brown en Regreso al Futuro 3. Me crispa los nervios cada vez que grita "¡Emmett!".
13- Personaje femenino que odies, ya sea de series, película, anime o libro?
Los personajes femeninos los suelen escribir tan mal que resultan un incordio. Molar molan La Novia, Mary Poppins, Sarah Connor y poco más.
14- Libro favorito?
La senda del perdedor, Crónica de una muerte anunciada, Cuentos por teléfono. De este año me quedo probablemente con los de Jean Echenoz.
15- Autor favorito de anime, cómic ?
El equipo de Jeph Loeb y Tim Sale
16- Escritor favorito?
Clive Cussler
17- Ultimo libro que leíste?
Que acabé, Un homme d'honneur, la vida del fundador de Publicis. Interesantísimo, oiga.
18- Ultimo cómic que leíste?
Estoy leyendo uno setentero sobre la segunda guerra mundial.
19- Tienes alguna manía rara?
Soy poco de manías, pero muy de rutinas.
20- Has tenido alguna pareja friki o tienes?
No, aunque suelo acabar contagiando...
21- Tienes amigos frikis con quien compartir opiniones?
El mamón que hizo este cuestionario antes que yo. Sólo hace diez años que le conozco, y parece media vida ya.
22- Prefieres series/películas dobladas o en V.O?
Si fuera presidente del gobierno español, mañana establecería por ley que el 50% de las salas de cine tienen que ser en VO, y en cinco años todas. Idem en la tele pública.
23- Te han mirado raro por ser o decir algo friki?
Mola cuando te miran con complicidad.
24- Vistes tipo raro o tipo tribu urbana?
Cuando voy a ver al Racing, sí.
25- Que opina tu familia de que seas friki?
Me animan y me regalan figuritas de colección.
26- Tu sueño tiene que ver algo con este mundillo?
Tengo tantos sueños...
27- Hay algo que te haya introducido especialmente en este mundo?
En el frikismo, la salida de Batman en el 89. Meses esperando aquel viernes en el Cine Capitol. También me marcó mucho la campaña de Nike Good vs Evil.
28- Alguna serie/anime/juego que marcó tu vida?
Not really
29- Piensas que dentro de unos años seguirás siendo igual o mas friki o nada?
Más, porque tendré la coartada para ir a Toys R Us.
30- Ultimo evento que asististe de estas caracteristicas?
Ultimo evento al que NO asistí y todavía me escuece: el ciclo de superhéroes en un cine de París. Mal anunciado.
31- Sueles hacer fiestas frikis con los amigos?
Si acabar cantando Britney Spears es friki, entonces levanto la mano.
32- Simpson, futurama, padre de familia o south park?
Ninguna de las tres. Aunque los Simpson de tarde en tarde me hacen gracia.
33- Porque hiciste este test?
Por poner los puntos sobre las íes.
34- Que te parece el test?
Mejorable.
35- Color favorito?
Soy muy de pantonera.
36- Star wars o star trek?
Star Wars, pero me saturé de George Lucas hace tiempo.
37- Poe o lovecraft?
Cito a Blaski: no he leido nada de ninguno de los dos.
38- Personaje de disney favorito y pelicula?
Buzz Lightyear, de las Toy Storys, y el Hombre Con Una Pata De Palo Que Se Llamaba Smith, de Mary Poppins.
39- Si pudieras ser un personaje cual serias?
Winston Churchill. We will fight them in the beaches!
40- Alguna cosa que quieras conseguir de material friki en estos momentos?
Una estantería transparente con puerta para que mi colección no coja polvo.
41- Algún programa de actualidad que te guste/veas?
¿Los resúmenes del fútbol?
42- Escuchas la radio?
Ya no, ahora escucho twitter.
43- Música favorita?
Este año me he convertido al belleandsebastianismo
44- Escuchas B.S.Os u O.S.Ts de juegos,peliculas o series?
La última, Negro y Azul, un temazo de Los Cuates de Sinaloa que sale en Breaking Bad.
45- Frecuentas tiendas de cómics, videojuegos o merchandising?
En París no hay muchas, pero paso por Album al menos una vez al mes.
46- Compras merchandising habitualmente?
Sí, tanto para consumo propio como para regalar. Le he comprado un disfraz de Batman al futuro hijo de mi amigo Antoine que mola un montón.
47- Trabajas o estudias algo que tenga que ver con tu afición?
Aspiro a sacarle un rendimiento económico en el futuro.
48- Has introducido a alguien al mundillo friki?
Sí, aunque yo fui introducido por otros, así que no es mi culpa.
49- Posees figuras o posters de personajes que te gustan?
Mogollón. Aunque los posters los tengo un tanto abandonados.
50- Cambio la última pregunta por ¿cuál es tu siguiente horizonte friki?
Espero con impaciencia la salida de Iron Sky
Lo de friki es una modernez estúpida, como llamar al Barça-Madrid "El Clásico".
2- Serie de tv favorita?
Por este orden: 24, Friends y Breaking Bad. Añadiría Dexter, pero estoy dolido con los guionistas después de una mierda de season finale.
3- Anime/dibujo favorito?
Caballeros del Zodiaco, sin duda. Jamás supe cómo acababa, y eso lo hace todavía más interesante.
4- Video juego favorito de consola?
De consola probablemente el GTA, el Batman Arkham Asylum y el PRO con amigos. Pero prefiero el PCFútbol y el Monkey Island.
5- Estas viendo alguna serie/anime?
Dexter / Breaking Bad / Sons of Anarchy / Mad Men a ratos / The Big Bang Theory
6- Juegas algún juego actualmente de consola o tipo rol/de mesa?
Tengo medio abandonaico el Red Dead Redemption
7- Ultima serie que terminaste?
Termino Friends una y otra vez.
8- Ultimo juego que terminaste?
Batman
9- Película favorita?
La ventana indiscreta, Mary Poppins, Goldfinger, El Gran Lebowski, Regreso al Futuro, T2, los dos primeros Padrinos, Robocop... últimamente, El concierto y Kick Ass.
10- Personaje masculino favorito, ya sea de series, película, anime o libro?
Libro: Hank Chinaski
Series: Jack Bauer (24)
Película: Walter Sobchak
11- Personaje femenino favorito, ya sea de series, película, anime o libro?
Pussy Galore. Imposible ponerle un nombre mejor a un personaje femenino.
12- Personaje masculino que odies, ya sea de series, película, anime o libro?
Disiento con Blaski: a los grandes malos de Jack Bauer (Victor Drazen, Habib Marwan) les queremos en el fondo. Odiar, odiar, odio a Clara, la mujer de Doc Brown en Regreso al Futuro 3. Me crispa los nervios cada vez que grita "¡Emmett!".
13- Personaje femenino que odies, ya sea de series, película, anime o libro?
Los personajes femeninos los suelen escribir tan mal que resultan un incordio. Molar molan La Novia, Mary Poppins, Sarah Connor y poco más.
14- Libro favorito?
La senda del perdedor, Crónica de una muerte anunciada, Cuentos por teléfono. De este año me quedo probablemente con los de Jean Echenoz.
15- Autor favorito de anime, cómic ?
El equipo de Jeph Loeb y Tim Sale
16- Escritor favorito?
Clive Cussler
17- Ultimo libro que leíste?
Que acabé, Un homme d'honneur, la vida del fundador de Publicis. Interesantísimo, oiga.
18- Ultimo cómic que leíste?
Estoy leyendo uno setentero sobre la segunda guerra mundial.
19- Tienes alguna manía rara?
Soy poco de manías, pero muy de rutinas.
20- Has tenido alguna pareja friki o tienes?
No, aunque suelo acabar contagiando...
21- Tienes amigos frikis con quien compartir opiniones?
El mamón que hizo este cuestionario antes que yo. Sólo hace diez años que le conozco, y parece media vida ya.
22- Prefieres series/películas dobladas o en V.O?
Si fuera presidente del gobierno español, mañana establecería por ley que el 50% de las salas de cine tienen que ser en VO, y en cinco años todas. Idem en la tele pública.
23- Te han mirado raro por ser o decir algo friki?
Mola cuando te miran con complicidad.
24- Vistes tipo raro o tipo tribu urbana?
Cuando voy a ver al Racing, sí.
25- Que opina tu familia de que seas friki?
Me animan y me regalan figuritas de colección.
26- Tu sueño tiene que ver algo con este mundillo?
Tengo tantos sueños...
27- Hay algo que te haya introducido especialmente en este mundo?
En el frikismo, la salida de Batman en el 89. Meses esperando aquel viernes en el Cine Capitol. También me marcó mucho la campaña de Nike Good vs Evil.
28- Alguna serie/anime/juego que marcó tu vida?
Not really
29- Piensas que dentro de unos años seguirás siendo igual o mas friki o nada?
Más, porque tendré la coartada para ir a Toys R Us.
30- Ultimo evento que asististe de estas caracteristicas?
Ultimo evento al que NO asistí y todavía me escuece: el ciclo de superhéroes en un cine de París. Mal anunciado.
31- Sueles hacer fiestas frikis con los amigos?
Si acabar cantando Britney Spears es friki, entonces levanto la mano.
32- Simpson, futurama, padre de familia o south park?
Ninguna de las tres. Aunque los Simpson de tarde en tarde me hacen gracia.
33- Porque hiciste este test?
Por poner los puntos sobre las íes.
34- Que te parece el test?
Mejorable.
35- Color favorito?
Soy muy de pantonera.
36- Star wars o star trek?
Star Wars, pero me saturé de George Lucas hace tiempo.
37- Poe o lovecraft?
Cito a Blaski: no he leido nada de ninguno de los dos.
38- Personaje de disney favorito y pelicula?
Buzz Lightyear, de las Toy Storys, y el Hombre Con Una Pata De Palo Que Se Llamaba Smith, de Mary Poppins.
39- Si pudieras ser un personaje cual serias?
Winston Churchill. We will fight them in the beaches!
40- Alguna cosa que quieras conseguir de material friki en estos momentos?
Una estantería transparente con puerta para que mi colección no coja polvo.
41- Algún programa de actualidad que te guste/veas?
¿Los resúmenes del fútbol?
42- Escuchas la radio?
Ya no, ahora escucho twitter.
43- Música favorita?
Este año me he convertido al belleandsebastianismo
44- Escuchas B.S.Os u O.S.Ts de juegos,peliculas o series?
La última, Negro y Azul, un temazo de Los Cuates de Sinaloa que sale en Breaking Bad.
45- Frecuentas tiendas de cómics, videojuegos o merchandising?
En París no hay muchas, pero paso por Album al menos una vez al mes.
46- Compras merchandising habitualmente?
Sí, tanto para consumo propio como para regalar. Le he comprado un disfraz de Batman al futuro hijo de mi amigo Antoine que mola un montón.
47- Trabajas o estudias algo que tenga que ver con tu afición?
Aspiro a sacarle un rendimiento económico en el futuro.
48- Has introducido a alguien al mundillo friki?
Sí, aunque yo fui introducido por otros, así que no es mi culpa.
49- Posees figuras o posters de personajes que te gustan?
Mogollón. Aunque los posters los tengo un tanto abandonados.
50- Cambio la última pregunta por ¿cuál es tu siguiente horizonte friki?
