Mumbai on my mind


Lo primero que uno ve al aterrizar en el aeropuerto de Mumbai son casas EN el aeropuerto. Entre una pista y los hangares, un puñado de chabolas resisten cual invencibles galos separados por un muro y un foso con agua (yo, por lo menos, no vi cocodrilos dentro).

La antigua Bombay (según dicen, del antiguo nombre colonial portugués, Bom Baia) es una ciudad repartida entre varias islas y penínsulas unidas por carreteras continuamente ocupadas por coches, taxis de tres ruedas, motos y peatones. En los lindes del asfalto se apilan miles de pequeños locales comerciales, la mayoría de no más de un metro de ancho, que ofrecen todo tipo de servicios a cualquier hora: bares, talleres mecánicos, artesanía o, el más popular de todos, peluquerías. En muchos de esos locales, de no más de cuatro metros cuadrados, se apilan familias enteras en torno a un colchón.

Para poder comprender lo que es el tráfico en Mumbai, hay que estar allí. Es un ballet caótico. Calles sin carriles delimitados, autopistas cortadas que obligan a hacer insólitos cambios de sentido, semáforos (pocos) totalmente colapsados y mucho, muchísimo, uso del claxon. Si uno cierra los ojos un momento, podría llegar a creer que está en la reunión anual de correcaminos, mic-mic.

Atravesar la ciudad puede llevar entre cuarenta y cinco minutos y dos horas. La gente que trabaja -una minoría- se mueve con chófer porque a) crean empleo, b) la mano de obra es baratísima (nuestro chófer cobraba treinta euros al día) y c) dado que la gente pasa su vida en un atasco permanente, por lo menos aprovechan para convertir el asiento trasero del coche en una oficina ambulante.
Cruzar la calle, cosa que sólo tuve que hacer una vez en tres días, es lo más parecido que he sentido a torear a puerta gayola. Valor y buen sprint en corto son fundamentales para conseguirlo.

Lo más sorprendente del tema es que el pueblo indio es feliz. Namaste, lo que te dicen para saludarte, es una especie de declaración de respeto hacia el otro. Me explicaba un indio, cuando le preguntaba que cómo era posible tanta alegría, que la gente ha aprendido a conformarse con lo que tiene, y disfrutar de cada momento como si fuera el último. Así se explica, me decía, la pasión que tienen los indios por la comida. Para ellos, el hecho de llenar el estómago forma parte de una especie de carpe diem perpetuo. Incluso los indios ricos comen como si fuera su último día sobre la Tierra. Cenando con ellos, y después de haberme comido un plato de arroz, una especie de mini-kebab y ensalada, me vinieron a decir que de que iba, que eso no era cenar.

Hablando de la comida, adaptarme me resultó mucho menos complicada de lo esperado. Por un lado, el hecho de ir en plan rico, del hotel al trabajo, de ahí a un restaurante y vuelta al hotel, obviamente ayuda. El agua, pese a que dicen que en los hoteles es segura, es mejor si viene de una botella con el sello virgen (lavarse los dientes con agua mineral, además de una mariconada, es engorrosísimo). La fruta debe comerse pelada, precisamente porque la piel tiene mucha mierda, que no se va al ser lavada con agua del grifo.
Lo demás, sin ningún problema... siempre que le pongamos sentido común. A la hora de la comida, siempre me pegaba a un indio o india y le preguntaba cómo de “spicy” era cada plato. Cuando te dicen que algo es picante, mejor ni acercarse. Cuando te dicen que algo está especiado, pero no pica, en realidad sí pica. Esto lo descubrí demasiado tard
e, cuando probé un rollito con una salsa verde (pensé, iluso de mí, que las salsas seguirían el código de color de los semáforos), y creí morir. Además, me explicaron después, tuve la suerte de escoger una especie de bomba, que sólo explota cuando te lo metes en la boca y lo muerdes. Como tener a Lucifer haciendo una rave en tu lengua

Frente a los otros países asiáticos, sobre todo su emergente rival chino, la India tiene una ventaja fundamental: todo, absolutamente todo el mundo, habla inglés. Una cosa es el rollo Gandhi, y lo contentos que se pusieron de sacar a patadas a los roast beef en el 47, y otra cosa es que pretendan imponer su incomprensible lengua... cualquiera de las muchas que hablan en el país. Muy espabilados, estos indios. Ya podían tomar nota algunos.

Otra cosa llamativa es que los indios, para decir que sí con la cabeza, no la inclinan hacia adelante, sino que la menean lateralmente, como esos muñecos cabezones que tienen un muelle loco en el cuello. Obviamente, es preferible no acordarse de esa analogía para poder evitar partirse el rabo delante de un indio que te dice que sí.

Tuve la suerte de asistir a una charla que daba un antiguo director de márketing de Coca-Cola en la India. Explicaba un poco cuál era la mentalidad del consumidor indio, y la definía como basada en un “refreno brahamánico” (“brahamanic refrain”). Es decir, que la resignación vital, el disfruta de lo que hay que preside la mentalidad india, tiene unas fuertes raíces histórico-religiosas. Contaba este hombre que, por ejemplo, en la India no se tira casi nada a la basura. Es por eso que se ven taxis de los años sesenta todavía en marcha. Precisamente uno de los negocios más prósperos en las calles de Mumbai son las tiendas de recambios, donde se vende casi cualquier pieza que uno pueda necesitar para estirar indefinidamente la vida de su coche o su moto.

Me decía el jefe de la agencia de allí, un indio de casi dos metros y ciento cincuenta kilos llamado Nakul, que hay dos cosas que vertebran el país: la religión y el cricket. De la primera de ellas, hay pocas cosas que pueda contar. No entré en ningún templo, y tampoco llegué a encontrarle una explicación al punto rojo o naranja que llevan algunas personas en el entrecejo.
El cricket, sin embargo, me lo explicaron en detalle. Sobre todo, porque un día antes de que yo llegase, la India había sido eliminada de la Copa del Mundo después de perder con las Indias Occidentales y -horror- Inglaterra. Aunque lo que más les dolía, me contaba Nakul, era el hecho de que Pakistan siguiese adelante, con serias opciones de llevarse el torneo. Con la mirada fija en un punto imaginario, Nakul me dijo que, si la India se hubiese clasificado, debería estar jugando las semifinales a la misma hora en que estábamos hablando.

Podría seguir escribiendo durante muchas líneas más, pero para qué. Como me dijo mi madre en su momento, hay que estar en la India para entender lo que es aquello.

4 comentarios:

YK said...

También dije, y mantengo, que a la India sólo volveré si surge alguna causa "noble" (como la que me llevó allí por 1ª y de momento única vez) que lo justifique.

Álvaro Álvaro said said...

Sólo lo diré una vez, para no ser pesado: Shantaram, de Gregory David Roberts. Uno de los 3 mejores libros que he leído, recomendable para todo el mundo que tenga interés en la India y, sobre todo, que tenga tiempo, porque se tarda en leer un buen rato...

Pigmalion said...

A mi me apetece ir a la india...

YK said...

A Pigmalion:

Es un pueblo que vale la pena conocer. Se aprende mucho pero se sufre mucho. Sólo si vas en plan turístico de lujo, puedes obviar la 2ª parte pero NO conocerás la india.