Ayer fui a cenar a El Fogón, el que se supone que es el restaurante español en París por excelencia. Hasta anoche, mis experiencias en restaurantes españoles en París habían sido terribles. La primera fue en uno llamado Casa Manolo, cuyo nombre me parecía apropiado, pero desde que crucé el umbral de la puerta y el camarero era negro –soy de la vieja escuela y me cuesta darme cuenta de que hay negros españoles; en todo caso, aquel negro no lo era- me di cuenta de que no iba a ser EL sitio. Las fotos de toreros y sevillanas me hicieron temerme lo peor, y el jamón serrano (a años-luz del ibérico) y la tortilla reseca acabaron de sentenciar el garito. Mi segunda experiencia fue en un sitio llamado “Le chti catalan” montado por dos socios, uno ch’ti (del norte de Francia) y otro polaco. Total, que la comida estaba buena, pero no era representativo de nada.
Los demás restaurantes españoles que he visto (y no he osado entrar) son todos sitios de guiris. Uno de ellos tiene como reclamo en la entrada una foto del dueño con la Arancha Sánchez Vicario recién ganado su primer Roland Garros.
Así que ayer fui con ilusión, pero sin mucha fe. El Fogón está en el Quai des Grands Augustins, en el barrio latino, a tiro de lapo de Notre Dame. Mala ubicación para un sitio auténtico, no guirilándico. El toro de Osborne en la puerta tampoco ayudó a convencerme de lo contrario. Al entrar, la decoración es más cercana a un sitio trendy francés que a un restaurante español. Pero mola. Ligera música de flamenco en el hilo musical, que me hizo arrugar el bigote.
Al llegar la carta, sorpresa: un díptico A5, con vinos y alcoholes varios en la pala izquierda y platos en la derecha. Los vinos, caritos. También había “La sangría del chef”, que me negué a pedir, pero que luego descubrí que servían en vaso alto y reconozco que no tenía mala pinta.
El menu era corto no, lo siguiente: entrantes: jamón, chorizo, lomo y pan tumaca (o pa amb tomàquet). Y de segundo, atención, bien paella (5 tipos, una de ella con jamón ibérico (¿?)), bien una selección de tapas. Y a volar.
Lo de las tapas me daba mala espina, así que pedimos –un poco a contrapié, porque no me gusta comer arroz fuera de casa- paella, que tardó los 25 minutos de rigor. Mientras tanto, sirvieron un vasito de un gazpacho con un sabor divertido y dos –repito, dos- boquerones en vinagre. Primera vez en la vida que no me meto en boquerón entero en la boca, por aquello de no pasar los restantes 24 minutos sin nada que hacer.
La paella –a banda sans banda, se llamaba- estaba buena. Poca costra por encima, pero el arroz estaba en su punto y el calamar y compañía eran buenos.
Del postre pasamos, aunque había una crema catalana con buena pinta. Mal detalle que el queso manchego –que no le llega a la uña del pie a cualquier queso francés- estaba entre los postres, como en Francia, y no en los entrantes, como en casa.
All in all, que dicen por ahí, la experiencia no estuvo mal, pero no me quedaron ganas de repetir. Me queda el sabor amargo de ver que la comida española, fuera de España, se reduce a paella, sangría y tapas, y que España sigue siendo un sitio de sol, alcohol barato y mucho cachondeo. Por mucho que lo quieran vestir. Aunque, bien mirado, en España la gente debe creer que la comida francesa se reduce a crêpes y fondues…
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Renault Z. E. y el espíritu de Francia
Ayer descubrí, rebuscando entre las últimas campañas de mi propia agencia, el lanzamiento de una nueva gama de coches de Renault, llamada Z. E. (que después de más indagar quiere decir "Zéro Émissions"), que básicamente son ni más ni menos que los primeros coches eléctricos de gran consumo. Un concepto revolucionario, mucho tiempo esperado, y que parece destinado a convertir a los híbridos en un déjà vu, y en último término a cerrar el grifo al petróleo y, con ello, dejar a los países árabes comiendo dátiles a la sombra de una palmera.
Pero volvamos al tema. Renault anuncia para 2011 toda una gama de coches eléctricos para cubrir más o menos todos los segmentos: Fluence (berlina), Kangoo Express (profesionales), Zoe (compacto) y la gran novedad, el Twizy. Este último es un biplaza urbano, posicionado para competir con las motos de tres ruedas. Una revolución dentro de una revolución. Un bicho de dos metros de largo por uno de ancho con una autonomía de 100 km.