Espero con impaciencia la salida de Iron Sky
Nowhere Boy: John antes de Lennon
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John Lennon,
the Beatles
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Con más de un año de retraso ha llegado a Francia Nowhere Boy, biopic de John Lennon antes de ser un beatle. Protagonizada por el Aaron Johnson que vimos en Kick Ass (aunque rodada antes), la película nos lleva al Liverpool de finales de los 50, donde encontramos a un John Lennon en plena rebeldía adolescente, pero ya convertido de su genial porvenir. Johnson hace un papel tremendo, no sólo clavando el acento scouse de Lennon, sino sus gestos, su chulería, su manera de coger la guitarra... todo.
Tan cómodo está el protagonista en la piel de Lennon, que uno se deja llevar y acaba creyéndose en un documental, también ayudado por lo convencional que resulta el estilo de la peli. Los que sabemos la historia jugamos con desventaja, porque por ejemplo sabemos de antemano qué va a pasar con cada personaje, aunque la ventaja es que podemos disfrutar de las pistas sobre lo que después serán los Beatles: el afán de protagonismo de Lennon, la calidad musical de Harrison, el papel de templagaitas de Paul... más los pequeños guiños que hay en Nowhere Boy: ese Lennon garabateando morsas, ese travelling por Strawberry Fields, ese puerta cerrándole el paso a The Cavern... Más allá de la interpretación de Johnson, la película se ayuda de un cásting perfecto: Anna-Marie Duff como Julia, la madre de, una mujer libertina con una relación muy especial con su hijo, y Kristin Scott-Thomas como Mimi, la estricta tía que crió al futuro beatle. Cada una tiene su momento, la madre cuando Lennon le confiesa que desearía que Dios le hubiese hecho Elvis, y ella le dice que le reservó ser John Lennon, y la tía cuando, al irse a embarcar a Hamburgo, dice no importarle el nuevo nombre de su banda.
Aunque sin duda el mayor acierto es Thomas Sangster, el hijo de Liam Neeson en Love Actually que aquí clava a Paul McCartney: un chaval más joven (y más polite) que Lennon que se une a la banda -mi banda, como puntualiza John en varias ocasiones- después de demostrarles que sabe qué hacer con una guitarra en las manos. De hecho, probablemente la mejor escena de la película es en la habitación de John, Con McCartney explicando a Lennon los acordes que debe tocar.
En fin, que para los fans, Nowhere Boy ofrece un pedacito de los Beatles antes de ser los Beatles. Parece increíble que, apenas diez años después de lo que sucede en este film, todo hubiese acabado.
Tan cómodo está el protagonista en la piel de Lennon, que uno se deja llevar y acaba creyéndose en un documental, también ayudado por lo convencional que resulta el estilo de la peli. Los que sabemos la historia jugamos con desventaja, porque por ejemplo sabemos de antemano qué va a pasar con cada personaje, aunque la ventaja es que podemos disfrutar de las pistas sobre lo que después serán los Beatles: el afán de protagonismo de Lennon, la calidad musical de Harrison, el papel de templagaitas de Paul... más los pequeños guiños que hay en Nowhere Boy: ese Lennon garabateando morsas, ese travelling por Strawberry Fields, ese puerta cerrándole el paso a The Cavern... Más allá de la interpretación de Johnson, la película se ayuda de un cásting perfecto: Anna-Marie Duff como Julia, la madre de, una mujer libertina con una relación muy especial con su hijo, y Kristin Scott-Thomas como Mimi, la estricta tía que crió al futuro beatle. Cada una tiene su momento, la madre cuando Lennon le confiesa que desearía que Dios le hubiese hecho Elvis, y ella le dice que le reservó ser John Lennon, y la tía cuando, al irse a embarcar a Hamburgo, dice no importarle el nuevo nombre de su banda.
Aunque sin duda el mayor acierto es Thomas Sangster, el hijo de Liam Neeson en Love Actually que aquí clava a Paul McCartney: un chaval más joven (y más polite) que Lennon que se une a la banda -mi banda, como puntualiza John en varias ocasiones- después de demostrarles que sabe qué hacer con una guitarra en las manos. De hecho, probablemente la mejor escena de la película es en la habitación de John, Con McCartney explicando a Lennon los acordes que debe tocar.
En fin, que para los fans, Nowhere Boy ofrece un pedacito de los Beatles antes de ser los Beatles. Parece increíble que, apenas diez años después de lo que sucede en este film, todo hubiese acabado.
Adiós a dos grandes
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Un día chungo de noviembre. Por la tarde nos ha dejado un fenómeno del cine: Irvin Kershner, el director que fue capaz de hacer las secuelas de dos peliculones como Star Wars y Robocop, y no sólo no cagarla sino graduarse con nota. Es más, El Imperio Contraataca es mejor peli que la primera. Y Robocop 2 es una película autónoma, que funciona incluso sin haber visto la obra maestra que dirigió Paul Verhoeven.
Por la mañana nos enterábamos de la muerte de Leslie Nielsen. De las muchas piezas que componen mi infancia en Santander, el pelo blanco de Leslie es una de ellas. Hace años que perdí la cuenta de las veces que vi las tres de Agárralo como puedas, primero dobladas, luego en VO. Lo cojonudo del teniente Drebin no era sólo su capacidad para la slapstick comedy (pienso en esa maravillosa secuencia de los Oscars en Agárralo 33 1/3), sino que conseguía hacer reir a todo el mundo -desde que palmó Michael Jackson no veía tanta consternación online- mientras que él mantenía la mueca seria. Con el tiempo, las Agárralo se han convertido en una especie de vínculo que nos une a todos los que fuimos juntos al colegio. Seguimos siendo amigos después de tantos años, y cada cierto tiempo las repasamos juntos, descojonándonos como la primera vez. Estas navidades volveremos a pasar un rato en compañía de Leslie Nielsen.
No soy muy fan de las despedidas, pero me quito el sombrero con estos dos tipos que, detrás y delante de las cámaras, contribuyeron a hacer del mundo un sitio más entretenido.
Por la mañana nos enterábamos de la muerte de Leslie Nielsen. De las muchas piezas que componen mi infancia en Santander, el pelo blanco de Leslie es una de ellas. Hace años que perdí la cuenta de las veces que vi las tres de Agárralo como puedas, primero dobladas, luego en VO. Lo cojonudo del teniente Drebin no era sólo su capacidad para la slapstick comedy (pienso en esa maravillosa secuencia de los Oscars en Agárralo 33 1/3), sino que conseguía hacer reir a todo el mundo -desde que palmó Michael Jackson no veía tanta consternación online- mientras que él mantenía la mueca seria. Con el tiempo, las Agárralo se han convertido en una especie de vínculo que nos une a todos los que fuimos juntos al colegio. Seguimos siendo amigos después de tantos años, y cada cierto tiempo las repasamos juntos, descojonándonos como la primera vez. Estas navidades volveremos a pasar un rato en compañía de Leslie Nielsen.
No soy muy fan de las despedidas, pero me quito el sombrero con estos dos tipos que, detrás y delante de las cámaras, contribuyeron a hacer del mundo un sitio más entretenido.
Buried: Hitchcock, made in Spain
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Buried,
cine español
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Hace cuatro años hicimos un (buen) corto en el que dos personajes se quedaban atrapados entre los escombros de un edificio derrumbado. Buried parecía la versión larga de nuestro trabajo, pero al final es mucho más que eso.
Como digo, la premisa no es original. Ni siquiera es la primera historia de un tipo encerrado en un ataúd -mi historieta de Hazañas Bélicas favorita iba de un soldado enterrado vivo, y tampoco se puede olvidar la maravillosa escena de Kill Bill 2 con Uma Thurman bajo tierra, flashback parriba, flashback pabajo-. Pero Buried es un tour de force: un solo actor, un solo decorado, y 90 minutos por delante.
A Ryan Reynolds, el prota del asunto, le había visto en una comedia romántica tontorrona de la que no recuerdo el título, y también a raíz de ese bodrio superheroico que se anuncia como Green Lantern. Pero el mayor mérito de Reynolds había sido fuera de las pantallas, al haber fichado a Scarlett Johansson y acostarse con ella cada noche. Total, que el chaval llegaba con unas credenciales flojitas, y sin embargo deja una interpretación que para sí quisieran muchos actores de primera fila. Si le saben mover entre las bambalinas hollywoodienses, carne de Oscar.
Reconozco que soy muy fan de las películas con un solo escenario -*sigh*, La ventana indiscreta-, y en eso Buried es insuperable. Gana mucho, sospecho, en la pantalla de cine. Por momentos resulta angustiosa, por momentos repugnante, por momento brutal. Por darles tiempo, hasta llegan a colocar tres marcas -Blackberry, Zippo y Hamilton- a lo largo de la hora y media escasa.
Por último, desde el punto de vista patriotero, me gusta ver que a) en España de vez en cuando se hacen películas que da gusto ver -y con Celda 211 ya van dos en el mismo año-, y b) que esas películas funcionan comercialmente más allá de los Pirineos.
Como digo, la premisa no es original. Ni siquiera es la primera historia de un tipo encerrado en un ataúd -mi historieta de Hazañas Bélicas favorita iba de un soldado enterrado vivo, y tampoco se puede olvidar la maravillosa escena de Kill Bill 2 con Uma Thurman bajo tierra, flashback parriba, flashback pabajo-. Pero Buried es un tour de force: un solo actor, un solo decorado, y 90 minutos por delante.
A Ryan Reynolds, el prota del asunto, le había visto en una comedia romántica tontorrona de la que no recuerdo el título, y también a raíz de ese bodrio superheroico que se anuncia como Green Lantern. Pero el mayor mérito de Reynolds había sido fuera de las pantallas, al haber fichado a Scarlett Johansson y acostarse con ella cada noche. Total, que el chaval llegaba con unas credenciales flojitas, y sin embargo deja una interpretación que para sí quisieran muchos actores de primera fila. Si le saben mover entre las bambalinas hollywoodienses, carne de Oscar.
Reconozco que soy muy fan de las películas con un solo escenario -*sigh*, La ventana indiscreta-, y en eso Buried es insuperable. Gana mucho, sospecho, en la pantalla de cine. Por momentos resulta angustiosa, por momentos repugnante, por momento brutal. Por darles tiempo, hasta llegan a colocar tres marcas -Blackberry, Zippo y Hamilton- a lo largo de la hora y media escasa.
Por último, desde el punto de vista patriotero, me gusta ver que a) en España de vez en cuando se hacen películas que da gusto ver -y con Celda 211 ya van dos en el mismo año-, y b) que esas películas funcionan comercialmente más allá de los Pirineos.
Deseable Indeseable
A punto de hacer doblete cinematográfico hoy, aunque al final el Racing-Espanyol ha sido demasiada tentación, y por eso he visto Moi, moche et méchant (Despicable Me en inglés, algo así como Despreciable Yo). Película de animación de Universal Pictures, si no me equivoco la primera que hacen. Huelga decir que no es Pixar, pero eso no tiene por qué ser completamente malo. Por ejemplo, la película se permite más licencias de lo que permite el corsé de Disney, como cuando el malvado protagonista de la función va al Banco del Mal y debajo del rótulo de entrada pone "Antiguamente Lehman Brothers".
La historia no es nada del otro jueves, con un tipo supuestamente malvadérrimo, un cruce entre Drácula, Bloefeld y Lex Luthor que acaba siendo un ejemplar padre de familia. Entre tanto secuestra la luna, organiza un ejército de bichos amarillos y narra un cuento de gatitos. Bastante surrealista.
