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Que me busquen en Irlanda

Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ir a Irlanda, o Éire, como su equipo de fútbol se llama. Tenía la impresión de que la ecuación iba a ser algo como Irlanda = (Inglaterra + Escocia) x (Cantabria + Galicia). Y efectivamente, premio.

Los irlandeses, independientes de los ingleses sólo desde 1921, han sabido crearse una personalidad aparte, basada en su bonito país, la simpatía de sus gentes, las cervezas Guinness y, últimamente, los vuelos de Ryanair. Nosotros, por cierto, fuimos en Aer Lingus, una compañía de bajo coste ma non tropo, al estilo de Easy Jet. Vamos, que a diferencia de con sus primos de Ryanair, uno no tiene la impresión de ir camino de Treblinka.

Y es que, si de algo saben los irlandeses, es de marcas. Para empezar, porque se han adueñado del color verde, y lo tienen por todas partes, desde la camiseta de sus selecciones nacionales, hasta los leprechauns. La bandera irlandesa, por cierto, fue un regalo de los franceses, siempre interesados en hacerle el juego a los enemigos de Su Majestad.
El problema de los irlandeses -y esto nunca se le debe mencionar a un irlandés- es que en el fondo son como un spin-off de los ingleses. Es decir, tienen su (ininteligible) idioma irlandés, su música celta, su deporte nacional llamado hurling, y su cerveza Guinness, pero en el fondo todo el mundo habla inglés, escucha a Cheryl Cole, está pendiente de la Premier League y bebe...algunos Guinness, y muchos Heineken.

Uno de los sitios que más quería visitar era Galway, puesto que la historia cuenta que los supervivientes de la tormenta que mandó a pique a la Armada Invencible española acabaron embarrancando en esta ciudad de la costa oeste de Irlanda, y tan a gusto se encontraron que todavía hoy pueden encontrarse nativos de Galway con pinta de españoles. Personalmente, los únicos con pinta de españoles que vi era estudiantes Erasmus, la mayoría demasiado borrachos como para poder precisar de qué parte de España venían.
La mayor aventura de Irlanda, sin embargo, son las carreteras: caminos estrechos con el mínimo de asfalto imprescidible para no tener categoría de camino de cabras, sino de comarcal. Gracias al GPS de Declan, uno podía descubrir que lo que parece la entrada a la caseta de mis tíos menorquines no es ni más ni menos que una carretera clave para salir del Burren y volver a Dublín. Las vistas, eso sí, son acojonantes.

En fin, que para un español del norte, que disfruta lo justo del sol y la playa, Éire es el país definitivo. En cinco días no creo ni haber visto un 5% del país, así que pienso volver. Si algún día la cosa se pone tan negra que no puedo vivir en Santan, que me busquen en Irlanda.