Oh là là

Pues sí, amigos, acabo de llegar de la ciudad de la torre de monsieur Eiffel, los crêpes de lo que sea, Monmartre, el jorobado de Nôtre Dame, el Moulin Rouge, la inefable Amelie y, por supuesto, la Mona Lisa. París bien vale una misa, que dice mi tío Santaló.

El viaje ha sido fugaz pero lleno de anécdotas, chascarrillos y viscisitudes. La primera de ellas, cuando me informa la azafata de Air France de que "Señor, le informo de que su vuelo es de Business Class". Y yo, con cara de Paco Martínez Soria, que sólo me faltó decir "Mandeee?". La azafata, que por cierto estaba tremenda, me indicó muy educadamente que tenía disponible la sala vip por si quería esperar el embarque ahí. Eso fue demasiado. Así que me compré mi revista favorita ("Imágenes") y... me senté con la plebe, en la misma puerta de embarque, eso sí con mi iPod a todo tren.

Luego resultó que la Business Madrid-París no tiene sillones de cuero en los que puedes dar volteretas sin temor a caerte, qué va. Eran sillones normales, de los de dejarte la rabadilla de toda la vida. Me ofrecieron cortésmente champán, que también cortésmente rechacé porque donde esté una sidrina qué cojones de champán, y me dieron un menú espantoso que me hizo retorcerme en el asiento sólo de pensar qué clase de mierda le estarían dando a los de turista.

La llegada no tuvo mayor trascendencia. Me instalé en el hotel, comprobé que, como en casi todos los viajes, había olvidado el pijama, y me metí en la cama a leer los libros que me había traído, entre ellos, como no, una inevitable mini biografía de Napoléon (no está mal puesta la tilde, está puesto el nombre el francés, con un par). Qué tío más grande. En sentido figurado, digo.

A la mañana siguiente, es decir hoy por la mañana, me acerqué a ver el Arco de Triunfo. Y allí, en los mismísimos Campos Elíseos, donde Hitler paseó en gabardina como Pedro por su casa en plena guerra mundial, está el edificio de Publicis, que aquí pongo en foto.

Y de momento, that's all folks!!

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