Lo mejor, de lejos, es la falta de pretensiones del conjunto -de nuevo, algo que jamás encontramos en las producciones de Lasseter & Co.-, con un guión más preocupado en el set pièce de risa fácil que en la elaboración de personajes hamletianos. Incluso con muchos momentos cómicos -en el primer cuarto de hora de peli los niños del cine se rieron más que en todo Toy Story 3-, la película hace bastantes guiños a los padres, como por ejemplo la escena en la que el prota se encuentra la cabeza de una muñeca bajo sus sábanas, homenaje claro a la escena de la cabeza del caballo en El Padrino.
En definitiva, igual que en su día dije que Toy Story 3 es una buena película de animación que no es para niños, Despicable Me es lo contrario, un homenaje al descerebre, un carrusel de paridas frescas que nos recuerdan, como Ice Age primero y Kung Fu Panda después, que hay vida después de Pixar.
La historia no es nada del otro jueves, con un tipo supuestamente malvadérrimo, un cruce entre Drácula, Bloefeld y Lex Luthor que acaba siendo un ejemplar padre de familia. Entre tanto secuestra la luna, organiza un ejército de bichos amarillos y narra un cuento de gatitos. Bastante surrealista.
Lo mejor, de lejos, es la falta de pretensiones del conjunto -de nuevo, algo que jamás encontramos en las producciones de Lasseter & Co.-, con un guión más preocupado en el set pièce de risa fácil que en la elaboración de personajes hamletianos. Incluso con muchos momentos cómicos -en el primer cuarto de hora de peli los niños del cine se rieron más que en todo Toy Story 3-, la película hace bastantes guiños a los padres, como por ejemplo la escena en la que el prota se encuentra la cabeza de una muñeca bajo sus sábanas, homenaje claro a la escena de la cabeza del caballo en El Padrino.
En definitiva, igual que en su día dije que Toy Story 3 es una buena película de animación que no es para niños, Despicable Me es lo contrario, un homenaje al descerebre, un carrusel de paridas frescas que nos recuerdan, como Ice Age primero y Kung Fu Panda después, que hay vida después de Pixar.
Kindle: por un puñado de libros
Un poco porque desde pequeñito me pusieron delante de un libro, un poco por imitación de mis role-models favoritos, el caso es que desde siempre he leído libros. De hecho, leo bastante. Como se puede ver en la columna de la izquierda, llevo 26 libros leídos en lo que va de año, que no está mal. Desde hacía una temporada venía dándole vueltas a dos problemas que empezaban a resultar urgentes: uno, la cantidad de espacio que me consumen en casa todas esas páginas impresas. Y dos, la cantidad de -otra vez- espacio y peso que ocupaban los libros cada vez que cogía un avión (a sabiendas de que raramente facturo equipaje).
Así que, ante el -insistente- ofrecimiento de la misma persona que desde pequeñito me puso delante de un libro, me lancé al mundo del libro electrónico.
Descartada la opción iPad -que me sigue pareciendo una beta de algo bueno-, el elegido, más que nada por el catálogo de libros disponibles, fue el Kindle de Amazon. Lo pedí a EE. UU., y en 10 días lo tuve en casa. Viene en una caja de cartón de su tamaño, con un pequeño manual y un cable USB para cargarlo.
Vaya por delante que no creo que los e-books vayan a sustituir a los "books". Pero sí que sustituirán al 80% de los libros, que son todos aquellos que sólo se lee una vez en la vida, y una vez consumidos pasan a acumular polvo en una librería.
Total, que después de conectarlo a mi wifi y dar de alta el bicho, eché un vistazo a la tienda de e-books en Amazon hasta que encontré un candidato a precio razonable: Adland, Searching for the Meaning of Life on a Branded Planet, de James P. Othmer.
Vaya por delante mi decepción al comprobar que el precio de los libros electrónicos es igual o superior al de las copias en papel. He visto a gente del mundo editorial explicar que el ahorro en papel se va en costes de edición gráfica, programación, etc. pero me parece, como diría un yanqui, bullshit. Espero que al final la competencia (y la piratería) haga bajar los precios de los libros electrónicos.
Por mi parte, hice una comparativa entre los sitios amazon.com y amazon.co.uk basándome en las novelas de Clive Cussler, y resultó que en el sitio global eran más caras. Pero mucho más. Así que envié un email de protesta a Amazon, que me respondieron casi inmediatamente hablándome de las fluctuaciones de los tipos de cambio y nosequé otras paridas. En fin.
Total, que una vez descargado el libro (en apenas 30 segundos), me puse a leer. La pantalla es del tamaño de un libro de bolsillo, y el bicho se puede sujetar con una mano, sin que -como pasa con los libros de papel- se te escape la página doblada y te salga el libro volando. Se pueden subrayar pasajes -lo cual en los libros de papel implica tener un lápiz => engorro), tomar notas, mirar el significado de las palabras en un diccionario e incluso compartir pasajes enteros en Facebook y Twitter. Además, se puede leer en horizontal, en vertical y aumentar o reducir el tamaño de letra e incluso cambiar la tipografía. La tecnología que utiliza no cansa los ojos, aunque hace un efecto un poco extraño al pasar de página.
El problema llegó cuando me lo llevé de viaje. A falta de comprar una funda -no quería que hiciera aumentar el volumen del Kindle-, lo metí en la funda del portátil y a su vez en la maleta. Al llegar a mi destino, la pantalla tenía unas líneas extrañas. Intenté reiniciarla como decían en los foros de internet, y nada. Al final concluí que había batido un nuevo récord, jodiendo un kindle apenas una semana después de haberlo recibido.
Los foros, además, advertían de que el servicio post-venta de Amazon era fantástico. Y vaya si lo era. Les escribí, y a los pocos minutos me llamaron. Les expliqué mi caso, y me pidieron que les enviara el Kindle roto. Ellos me enviaron uno nuevo -que recibí 48h después sin coste alguno- y me reembolsaron el coste del envío por DHL. Es decir, aparte del engorro de ir a enviar un paquete por mensajero, no tuve nada que hacer. Espectacular.
Así que lo primero que hice al recibir mi segundo Kindle -así se llama, Adrian's Second Kindle- fue pedir una fundita de neopreno verde, que ahora llevo a todas partes. He acabado Adland y ya he empezado con Perfect Pitch, un libro de mi admirado Jon Steel. Y tengo pre-reservado el nuevo Dirk Pitt, que aterrizará mágicamente en mi Kindle exactamente dentro de una semana.
Y huelga decir que coger ahora un tomo de 300 páginas en papel me da una pereza infinita...
Así que, ante el -insistente- ofrecimiento de la misma persona que desde pequeñito me puso delante de un libro, me lancé al mundo del libro electrónico.
Descartada la opción iPad -que me sigue pareciendo una beta de algo bueno-, el elegido, más que nada por el catálogo de libros disponibles, fue el Kindle de Amazon. Lo pedí a EE. UU., y en 10 días lo tuve en casa. Viene en una caja de cartón de su tamaño, con un pequeño manual y un cable USB para cargarlo.
Vaya por delante que no creo que los e-books vayan a sustituir a los "books". Pero sí que sustituirán al 80% de los libros, que son todos aquellos que sólo se lee una vez en la vida, y una vez consumidos pasan a acumular polvo en una librería.
Total, que después de conectarlo a mi wifi y dar de alta el bicho, eché un vistazo a la tienda de e-books en Amazon hasta que encontré un candidato a precio razonable: Adland, Searching for the Meaning of Life on a Branded Planet, de James P. Othmer.
Vaya por delante mi decepción al comprobar que el precio de los libros electrónicos es igual o superior al de las copias en papel. He visto a gente del mundo editorial explicar que el ahorro en papel se va en costes de edición gráfica, programación, etc. pero me parece, como diría un yanqui, bullshit. Espero que al final la competencia (y la piratería) haga bajar los precios de los libros electrónicos.
Por mi parte, hice una comparativa entre los sitios amazon.com y amazon.co.uk basándome en las novelas de Clive Cussler, y resultó que en el sitio global eran más caras. Pero mucho más. Así que envié un email de protesta a Amazon, que me respondieron casi inmediatamente hablándome de las fluctuaciones de los tipos de cambio y nosequé otras paridas. En fin.
Total, que una vez descargado el libro (en apenas 30 segundos), me puse a leer. La pantalla es del tamaño de un libro de bolsillo, y el bicho se puede sujetar con una mano, sin que -como pasa con los libros de papel- se te escape la página doblada y te salga el libro volando. Se pueden subrayar pasajes -lo cual en los libros de papel implica tener un lápiz => engorro), tomar notas, mirar el significado de las palabras en un diccionario e incluso compartir pasajes enteros en Facebook y Twitter. Además, se puede leer en horizontal, en vertical y aumentar o reducir el tamaño de letra e incluso cambiar la tipografía. La tecnología que utiliza no cansa los ojos, aunque hace un efecto un poco extraño al pasar de página.
El problema llegó cuando me lo llevé de viaje. A falta de comprar una funda -no quería que hiciera aumentar el volumen del Kindle-, lo metí en la funda del portátil y a su vez en la maleta. Al llegar a mi destino, la pantalla tenía unas líneas extrañas. Intenté reiniciarla como decían en los foros de internet, y nada. Al final concluí que había batido un nuevo récord, jodiendo un kindle apenas una semana después de haberlo recibido.
Los foros, además, advertían de que el servicio post-venta de Amazon era fantástico. Y vaya si lo era. Les escribí, y a los pocos minutos me llamaron. Les expliqué mi caso, y me pidieron que les enviara el Kindle roto. Ellos me enviaron uno nuevo -que recibí 48h después sin coste alguno- y me reembolsaron el coste del envío por DHL. Es decir, aparte del engorro de ir a enviar un paquete por mensajero, no tuve nada que hacer. Espectacular.
Así que lo primero que hice al recibir mi segundo Kindle -así se llama, Adrian's Second Kindle- fue pedir una fundita de neopreno verde, que ahora llevo a todas partes. He acabado Adland y ya he empezado con Perfect Pitch, un libro de mi admirado Jon Steel. Y tengo pre-reservado el nuevo Dirk Pitt, que aterrizará mágicamente en mi Kindle exactamente dentro de una semana.
Y huelga decir que coger ahora un tomo de 300 páginas en papel me da una pereza infinita...
David Fincher: agregar como amigo
Podemos hablar de efectos especiales, de dirección de actores, de planos-secuencia y de tropecientas más cosas, pero al final lo que distingue a los buenos directores de los grandes directores es saber entretener al respetable aunque le den un guión como el de The Social Network. Y David Fincher no sólo hace tolerables dos horas delante de una historia sin mayor trascendencia, sino que consigue que cualquier espectador -incluso esos seres extraños que no tienen un perfil en Facebook- entienda el atractivo de la red social.
La historia sobre Facebook y su fundador, Mark Zuckerberg, no es tan interesante como para sacarle dos horas de película. Es más, si no fuera por el hype que vive Facebook, ni siquiera daría para hacer una película -cosa que, por cierto, sí debería hacerse con Napster, el portal que puso la industria musical patas abajo-.
Zuckerberg era un estudiante de Harvard, bastante nerd asocial, que según cuentan en la película tomó prestada de otros alumnos la idea de una red para estudiantes de la universidad. Resulta paradójico que un tipo que no sabe relacionarse en sociedad -la primera escena de la película lo deja bien claro- haya sido el creador de la mayor red social del planeta.
