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El Cuarto Jinete, o cómo lograr que me guste una historia de zombis

Escribo estas líneas desde mi enohpi por ausencia de toda conexión a internet en mi nueva casa.
Acabo de acabar El Cuarto Jinete, la primera novela que le publican a mi compinche Blaski.
Antes de entrar en el libro, un poco de historia. Si bien es verdad que en lo cinematográfico coincidimos al 99%, en literatura Blaski es un tipo que afirma que "La ficción es y será mi única realidad" mientras que a mí me suele apasionar más la Historia con hache mayúscula. Aún así, los dos somos fans de las aventuras de Dirk Pitt.

No nos vamos a engañar: jamás pensé que leería un libro de zombis. De hecho cuando empecé ECJ no sabía qué cojones era un zombi. Después de leerlo, me queda la impresiòn de que son como vampiros tontos. De hecho, ni siquiera saben abrir puertas cual velocirraptor.
En fin, al tema.

El Cuarto Jinete me ha gustado contra todo pronóstico. Y digo eso porque Blaski hasta ahora había sido mucho mejor escritor de historias cortas que de relatos largos. Su otro defecto, los diálogos poco naturales -"Esta situaciòn es jodidamente comprometida" y cosas así- lo ha ido puliendo con el tiempo, y quiero pensar que mejoró decisivamente gracias a horas de diálogos para Independizados.

Lo que más me sorprende de la novela es el narrador. Como he dicho, no soy un gran lector de ficción y probablemente una solución parecida ya se le había ocurrido a Stephen King. Pero para mí la cosa es nueva. Es el paso más allá que un narrador omnisciente, y me recuerda a aquel cowboy en El Gran Lebowski que al final se acaba tomando una zarzaparrilla con el protagonista de la historia. Es obviamente tramposo, porque facilita enormemente la narración, pero le da al libro una sensación cinematográfica que lo hace muy fácil de leer. Egoístamente, me sentí comp si el propio Blaski estuviese ahí, contándome la historia, como me contaba otras historias (que en lugar de muertos vivientes incluían mujeres de pelo azul) enas mañanas de resaca que pasamos juntos.

El mayor problema que he tenido al leer el libro no han sido los zombis, sino los personajes. Y es que ECJ no es un libro de zombis, es un libro de personas que luchan por sobrevivir entre 3.000 muertos vivientes. Sin embargo, hay taaaantos personajes que me cuesta engancharme. Ahí se agradece eae narrador que te recuerda quién es quién de cuando en cuando. Pero bueno, aún así hay personajes memorables, como el de Brad Blueman, periodista corrupto y tramposo, y sin embargo entrañable. O Elvira nosferatu Tuckson, cuya casa visitamos con gran pompa al comenzar la novela en plan AQUÍ ARDE TROYA y al final la pobre palma a manos de un jardinero zombi a las primeras de cambio.

Aunque con lo que más he disfrutado es sin duda con algunas muertes. Es más, el hecho de que ningún personaje me cayese demasiado bien hizo que esperase la muerte de cada uno. Dos muertes destacan por encima de las demás: la del niño malo al empezar la invasión (aunque no se menciona que se convirtiese en zombi, quiero creer que sí y vive para vengarse) y la del pesado del cura, que después de mucha diserción teológica muere en plena plegaria.
También disfruté con la historia de los dos amantes de los que uno -no diré quién para no spoilear más- se convierte en zombi. Quiero pensar que el vínculo de esa subtrama con aquel (fantástico) guión que Blaski tituló El Club no es casual. Y es precisamente esa historia la que cierra el libro. O la que da paso a una segunda parte.

Yo, en cualquier caso, acabé el libro satisfecho como lector y orgulloso como amigo. Y si hay segunda parte, ahí estaré.

La parte del otro: ¿y si Hitler hubiera sido Adolf H.?

Hoy va de libros. Aprovechando que sale a la venta El Cuarto Jinete, de mi compinche Blaski, he decidido hablar del último libro que he leído: "La parte del otro" (La part de l'autre), del francés Eric-Emmanuel Schmitt.


El texto es una ucronía, un what if que juega con la posibilidad de que en 1908 Adolf Hitler no hubiese sido rechazado en la Academia de Bellas Artes de Viena. Lo interesante, más allá del planteamiento, es la fórmula del invento. Mientras la mayoría de ucronías acaban siendo una ficción demasiado alejada de la realidad como para que pueda resultarme interesante, "La parte del otro" cuenta al mismo tiempo las dos historias: la de Adolf H., pintor de éxito en París, admirado por la burguesía judía de su época, y la de Hitler, dictador, iluminado y suicida.


