David Fincher: agregar como amigo

Podemos hablar de efectos especiales, de dirección de actores, de planos-secuencia y de tropecientas más cosas, pero al final lo que distingue a los buenos directores de los grandes directores es saber entretener al respetable aunque le den un guión como el de The Social Network. Y David Fincher no sólo hace tolerables dos horas delante de una historia sin mayor trascendencia, sino que consigue que cualquier espectador -incluso esos seres extraños que no tienen un perfil en Facebook- entienda el atractivo de la red social.


La historia sobre Facebook y su fundador, Mark Zuckerberg, no es tan interesante como para sacarle dos horas de película. Es más, si no fuera por el hype que vive Facebook, ni siquiera daría para hacer una película -cosa que, por cierto, sí debería hacerse con Napster, el portal que puso la industria musical patas abajo-.
Zuckerberg era un estudiante de Harvard, bastante nerd asocial, que según cuentan en la película tomó prestada de otros alumnos la idea de una red para estudiantes de la universidad. Resulta paradójico que un tipo que no sabe relacionarse en sociedad -la primera escena de la película lo deja bien claro- haya sido el creador de la mayor red social del planeta.

En definitiva, estamos ante una película que probablemente acabe en el fondo del armario de la obra de David Fincher, víctima de lo efímero de su contenido. Aunque también es verdad que si esta historia la firma cualquier otro director, jamás le habríamos agregado como amigo en Facebook.

Si quieres comer español, quédate en casa

Ayer fui a cenar a El Fogón, el que se supone que es el restaurante español en París por excelencia. Hasta anoche, mis experiencias en restaurantes españoles en París habían sido terribles. La primera fue en uno llamado Casa Manolo, cuyo nombre me parecía apropiado, pero desde que crucé el umbral de la puerta y el camarero era negro –soy de la vieja escuela y me cuesta darme cuenta de que hay negros españoles; en todo caso, aquel negro no lo era- me di cuenta de que no iba a ser EL sitio. Las fotos de toreros y sevillanas me hicieron temerme lo peor, y el jamón serrano (a años-luz del ibérico) y la tortilla reseca acabaron de sentenciar el garito. Mi segunda experiencia fue en un sitio llamado “Le chti catalan” montado por dos socios, uno ch’ti (del norte de Francia) y otro polaco. Total, que la comida estaba buena, pero no era representativo de nada.
Los demás restaurantes españoles que he visto (y no he osado entrar) son todos sitios de guiris. Uno de ellos tiene como reclamo en la entrada una foto del dueño con la Arancha Sánchez Vicario recién ganado su primer Roland Garros.


Así que ayer fui con ilusión, pero sin mucha fe. El Fogón está en el Quai des Grands Augustins, en el barrio latino, a tiro de lapo de Notre Dame. Mala ubicación para un sitio auténtico, no guirilándico. El toro de Osborne en la puerta tampoco ayudó a convencerme de lo contrario. Al entrar, la decoración es más cercana a un sitio trendy francés que a un restaurante español. Pero mola. Ligera música de flamenco en el hilo musical, que me hizo arrugar el bigote.


Al llegar la carta, sorpresa: un díptico A5, con vinos y alcoholes varios en la pala izquierda y platos en la derecha. Los vinos, caritos. También había “La sangría del chef”, que me negué a pedir, pero que luego descubrí que servían en vaso alto y reconozco que no tenía mala pinta.
El menu era corto no, lo siguiente: entrantes: jamón, chorizo, lomo y pan tumaca (o pa amb tomàquet). Y de segundo, atención, bien paella (5 tipos, una de ella con jamón ibérico (¿?)), bien una selección de tapas. Y a volar.
Lo de las tapas me daba mala espina, así que pedimos –un poco a contrapié, porque no me gusta comer arroz fuera de casa- paella, que tardó los 25 minutos de rigor. Mientras tanto, sirvieron un vasito de un gazpacho con un sabor divertido y dos –repito, dos- boquerones en vinagre. Primera vez en la vida que no me meto en boquerón entero en la boca, por aquello de no pasar los restantes 24 minutos sin nada que hacer.


La paella –a banda sans banda, se llamaba- estaba buena. Poca costra por encima, pero el arroz estaba en su punto y el calamar y compañía eran buenos.
Del postre pasamos, aunque había una crema catalana con buena pinta. Mal detalle que el queso manchego –que no le llega a la uña del pie a cualquier queso francés- estaba entre los postres, como en Francia, y no en los entrantes, como en casa.


