Soy diez años demasiado joven para haber visto las películas de Harryhausen en su momento. El rollo del stop motion ya estaba desfasadísimo cuando empecé a interesarme por otra cosa que no fuera Espinete o MA Baracus. Así que Jasón y los Argonautas la vi entre bostezos ya en la facultad, y jamás me molesté en ver su última peli, Furia de Titanes, hecha en el 81.
En cambio me he animado a ir a ver el remake. Como buen pajillero hollywoodiense, leí primero en internet que el 3D de esta peli se había hecho deprisa y corriendo para aprovechar el efecto Avatar, habiendo completado la adaptación tridimensional en dos meses en lugar de los nueve que suele llevar el proceso.
Tengo al francés Louis Leterrier por un director de acción solvente, capaz de salir mejor parado que Ang Lee de una película de Hulk, y responsable de una buena peli de mamporros como fue Transporter 2.
El problema es que cuando te dan un guión que incluye un caballo alado, te llames Leterrier o te llames Spielberg, es muy probable que te salga una cosa ridícula. Y es que con las películas de fantasía, de grandes decorados y barrocos vestuarios, o lo clavas, y te sale El Señor de los Anillos o 300, o bien te lo tomas a cachondeo, y te sale Willow. Cualquier término medio, como esta peli, supone cagarla irremisiblemente.
Y es que Furia de Titanes 2010 es una concatenación de escenas de acción, como si de los niveles de un videojuego se tratase, siempre con un nuevo desafío después de haber derrotado al penúltimo enemigo. Como si un puñado de guionistas de doce años hubieran decidido pasar del planteamiento y el nudo, y se hubiesen quedado sólo con el desenlace de la historia. Un desenlace, eso sí, de 100 minutos de duración.
Más allá de la ausencia de personajes interesantes, o de una motivación (paréntesis: se supone que el motor de la historia es salvar a Andrómeda, que tiene tres planos en toda la peli, y sólo el último con el protagonista, que la trata como si fuera la mujer de la limpieza), el mayor problema de esta Furia de Titanes es que es una película que se toma en serio a sí misma. Sólo así se explica que la Warner haya decidido contratar a Liam Neeson, Ralph Fiennes, Mads Mikkelsen o el chico de moda en Hollywood, Sam Worthington.
Quitando a Mikkelsen -que aún así lo hacía mejor con el ojo que sangraba de Casino Royale- los demás actores parecen estar allí contando los minutos para cobrar su cheque. Neeson (Zeus) se pasa media película vestido como un caballero del zodiaco, berreando frases grandilocuentes con la voz grave, un poco como cuando éramos niños y quieríamos imitar la voz del malo del inspector Gadget. No me extraña que, como se ve en la foto, le tuvieran que dar aire entre toma y toma. Fiennes tampoco es que tenga un papel como el de El Paciente Inglés, pero tampoco le pone mucho cariño al tema. Yel bueno de Sam lo intenta, y hasta juraría que hace parte de sus escenas de acción, pero nació sin talento interpretativo, y no es su culpa. Nos le quieren vender como el nuevo héroe de acción, y ni tiene la mala hostia de Stallone, ni el carisma de Arnie ni la ironía de Bruce Willis.

