Un libro ideal para el siglo XXI: The Lost Symbol

Una cosa que vengo observando en los últimos tiempos -y no me tengo por una persona particularmente rápida a la hora de detectar este tipo de cosas- es el ansia de la gente por consumir novedades. Antes, podíamos esperar un tiempo antes de ver una película, comprar un pantalón o escuchar una canción. Ya no es así: ahora lo queremos todo ya. En Zara, por ejemplo, tardan tres semanas desde que deciden hacer una prenda hasta que la venden, y normalmente no estará a la venta más que una semana. Los blockbusters de Hollywood hacen entre un tercio y la mitad de su recaudación total durante el primer fin de semana de exhibición. Y yo llevo dos semanas considerando seriamente romper mi auto-promesa y no esperar a Navidad para comprarme el nuevo juego de Batman para la PlayStation.
El siglo XXI parece que está hecho de experiencias breves, intensas y olvidables.


Será para calmar la ansiedad que acepté a préstamo "The lost symbol", el nuevo libro de Dan Brown. Tengo que reconocer que leí "El código Da Vinci" tarde, cuando ya era un boom, y más obligado por la sociedad (y cuando digo la sociedad, digo mi querido amigo Blaski) que por interés propio. Pues bien, aquel libro me duró 48 horas. "The lost symbol" me ha durado un poco más: del jueves al lunes.

Se puede discutir la calidad escritora de Dan Brown (
"La Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini glorificaba los cuatro mayores ríos del Mundo Antiguo - el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata" suelta tan tranquilo en el Código Da Vinci), pero está claro que el tipo ha dado con una fórmula que domina, y que además funciona a las mil maravillas.
"The lost symbol" vuelve a seguir las aventuras de Robert Langdon -aquí sin el espantoso corte de pelo de Tom Hanks- a través de una ciudad -Washington donde antes estuvieron París y Roma- con una malo malísimo que le persigue, una científica que le acompaña y en medio de una conspiración religiosoide que amenaza con acabar con algo importante.

El libro vuelve a estar dividido en infinidad de capítulos cortos, como secuencias de una película, cada uno de ellos rematado por un cliffhanger, un momento emocionante que te deja, literalmente, colgado del acantilado.

Hay dos cosas que no puedo aguantar de Dan Brown: una, su manía de enfatizar frases importantes en cursiva (será para que los lectores americanos no se pierdan) y dos, las veintisiete veces que utiliza en cada novela frases del estilo "y entonces, como golpeado por un rayo, supo la verdad".
"The lost symbol", más allá de las pajas mentales de los rompecabezas religiosos, que a mí me importan más bien poco, está bien narrada, y hasta tiene una escena (la persecución a oscuras) bastante brillante. Tengo la suerte, además, de que no soy de esos (y a la cabeza de "esos" vuelve a estar el inefable Blaski) que se adelantan al giro final de una trama. Al llegar a ese punto del relato, una vez más me di cabezazos contra la pared al comprobar que todas las piezas encajaban por fin.

El final de la historia, como pasaba en sus novelas precedentes, es intrascendente. La conspiración no es para tanto, y después del gran giro hay treinta páginas de epílogo morralloso que deberían venir impresas con un trepado para ser arrancadas directamente sin estropear el resto del libro.
Eso no quita para que la nueva novela de Dan Brown sea un libro ideal para el siglo XXI: breve, intenso y olvidable.

Apocalipsis


El mejor documental que he visto desde hace mucho es sin duda la serie que ha sacado National Geographic para conmemorar el 70 aniversario del comienzo de la guerra. Apocalipsis, que así se llama la cosa, es una coproducción anglo-francesa que, a lo largo de seis capítulos, narra la Segunda Guerra Mundial de cabo a rabo. La novedad de la propuesta radica en el uso de multitud de imágenes inéditas, así como otra gran cantidad de imágenes hábilmente coloreadas. Apocalipsis -uno no entiende lo acertado del título hasta que ve las imágenes- es una síntesis casi perfecta del mayor conflicto armado de la historia de la humanidad: 60 millones de víctimas así lo demuestran. Personalmente, el documental me ha aportado poca información nueva, aunque sí me ha sorprendido ver ciertas imágenes que no conocía, como por ejemplo los campos de trabajo para prisioneros alemanes que montaron en Texas y Virginia los americanos. También he aprendido que la segunda ciudad más machacada por la guerra, después de Varsovia, fue contra todo pronóstico Manila. Otra imagen tremenda, que yo no había visto hasta hoy -y que pego aquí- es el cadáver de Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich. Antes de inmolarse, Goebbels había envenenado uno por uno a sus siete hijos y, junto a su esposa, había proclamado su orgullo por tener el honor de morir junto a Hitler.