Junto a la no admisión en la Academia de Bellas Artes de Viena (que convirtió a Hitler en un amargado cuyo fracaso justificaba en que su verdadero talento era la arquitectura), el otro punto de inflexión en la vida del bigote austriaco es su relación con las mujeres. Así, mientras el verdadero Hitler mantenía una relación enfermiza con ellas (provocó el suicidio de su sobrina al anunciarse que se casaría con él), Adolf H. se sacude los complejos tras ser psicoanalizado por Sigmund Freud, y se convierte en un imán para las mujeres. 


En fin, un libro realmente fantástico. Realmente. Fantástico. 

Unbroken: el libro de 2011

A diferencia de mi gemelo malo, no acostumbro a escribir sobre lo que leo. Desde 2010, es verdad, apunto en la columnita a la izquierda de estas líneas los títulos de los libros que voy leyendo.

En esa lista sólo están los libros que acabo, pues desde hace años decidí no perder el tiempo acabando historias que no me gustan o interesan. Así, he abandonado tres o cuatro libros desde enero pasado.

"Unbroken", en cambio, es de esos libros que uno no olvida. Si Louie Zamperini, el protagonista de esta historia real, hubiese vivido solo un tercio de las cosas que le han pasado, ya habría valido la pena escribir sobre él. Un tipo que participó en los Juegos de Berlin en el 36 y acabó dando la mano a Hitler, que se hizo bombardero en la Air Force americana después del ataque a Pearl Harbor, que sobrevivió 47 días en una balsa en el pacifico, bebiendo lluvia y comiendo gaviotas, que resistió 25 meses en campos de concentración en Japón, y que hoy, a los 94 años, vive para contarlo.

No os digo más. Id a una librería, compradlo ("Invencible", en castellano), y alucinad con la increíble historia de Louie Zamperini.

Kindle: por un puñado de libros

Un poco porque desde pequeñito me pusieron delante de un libro, un poco por imitación de mis role-models favoritos, el caso es que desde siempre he leído libros. De hecho, leo bastante. Como se puede ver en la columna de la izquierda, llevo 26 libros leídos en lo que va de año, que no está mal. Desde hacía una temporada venía dándole vueltas a dos problemas que empezaban a resultar urgentes: uno, la cantidad de espacio que me consumen en casa todas esas páginas impresas. Y dos, la cantidad de -otra vez- espacio y peso que ocupaban los libros cada vez que cogía un avión (a sabiendas de que raramente facturo equipaje). 


Así que, ante el -insistente- ofrecimiento de la misma persona que desde pequeñito me puso delante de un libro, me lancé al mundo del libro electrónico. 


Descartada la opción iPad -que me sigue pareciendo una beta de algo bueno-, el elegido, más que nada por el catálogo de libros disponibles, fue el Kindle de Amazon. Lo pedí a EE. UU., y en 10 días lo tuve en casa. Viene en una caja de cartón de su tamaño, con un pequeño manual y un cable USB para cargarlo. 
Vaya por delante que no creo que los e-books vayan a sustituir a los "books". Pero sí que sustituirán al 80% de los libros, que son todos aquellos que sólo se lee una vez en la vida, y una vez consumidos pasan a acumular polvo en una librería.


Total, que después de conectarlo a mi wifi y dar de alta el bicho, eché un vistazo a la tienda de e-books en Amazon hasta que encontré un candidato a precio razonable: Adland, Searching for the Meaning of Life on a Branded Planet, de James P. Othmer. 
Vaya por delante mi decepción al comprobar que el precio de los libros electrónicos es igual o superior al de las copias en papel. He visto a gente del mundo editorial explicar que el ahorro en papel se va en costes de edición gráfica, programación, etc. pero me parece, como diría un yanqui, bullshit. Espero que al final la competencia (y la piratería) haga bajar los precios de los libros electrónicos. 