En definitiva, estamos ante una película que probablemente acabe en el fondo del armario de la obra de David Fincher, víctima de lo efímero de su contenido. Aunque también es verdad que si esta historia la firma cualquier otro director, jamás le habríamos agregado como amigo en Facebook.
Si quieres comer español, quédate en casa
Ayer fui a cenar a El Fogón, el que se supone que es el restaurante español en París por excelencia. Hasta anoche, mis experiencias en restaurantes españoles en París habían sido terribles. La primera fue en uno llamado Casa Manolo, cuyo nombre me parecía apropiado, pero desde que crucé el umbral de la puerta y el camarero era negro –soy de la vieja escuela y me cuesta darme cuenta de que hay negros españoles; en todo caso, aquel negro no lo era- me di cuenta de que no iba a ser EL sitio. Las fotos de toreros y sevillanas me hicieron temerme lo peor, y el jamón serrano (a años-luz del ibérico) y la tortilla reseca acabaron de sentenciar el garito. Mi segunda experiencia fue en un sitio llamado “Le chti catalan” montado por dos socios, uno ch’ti (del norte de Francia) y otro polaco. Total, que la comida estaba buena, pero no era representativo de nada.
Los demás restaurantes españoles que he visto (y no he osado entrar) son todos sitios de guiris. Uno de ellos tiene como reclamo en la entrada una foto del dueño con la Arancha Sánchez Vicario recién ganado su primer Roland Garros.
Así que ayer fui con ilusión, pero sin mucha fe. El Fogón está en el Quai des Grands Augustins, en el barrio latino, a tiro de lapo de Notre Dame. Mala ubicación para un sitio auténtico, no guirilándico. El toro de Osborne en la puerta tampoco ayudó a convencerme de lo contrario. Al entrar, la decoración es más cercana a un sitio trendy francés que a un restaurante español. Pero mola. Ligera música de flamenco en el hilo musical, que me hizo arrugar el bigote.
Al llegar la carta, sorpresa: un díptico A5, con vinos y alcoholes varios en la pala izquierda y platos en la derecha. Los vinos, caritos. También había “La sangría del chef”, que me negué a pedir, pero que luego descubrí que servían en vaso alto y reconozco que no tenía mala pinta.
El menu era corto no, lo siguiente: entrantes: jamón, chorizo, lomo y pan tumaca (o pa amb tomàquet). Y de segundo, atención, bien paella (5 tipos, una de ella con jamón ibérico (¿?)), bien una selección de tapas. Y a volar.
Lo de las tapas me daba mala espina, así que pedimos –un poco a contrapié, porque no me gusta comer arroz fuera de casa- paella, que tardó los 25 minutos de rigor. Mientras tanto, sirvieron un vasito de un gazpacho con un sabor divertido y dos –repito, dos- boquerones en vinagre. Primera vez en la vida que no me meto en boquerón entero en la boca, por aquello de no pasar los restantes 24 minutos sin nada que hacer.
La paella –a banda sans banda, se llamaba- estaba buena. Poca costra por encima, pero el arroz estaba en su punto y el calamar y compañía eran buenos.
Del postre pasamos, aunque había una crema catalana con buena pinta. Mal detalle que el queso manchego –que no le llega a la uña del pie a cualquier queso francés- estaba entre los postres, como en Francia, y no en los entrantes, como en casa.
All in all, que dicen por ahí, la experiencia no estuvo mal, pero no me quedaron ganas de repetir. Me queda el sabor amargo de ver que la comida española, fuera de España, se reduce a paella, sangría y tapas, y que España sigue siendo un sitio de sol, alcohol barato y mucho cachondeo. Por mucho que lo quieran vestir. Aunque, bien mirado, en España la gente debe creer que la comida francesa se reduce a crêpes y fondues…
Los demás restaurantes españoles que he visto (y no he osado entrar) son todos sitios de guiris. Uno de ellos tiene como reclamo en la entrada una foto del dueño con la Arancha Sánchez Vicario recién ganado su primer Roland Garros.
Así que ayer fui con ilusión, pero sin mucha fe. El Fogón está en el Quai des Grands Augustins, en el barrio latino, a tiro de lapo de Notre Dame. Mala ubicación para un sitio auténtico, no guirilándico. El toro de Osborne en la puerta tampoco ayudó a convencerme de lo contrario. Al entrar, la decoración es más cercana a un sitio trendy francés que a un restaurante español. Pero mola. Ligera música de flamenco en el hilo musical, que me hizo arrugar el bigote.
Al llegar la carta, sorpresa: un díptico A5, con vinos y alcoholes varios en la pala izquierda y platos en la derecha. Los vinos, caritos. También había “La sangría del chef”, que me negué a pedir, pero que luego descubrí que servían en vaso alto y reconozco que no tenía mala pinta.
El menu era corto no, lo siguiente: entrantes: jamón, chorizo, lomo y pan tumaca (o pa amb tomàquet). Y de segundo, atención, bien paella (5 tipos, una de ella con jamón ibérico (¿?)), bien una selección de tapas. Y a volar.
Lo de las tapas me daba mala espina, así que pedimos –un poco a contrapié, porque no me gusta comer arroz fuera de casa- paella, que tardó los 25 minutos de rigor. Mientras tanto, sirvieron un vasito de un gazpacho con un sabor divertido y dos –repito, dos- boquerones en vinagre. Primera vez en la vida que no me meto en boquerón entero en la boca, por aquello de no pasar los restantes 24 minutos sin nada que hacer.
La paella –a banda sans banda, se llamaba- estaba buena. Poca costra por encima, pero el arroz estaba en su punto y el calamar y compañía eran buenos.
Del postre pasamos, aunque había una crema catalana con buena pinta. Mal detalle que el queso manchego –que no le llega a la uña del pie a cualquier queso francés- estaba entre los postres, como en Francia, y no en los entrantes, como en casa.
All in all, que dicen por ahí, la experiencia no estuvo mal, pero no me quedaron ganas de repetir. Me queda el sabor amargo de ver que la comida española, fuera de España, se reduce a paella, sangría y tapas, y que España sigue siendo un sitio de sol, alcohol barato y mucho cachondeo. Por mucho que lo quieran vestir. Aunque, bien mirado, en España la gente debe creer que la comida francesa se reduce a crêpes y fondues…
Renault Z. E. y el espíritu de Francia
Ayer descubrí, rebuscando entre las últimas campañas de mi propia agencia, el lanzamiento de una nueva gama de coches de Renault, llamada Z. E. (que después de más indagar quiere decir "Zéro Émissions"), que básicamente son ni más ni menos que los primeros coches eléctricos de gran consumo. Un concepto revolucionario, mucho tiempo esperado, y que parece destinado a convertir a los híbridos en un déjà vu, y en último término a cerrar el grifo al petróleo y, con ello, dejar a los países árabes comiendo dátiles a la sombra de una palmera.
Pero volvamos al tema. Renault anuncia para 2011 toda una gama de coches eléctricos para cubrir más o menos todos los segmentos: Fluence (berlina), Kangoo Express (profesionales), Zoe (compacto) y la gran novedad, el Twizy. Este último es un biplaza urbano, posicionado para competir con las motos de tres ruedas. Una revolución dentro de una revolución. Un bicho de dos metros de largo por uno de ancho con una autonomía de 100 km.
Ahora bien, la pregunta que se le viene a todo ser humano con dos dedos de frente es ¿cómo se recargan las baterías de estos aparatos? ¿Con una batería? ¿Seis pilas AA? ¿Plutonio? ¿Residuos orgánicos?
Pues no, la cosa es todavía más complicada: los modelos grandes ofrecen tres posibilidades:
a) que un técnico instale en tu casa una Wallbox, un enchufe especial que permite la carga en seis u ocho horas. El problema de este sistema es doble: por un lado, los que tienen garaje comunitario y tienen que hacer obra, y por el otro, los que aparcan en la calle.
b) la recarga rápida, un chispazo de 400V que en 10 minutos recarga la batería un 50%. Si ya se me hace largo poner gasolina, imaginen diez minutazos mirando las revistas de la tienda Repsol. Por no hablar de que Renault no ofrece ningún mapa que explique en qué puntos se pueden encontrar estos puestos de recarga rápida.
c) el Quick Drop, que recarga la batería completamente en sólo 3 minutos. El sistema ideal, a priori. Un pequeño asterisco señala una pequeña pega: que sólo está disponible en Dinamarca e Israel . Lo que no hagan los israelitas por hundir el chiringuito árabe, no lo hace nadie.
El Twizy, en cambio, ofrece una cuarta alternativa: la recarga en 3 horas y media en un enchufe estándar de 220V. Con un poco de buena voluntad, uno se imagina que el sistema será como el de esas cámaras a las que le quitas la batería (en este caso, del tamaño de un maletín) y las enchufas directamente. Renault, por si acaso, no lo deja nada claro en su web.
Se me quedan muchas más preguntas en la cabeza, como ¿Cuánto dura una batería? ¿Cómo funciona el pago de la carga? ¿Será competitivo el precio del Twizy? Demasiadas incógnitas en el aire.
Renault anuncia que va a lanzar un test en la región francesa de Yvelines y que los vehículos estarán disponibles en septiembre de 2011 (las reservas se pueden hacer desde ya).
Tienen un año para acabar con las incertidumbres y evitar caer en esa trampa tan francesa de una idea genial con una implementación irreal. Y si no, que le pregunten al Concorde.
Pero volvamos al tema. Renault anuncia para 2011 toda una gama de coches eléctricos para cubrir más o menos todos los segmentos: Fluence (berlina), Kangoo Express (profesionales), Zoe (compacto) y la gran novedad, el Twizy. Este último es un biplaza urbano, posicionado para competir con las motos de tres ruedas. Una revolución dentro de una revolución. Un bicho de dos metros de largo por uno de ancho con una autonomía de 100 km.
Ahora bien, la pregunta que se le viene a todo ser humano con dos dedos de frente es ¿cómo se recargan las baterías de estos aparatos? ¿Con una batería? ¿Seis pilas AA? ¿Plutonio? ¿Residuos orgánicos?
Pues no, la cosa es todavía más complicada: los modelos grandes ofrecen tres posibilidades:
a) que un técnico instale en tu casa una Wallbox, un enchufe especial que permite la carga en seis u ocho horas. El problema de este sistema es doble: por un lado, los que tienen garaje comunitario y tienen que hacer obra, y por el otro, los que aparcan en la calle.
b) la recarga rápida, un chispazo de 400V que en 10 minutos recarga la batería un 50%. Si ya se me hace largo poner gasolina, imaginen diez minutazos mirando las revistas de la tienda Repsol. Por no hablar de que Renault no ofrece ningún mapa que explique en qué puntos se pueden encontrar estos puestos de recarga rápida.
c) el Quick Drop, que recarga la batería completamente en sólo 3 minutos. El sistema ideal, a priori. Un pequeño asterisco señala una pequeña pega: que sólo está disponible en Dinamarca e Israel . Lo que no hagan los israelitas por hundir el chiringuito árabe, no lo hace nadie.
