24, la serie con la que me hice mayor

El ser humano suele asociar sus experiencias a un contexto, a un momento determinado. Esto pasa también con las películas y las canciones: ¿quién no recuerda, por ejemplo, cuándo y dónde vio Star Wars por primera vez? ¿quién ha olvidado con quién fue a aquel concierto de los Rolling?
Con las series de TV, en cambio, la cosa es un poco distinta, porque duran mucho más de 2 horas. Nos acompañan durante años.

En el caso de 24, yo empecé a ver la serie cuando vivía con mi amigo Blaski en la calle Gasómetro. Un domingo aburrido le pedí algún DVD y acabé quedándome casi sin dormir, (aquel final de la temporada 1 parecía insuperable, y sin embargo...) tras ventilarme cuatro temporadas casi sin pestañear.  Luego fuimos añadiendo adictos y adictas (sobre todo adictas) a la serie, y cuando nos quisimos dar cuenta Jack Bauer era como de la familia.
24 no es sólo una historia de acción, sino que ha sido una revolución en la manera de contar televisión y en la calidad del producto. No ha sido tanto un fenómeno por el qué contaba, sino por el cómo lo hacía. El guión, la música, los actores, la manera de mover la cámara... todo ha sido perfecto.

Si el Equipo A es la serie de mi infancia, y Friends me acompañó desde antes de la adolescencia hasta la universidad, 24 es la serie con la que me hice mayor.
Con todas esas noches pendientes de que se descargara el torrent del capítulo (sí, hemos pirateado todas las temporadas porque no podíamos verlas de otra manera sin esperar meses; para compensar, luego las hemos comprado íntegras en DVD).
Con todos esos momentos de quedarnos clavados, incrédulos, frente a la pantalla del ordenador.
Con todos esos "Drop the gun!" que nos hemos gritado en plan de coña.
Con todos esos momentos de amistad parapetada en una serie de televisión.

¿Necesita publicidad el iPad?

El próximo 28 de mayo llega el iPad a Francia. La travesía del Atlántico le ha llevado dos meses, así que uno se pregunta si los habrá traído Steve Jobs en una barquita de remos.

Personalmente, no soy un gran fan del iPad. Creo que, como suele pasar con Apple, sus productos llegan dos o tres años antes de tiempo. En el caso del iPad, después de leerme las especificaciones técnicas, mi primera pregunta fue dónde se habían ido los puertos USB. Hace tres años, cuando sacaron el MacBook Air, se olvidaron el lector de CD/DVD. El tiempo dio la razón a Steve Jobs, porque ahora todo va por discos duros y llaves USB. 

Ahora se ventilan el universal serial bus, y proponen como alternativa la idea de estar siempre conectados a internet, y así poder acceder a todos los contenidos desde la nube, o en streaming. ¿Y en los aviones? -pregunté, incisivo- ¿cómo veo pelis en los aviones, sin conexión a nada? La respuesta son los discos duros sin hilos.
Como jamás he visto uno, hice una búsqueda en Amazon. Al teclear "wireless hard drive" me salieron 417 resultados. En realidad, sólo los 13 primeros productos correspondían a mi búsqueda (lo demás eran cosas varias sin hilos). El primero de los resultados, casualmente, fue el Time Capsule de Apple, a 399 dólares la pieza. Para poder comparar, tecleé "external hard drive" y la página escupió... 9.263 respuestas.

Total, que no me voy a comprar un iPad. Al menos por ahora.

Pero volviendo a Francia, el metro de París ha sido inundado esta semana con miles de marquesinas made in Apple, en la que se muestra, desde el punto de vista de un ser humano reclinado con las piernas estiradas, las cosas que se pueden hacer con el bicho de Apple: escribir emails, leer lemonde.fr (me pregunto si Le Monde habrá pagado por salir ahí), tontear con aplicaciones, o ver Star Trek. En la parte de abajo, la fecha de lanzamiento: el 28 de mayo.