Por mi parte, hice una comparativa entre los sitios amazon.com y amazon.co.uk basándome en las novelas de Clive Cussler, y resultó que en el sitio global eran más caras. Pero mucho más. Así que envié un email de protesta a Amazon, que me respondieron casi inmediatamente hablándome de las fluctuaciones de los tipos de cambio y nosequé otras paridas. En fin.
Total, que una vez descargado el libro (en apenas 30 segundos), me puse a leer. La pantalla es del tamaño de un libro de bolsillo, y el bicho se puede sujetar con una mano, sin que -como pasa con los libros de papel- se te escape la página doblada y te salga el libro volando. Se pueden subrayar pasajes -lo cual en los libros de papel implica tener un lápiz => engorro), tomar notas, mirar el significado de las palabras en un diccionario e incluso compartir pasajes enteros en Facebook y Twitter. Además, se puede leer en horizontal, en vertical y aumentar o reducir el tamaño de letra e incluso cambiar la tipografía. La tecnología que utiliza no cansa los ojos, aunque hace un efecto un poco extraño al pasar de página.


El problema llegó cuando me lo llevé de viaje. A falta de comprar una funda -no quería que hiciera aumentar el volumen del Kindle-, lo metí en la funda del portátil y a su vez en la maleta. Al llegar a mi destino, la pantalla tenía unas líneas extrañas. Intenté reiniciarla como decían en los foros de internet, y nada. Al final concluí que había batido un nuevo récord, jodiendo un kindle apenas una semana después de haberlo recibido. 


Los foros, además, advertían de que el servicio post-venta de Amazon era fantástico. Y vaya si lo era. Les escribí, y a los pocos minutos me llamaron. Les expliqué mi caso, y me pidieron que les enviara el Kindle roto. Ellos me enviaron uno nuevo -que recibí 48h después sin coste alguno- y me reembolsaron el coste del envío por DHL. Es decir, aparte del engorro de ir a enviar un paquete por mensajero, no tuve nada que hacer. Espectacular.


Así que lo primero que hice al recibir mi segundo Kindle -así se llama, Adrian's Second Kindle- fue pedir una fundita de neopreno verde, que ahora llevo a todas partes. He acabado Adland y ya he empezado con Perfect Pitch, un libro de mi admirado Jon Steel. Y tengo pre-reservado el nuevo Dirk Pitt, que aterrizará mágicamente en mi Kindle exactamente dentro de una semana. 
Y huelga decir que coger ahora un tomo de 300 páginas en papel me da una pereza infinita...

¿Por qué nadie cree en Superman?

El otro día hice el pedido más grande de libros que jamás he hecho por internet: 13 tomos pedí a The Book Depository, esa tienda online que tiene un catálogo casi infinito y tiene el bonito detalle de no cobrar gastos de envío. 
Todo sea dicho, los trece libros que pedí los había examinado primero físicamente durante mi viaje a Irlanda (curiosamente, Dublín también parece tener mejores librerías que París) pero como quiera que no me cabían en la maleta, decidí apuntarlos y pedirlos más tarde. 
A lo largo de estas tres semanas, mi buzón se ha ido llenando de paquetitos de todos los tamaños, desde los paperbacks más cutres hasta un A4 con portada de 250 gramos acabado en brillo sobre la II Guerra Mundial. 
La lista de mis peticiones contiene un poco de todo, pero básicamente cosas de comunicación, de fútbol, y de frikismo vario.

Precisamente el primer libro que he acabado pertenece a esta categoría. Our hero, de Tom de Haven, lo compré aspirando a leer un ensayo inteligente sobre la figura de Superman, y acabé descubriendo la historia detrás del Hombre de Acero, desde que fue ideado en 1934 hasta hoy. 
Sin ser nada que no se pueda descubrir gratis en internet, es interesante enterarse de que Jerry Siegel y Joe Shuster, los creadores del invento, se pasaron muchos años pobres de solemnidad, tras haberles robado los derechos del personaje la editorial DC comics. O que se hizo en su día un musical de Broadway titulado "It's a bird, it's a plane... it's Superman". O descubrir que, detrás de las viñetas, hay unas intrigas políticas más propias de El ala oeste de la Casa Blanca que de un mundo de colores. O, sin ir más lejos, que Superman (la película), no tiene ningún sentido de la cronología.

Es una pena de De Haven no se meta en profundidad con el psicoanálisis del personaje, porque entre tanto apunte histórico deja caer, sin llegar a elaborar, la tesis de que Superman se dedica a salvar a la Tierra no por obligación "profesional", sino porque le pone hacerlo.
Me gustaría leer algún comentario inteligente sobre por qué Superman ha pasado a ser un personaje marginal en el siglo XXI. Por qué ya nadie parece tener interés en hacer una película sobre él. Por qué sencillamente ya nadie cree en Superman.