El Twizy, en cambio, ofrece una cuarta alternativa: la recarga en 3 horas y media en un enchufe estándar de 220V. Con un poco de buena voluntad, uno se imagina que el sistema será como el de esas cámaras a las que le quitas la batería (en este caso, del tamaño de un maletín) y las enchufas directamente. Renault, por si acaso, no lo deja nada claro en su web.
Se me quedan muchas más preguntas en la cabeza, como ¿Cuánto dura una batería? ¿Cómo funciona el pago de la carga? ¿Será competitivo el precio del Twizy? Demasiadas incógnitas en el aire.
Renault anuncia que va a lanzar un test en la región francesa de Yvelines y que los vehículos estarán disponibles en septiembre de 2011 (las reservas se pueden hacer desde ya).
Tienen un año para acabar con las incertidumbres y evitar caer en esa trampa tan francesa de una idea genial con una implementación irreal. Y si no, que le pregunten al Concorde.
Una obsesión (con mallas) recurrente
Un hombre que se viste con el calzoncillo sobre los leotardos no deja de ser una obsesión como otra cualquiera. Y si uno echa un vistazo a los cuatro años largos de este mi blog, verá cómo el tema que hoy nos ocupa aparece de tanto en tanto.
Vista con la perspectiva de los cuatro años transcurridos, el principal problema de Returns es su acercamiento a la nostalgia. Cuando uno se decide a quitar el polvo a personajes del pasado, hay dos maneras de hacerlo: bien copipegando la fórmula original (como en la serie de El coche fantástico) o reinventando la historia a partir de una premisa similar (como en Batman Begins o en 007: Casino Royale). El problema es que Singer optó por el primer modelo, hasta el extremo de servir a modo de secuela imposible de Superman II, con fanfarria de John Williams incluida. Y al final, ni el público de 2006 era el de 1977, ni Brandon Routh era Christopher Reeve.
Desde que se estrenó Superman Returns (Bryan Singer, 2006), hemos pasado cuatro años de rumores, de qué hacer con la franquicia, de a quién hay que pagar un pastuncio por renovar los derechos, etc. Desde hace unos meses sabemos que en la Warner habían puesto a Chris Nolan a producir la nueva versión del Hombre de Acero. Se ve que tener una nueva peli de Batman sobre la mesa se le quedaba corto al hombre. Lo primero que hizo fue poner a David Goyer a trabajar un guión.
Ayer se anunció en la prensa la elección de Zack Snyder (300, Watchmen) como director de la nueva película de Superman.
La elección parece acertada: Snyder es un tipo que fue capaz de hacer la sorpresa de -precisamente- 2006 con un grupo de tíos musculados frente a una pantalla verde, y después supo salir airoso de una adaptación de cómic tan jodida como Watchmen.
Al conocer la noticia, he decidido hacer lo que sólo un friki devoto del superhombre judío haría: revisar el Superman Returns de 2006. Un Superman blandito encarnado por el desconocido iowense Brandon Routh. Una peli que cubrió costes pero se quedó corta respecto a las expectativas recaudatorias, dejando a la franquicia en una especie de limbo del que parece que al fin va a salir.
Vista con la perspectiva de los cuatro años transcurridos, el principal problema de Returns es su acercamiento a la nostalgia. Cuando uno se decide a quitar el polvo a personajes del pasado, hay dos maneras de hacerlo: bien copipegando la fórmula original (como en la serie de El coche fantástico) o reinventando la historia a partir de una premisa similar (como en Batman Begins o en 007: Casino Royale). El problema es que Singer optó por el primer modelo, hasta el extremo de servir a modo de secuela imposible de Superman II, con fanfarria de John Williams incluida. Y al final, ni el público de 2006 era el de 1977, ni Brandon Routh era Christopher Reeve.¿Se puede volver a contar la historia del último kryptoniano sin morir en el intento? Yo creo que sin duda sí, y la prueba es que un spin off como Smallville, la vida de Supermán antes de Metrópolis, lleva diez temporadas de éxito en la TV americana. Serie de la que, por cierto, no he visto un solo capítulo.
En fin, que los rumores empiezan a hablar del general Zod como malo de la función. Me parece bien, porque si un problema tiene Superman es la ausencia de un malvado tan poderoso como él, y hasta ahora Zod ha demostrado ser el único capaz de estar a la altura.
En fin, ya veremos qué pasa, pero parece que el de Snyder y Nolan es el último tren para un personaje histórico, que si no sale airoso de esta nueva aventura tardaremos muuuucho tiempo en volver a ver en una pantalla de cine.
The Town, jugar a polis y cacos con un cásting de lujo
Entramos en temporada pre-Oscar, y una de las primeras en sonar como posibles candidatas es The Town.
Hace masmenos quince años, dos chavales se llevaron el Oscar al mejor guión por "El indomable Will Hunting". Después, uno tomó buenas decisiones (principalmente Bourne) y el otro malas (principalmente, todas). Esos dos chavales eran Matt Damon y Ben Affleck. Affleck, después de un periodo jodido que incluyó ludopatía y tocar fondo vestido de Daredevil, co-escribe y dirige The Town.
Es una peli de polis y cacos en Boston. Dicho lo cual, todos los críticos se han lanzado a compararla con Infiltrados. Y no tiene nada que ver. The Town habla del juego del gato y el ratón entre un poli -el madmen Jon Hamm- y una banda de atracadores -el cuasi oscarizado Jeremy Renner y Affleck-. Entre medias hay una chica muy mona llamada Rebecca Hall.
Eso es lo mejor de The Town: los actores. Jon Hamm me encanta, con ese aire de suficiencia que siempre acaba pasándole factura. Affleck no desentona, aunque su personaje bien podría ser el mismo que firmó en Operación Reno hace ya diez años. Tiene un papel secundario el gran Pete Postlewhite, que vuelve a bordarlo aunque siempre será Giuseppe Conlon. Y Renner se sale, creando a un matón de barrio que se guía por unos códigos morales intransferibles, de esos que cuando uno le da la espalda nunca sabe si le va a dar una palmada o le va a meter una bala.
Aparte de las interpretaciones, The Town no tiene nada especial. Es una historia clásica rodada de manera clásica con un final clásico. Una película que podía haber estado hecha hace diez, veinte o treinta años, y seguiría siendo igual de válida, igual de buena.
Si me preguntan, The Town no tiene madera de Oscar. Aunque claro, si me preguntan, habría dicho lo mismo de más de la mitad de las películas que han ganado la estatuilla en la última década.
Hace masmenos quince años, dos chavales se llevaron el Oscar al mejor guión por "El indomable Will Hunting". Después, uno tomó buenas decisiones (principalmente Bourne) y el otro malas (principalmente, todas). Esos dos chavales eran Matt Damon y Ben Affleck. Affleck, después de un periodo jodido que incluyó ludopatía y tocar fondo vestido de Daredevil, co-escribe y dirige The Town.
Es una peli de polis y cacos en Boston. Dicho lo cual, todos los críticos se han lanzado a compararla con Infiltrados. Y no tiene nada que ver. The Town habla del juego del gato y el ratón entre un poli -el madmen Jon Hamm- y una banda de atracadores -el cuasi oscarizado Jeremy Renner y Affleck-. Entre medias hay una chica muy mona llamada Rebecca Hall.
Eso es lo mejor de The Town: los actores. Jon Hamm me encanta, con ese aire de suficiencia que siempre acaba pasándole factura. Affleck no desentona, aunque su personaje bien podría ser el mismo que firmó en Operación Reno hace ya diez años. Tiene un papel secundario el gran Pete Postlewhite, que vuelve a bordarlo aunque siempre será Giuseppe Conlon. Y Renner se sale, creando a un matón de barrio que se guía por unos códigos morales intransferibles, de esos que cuando uno le da la espalda nunca sabe si le va a dar una palmada o le va a meter una bala.
Aparte de las interpretaciones, The Town no tiene nada especial. Es una historia clásica rodada de manera clásica con un final clásico. Una película que podía haber estado hecha hace diez, veinte o treinta años, y seguiría siendo igual de válida, igual de buena.
Si me preguntan, The Town no tiene madera de Oscar. Aunque claro, si me preguntan, habría dicho lo mismo de más de la mitad de las películas que han ganado la estatuilla en la última década.
Pantallazos de un sábado de otoño
El otoño ha llegado ya a París. El martes todavía estábamos a 25º y hoy la máxima han debido ser 15º. Así que era una gran oportunidad para armarse con una mantita y enchufarse cosas pendientes. En total he visto tres:
- el piloto de The Event: buen episodio piloto, aunque un poco bajón el fenómeno paranormal del final. Serie recomendada por Blaski, The Event parece una mezcla de 24 y Lost. Espero que tenga más de la primera que de la segunda. Más que nada, porque nunca me interesó Lost lo más mínimo.
- el documental El alma de la Roja, que se hizo para conmemorar el centenario de la Federación Española de Fútbol. Es básicamente una serie de entrevistas fáciles pegadas a imágenes de archivo. Lo mejor es escuchar a los jugadores veteranos explicando que todos los internacionales españoles son un mismo equipo. Pero vamos, a parsecs de distancia de cosas como el documental inglés One Night in Turin.
- When you're strange, la historia de The Doors para principiantes, contaba de la A a la Z, con buenas imágenes, buenos vídeos y, por supuesto, buena música. Me ha aportado dos cosas: una, enterarme de dónde estaba el apartamento de Morrison en París (no demasiado lejos de mi casa, metro Sully Morland) y dos, comprobar que, después de más de diez años sin haberlas escuchado, me sigo sabiendo las letras de la mayor parte de las canciones de The Doors. Me sigo quedando, por este orden, con The End, When the music's over y Riders on the Storm.
- el piloto de The Event: buen episodio piloto, aunque un poco bajón el fenómeno paranormal del final. Serie recomendada por Blaski, The Event parece una mezcla de 24 y Lost. Espero que tenga más de la primera que de la segunda. Más que nada, porque nunca me interesó Lost lo más mínimo.
- el documental El alma de la Roja, que se hizo para conmemorar el centenario de la Federación Española de Fútbol. Es básicamente una serie de entrevistas fáciles pegadas a imágenes de archivo. Lo mejor es escuchar a los jugadores veteranos explicando que todos los internacionales españoles son un mismo equipo. Pero vamos, a parsecs de distancia de cosas como el documental inglés One Night in Turin.
Breaking Bad, rompiendo con (casi) todo
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El mes de septiembre, ya duro de por sí, tiene el problema añadido de la falta absoluta de entretenimiento audiovisual: los cines han quemado sus mejores cartuchos durante el verano mientras velan armas para Navidad, y las series están de vacaciones para hacer su rentrée gloriosa en octubre.
El otro día probé a ver The Pacific en Canal Plus, una serie que me daba tanta pereza -The Aburridic, la había ensartado Blaski en su blog- que ni siquiera la intenté descargar en su momento. Pues efectivamente, la serie es un coñazo, y por mucho que yo sea fanático de la Segunda Guerra Mundial, me quedé roque en plena incursión japonesa.
Así que un compañero de trabajo -un judío que celebra el Yom Kippur, Hannuckah Y Navidad, imaginaos su nivel de credibilidad- me recomendó Breaking Bad, y tan desesperado estaba que la bajé.
Fantástica serie. Breaking Bad cuenta la historia de Walt, un sobrecualificado profesor de química en un instituto de Nuevo México, que al serle diagnosticado un cáncer terminal, decide hacerse narcotraficante (aprovechando sus conocimientos de química) para conseguir dinero para su familia.