Y yo me pregunto: ¿dónde está la idea creativa?. Más aún, ¿es necesaria esta campaña?. El márketing (al que pertenece la publicidad) se creó para diferenciar productos en el mercado. Pues bien, en el caso del iPad, la idea creativa es el producto en sí. Igual que cuando un producto es malo, da igual lo que inviertas en publicidad, que la gente no picará (o lo hará sólo una vez), cuando el producto es excelente, como es el caso del iPad, la publicidad no aporta gran cosa.
Apple siempre ha sabido manejar muy bien el arte de dejar que hablen de uno. Las semanas antes de la presentación del que entonces rumoreado iSlate, los medios llenaron miles de líneas especulando sobre la nueva invención de ese genio que es Steve Jobs. Cuando lo presentó, apareció en las portadas de toda la prensa mundial. Y todo a coste prácticamente cero. 

Todo el mundo (o al menos todo el público objetivo del invento) sabe lo que es el iPad. No hace falta dejarse los cuartos en una campaña, y menos sin es una cosa simplona y aburrida, totalmente lo opuesto a los valores que asociamos a la marca Apple. Por mucho que en su agencia TBWA estén encantados de llevárselo crudo. Y por mucho que los ingresos de Apple hayan crecido un 113% desde el lanzamiento del iPhone.

Me pregunto si crecerán otro 113% tras el lanzamiento de este iPhone gigante.

El videoclub de los gafapasta

Por fin sacan un videoclub de verdad para los que tenemos PS3, rápido, legal, sin virus, con alguna peli gratis... lástima que no haya ni una sola peli que me interese (al menos en el tráiler del asunto).

¿Por qué nadie cree en Superman?

El otro día hice el pedido más grande de libros que jamás he hecho por internet: 13 tomos pedí a The Book Depository, esa tienda online que tiene un catálogo casi infinito y tiene el bonito detalle de no cobrar gastos de envío. 
Todo sea dicho, los trece libros que pedí los había examinado primero físicamente durante mi viaje a Irlanda (curiosamente, Dublín también parece tener mejores librerías que París) pero como quiera que no me cabían en la maleta, decidí apuntarlos y pedirlos más tarde. 
A lo largo de estas tres semanas, mi buzón se ha ido llenando de paquetitos de todos los tamaños, desde los paperbacks más cutres hasta un A4 con portada de 250 gramos acabado en brillo sobre la II Guerra Mundial. 
La lista de mis peticiones contiene un poco de todo, pero básicamente cosas de comunicación, de fútbol, y de frikismo vario.

Precisamente el primer libro que he acabado pertenece a esta categoría. Our hero, de Tom de Haven, lo compré aspirando a leer un ensayo inteligente sobre la figura de Superman, y acabé descubriendo la historia detrás del Hombre de Acero, desde que fue ideado en 1934 hasta hoy. 
Sin ser nada que no se pueda descubrir gratis en internet, es interesante enterarse de que Jerry Siegel y Joe Shuster, los creadores del invento, se pasaron muchos años pobres de solemnidad, tras haberles robado los derechos del personaje la editorial DC comics. O que se hizo en su día un musical de Broadway titulado "It's a bird, it's a plane... it's Superman". O descubrir que, detrás de las viñetas, hay unas intrigas políticas más propias de El ala oeste de la Casa Blanca que de un mundo de colores. O, sin ir más lejos, que Superman (la película), no tiene ningún sentido de la cronología.

Es una pena de De Haven no se meta en profundidad con el psicoanálisis del personaje, porque entre tanto apunte histórico deja caer, sin llegar a elaborar, la tesis de que Superman se dedica a salvar a la Tierra no por obligación "profesional", sino porque le pone hacerlo.
Me gustaría leer algún comentario inteligente sobre por qué Superman ha pasado a ser un personaje marginal en el siglo XXI. Por qué ya nadie parece tener interés en hacer una película sobre él. Por qué sencillamente ya nadie cree en Superman.

Pateando las convenciones: Kick-Ass

Siendo un consumidor compulsivo como soy de cine, rara es la película que escapa a mi radar antes de que la gente oiga hablar de ella. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, hay películas -máximo dos al año- que descubro tarde, voy a ver sin apenas referencias, y encima me acaban gustando. A bote pronto, podría citar a 300, Taken, El concierto y poco más en los últimos años.