All in all, que dicen por ahí, la experiencia no estuvo mal, pero no me quedaron ganas de repetir. Me queda el sabor amargo de ver que la comida española, fuera de España, se reduce a paella, sangría y tapas, y que España sigue siendo un sitio de sol, alcohol barato y mucho cachondeo. Por mucho que lo quieran vestir. Aunque, bien mirado, en España la gente debe creer que la comida francesa se reduce a crêpes y fondues…

Renault Z. E. y el espíritu de Francia

Ayer descubrí, rebuscando entre las últimas campañas de mi propia agencia, el lanzamiento de una nueva gama de coches de Renault, llamada Z. E. (que después de más indagar quiere decir "Zéro Émissions"), que básicamente son ni más ni menos que los primeros coches eléctricos de gran consumo. Un concepto revolucionario, mucho tiempo esperado, y que parece destinado a convertir a los híbridos en un déjà vu, y en último término a cerrar el grifo al petróleo y, con ello, dejar a los países árabes comiendo dátiles a la sombra de una palmera.

Pero volvamos al tema. Renault anuncia para 2011 toda una gama de coches eléctricos para cubrir más o menos todos los segmentos: Fluence (berlina), Kangoo Express (profesionales), Zoe (compacto) y la gran novedad, el Twizy. Este último es un biplaza urbano, posicionado para competir con las motos de tres ruedas. Una revolución dentro de una revolución. Un bicho de dos metros de largo por uno de ancho con una autonomía de 100 km.

Ahora bien, la pregunta que se le viene a todo ser humano con dos dedos de frente es ¿cómo se recargan las baterías de estos aparatos? ¿Con una batería? ¿Seis pilas AA? ¿Plutonio? ¿Residuos orgánicos?

Pues no, la cosa es todavía más complicada: los modelos grandes ofrecen tres posibilidades:
a) que un técnico instale en tu casa una Wallbox, un enchufe especial que permite la carga en seis u ocho horas. El problema de este sistema es doble: por un lado, los que tienen garaje comunitario y tienen que hacer obra, y por el otro, los que aparcan en la calle.
b) la recarga rápida, un chispazo de 400V que en 10 minutos recarga la batería un 50%. Si ya se me hace largo poner gasolina, imaginen diez minutazos mirando las revistas de la tienda Repsol. Por no hablar de que Renault no ofrece ningún mapa que explique en qué puntos se pueden encontrar estos puestos de recarga rápida.
c) el Quick Drop, que recarga la batería completamente en sólo 3 minutos. El sistema ideal, a priori. Un pequeño asterisco señala una pequeña pega: que sólo está disponible en Dinamarca e Israel . Lo que no hagan los israelitas por hundir el chiringuito árabe, no lo hace nadie.

El Twizy, en cambio, ofrece una cuarta alternativa: la recarga en 3 horas y media en un enchufe estándar de 220V. Con un poco de buena voluntad, uno se imagina que el sistema será como el de esas cámaras a las que le quitas la batería (en este caso, del tamaño de un maletín) y las enchufas directamente. Renault, por si acaso, no lo deja nada claro en su web.

Se me quedan muchas más preguntas en la cabeza, como ¿Cuánto dura una batería? ¿Cómo funciona el pago de la carga? ¿Será competitivo el precio del Twizy? Demasiadas incógnitas en el aire.
Renault anuncia que va a lanzar un test en la región francesa de Yvelines y que los vehículos estarán disponibles en septiembre de 2011 (las reservas se pueden hacer desde ya).

Tienen un año para acabar con las incertidumbres y evitar caer en esa trampa tan francesa de una idea genial con una implementación irreal. Y si no, que le pregunten al Concorde.

Una obsesión (con mallas) recurrente

Un hombre que se viste con el calzoncillo sobre los leotardos no deja de ser una obsesión como otra cualquiera. Y si uno echa un vistazo a los cuatro años largos de este mi blog, verá cómo el tema que hoy nos ocupa aparece de tanto en tanto.

