Lunes 21 de abril. 03h50. INT - dormitorio
Durmiendo me encontraba cuando un inesperado dolor de barriga se presenta. Jamás debí comerme esas patatas con queso, proclamo, mientras me levanto al baño. De vuelta a la cama, el dolor seguía ahí. Cinco horas más tarde, también. Boca arriba, boca abajo, de lado, sentado, mirando a la Meca, ni modo. Daño.
Llamo al trabajo para decir que iré en cuanto pueda. Vomito. Consulto con la doctora Mimamá. Vuelvo a vomitar ene veces. Dos de la tarde, llega un médico de urgencia a mi casa. O es una gastroenteritis, o como mucho un cólico, sentencia, impasible. Si sigues con dolor en dos horas y te quedas más tranquilo, vete al hospital. 45 euros y olé sus huevos.
Tres menos cuarto. Llamo a Antoine. Colega, acompáñame al hospital, que pintan bastos.
Lunes 21 de abril. 15h30. INT - hospital de Cochin
Elijo un hospital cercano y público. Entramos en urgencias. Antoine me dice, textual, "tu as une sale gueule", o sea que mi aspecto asusta.
Urgencias en Francia son como en España: o entras con un ojo en la mano, o te pones a la cola. Así que a esperar media horita. Después de unos análisis de sangre y de pis, me confirman que sí, que no saben qué me pasa pero que me aceptan barco como animal acuático y me quedo ingresado.
Primero me hacen dejar mis pertenencias de valor en la caja fuerte: tarjetas de crédito, chequera y dinero en efectivo. Y llega el festival de las pruebas: primero unas placas del abdomen donde te suben en una silla que va girando, poniéndose en horizontal y tal mientras te meten rayos X a piñón, después un escáner que, a diferencia de los hp que venden en carrefour, es siemens, tiene forma de donut, y parece tan inocuo que da hasta mal rollo.
Y al salir del escáner, aparece una médico rubia, monísima, y me dice querido, tienes una apendicitis con peritonitis de regalo. Un cristo, o sea. Te operamos a la voz de ya.
Mientras en Santander la doctora Mimamá se sube a un avión, un celador muy majo me hace ducharme usando betadine a modo de jabón y me depila desde encima del ombligo hasta mitad de la pantorilla. "Un jolie short", me dice el hijoputa mirando mi aspecto de pollo a punto de ser horneado.
Lunes 21 de abril. 21h30. INT - quirófano
Primera vez (siendo consciente de ello) que paso por el quirófano. Yuyu. El quirófano es como el de las pelis, con mucho aparato, mucha peña y sobre todo mucha luz enchufándote en la jeta. Los de la anestesia me ponen una mascarilla y me dicen que respire tres veces. Lo hago. Sigo despierto. Lo mismo soy inmune, pienso brevemente. Fundido a negro.
Martes 22 de abril. 01h30. INT - sala de reanimación
Abro el ojo, cual salida de la siesta. He sobrevivido, pienso. Me encuentro con una cortina y una sala en penumbra. la doctora Mimamá estaba allí. Me intento quitar la mascarilla de oxígeno, que no me deja respirar, pero me lo impide alguien. Me llevan a la habitación. Me duermo.
Martes 22 de abril. 07h30. INT - habitación 116
Me despiertan para darme un combinado de medicamentos que ingiero a duras penas. Durante la noche hemos acogido un nuevo huésped en la habitación, monsieur Nataf, que tiene pinta de irse a morir mañana.
La habitación del hospital es pequeña, como mi salón de París, y en ella meten dos camas (con sus correpondientes enfermos encima), un sillón, dos sillas, dos mesitas de noche, dos mesas con ruedas y una tele de 1995. La cama es de 80 cm de ancho, estilo colegio mayor, y viene con un mando para subirla, bajarla y plegarla. Me recuerda al gag de Agárralo como puedas.
A todo esto, a la doctora Mimamá se le ha añadido mi padre, que de doctor tiene poco pero que habla un francés de lo más útil para hacerse entender en un hospital parisino.
Me traen la comida. Quién dijo que la comida de los aviones era mala. El menú no es que sea sobrio, es que da risa: un cuenco de agua caliente con un sobre blanco que dice "sopa de aromas de legumbres". Joder, ni Ferrán Adriá le hubiese puesto una marca más chachi al tema. Eso sí, me dan de postre un petit suisse blanco que me retrotrae veinte años en el tiempo. Qué rico.