Kick-Ass se ha colado por méritos propios en este grupeto de películas que me dejan pegado a la butaca.
Y es que Kick-Ass es diferente. En una época de hipocresía moral paroxística, en la que Jack Bauer no puede decir fuck y en cambio triunfa por todo lo alto una web que enchufa tu webcam a la de un tipo aleatorio que probablemente te enseñe el rabo, Kick-Ass es un soplo de aire fresco frente a todas las películas de Hollywood cortadas por el mismo patrón de corrección política y minimización del riesgo comercial. El director de la historia es Matthew Vaughn, que empezó su carrera como productor de Guy Ritchie, y tras conocer al autor del cómic original Kick-Ass, intentó venderle el proyecto a todas las majors americanas. Ninguna lo quiso, así que Vaughn se lió la manta a la cabeza, consiguió que Brad Pitt y otros cuantos pusieran pasta, y rodó la peli a lo bruto. Y digo a lo bruto, porque en EEUU le han dado una R, que sobre el papel significa que los menores de 17 tienen que ir acompañados de un adulto, y en la práctica significa "chavales venid a ver Kick-Ass (literalmente, "pateaculos"), que tiene que molar fijo".
Uno de los problemas clásicos de las películas basadas en comics (o novelas gráficas, para los puristas) es que no suelen saber manejar el tempo de la comedia con el ritmo de una película de acción. Lo bueno que tiene Kick-Ass es que no sólo consigue que el humor sea gracioso y la violencia sea creíble, sino que por el camino pone en pie a un personaje de 11 años que habría podido protagonizar Kill Bill, un malo simpático (Mark Strong, compensándonos por Sherlock Holmes) y hasta consigue componer a un Batman de andar por casa con un Nicholas Cage , que parecía sentenciado a pasarse el resto de su carrera haciendo películas de acción light para la Disney.
En fin, y perdón por la broma fácil, el culo que resulta pateado en este caso es el de la industria americana, acostumbrada a alimentarnos con recetas precocinadas, tan sanas que al final no saben a nada.

Siempre quedarán imbéciles y demagogos, como Roger Ebert, que clamen al cielo diciendo que películas como Kick-Ass son las que hacen que la juventud de hoy sea tan violenta. A mí personalmente, Kick-Ass me parece, como le pasaba a Kill Bill, tan violenta que resulta cómica. 
Y además, ni en los 60 los niños que veían a John Wayne ajusticiaban a continuación a sus padres, ni en los ochenta nos tirábamos por la ventana con una capa roja, ni ahora nadie se va a vestir de superhéroe y va a salir a la calle a repartir mamporros. Salvo los griegos, claro. 

Iron Man 2: la sombra de The Dark Knight es alargada

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Desde Coppola y su Padrino II, el cine ha demostrado que este lugar común no tiene por qué ser dogma de fe. 
En el particular universo de las adaptaciones cinematográficas de cómics, segundas partes han ido de hecho tradicionalmente buenas, hasta el punto de mejorar las originales. Así, Superman II era mucho mejor peli que Superman I, en parte gracias a Terence Stamp y en parte gracias a que Supes no retrocedía en el tiempo para salvar a Lois; Spider-Man 2 fue la mejor de la trilogía de Raimi a años luz de las otras dos; X2 con Hugh Jackman en su salsa fue un gustazo, y The Dark Knight es un clásico no ya del cine de superhéroes, sino del Cine con mayúsculas.

Dicho lo cual, Iron Man 2 es mucho peor peli que Iron Man 1. La primera parte se beneficiaba del hecho de que nadie daba un duro por el personaje, y poca gente veía en Robert Downey Jr la estrella de Hollywood en la que (por fin) se ha convertido.
El error principal de Iron Man 2 es seguir el Libro de la Buena Secuela, que dice que la segunda parte tiene que ser más oscura que la anterior. El ser más oscura, aunque quizá sea más seria, más adulta, no implica mejor que la anterior. 

Aquí nos encontramos a un Tony Stark que está muriendo poco a poco por culpa del propio Iron Man. La presión de haber "privatizado la paz mundial", como él dice, le ha llevado a ser alcohólico e irresponsable. 
Así que tenemos a Downey Jr con una motivación y un problema. Hasta ahí todo bien. La cosa se empieza a joder -como en la primera parte- con la némesis del héroe, que dirían los pajilleros de mi facultad. Igual que la última vez escogieron a un actor con talento como Jeff Bridges y le dieron un guión flojo, ahora hacen lo mismo con Mickey Rourke, que para colmo se pasa la peli encerrado en un laboratorio y mascullando en ruso.
Las otras estrellas que se unen al cast son Scarlett Johansson, que justifica su sueldo en un plano subiendo unas escaleras con la cámara tras su trasero, y Sam Rockwell, que interpreta a una especie de sosías de Tony Stark, una especie de Bill Gates frente al Steve Jobs que es Downey Jr. El problema es que Rockwell no es creíble en ningún momento, con lo cual acaba pareciendo más el comic relief (como se diga en castellano) que uno de los malos de la función.