Ahora bien, la pregunta que se le viene a todo ser humano con dos dedos de frente es ¿cómo se recargan las baterías de estos aparatos? ¿Con una batería? ¿Seis pilas AA? ¿Plutonio? ¿Residuos orgánicos?
Pues no, la cosa es todavía más complicada: los modelos grandes ofrecen tres posibilidades:
a) que un técnico instale en tu casa una Wallbox, un enchufe especial que permite la carga en seis u ocho horas. El problema de este sistema es doble: por un lado, los que tienen garaje comunitario y tienen que hacer obra, y por el otro, los que aparcan en la calle.
b) la recarga rápida, un chispazo de 400V que en 10 minutos recarga la batería un 50%. Si ya se me hace largo poner gasolina, imaginen diez minutazos mirando las revistas de la tienda Repsol. Por no hablar de que Renault no ofrece ningún mapa que explique en qué puntos se pueden encontrar estos puestos de recarga rápida.
c) el Quick Drop, que recarga la batería completamente en sólo 3 minutos. El sistema ideal, a priori. Un pequeño asterisco señala una pequeña pega: que sólo está disponible en Dinamarca e Israel . Lo que no hagan los israelitas por hundir el chiringuito árabe, no lo hace nadie.
El Twizy, en cambio, ofrece una cuarta alternativa: la recarga en 3 horas y media en un enchufe estándar de 220V. Con un poco de buena voluntad, uno se imagina que el sistema será como el de esas cámaras a las que le quitas la batería (en este caso, del tamaño de un maletín) y las enchufas directamente. Renault, por si acaso, no lo deja nada claro en su web.
Se me quedan muchas más preguntas en la cabeza, como ¿Cuánto dura una batería? ¿Cómo funciona el pago de la carga? ¿Será competitivo el precio del Twizy? Demasiadas incógnitas en el aire.
Renault anuncia que va a lanzar un test en la región francesa de Yvelines y que los vehículos estarán disponibles en septiembre de 2011 (las reservas se pueden hacer desde ya).
Tienen un año para acabar con las incertidumbres y evitar caer en esa trampa tan francesa de una idea genial con una implementación irreal. Y si no, que le pregunten al Concorde.
Pero volvamos al tema. Renault anuncia para 2011 toda una gama de coches eléctricos para cubrir más o menos todos los segmentos: Fluence (berlina), Kangoo Express (profesionales), Zoe (compacto) y la gran novedad, el Twizy. Este último es un biplaza urbano, posicionado para competir con las motos de tres ruedas. Una revolución dentro de una revolución. Un bicho de dos metros de largo por uno de ancho con una autonomía de 100 km.
Ahora bien, la pregunta que se le viene a todo ser humano con dos dedos de frente es ¿cómo se recargan las baterías de estos aparatos? ¿Con una batería? ¿Seis pilas AA? ¿Plutonio? ¿Residuos orgánicos?
Pues no, la cosa es todavía más complicada: los modelos grandes ofrecen tres posibilidades:
a) que un técnico instale en tu casa una Wallbox, un enchufe especial que permite la carga en seis u ocho horas. El problema de este sistema es doble: por un lado, los que tienen garaje comunitario y tienen que hacer obra, y por el otro, los que aparcan en la calle.
b) la recarga rápida, un chispazo de 400V que en 10 minutos recarga la batería un 50%. Si ya se me hace largo poner gasolina, imaginen diez minutazos mirando las revistas de la tienda Repsol. Por no hablar de que Renault no ofrece ningún mapa que explique en qué puntos se pueden encontrar estos puestos de recarga rápida.
c) el Quick Drop, que recarga la batería completamente en sólo 3 minutos. El sistema ideal, a priori. Un pequeño asterisco señala una pequeña pega: que sólo está disponible en Dinamarca e Israel . Lo que no hagan los israelitas por hundir el chiringuito árabe, no lo hace nadie.
El Twizy, en cambio, ofrece una cuarta alternativa: la recarga en 3 horas y media en un enchufe estándar de 220V. Con un poco de buena voluntad, uno se imagina que el sistema será como el de esas cámaras a las que le quitas la batería (en este caso, del tamaño de un maletín) y las enchufas directamente. Renault, por si acaso, no lo deja nada claro en su web.
Se me quedan muchas más preguntas en la cabeza, como ¿Cuánto dura una batería? ¿Cómo funciona el pago de la carga? ¿Será competitivo el precio del Twizy? Demasiadas incógnitas en el aire.
Renault anuncia que va a lanzar un test en la región francesa de Yvelines y que los vehículos estarán disponibles en septiembre de 2011 (las reservas se pueden hacer desde ya).