Aunque lo mejor de Apocalipsis es, sin duda, poder ver las imágenes en color. Puede parecer una obviedad, porque no por ser en color debería cambiar nada, pero el hecho de ver la carne de su color y la sangre del suyo, hace que uno caiga en la cuenta de que ese drama mundial no tuvo lugar hace tanto tiempo. El único fallo que le echo en cara es que, si bien uno de los dos factores clave de la derrota nazi, la apertura de un frente en el Este, se detalla ampliamente, el otro, la ruptura del código secreto alemán Enigma por los ingleses desde prácticamente el principio de la guerra. Esto fue clave, por ejemplo, en la famosa batalla de El Alamein, en la que Montgomery jugó viendo las cartas de su adversario Rommel.

La Segunda Guerra Mundial es un tema fascinante que nunca se termina de descubrir. El otro día apareció un viejecito italiano diciendo que había sido enviado por Mussolini para ver las pruebas atómicas de Alemania. ¿Cuánto le faltó a los alemanes para dejar Londres como Nagasaki? Lo dicho, acojonante.

Bastardos sin (pena ni) gloria

El verano cinematográfico echó por fin su telón para mí anoche, cuando vi Inglourious Basterds, la última de Tarantino. Tarantino + Segunda Guerra Mundial es a priori un cóctel explosivo, y encima Brad Pitt aparecía como protagonista en los posters. Hablando del tema, alguien tendrá que explicarnos por qué demonios en la versión francesa del cartel de la película han decidido quitar la esvástica que aparece dentro de la O del título originalmente.

Parto de la base de qu
e IB dura dos horas y media. En cualquier otro director -Spielberg incluido- me parecería una locura, una ida de olla. En el caso de QT, me dije qué coño, Kill Bill y Pulp Fiction también eran películas largas y al salir parecía que habían durado un suspiro.
No es el caso de los Bastardos. La película está dividida en capítulos, como suele hacer Tarantino, y casi me atrevería a decir que cada capítulo es una escena de veinticinco minutos. Alguna tremenda -el interrogatorio a los soldados alemanes en el bosque- y otras -las demás- sencillamente demas
iado largas.

Además, no tardamos en descubrir que, en realidad, Brad Pitt no es el protagonista de la peli. Aunque eso al final no es necesariamente malo, porque Christoph Waltz borda el papel de oficial cazajudíos nazi, aunque sí es verdad que nos quedamos con ganas de más minutos de Brad, que se nota que está tan en su salsa como hace unos años en Snatch.
De hecho, me quedé un poco sorprendido de que los Bastardos Sin Gloria al final fuesen un accesorio más -y como todo accesorio, posiblemente prescindible- del guión de Tarantino.


Aún pasando por alto todas las incoherencias del guión de QT -ese pastor francés que habla inglés perfectamente, ese Hitler en París en junio del 44-, la música por primera vez intrascendente e incluso dejando de lado lo previsible del guión, el principal problema de IB es su ritmo. Supongo que Quentin, siempre obsesionado con hacer versiones modernas de los spaghetti westerns de Sergio Leone, estaba convencido de que su habilidad para el diálogo le permitiría mantener al personal pegado a la pantalla. En mi caso personal, no fue así: encontré a mi cerebro en la escena cumbre de la película divagando sobre cosas totalmente alejadas de lo que aparecía en pantalla.


Y luego, una vez más, está el mensaje de fondo sobre los judíos asesinados por los nazis. Que sí, que fue una putada, que pobre gente... pero también hay que recordar que por cada judío muerto en la Segunda Guerra Mundial, hubo diez víctimas que no eran de esa religión. Un día habría que hacer las cuentas para ver cuántas películas sobre la IIGM narran el Holocausto. Me juego el cuello a que son bastantes más del 10%.


En fin, que el autor de estas líneas se va una semana de vacaciones a la maravillosa isla de Menorca. Para ambientarme, he empezado a leer un libro sobre la isla durante la Guerra de Sucesión. A la vuelta más. Sed buenos.