La premisa, si bien suena original, es un poco una vuelta de tuerca a la de Dexter, padre ejemplar y criminal al mismo tiempo. Lo que mola de Breaking Bad es, principalmente, el protagonista. Bryan Cranston es una estrella de la tele hecha a sí misma. Mirando su biografía en Imdb, descubrimos que Cranston ha hecho de secundario en casi todas las series de televisión, desde Canción Triste de Hill Street hasta Walker, Texas Ranger, pasando por Expediente X y, sí amigos, los Power Rangers. En Breaking Bad, Cranston borda el papel de un tipo en el alambre pero sin nada que perder, que se lanza en una contrarreloj para salvar a los suyos antes de irse al hoyo.
Además de Cranston, el peso de la trama recae en el chaval que le ayuda a vender la droga, un blanco que habla como un negro y se pasa la vida fumando crack. Al principio de la serie parece un secundario cómico, pero conforme los capítulos avanzan, Aaron Paul va currándose un personaje mucho más interesante de lo que parecía.
También es fantástico el tipo que encarna al cuñado de Cranston, policía encargado de investigar el narcotráfico en la DEA. Encarnado por un actor que fue secundario -¿se puede ser actor terciario?- en Terminator 2 y en Desafío Total.
Visualmente la serie no es nada especial, pero está suficientemente bien rodada. Tiene alguna escena, eso sí, absolutamente genial, como la del prisionero en el sótano (cuando la veáis, entenderéis). Molan especialmente las intros a los capítulos, esos dos minutos que las series suelen llevar antes de los créditos, que si bien la mayoría de ellas aprovechan para repasar lo que ya ha pasado, en Breaking Bad sirven para darte pistas sobre lo que va a pasar. Evidentemente, sin que el espectador entienda una mierda, en ocasiones hasta varios capítulos más tarde.
En fin, que Breaking Bad es una serie bastante insólita, pero que vale muy mucho la pena. Luego no digáis que no os avisé.
El otro día probé a ver The Pacific en Canal Plus, una serie que me daba tanta pereza -The Aburridic, la había ensartado Blaski en su blog- que ni siquiera la intenté descargar en su momento. Pues efectivamente, la serie es un coñazo, y por mucho que yo sea fanático de la Segunda Guerra Mundial, me quedé roque en plena incursión japonesa.
Así que un compañero de trabajo -un judío que celebra el Yom Kippur, Hannuckah Y Navidad, imaginaos su nivel de credibilidad- me recomendó Breaking Bad, y tan desesperado estaba que la bajé.
Fantástica serie. Breaking Bad cuenta la historia de Walt, un sobrecualificado profesor de química en un instituto de Nuevo México, que al serle diagnosticado un cáncer terminal, decide hacerse narcotraficante (aprovechando sus conocimientos de química) para conseguir dinero para su familia.
La premisa, si bien suena original, es un poco una vuelta de tuerca a la de Dexter, padre ejemplar y criminal al mismo tiempo. Lo que mola de Breaking Bad es, principalmente, el protagonista. Bryan Cranston es una estrella de la tele hecha a sí misma. Mirando su biografía en Imdb, descubrimos que Cranston ha hecho de secundario en casi todas las series de televisión, desde Canción Triste de Hill Street hasta Walker, Texas Ranger, pasando por Expediente X y, sí amigos, los Power Rangers. En Breaking Bad, Cranston borda el papel de un tipo en el alambre pero sin nada que perder, que se lanza en una contrarreloj para salvar a los suyos antes de irse al hoyo.
Además de Cranston, el peso de la trama recae en el chaval que le ayuda a vender la droga, un blanco que habla como un negro y se pasa la vida fumando crack. Al principio de la serie parece un secundario cómico, pero conforme los capítulos avanzan, Aaron Paul va currándose un personaje mucho más interesante de lo que parecía.
También es fantástico el tipo que encarna al cuñado de Cranston, policía encargado de investigar el narcotráfico en la DEA. Encarnado por un actor que fue secundario -¿se puede ser actor terciario?- en Terminator 2 y en Desafío Total.
Visualmente la serie no es nada especial, pero está suficientemente bien rodada. Tiene alguna escena, eso sí, absolutamente genial, como la del prisionero en el sótano (cuando la veáis, entenderéis). Molan especialmente las intros a los capítulos, esos dos minutos que las series suelen llevar antes de los créditos, que si bien la mayoría de ellas aprovechan para repasar lo que ya ha pasado, en Breaking Bad sirven para darte pistas sobre lo que va a pasar. Evidentemente, sin que el espectador entienda una mierda, en ocasiones hasta varios capítulos más tarde.
En fin, que Breaking Bad es una serie bastante insólita, pero que vale muy mucho la pena. Luego no digáis que no os avisé.
Eurodisney: una crítica muy crítica
Ayer volví a ir a Eurodisney (o Disneyland París), por cuarta vez en mi vida. No puedo evitar, cada vez que voy, sentirme un poco fuera de sitio, porque en realidad el parque está concebido para a) adolescentes pajilleros o b) padres con hijos pequeños. Sobre todo b). Además, el personal que uno encuentra en este tipo de parque suele ser habitualmente del género tontorronus máximus, y en Eurodisney esto se multiplica a las diferentes nacionalidades que viajan hasta allí. En verano, además, uno disfruta en estéreo de las lorzas del personal, camisetas ajustadas al michelín, pantalones demasiado cortos, camisetas de tirantes que asoman en espaldas peludas y un largo etcétera. Por no hablar de las mujeres musulmanas que van con velo -¡o con burka!- en pleno verano. Aunque las novedades de este año han sido, por este orden, los turistas indios -como empiecen a viajar, démonos por jodidos- y las camisetas de la selección española campeona del mundo.
El parque está dividido en dos, el tradicional y Studios, más nuevo pero con menos cosas. Eurodisney ofrece atracciones para todos, pero sus grandes apuestas son los rollos interactivos y las montañas rusas. Los rollos interactivos son tres:
- el Capitán EO: una película 3D con Michael Jackson cuando era negro. Una cosa estupenda para 1985, cuando se diseñó.
- Star Tours: una idea cojonuda, una agencia de viajes espaciales que te lleva por el universo de Star Wars con un simulador de vuelo. De nuevo, fantástico hace veinte años, pero hoy es una cosa tan aburrida y casposa como el chaleco de Han Solo.
- Armageddon: la peli era tremenda. La atracción es tremendamente mala. Te cuentan toda una historia con un meteorito que va a destruir la Tierra, te meten en un plató que simula una nave espacial y... acaban echándote agua con un aspersor.
- Piratas del Caribe: un paseo en barca por una colección de animatronics piratescos. Uno sabe que va a ser aburrido desde el momento en que ni le ponen un cinturón al montarse en la atracción. Me pregunto a quién se le ocurriría hacer una película sobre semejante sopor. La primera peli no fue muy fiel, pero las dos secuelas reproducen bastante bien la sensación de sopor que se le queda a uno en semejante cosa.
Luego están las montañas rusas, que no están mal pero tienen un problema muy grande: las colas. No es de recibo que uno tenga que esperar has 80 minutos de cola -algo que obviamente no hice- para una atracción de 80 segundos. Tienen un saltacolas llamado "fast pass" que está muy bien porque te da un horario en el que puedes entrar a la atracción casi sin espera. El problema es que tienen un numerus clausus de fast passes al día, y en función de la demanda, puedes encontrar que no quedan más pases a la una de la tarde, ergo de vuelta a la cola. Si uno consigue pasar, especialmente recomendable es la montaña de Aerosmith, que básicamente pone la música del grupo mientras uno da vueltas a toda hostia. El Space Mountain no está mal, pero lo de estar en permanente oscuridad no me termina de convencer porque llega un momento en el que no sabes si estás bocarriba o bocabajo. Las demás, incluida la de Indiana Jones -que ayer se estropeó cuando llevaba hecha media hora de cola- no valen gran cosa. Aunque suene patriotero, las montañas del Parque Warner de Madrid les dan cien mil vueltas.
Lo demás, muy rollo Disney: los decorados de cartón piedra, los muñecotes de las películas bailando, la comida hipercalórica... nada nuevo bajo el sol.
Lo que yo me pregunto es cómo puede ser que Disney, los tíos que invierten más pasta en este tipo de cosas, no hayan sido capaces de hacer evolucionar la experiencia de un parque de atracciones. ¿Cómo puede ser que en 2010 toda la tecnología del parque sea de 1985? ¿No ha avanzado nada el ser humano? ¿No hay una manera de incluir, yo qué sé, un simulador de Toy Story en el que te conviertes en juguete? ¿Una montaña rusa en la que vas jugando a Guitar Hero? ¿Un circuito de camas elásticas en las que te visten de Mr Increíble?
En fin, que espero que el amigo John Lasseter se ponga las pilas con este tema y consiga que los parques Disney dejen de ser un viaje a la época en la que vivía el tío Walt.
El parque está dividido en dos, el tradicional y Studios, más nuevo pero con menos cosas. Eurodisney ofrece atracciones para todos, pero sus grandes apuestas son los rollos interactivos y las montañas rusas. Los rollos interactivos son tres:
- el Capitán EO: una película 3D con Michael Jackson cuando era negro. Una cosa estupenda para 1985, cuando se diseñó.
- Star Tours: una idea cojonuda, una agencia de viajes espaciales que te lleva por el universo de Star Wars con un simulador de vuelo. De nuevo, fantástico hace veinte años, pero hoy es una cosa tan aburrida y casposa como el chaleco de Han Solo.
- Armageddon: la peli era tremenda. La atracción es tremendamente mala. Te cuentan toda una historia con un meteorito que va a destruir la Tierra, te meten en un plató que simula una nave espacial y... acaban echándote agua con un aspersor.
- Piratas del Caribe: un paseo en barca por una colección de animatronics piratescos. Uno sabe que va a ser aburrido desde el momento en que ni le ponen un cinturón al montarse en la atracción. Me pregunto a quién se le ocurriría hacer una película sobre semejante sopor. La primera peli no fue muy fiel, pero las dos secuelas reproducen bastante bien la sensación de sopor que se le queda a uno en semejante cosa.
Luego están las montañas rusas, que no están mal pero tienen un problema muy grande: las colas. No es de recibo que uno tenga que esperar has 80 minutos de cola -algo que obviamente no hice- para una atracción de 80 segundos. Tienen un saltacolas llamado "fast pass" que está muy bien porque te da un horario en el que puedes entrar a la atracción casi sin espera. El problema es que tienen un numerus clausus de fast passes al día, y en función de la demanda, puedes encontrar que no quedan más pases a la una de la tarde, ergo de vuelta a la cola. Si uno consigue pasar, especialmente recomendable es la montaña de Aerosmith, que básicamente pone la música del grupo mientras uno da vueltas a toda hostia. El Space Mountain no está mal, pero lo de estar en permanente oscuridad no me termina de convencer porque llega un momento en el que no sabes si estás bocarriba o bocabajo. Las demás, incluida la de Indiana Jones -que ayer se estropeó cuando llevaba hecha media hora de cola- no valen gran cosa. Aunque suene patriotero, las montañas del Parque Warner de Madrid les dan cien mil vueltas.
Lo demás, muy rollo Disney: los decorados de cartón piedra, los muñecotes de las películas bailando, la comida hipercalórica... nada nuevo bajo el sol.