El principal problema de esta peli es que el director Jon Favreau parece olvidarse de que está en el género palomitero-adolescente-desenfadado por excelencia, y aburre con miles de escenas de diálogo como si de un guión de Shakespeare se tratase. Y es que mirarse en el espejo de The Dark Knight es peligroso. 
De hecho, en Iron Man 2 apenas hay dos escenas de acción, correctas, pero bastante aburridas.  

No todo es decepcionante en IM2: las nuevas armaduras son la caña, incluida la de War Machine y la maleta-armadura. Aunque lo que más mola, de lejos, son los guiños al mundo de Marvel, como la escena de Stark con Nick Furia en una tienda de donuts, el escudo del Capitán América o la escena de después de los créditos.
En fin, que da la sensación de que Iron Man 2 le ha quedado un poco grande a Jon Favreau, como si tuviera complejo de director palomitero y hubiese querido hacer cine adulto. Y ahí es cuando se ve la diferencia entre un muevecámaras como Favreau y un Director como Chris Nolan.

Que me busquen en Irlanda

Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ir a Irlanda, o Éire, como su equipo de fútbol se llama. Tenía la impresión de que la ecuación iba a ser algo como Irlanda = (Inglaterra + Escocia) x (Cantabria + Galicia). Y efectivamente, premio.

Los irlandeses, independientes de los ingleses sólo desde 1921, han sabido crearse una personalidad aparte, basada en su bonito país, la simpatía de sus gentes, las cervezas Guinness y, últimamente, los vuelos de Ryanair. Nosotros, por cierto, fuimos en Aer Lingus, una compañía de bajo coste ma non tropo, al estilo de Easy Jet. Vamos, que a diferencia de con sus primos de Ryanair, uno no tiene la impresión de ir camino de Treblinka.

Y es que, si de algo saben los irlandeses, es de marcas. Para empezar, porque se han adueñado del color verde, y lo tienen por todas partes, desde la camiseta de sus selecciones nacionales, hasta los leprechauns. La bandera irlandesa, por cierto, fue un regalo de los franceses, siempre interesados en hacerle el juego a los enemigos de Su Majestad.
El problema de los irlandeses -y esto nunca se le debe mencionar a un irlandés- es que en el fondo son como un spin-off de los ingleses. Es decir, tienen su (ininteligible) idioma irlandés, su música celta, su deporte nacional llamado hurling, y su cerveza Guinness, pero en el fondo todo el mundo habla inglés, escucha a Cheryl Cole, está pendiente de la Premier League y bebe...algunos Guinness, y muchos Heineken.

Uno de los sitios que más quería visitar era Galway, puesto que la historia cuenta que los supervivientes de la tormenta que mandó a pique a la Armada Invencible española acabaron embarrancando en esta ciudad de la costa oeste de Irlanda, y tan a gusto se encontraron que todavía hoy pueden encontrarse nativos de Galway con pinta de españoles. Personalmente, los únicos con pinta de españoles que vi era estudiantes Erasmus, la mayoría demasiado borrachos como para poder precisar de qué parte de España venían.
La mayor aventura de Irlanda, sin embargo, son las carreteras: caminos estrechos con el mínimo de asfalto imprescidible para no tener categoría de camino de cabras, sino de comarcal. Gracias al GPS de Declan, uno podía descubrir que lo que parece la entrada a la caseta de mis tíos menorquines no es ni más ni menos que una carretera clave para salir del Burren y volver a Dublín. Las vistas, eso sí, son acojonantes.

En fin, que para un español del norte, que disfruta lo justo del sol y la playa, Éire es el país definitivo. En cinco días no creo ni haber visto un 5% del país, así que pienso volver. Si algún día la cosa se pone tan negra que no puedo vivir en Santan, que me busquen en Irlanda.