Desde que se estrenó Superman Returns (Bryan Singer, 2006), hemos pasado cuatro años de rumores, de qué hacer con la franquicia, de a quién hay que pagar un pastuncio por renovar los derechos, etc. Desde hace unos meses sabemos que en la Warner habían puesto a Chris Nolan a producir la nueva versión del Hombre de Acero. Se ve que tener una nueva peli de Batman sobre la mesa se le quedaba corto al hombre. Lo primero que hizo fue poner a David Goyer a trabajar un guión. 
Ayer se anunció en la prensa la elección de Zack Snyder (300, Watchmen) como director de la nueva película de Superman.
La elección parece acertada: Snyder es un tipo que fue capaz de hacer la sorpresa de -precisamente- 2006 con un grupo de tíos musculados frente a una pantalla verde, y después supo salir airoso de una adaptación de cómic tan jodida como Watchmen. 

Al conocer la noticia, he decidido hacer lo que sólo un friki devoto del superhombre judío haría: revisar el Superman Returns de 2006. Un Superman blandito encarnado por el desconocido iowense Brandon Routh. Una peli que cubrió costes pero se quedó corta respecto a las expectativas recaudatorias, dejando a la franquicia en una especie de limbo del que parece que al fin va a salir. 
Vista con la perspectiva de los cuatro años transcurridos, el principal problema de Returns es su acercamiento a la nostalgia. Cuando uno se decide a quitar el polvo a personajes del pasado, hay dos maneras de hacerlo: bien copipegando la fórmula original (como en la serie de El coche fantástico) o reinventando la historia a partir de una premisa similar (como en Batman Begins o en 007: Casino Royale). El problema es que Singer optó por el primer modelo, hasta el extremo de servir a modo de secuela imposible de Superman II, con fanfarria de John Williams incluida. Y al final, ni el público de 2006 era el de 1977, ni Brandon Routh era Christopher Reeve.

¿Se puede volver a contar la historia del último kryptoniano sin morir en el intento? Yo creo que sin duda sí, y la prueba es que un spin off como Smallville, la vida de Supermán antes de Metrópolis, lleva diez temporadas de éxito en la TV americana. Serie de la que, por cierto, no he visto un solo capítulo.

En fin, que los rumores empiezan a hablar del general Zod como malo de la función. Me parece bien, porque si un problema tiene Superman es la ausencia de un malvado tan poderoso como él, y hasta ahora Zod ha demostrado ser el único capaz de estar a la altura.
En fin, ya veremos qué pasa, pero parece que el de Snyder y Nolan es el último tren para un personaje histórico, que si no sale airoso de esta nueva aventura tardaremos muuuucho tiempo en volver a ver en una pantalla de cine.

The Town, jugar a polis y cacos con un cásting de lujo

Entramos en temporada  pre-Oscar, y una de las primeras en sonar como posibles candidatas es The Town. 
Hace masmenos quince años, dos chavales se llevaron el Oscar al mejor guión por "El indomable Will Hunting". Después, uno tomó buenas decisiones (principalmente Bourne) y el otro malas (principalmente, todas). Esos dos chavales eran Matt Damon y Ben Affleck. Affleck, después de un periodo jodido que incluyó ludopatía y tocar fondo vestido de Daredevil, co-escribe y dirige The Town. 


Es una peli de polis y cacos en Boston. Dicho lo cual, todos los críticos se han lanzado a compararla con Infiltrados. Y no tiene nada que ver. The Town habla del juego del gato y el ratón entre un poli -el madmen Jon Hamm- y una banda de atracadores -el cuasi oscarizado Jeremy Renner y Affleck-. Entre medias hay una chica muy mona llamada Rebecca Hall.


Eso es lo mejor de The Town: los actores. Jon Hamm me encanta, con ese aire de suficiencia que siempre acaba pasándole factura. Affleck no desentona, aunque su personaje bien podría ser el mismo que firmó en Operación Reno hace ya diez años. Tiene un papel secundario el gran Pete Postlewhite, que vuelve a bordarlo aunque siempre será Giuseppe Conlon. Y Renner se sale, creando a un matón de barrio que se guía por unos códigos morales intransferibles, de esos que cuando uno le da la espalda nunca sabe si le va a dar una palmada o le va a meter una bala.


Aparte de las interpretaciones, The Town no tiene nada especial. Es una historia clásica rodada de manera clásica con un final clásico. Una película que podía haber estado hecha hace diez, veinte o treinta años, y seguiría siendo igual de válida, igual de buena.


Si me preguntan, The Town no tiene madera de Oscar. Aunque claro, si me preguntan, habría dicho lo mismo de más de la mitad de las películas que han ganado la estatuilla en la última década.