Lo que yo me pregunto es cómo puede ser que Disney, los tíos que invierten más pasta en este tipo de cosas, no hayan sido capaces de hacer evolucionar la experiencia de un parque de atracciones. ¿Cómo puede ser que en 2010 toda la tecnología del parque sea de 1985? ¿No ha avanzado nada el ser humano? ¿No hay una manera de incluir, yo qué sé, un simulador de Toy Story en el que te conviertes en juguete? ¿Una montaña rusa en la que vas jugando a Guitar Hero? ¿Un circuito de camas elásticas en las que te visten de Mr Increíble?
En fin, que espero que el amigo John Lasseter se ponga las pilas con este tema y consiga que los parques Disney dejen de ser un viaje a la época en la que vivía el tío Walt.
Salt = Jason Bourne + Nina Myers
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El principio de septiembre siempre es raro en el cine. Acabada la temporada veraniega, la gente no va a las salas porque a) todos los blockbusters están vistos y b) sigue haciendo lo suficientemente bueno como para ir a tomar algo a una terraza.
Total, que es un cine casi vacío es en el que he visto Salt.
Salt viene siendo un guión sobre un agente / espía / doble agente que en principio iba a interpretar Tom Cruise y dirigir Michael Mann. Al final la cosa acabó con Salt perdiendo el pene, interpretado por Angelina Jolie, con Philip Noyce (de cuya carrera sólo recuerdo El Santo) moviendo la lente.
Salt viene siendo un guión sobre un agente / espía / doble agente que en principio iba a interpretar Tom Cruise y dirigir Michael Mann. Al final la cosa acabó con Salt perdiendo el pene, interpretado por Angelina Jolie, con Philip Noyce (de cuya carrera sólo recuerdo El Santo) moviendo la lente.
Lo cierto es que yo me esperaba un Caso Bourne con estrógenos, y tampoco le anda tan lejos la cosa. Salt resulta una película de acción entretenida (básicamente porque no te dejan pararte a pensar ni un segundo), pero acaba agotando a base de pura inocencia, de naivité en la acción. Escenas como la de Angelina Jolie infiltrando el búnker de la casa blanca por el hueco del ascensor le dan ganas a uno de pegarle con el ordenador en la cabeza al escritor de semejante estupidez. Porque hombre, una cosa es que apilen escenas de peligro para no dejarte respirar, y otra que consigan que el oxígeno no te llegue al cerebro.
Probablemente el error de la película sea el propio cast de Angelina, ya que, al menos yo (ojo spoiler) jamás me llegué a tomar en serio la posibilidad de que ella fuera la mala del asunto. En cualquier caso, al acabar la película (que acaba raro de cojones), a mí me queda la sensación de que antes de Salt, el mundo habría preferido ver un spin off / precuela de la vida de Nina Myers.
Dicho lo cual, aprovecho para hablar de uno de los spots que han colado antes de la película. En Francia, dado que todavía no ha llegado la fantástica costumbre española de numerar los asientos, uno tiene que llegar antes de tiempo a coger sitio en la sala, de manera que se traga de pe a pa toda la ristra de anuncios. Pues bien, ha habido uno que no sólo no he entendido -los anuncios de perfume suelen ser de por sí ininteligibles-, sino que me ha parecido directamente una tomadura de pelo. Protagonizado por el chaval que hizo de Hannibal Lecter en aquella precuela olvidada, el spot no tiene ni pies ni cabeza. Y lo peor de todo es que está dirigido por Martin Scorsese. Me pregunto cuánta pasta le han aflojado los chicos de Chanel por echar una mano en semejante despropósito. En fin, juzguen ustedes mismos:
Cuando la culpa puede al placer
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Hablo de Grease, los Goonies, o el cine de Michael Bay. En EE. UU. a ese tipo de películas tontorronas pero entrañables les llaman "guilty pleasures", placeres culpables que, cual terrina de Chunky Monkey de Ben & Jerry's, uno se regala de vez en cuando.
The Expendables es una película con Sylvester Stallone, Jason Statham, Dolph 23 años después de He-Man Lundgren, Jet Li, Eric Roberts, Mickey Rourke y dos cameos de Bruce Willis y el mismísimo Governator Arnie. Más placer culpable imposible.
La idea es una vuelta a ese cine testiculítico de finales de los 80 y principios de los 90, con esos guiones imposibles protagonizados por personajes como Mario Cobretti o Jack Slater.
Una película así sólo hay una manera de hacerla: sin tomársela en serio.
El problema es que Stallone, convencido de que sabe dirigir acción (y eso que en Rambo 4 no lo había hecho mal), se equivoca en casi todo. Para empezar, en darse el papel protagonista. Un tío de 64 años no puede llevar el peso de una peli de acción a sus espaldas, y menos pretendiendo relegar al para mí mejor actor de acción de la década actual, Jason Statham, al papel de sidekick, o secundario cómico. Stallone no sólo no consigue sonreír en toda la peli (lo intenta, pero la piel no da más de sí), sino que además cada vez que se pone a correr, se le notan los años una barbaridad.
En una película así, el guión no tiene ni pies ni cabeza. En The Expendables, tampoco. El libreto, co-firmado por Silvestre, tiene escenas de acción apiladas una sobre la otra -con una violencia muy explícita filmada demasiado rápidamente para poder ser disfrutada-, pero el problema está en el diálogo. Sly otorga al mejor actor de toda la pandilla, Bruce Willis, un cameo de tres minutos. Cameo memorable, eso sí, a tres bandas entre Schwarzenegger, Stallone y Willis. Hace veinte años, semejante escena habría sido una junta directiva del Planet Hollywood. A Jason Statham le quedan líneas tontas, y al otro actor de verdad, Mickey Rourke, le deja una disertación sobre el alma que parece copipegada de un "Kant para tontos".
Al acabar los 90 minutos de metraje, uno siente más sentimiento de culpa -10 euros son muchos euros- que de placer. Es lo que tiene ir a ver una película que ya lo anuncia en su título: prescindible.
The Expendables es una película con Sylvester Stallone, Jason Statham, Dolph 23 años después de He-Man Lundgren, Jet Li, Eric Roberts, Mickey Rourke y dos cameos de Bruce Willis y el mismísimo Governator Arnie. Más placer culpable imposible.
La idea es una vuelta a ese cine testiculítico de finales de los 80 y principios de los 90, con esos guiones imposibles protagonizados por personajes como Mario Cobretti o Jack Slater.
Una película así sólo hay una manera de hacerla: sin tomársela en serio.
El problema es que Stallone, convencido de que sabe dirigir acción (y eso que en Rambo 4 no lo había hecho mal), se equivoca en casi todo. Para empezar, en darse el papel protagonista. Un tío de 64 años no puede llevar el peso de una peli de acción a sus espaldas, y menos pretendiendo relegar al para mí mejor actor de acción de la década actual, Jason Statham, al papel de sidekick, o secundario cómico. Stallone no sólo no consigue sonreír en toda la peli (lo intenta, pero la piel no da más de sí), sino que además cada vez que se pone a correr, se le notan los años una barbaridad.
En una película así, el guión no tiene ni pies ni cabeza. En The Expendables, tampoco. El libreto, co-firmado por Silvestre, tiene escenas de acción apiladas una sobre la otra -con una violencia muy explícita filmada demasiado rápidamente para poder ser disfrutada-, pero el problema está en el diálogo. Sly otorga al mejor actor de toda la pandilla, Bruce Willis, un cameo de tres minutos. Cameo memorable, eso sí, a tres bandas entre Schwarzenegger, Stallone y Willis. Hace veinte años, semejante escena habría sido una junta directiva del Planet Hollywood. A Jason Statham le quedan líneas tontas, y al otro actor de verdad, Mickey Rourke, le deja una disertación sobre el alma que parece copipegada de un "Kant para tontos".
Al acabar los 90 minutos de metraje, uno siente más sentimiento de culpa -10 euros son muchos euros- que de placer. Es lo que tiene ir a ver una película que ya lo anuncia en su título: prescindible.
Cine de acción con etiqueta: Inception
Tenía ya ganas de echarle el diente a Inception, probablemente el último de la larga retahíla de blockbusters de verano que he ido comentando en este blog.
Una película de Christopher Nolan siempre es a) elegante y b) compleja. Inception cumple con los dos aspectos del director inglés.
Ya desde el tráiler estaba seguro de que iba a tener momentos de quedarme mirando a la pantalla como las vacas miran al tren pasar a la altura de Reinosa. El problema de las películas con una estructura enrrevesada, basada en un veteyvén de realidad y sueño (y se me ocurren a bote pronto Desafío Total, Matrix o Abre los ojos) es que hay que tener un guionista con mucho talento para que el público no se te pierda por el camino. Inception lo consigue bastante bien, aunque por momentos es complicado distinguir los cuatro niveles de realidad y sueños en los que se mueve la acción.
La película es básicamente una cinta de acción con un barniz de ciencia ficción que le permite pasarse las leyes de la física por el arco del triunfo. La trama: un caso de sabotaje industrial que sucede en la mente del heredero de una compañía multinacional. Esto se olvida rápidamente, porque la densidad visual es tanta, que a uno acaba dándole bastante lo mismo lo que suceda con los personajes. Y eso que el cast es de primer nivel, por mucho que yo no sea precisamente un incondicional de Leonardo Di Caprio. Lo que sí que confirmo es que, si mañana un meteorito cayera sobre la cabeza de Natalie Portman, una vez observados unos días de duelo, la reemplazaría por Marion Cotillard.
Pero bueno, insisto en que los actores son lo de menos. Porque, si como ciencia-ficción a mí me parece que patina un poco a nivel de guión (y que lo de el mundo de los sueños, para ser sinceros, me suena a Matrix recalentado), como película de acción es la caña. El dúo Chris Nolan - Wally Pfister es ahora mismo lo más sublime que se puede encontrar detrás de una cámara de cine. Ver cómo plantean el montaje, los encuadres, la iluminación, los movimientos de cámara... todo, es una pasada. A estos dos tíos les das una handycam y les sueltas en Malasaña, y consiguen que la plaza del Dos de Mayo parezca la Place Vendôme.
Mención especial a los últimos diez segundos de metraje, con todo el cine al borde del asiento, viendo girar una peonza. Brutal.
En fin, que Inception no creo que sea la película del año, pero es sin duda el cine más elegante que he visto en mucho tiempo.
Una opinión a contrapelo sobre el debate de los toros
He tardado, pero tenía que decir algo. Resulta que el parlamento catalán ha votado en contra de la celebración de corridas de toros en Cataluña a partir de 2012. Los antitaurinos celebraron el resultado como una mejora sensible para los derechos de los toros. La prensa conservadora (La Razón, ABC y El Mundo) hicieron del tema un asunto de Estado, al asociar tauromaquia y españolismo -condición de español, esto es-.
Yo, una vez más, me niego a alinearme con ninguno de los dos bandos. Vaya por delante que me siento español, tengo un abuelo de cada esquina del país, y jamás he ido a una corrida de toros. No me interesa el tema, no le pillo el punto. Igual que me pueda pasar con, qué sé yo, la jota aragonesa, el lechazo o la pelota vasca. A diferencia de estos tres ejemplos más o menos aleatorios, eso sí, creo que en torno al ruedo se aglutinan todos los valores rancios españoles que menos me gustan: la superstición, el mamoneo, las folclóricas, la gracia andaluza y un largo etcétera. Es más, cada vez que estando fuera de España alguien saca el tópico del flamenco y los toros, el letrero de neón que llevo en la frente se ilumina con la frase CÁLLATE YA, IMBÉCIL.