Me doy mi primer paseo después de comer, viaje de ida de 20 metros de pasillo. Me mareo y me siento. La vuelta la hago en silla de ruedas.
Miércoles 23 de abril. 10h00. INT - habitación 116
Ante la inactividad de mi intestino, el médico residente que se ocupa de mí me anuncia que me van a dejar de dar la sopa. La mala noticia es que el sustituto no es mejor, sino inexistente: me quedo a agua hasta nuevo aviso. Y, para colmo de males, monsieur Nataf tiene hoy pollo con arrroz en su bandeja y su olor llega hasta aquí. Maldito judío cabrón.
A todo esto, hace tiempo que he dejado de lado mi clásica aversión a las agujas. Si me hubiese desmayado por cada pinchazo que me han dado, habría estado muy poco tiempo en contacto con la realidad.
Jueves 24 de abril. 20h00. INT - habitación 116
A juzgar por el resol que entra por la ventana y el calor que hace en la habitación, deduzco que la primavera por fin ha llegado a París. Consigo hacer un acopio de fuerzas y pido que me desenchufen las vías que conectan mi mano con una solución salina para bajar a la calle. Duro más o menos un cuarto de hora al sol, pero menos da una piedra.
Antes de salir, me doy la primera ducha desde que entré en el quirófano. Aparte de lo descorazonador que resulta tardar un minuto en quitarse un calcetín, veo por primera vez las heridas de guerra: tres agujeros no demasiado grandes, pero lo suficiente para asustarme. El agujaro que me han hecho en el ombligo le ha hecho perder su forma original. Espero que al quitarme los puntos la recupere.
Después de día y pico a agua y sin haber conseguido mejorar mi tracto intestinal, me anuncian solemnemente que me van a aplicar un enema. El que no sepa lo que es, que lo mire en wikipedia. La aplicación es algo tosca, pero los resultados son devastadoramente evidentes.
Por cierto, en mitad de la noche viene una nueva enfermera a cambiarme la bolsa de suero. El proceso es tan fácil como descolgar la bolsa y quitar un tubito de un grifo que tengo adosado a mi mano derecha. No sé como lo hace, pero se las arregla para desmontarme la instalación de la mano derecha, hacer un ensayo en mi muñeca izquierda (resultado: una vena rota) y al final acertar en mi mano izquierda. Lo reconozco, cuando me rompió la vena la llamé puta.
Viernes 25 de abril. 12h00. INT - habitación 116
He retomado con éxito la senda de la sopa de agua caliente con polvos. Sin embargo, en la cena se tira la casa por la ventana y me traen un plato de pasta cocida con salsa de aire, y un plato de jamón york con una tostada sin tostar. Me sabe como la cena de nochebuena.
A todo esto, mi colega Mathieu se ha pasado a verme a mediodía y me ha dejado su Nintendo DS con el Mario Kart incluido. Brutal juego al que no jugaba desde los tiempos de la SuperNintendo, más o menos quince años ha. Adictivo hasta darme serios dolores de cabeza.
Por la tarde, me anuncian que al día siguiente me marcho a casa, a pesar de que sigo con fiebre. Vienen a quitarme los puntos y me temo lo peor, pero sorprendentemente me duele cero. Miro las heridas y me vuelven a dar susto.
Sábado 26 de abril. 11h00. EXT - hospital Cochin
Llegó el momento del alta. Me visto a duras penas, le doy las gracias a Amélie (quién si no), la enfermera más simpática del hospital, y me dirijo a recoger mis posesiones que dejé en la caja fuerte al entrar. Nones, me dicen, porque es sábado. Pido un taxi, y me dicen que, al ser sábado, casi mejor que lo pida yo. Conclusión: si no llega a estar la doctora Mimamá, me hubiera visto con un papel en el que me dan de alta, y sin un pavo para coger un taxi, comprar medicamentos o comida hasta el lunes. Vive la France.
Aprovecho, por último, para dar las gracias a toda la peña que os habéis pasado a visitarme (física o telefónicamente) y sobre todo a la doctora mimamá, sin la que una vez más no hubiera salido de semejante efeméride.