Tienen un año para acabar con las incertidumbres y evitar caer en esa trampa tan francesa de una idea genial con una implementación irreal. Y si no, que le pregunten al Concorde.
Una (otra) de piratería, parte I
Una de las cosas buenas de ser español es que siempre llegamos tarde a todo. Y no sólo estoy hablando de la puta manía de llegar sistemáticamente tarde a las citas, sino también de que todos los problemas que tenemos, los han tenido antes otros países. Y si no que le pregunten al Gobierno, que ya está sacando brillo al cazo después de ver la lluvia de millones en nombre de Europa que le ha caído a los pobrecitos griegos.
Pero volvamos al tema. En Francia, en 2009, aprobaron por fin una ley anti-piratería. La cosa -que según el gobierno francés ha costado 6,7 millones de euros, y según las operadoras de internet 100- viene a ser una medida contra las descargas peer to peer, o P2P. Al que se descargue contenido de manera ilegal, primero se le envía un email, luego una carta y como última medida, se le corta el acceso a internet.
Abro un inciso para contar una anécdota sobre Hadopi. En enero pasado, la agencia francesa Plan créatif presentó en sociedad el logo de la Alta Autoridad para la protección de obras y la protección de derechos en internet (HADOPI en sus siglas en francés). Pues bien, un francés denunció en su Twitter que la tipografía utilizada era una Bienvenue, que había sido creada en 2000 para uso exclusivo de France Télécom (de hecho, era la tipo del antiguo logo de Wanadoo). Ahí no acaba la cosa. Por que resulta que la tipografía del texto en rojo, una Bliss, también había sido utilizada sin pagar derechos. Tres días después, y ante la rechufla generalizada de todo el mundo online y offline francés, Plan créatif compra la licencia de la Bliss, y como la Bienvenue no se la deja utilizar France Télécom, la cambian por una FS Lola, que se parece a la original como un huevo a una castaña. Total, que la bandera anti-piratería francesa está hecha de manera ilegal. Y nosotros que creíamos que el sainete era un género exclusivo del sur de los Pirineos.
La ley Hadopi, que cinco meses después de su aprobación todavía no ha entrado en vigor, es ya un fracaso absoluto. Y lo es por la sencilla razón de que no ha tenido en cuenta ni las descargas directas (tipo Megaupload) ni el streaming. A día de hoy, revela un estudio, alrededor del 16% de los usuarios franceses utiliza los servicios P2P. Es decir, que la ley una vez más va un paso por detrás de la realidad, y por lo tanto no sirve para proteger los contenidos ni para cambiar la actitud de los usuarios.
En España, la ministra de turno se ha sacado de la manga una cosa parecida, y con la inestimable ayuda de la Stasi de pandereta que es la SGAE, se ha lanzado a una cruzada de cierre de sitios P2P. Tan tarde y tan mal como de costumbre.
Un fantástico Concierto
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Francia
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Esta tarde, ante la ausencia de fútbol potable y desafiando a las nieves perpetuas que decoran las calles de París, me he acercado a La Pagode a ver El Concierto. Para empezar, La Pagode es un edificio inspirado en la arquitectura japonesa, edificado por el dueño de los almacenes Le Bon Marché para su mujer, y ahora reconvertido en salas de cine. Aunque lo de ver cine en ese contexto puede tener rollito, una de las actividades recomendadas era tomarse un té antes o después de la película en la encantadora terraza del lugar. Las mesas estaban sobre la terraza, pero a -6º y con estalactitas colgando de las ramas de los árboles, lo más que podía hacerse era hacer una fogata y abrirse una lata de Nestea.
A todo esto, en La Pagode hay dos salas, y una sola taquilla. De manera que, como una película empezaba 15 minutos antes que El Concierto, decidieron que nos pusiéramos a un lado para que comprasen sus entradas los de la otra sala. Cuando la otra sala se hubo llenado, allí quedaban dos filas paralelas para una sola taquilla, que pronto se fundieron en una masa de gente reclamando su derecho a pasar. Fue uno de esos momentos en los que uno entiende cómo es verdaderamente Francia.
A todo esto, El Concierto es una co-producción franco-rusa. Es básicamente la historia de unos músicos censurados por el régimen soviético, que treinta años más tarde -hoy- viajan a París haciéndose pasar por la orquesta del teatro Bolshoi de Moscú.A mí, que soy muchas cosas menos sospechoso de gafapastismo, me ha parecido un peliculón. No sólo el guión es a prueba de bombas, sino que los actores, rusos y franceses, están espléndidos. Tiene un montón de momentos cómicos (esa escena genial del doblaje de una película porno en Moscú) y al final se puede hasta mojar el ojo.