Y sin embargo, también añado que los derechos de los toros me la traen al pairo. Es más, ¿qué derechos tienen los toros? ¿Habría toros si no fuera para a) preñar vacas o b) torearlos y luego estofar su rabo? Me temo que la respuesta es en ambos casos negativa.
Adrimedia contra el terrorista de easyjet
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Ayer volví a París. Después de un viaje relámpago en coche desde Santander, subí al vuelo de Easyjet 3908 de las 20h30 destino París Charles de Gaulle.
Entré de los primeros para coger sitio en las primeras filas y salir disparado al llegar. Encontré un asiento de pasillo, fila cinco, subí mi maleta al portaequipajes justo sobre el asiento y saqué la biografía de Cantona que estoy leyendo. Me abroché el cinturón. Después de haber dormido cinco horas en dos días, tardé unos segundos en quedarme dormido en el asiento.
Cuando me desperté, media hora después, estábamos volando hace un rato. Volví la cabeza hacia la ventanilla y todavía había luz. Entonces, justo al voltear hacia el otro lado del pasillo, le vi: un hombre de entre cuarenta y cincuenta, árabe de esos con barba de profeta de barrio y boina a juego estaba sentado a apenas un metro de mí. Llevaba un vestido largo blanco, como esos que se ponen las tías encima del bañador para conducir de vuelta de la playa. La jugada se remataba con dos calcetines blancos de hacer deporte, bien gruesos, zapatos de piel marrón y un gabán en el regazo. Un abrigo en pleno mes de julio.
Será la culpa de los infinitos episodios de 24 devorados, pero a mí el tipo se me hizo sospechoso desde el primer segundo.
Entonces, apenas hube terminado mi reconocimiento, el hombre se pone de pie, deja el abrigo sobre el asiento, y se mete en el baño del avión. El modelo de avión, que no comprobé, tenía el baño en la parte de adelante, justo pegado a la cabina de pilotaje. Un sitio ideal para decapitar el avión al inmolarse.
El tipo debió pasar diez minutos que sentí como diez horas metido en aquel habitáculo. La verdad es que ni se me pasó mi vida en fotogramas, ni pensé en que jamás conocería a Natalie Portman. Pero me acojoné como nunca antes.
Al final salió. Con gesto serio, recorrió los pocos metros que le separaban de la fila cinco y volvió a sentarse, dejando -dato significativo- el cinturón convenientemente desabrochado.
Reconozco que a estas alturas ya no le quitaba el ojo de encima.
Entonces, el árabe se dobló sobre sí mismo, llevándose las manos a los tobillos. Pasó así unos instantes y recuperó el ángulo de noventa grados. Le miré a la cara, y vi su barba moverse arriba y abajo, mientras sus labios musitaban algo -evidentemente, una plegaria, alá akbar o lo que fuera aquello-, el tipo de cosa que uno hace antes de comprar un billete al paraíso.
A estas alturas, mi espalda era un torrente de sudor, y empecé a considerar activamente la posibilidad de abalanzarme sobre él para neutralizarlo.
Y en ese momento, el hombre metió la mano entre los pliegues de su gabán amarillo, y sacó un teléfono. Era un modelo barato, de esos de concha que se vendían como churros en 2005. Entonces, el árabe lo abrió deslizando su pulgar entre la tapa y el teclado, y apretó el botón de encendido. Pensadlo: un integrista musulmán que enciende un teléfono a 33.000 pies sólo puede significar una cosa. Ka-boom. Así que ahí salté: levanté la mano para atraer la atención del jefe de cabina, mientras le decía al aspirante a Mohammed Atta que ni de coña iba a encender un móvil delante de mí en ese avión. El chaval de Easyjet, con un aplomo propio de un becario de la CTU, le pidió que lo apagara (yo esperaba un golpe seco con el exterior de la mano en la nuez del hombre, pero en fin) y, una vez el hombre devolvió su teléfono al bolsillo del abrigo, el azafato se dio por satisfecho.
La situación parecía bajo control, y entonces el piloto anunció el aterrizaje en París por megafonía.
Tocamos tierra apenas quince minutos después. Yo no le quité el ojo de encima a aquel hombre hasta que ganamos la terminal.
Pasé el miedo de mi vida. Me sentí un poco Jack Bauer. Viviremos para volver a volar en Easyjet.
Entré de los primeros para coger sitio en las primeras filas y salir disparado al llegar. Encontré un asiento de pasillo, fila cinco, subí mi maleta al portaequipajes justo sobre el asiento y saqué la biografía de Cantona que estoy leyendo. Me abroché el cinturón. Después de haber dormido cinco horas en dos días, tardé unos segundos en quedarme dormido en el asiento.
Cuando me desperté, media hora después, estábamos volando hace un rato. Volví la cabeza hacia la ventanilla y todavía había luz. Entonces, justo al voltear hacia el otro lado del pasillo, le vi: un hombre de entre cuarenta y cincuenta, árabe de esos con barba de profeta de barrio y boina a juego estaba sentado a apenas un metro de mí. Llevaba un vestido largo blanco, como esos que se ponen las tías encima del bañador para conducir de vuelta de la playa. La jugada se remataba con dos calcetines blancos de hacer deporte, bien gruesos, zapatos de piel marrón y un gabán en el regazo. Un abrigo en pleno mes de julio.
Será la culpa de los infinitos episodios de 24 devorados, pero a mí el tipo se me hizo sospechoso desde el primer segundo.
Entonces, apenas hube terminado mi reconocimiento, el hombre se pone de pie, deja el abrigo sobre el asiento, y se mete en el baño del avión. El modelo de avión, que no comprobé, tenía el baño en la parte de adelante, justo pegado a la cabina de pilotaje. Un sitio ideal para decapitar el avión al inmolarse.
El tipo debió pasar diez minutos que sentí como diez horas metido en aquel habitáculo. La verdad es que ni se me pasó mi vida en fotogramas, ni pensé en que jamás conocería a Natalie Portman. Pero me acojoné como nunca antes.
Al final salió. Con gesto serio, recorrió los pocos metros que le separaban de la fila cinco y volvió a sentarse, dejando -dato significativo- el cinturón convenientemente desabrochado.
Reconozco que a estas alturas ya no le quitaba el ojo de encima.
Entonces, el árabe se dobló sobre sí mismo, llevándose las manos a los tobillos. Pasó así unos instantes y recuperó el ángulo de noventa grados. Le miré a la cara, y vi su barba moverse arriba y abajo, mientras sus labios musitaban algo -evidentemente, una plegaria, alá akbar o lo que fuera aquello-, el tipo de cosa que uno hace antes de comprar un billete al paraíso.
A estas alturas, mi espalda era un torrente de sudor, y empecé a considerar activamente la posibilidad de abalanzarme sobre él para neutralizarlo.
Y en ese momento, el hombre metió la mano entre los pliegues de su gabán amarillo, y sacó un teléfono. Era un modelo barato, de esos de concha que se vendían como churros en 2005. Entonces, el árabe lo abrió deslizando su pulgar entre la tapa y el teclado, y apretó el botón de encendido. Pensadlo: un integrista musulmán que enciende un teléfono a 33.000 pies sólo puede significar una cosa. Ka-boom. Así que ahí salté: levanté la mano para atraer la atención del jefe de cabina, mientras le decía al aspirante a Mohammed Atta que ni de coña iba a encender un móvil delante de mí en ese avión. El chaval de Easyjet, con un aplomo propio de un becario de la CTU, le pidió que lo apagara (yo esperaba un golpe seco con el exterior de la mano en la nuez del hombre, pero en fin) y, una vez el hombre devolvió su teléfono al bolsillo del abrigo, el azafato se dio por satisfecho.
La situación parecía bajo control, y entonces el piloto anunció el aterrizaje en París por megafonía.
Tocamos tierra apenas quince minutos después. Yo no le quité el ojo de encima a aquel hombre hasta que ganamos la terminal.
Pasé el miedo de mi vida. Me sentí un poco Jack Bauer. Viviremos para volver a volar en Easyjet.
Como la noche y el día
El tráiler me engañó. Bueno, el tráiler, y que Tom Cruise me parece, como Brad Pitt, mucho mejor actor de lo que su cara bonita promete. De Cameron Díaz vaya por delante que no esperaba nada, porque van quince años desde su debut en La máscara y todavía espero que supere la escena del esperma en el flequillo de Algo pasa con Mary.
El tráiler prometía una buena película de acción con tintes de comedia, un género jodido, pero que cuando se ha hecho bien -pienso aquí en El secreto de Thomas Crown, Mr and Mrs Smith y, sobre todo, en Mentiras arriesgadas- tiene su puntito. Así que me fui ayer a ver Noche y Día, Night and Day en Francia... y Knight and Day en el original. Que me ahorquen si entiendo las sutilezas de los traductores.
El primer susto me lo llevé al descubrir, en plenos créditos, que el director del tema era James Mangold, al que yo tenía por director artesano e independiente, a raíz de sus previos Copland, Walk the Line o 3:10 to Yuma. Un director raro para una comedia de acción puede ser una buena idea, pensé, iluso de mí.
La historia es básicamente la de Tom Cruise, un espía que, por un motivo algo confuso, acaba metiendo a Cameron Díaz en un embolado a varias bandas con un MacGuffin de por medio. Premisa tonta a más no poder, con lo cual, una vez descartada la inteligencia en la trama, nos queda agarrarnos al talento de director y protagonistas, y a la dirección de las escenas de acción. En Mentiras arriesgadas, por ejemplo, la trama se podía resumir en dos líneas sobre una servilleta de bar, y en cambio el trabajo de James Cameron, Arnie y Jamie Lee Curtis convirtió a la peli en un clásico del sub-género de espionaje cachondo.
Aquí Tom Cruise se dedica a hacer gestos raros, Cameron Díaz a alternar su celebérrima sonrisa con cara de sorpresa. Entre los dos hay menos química que entre la Reina Sofía y Letizia Ortiz.
Añádase a la mezcla a Jordi Mollà en otro papel de malo hispano de manual, calcado de pe a pa al que hacía en Dos policías rebeldes 2. Inofensivo, poco interesante, irrelevante... su papel de traficante de armas da tanto miedo como Cameron Díaz con una pistola de agua.
Y ahí entra James Mangold, un tipo que consiguió no sólo que el chalado de Joachim Phoenix hiciera una actuación de Oscar, sino que por poco logra que Stallone aprendiera a actuar para hacer Copland. Aquí en cambio, da la impresión de que el amigo Mangold estaba en la famosa lista que por lo visto hace Tom Cruise antes de los rodajes, especificando quién no tiene derecho a mirarle a la cara. Y si no estaba, y resulta que se llevaba bien con nuestro cienciólogo favorito, es que Mangold se pasó el rodaje borracho, o directamente se le ha olvidado dirigir: no hay ni un plano interesante, ni una secuencia memorable (aparte de esos Sanfermines en Sevilla que a Blaski le gustarán tanto), ni nada que deje constancia de que el que movía la cámara delante de Cruise y Díaz tenía más de dos neuronas jugando al pinpón.













