Ayer volví a París. Después de un viaje relámpago en coche desde Santander, subí al vuelo de Easyjet 3908 de las 20h30 destino París Charles de Gaulle.
Entré de los primeros para coger sitio en las primeras filas y salir disparado al llegar. Encontré un asiento de pasillo, fila cinco, subí mi maleta al portaequipajes justo sobre el asiento y saqué la biografía de Cantona que estoy leyendo. Me abroché el cinturón. Después de haber dormido cinco horas en dos días, tardé unos segundos en quedarme dormido en el asiento.
Cuando me desperté, media hora después, estábamos volando hace un rato. Volví la cabeza hacia la ventanilla y todavía había luz. Entonces, justo al voltear hacia el otro lado del pasillo, le vi: un hombre de entre cuarenta y cincuenta, árabe de esos con barba de profeta de barrio y boina a juego estaba sentado a apenas un metro de mí. Llevaba un vestido largo blanco, como esos que se ponen las tías encima del bañador para conducir de vuelta de la playa. La jugada se remataba con dos calcetines blancos de hacer deporte, bien gruesos, zapatos de piel marrón y un gabán en el regazo. Un abrigo en pleno mes de julio.
Será la culpa de los infinitos episodios de 24 devorados, pero a mí el tipo se me hizo sospechoso desde el primer segundo.
Entonces, apenas hube terminado mi reconocimiento, el hombre se pone de pie, deja el abrigo sobre el asiento, y se mete en el baño del avión. El modelo de avión, que no comprobé, tenía el baño en la parte de adelante, justo pegado a la cabina de pilotaje. Un sitio ideal para decapitar el avión al inmolarse.
El tipo debió pasar diez minutos que sentí como diez horas metido en aquel habitáculo. La verdad es que ni se me pasó mi vida en fotogramas, ni pensé en que jamás conocería a Natalie Portman. Pero me acojoné como nunca antes.
Al final salió. Con gesto serio, recorrió los pocos metros que le separaban de la fila cinco y volvió a sentarse, dejando -dato significativo- el cinturón convenientemente desabrochado.
Reconozco que a estas alturas ya no le quitaba el ojo de encima.
Entonces, el árabe se dobló sobre sí mismo, llevándose las manos a los tobillos. Pasó así unos instantes y recuperó el ángulo de noventa grados. Le miré a la cara, y vi su barba moverse arriba y abajo, mientras sus labios musitaban algo -evidentemente, una plegaria, alá akbar o lo que fuera aquello-, el tipo de cosa que uno hace antes de comprar un billete al paraíso.
A estas alturas, mi espalda era un torrente de sudor, y empecé a considerar activamente la posibilidad de abalanzarme sobre él para neutralizarlo.
Y en ese momento, el hombre metió la mano entre los pliegues de su gabán amarillo, y sacó un teléfono. Era un modelo barato, de esos de concha que se vendían como churros en 2005. Entonces, el árabe lo abrió deslizando su pulgar entre la tapa y el teclado, y apretó el botón de encendido. Pensadlo: un integrista musulmán que enciende un teléfono a 33.000 pies sólo puede significar una cosa. Ka-boom. Así que ahí salté: levanté la mano para atraer la atención del jefe de cabina, mientras le decía al aspirante a Mohammed Atta que ni de coña iba a encender un móvil delante de mí en ese avión. El chaval de Easyjet, con un aplomo propio de un becario de la CTU, le pidió que lo apagara (yo esperaba un golpe seco con el exterior de la mano en la nuez del hombre, pero en fin) y, una vez el hombre devolvió su teléfono al bolsillo del abrigo, el azafato se dio por satisfecho.
La situación parecía bajo control, y entonces el piloto anunció el aterrizaje en París por megafonía.
Tocamos tierra apenas quince minutos después. Yo no le quité el ojo de encima a aquel hombre hasta que ganamos la terminal.
Pasé el miedo de mi vida. Me sentí un poco Jack Bauer. Viviremos para volver a volar en Easyjet.
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24, la serie con la que me hice mayor
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El ser humano suele asociar sus experiencias a un contexto, a un momento determinado. Esto pasa también con las películas y las canciones: ¿quién no recuerda, por ejemplo, cuándo y dónde vio Star Wars por primera vez? ¿quién ha olvidado con quién fue a aquel concierto de los Rolling?
Con las series de TV, en cambio, la cosa es un poco distinta, porque duran mucho más de 2 horas. Nos acompañan durante años.
En el caso de 24, yo empecé a ver la serie cuando vivía con mi amigo Blaski en la calle Gasómetro. Un domingo aburrido le pedí algún DVD y acabé quedándome casi sin dormir, (aquel final de la temporada 1 parecía insuperable, y sin embargo...) tras ventilarme cuatro temporadas casi sin pestañear. Luego fuimos añadiendo adictos y adictas (sobre todo adictas) a la serie, y cuando nos quisimos dar cuenta Jack Bauer era como de la familia.
24 no es sólo una historia de acción, sino que ha sido una revolución en la manera de contar televisión y en la calidad del producto. No ha sido tanto un fenómeno por el qué contaba, sino por el cómo lo hacía. El guión, la música, los actores, la manera de mover la cámara... todo ha sido perfecto.
Si el Equipo A es la serie de mi infancia, y Friends me acompañó desde antes de la adolescencia hasta la universidad, 24 es la serie con la que me hice mayor.
Con todas esas noches pendientes de que se descargara el torrent del capítulo (sí, hemos pirateado todas las temporadas porque no podíamos verlas de otra manera sin esperar meses; para compensar, luego las hemos comprado íntegras en DVD).
Con todos esos momentos de quedarnos clavados, incrédulos, frente a la pantalla del ordenador.
Con todos esos "Drop the gun!" que nos hemos gritado en plan de coña.
Con todos esos momentos de amistad parapetada en una serie de televisión.


