El peñazo corso

El pasado finde estuvimos la madre que me parió y un servidor en Córcega. La elección vino precedida de las alabanzas que le hacen los parisinos a la isla, a la que no dudan en catalogar como paraíso mediterráneo. Así que compré la correspondiente guía verde Michelin, y allá fuimos.

Llegamos en una coctelera de Easyjet a Bastia, cuyo aeropuerto es el típico de una pista, y no te pases de frenada que te vas a la hierba. Alquilamos un Golf Plus diesel 1.9 5 puertas que era como ir en una bañera con ruedas. Por mucho que se clavase el pie en el acelerador, aquello se tomaba su tiempo para reaccionar. Y, claro, en una isla donde la mejor carretera es como la N-623 que une Burgos con Santander, tener un coche poco ágil se paga.
Saliendo del aeropuerto, por aquello de que eran más allá de las tres de la tarde, decidimos parar en un supermercado a comprar croissants, embutidos y pains au chocolat. Esto más adelante se convertiría en la clave para no pasar hambre en el resto del viaje.

La primera impresión que nos dio Córcega, para que mentir, es la de estar en un país centroamericano: carretera pequeña, coches viejos, y muchos, muchísimos carteles anunciando los más variados negocios, desde afiladores de cuchillos hasta vendedores de antigüedades.
Después de casi tres horas de travesía, llegamos a nuestro destino, un hotel en Bonifacio que estaba bastante bien, aunque la primera sorpresa que nos llevamos fue saber que el "restaurante panorámico" estaba cerrado de octubre a abril.

El primer día nos lanzamos a lo que parecía lo más prometedor de la isla: Ajaccio, ciudad donde pasó los nueve primeros años de su vida el
amigo Bonaparte.
Pasamos primero por Sartène, que era una ciudad en la ladera de la montaña, con algunas casas al estilo Cuenca, pero hechas con hormigón gris. Las montañas son, sin lugar a dudas, lo más espectacular de Córcega. Una isla de 200x100 km con cinco picos de más de 2.000 m es algo insólito. Había momentos en los que se veían calas de aguas cristalinas y, más allá, montañas nevadas, como en la canción falangista.
Ajaccio, una ciudad al borde del mar, daba la impresión de ser un pueblo aleatorio de la Costa Brava de los setenta. La ciudad antigua, que es donde se encuentra la casa de la familia Bonaparte, no está mal, pero parece La Habana con sus casas hechas de arena y pintadas de colores estridentes. Para colmo de males, la tienda de merchandising napoleoniano estaba cerrada por vacaciones.

A la vuelta al hotel hicimos parada en Bonifacio, que según todos los testimonios es la auténtica joya corsa. Y sí, es una ciudadela amurallada en una colina sobre el mar. Bien, pero una hora después, ya estaba vista. Next!
En vista del éxito, y de las pocas perspectivas que ofrecía el sur, cancelamos la noche que nos quedaba y regresamos sobre nuestros pasos a Bastia.

La capital de Córcega cumplió -rozando el larguero, eso sí- con nuestras expectativas. Se trata de una ciudad originalmente intra muros, ahora extendida en paralelo a la costa y que basa su economía en la actividad de su puerto. Tiene algún rinconcito que vale la pena y, sobre todo, restaurantes presentables.

A mi vuelta a París, obviamente, los mismos seres humanos que me la habían recomendado, intentaron justificar mi desencanto con el clásico argumento de no, es que has ido en temporada baja. Y sí, la temporada baja influye en que haya algún restaurante cerrado o menos gente por la calle. Pero la ausencia total de museos, tiendas, iglesias, monumentos, etc. no es cuestión de temporadas. Mi conclusión sobre Córcega es que es una isla en la que, si el ser humano jamás hubiese puesto el pie, todo habría ido mucho mejor.
Nos acabamos dos libros por cabeza... en tres días. Creo que es una representación muy gráfica de lo peñazo que es la isla de Córcega.

2 comentarios:

Anonymous said...

Nada que añadir. O mejor si: estuvimos juntitos y hasta que llegó un momento en que no teníamos nada más que hablar. Al final, de vuelta a París, reparto de beneficios: no habíamos podido NI GASTAAAAAAAAAAAAAAAAR!!!

Anonymous said...

Que no, que no es anónimo. Es que se me ha ido el dedo de tecla.