Por cosas de la vida, desde pequeñito he visto mucho más ballet del que me correspondía. Sentado en la butaca cuando casi no me llegaban los pies al suelo, he visto dar vueltas y vueltas a mi prima María sobre el escenario. Después de cada representación recuerdo cuando me llevaban a los camerinos, y alguna vez incluso me escurrí entre bambalinas para ver qué se sentía allí, a punto de exhibirse ante tantísima gente. Lo que molaba de aquellos viajes a la trastienda del ballet es que uno se daba cuenta de que, detrás de la perfección de la danza, había esguinces de tobillo, uñas astilladas, envidia, sexo, tabaco. Personas. Y siempre pensé que eso era material para una película.
Pues bien, esa película es Black Swan. El director: Darren Aronofsky. El cisne: Natalie Portman. El resultado: los pelos de punta.
Black Swan es mucho más que la historia de una Prima Ballerina que debuta con El Lago de los Cisnes. Es la historia de la persona que está detrás de la estrella, del esfuerzo bestial que supone llegar a la cima de una compañía de ballet, y la lucha continua por permanecer en ella. Lucha con tus compañeros. Lucha con los críticos. Lucha con tu propio cuerpo. Bestial.
No quiero hablar de la trama, pero es que casi me resulta secundaria: los actores, hasta el último secundario, están espléndidos. Más: la fotografía, los movimientos de cámara que meten al espectador dentro de la coreografía, los efectos de sonido... y la música de Clint Mansell -que ya nos dejó de piedra pómez con su Réquiem por un sueño- que es un brillante remake de la partitura original de Tchaikovsky.
Natalie Portman no es que borde el papel, sino que se convierte en bailarina de ballet durante las dos horas que dura la película. De pequeño me enseñaron que las dos cosas que distinguían a las grandes bailarinas de las buenas bailarinas eran la expresión de la cara y la manera de mover los brazos. Pues bien, con Natalie Portman la expresividad del gesto estaba garantizada, pero me dejó clavado en el asiento el movimiento de brazos: nada más empezar la película, Portman en tutú blanco se aleja de la cámara sobre sus puntas, aleteando los brazos como si no tuviese articulaciones. No sé si a la Academia de Hollywood le parecerá suficiente para darle el Oscar. A mí, desde luego, me parece una interpretación que queda para la historia del cine. El papel que convierte a Natalie Portman, por fin, en una Prima Ballerina.
Pues bien, esa película es Black Swan. El director: Darren Aronofsky. El cisne: Natalie Portman. El resultado: los pelos de punta.
Black Swan es mucho más que la historia de una Prima Ballerina que debuta con El Lago de los Cisnes. Es la historia de la persona que está detrás de la estrella, del esfuerzo bestial que supone llegar a la cima de una compañía de ballet, y la lucha continua por permanecer en ella. Lucha con tus compañeros. Lucha con los críticos. Lucha con tu propio cuerpo. Bestial.
No quiero hablar de la trama, pero es que casi me resulta secundaria: los actores, hasta el último secundario, están espléndidos. Más: la fotografía, los movimientos de cámara que meten al espectador dentro de la coreografía, los efectos de sonido... y la música de Clint Mansell -que ya nos dejó de piedra pómez con su Réquiem por un sueño- que es un brillante remake de la partitura original de Tchaikovsky.
Natalie Portman no es que borde el papel, sino que se convierte en bailarina de ballet durante las dos horas que dura la película. De pequeño me enseñaron que las dos cosas que distinguían a las grandes bailarinas de las buenas bailarinas eran la expresión de la cara y la manera de mover los brazos. Pues bien, con Natalie Portman la expresividad del gesto estaba garantizada, pero me dejó clavado en el asiento el movimiento de brazos: nada más empezar la película, Portman en tutú blanco se aleja de la cámara sobre sus puntas, aleteando los brazos como si no tuviese articulaciones. No sé si a la Academia de Hollywood le parecerá suficiente para darle el Oscar. A mí, desde luego, me parece una interpretación que queda para la historia del cine. El papel que convierte a Natalie Portman, por fin, en una Prima Ballerina.



