Cuando pasábamos la tarde liberando al mundo

Con el verano cinematográfico dando sus últimos estertores hollywoodienses -el verano real no acaba para mí hasta el 14 de septiembre-, hoy he ido a ver GIJoe. Junto a los Masters del Universo, los GIJoe han sido sin duda mis juguetes favoritos. Miles de tardes me pasé, la mayoría mano a mano con mi gran amigo Luis, los dos armados de yiyous y mucha imaginación.
No sólo estaban muy bien hechos -ese agujero en la espalda en el que se encajaban las mochilas-,
sino que además tenían el mejor repertorio de armas, naves y otros accesorios del mundo juguetil. A diferencia de los Transformers, los Joes sí que me interesan. Me preocupan.

No puedo evitar el paralelismo con los Transformers. Para empezar, porque ambos comparten fabricante -Hasbro- y pro
ductor cinematrográfico -Lorenzo di Bonaventura-. A partir de ahí, ambas franquicias son polos opuestos. Principalmente, porque una se la dan a un director de acción genial como Michael Bay y la otra se la dan a un vendedor de alfombras como Stephen Sommers, autor de espantos espantosos como La Momia (1 y 2) o Van Helsing.
Para que lo entendamos todos, con el mismo presupuesto uno crea un Lago de los cisnes cibernético mientras el otro organiza unos sanfermines bélicos.


A un director chapucero, GIJoe añade un cast imposible, con Marlon Wayans haciendo de negro gracioso,
un tal Channing Tatum como el héroe Duke y Christopher Eccleston haciendo de malo bobalicón.
Más aún, la música corre a cargo de Alan Silvestri, compositor de la música de Regreso al Futuro hace veinte años, y en cuyos muertos ya me cisqué en mi reciente crítica de Noche en el Museo 2. Empiezo a sospechar que el mismo ovni que se llevó a el Auténtico George Lucas también reemplazó al bueno de Silvestri por un clon malvado.


Y el caso es que GIJoe me ha gustado. La película no se toma en ningún momento muy en serio a sí misma, y eso ayuda a que la trama, un batido de tramas bondianas cruzadas con Star Wars, se haga tolerable.
Los efectos visuales están, salvo contadas excepciones, muy correctos. La representación de la tecnología, equipamiento y naves es una pasada, muy en la línea de los juguetes originales. Y hasta Sommers, que por lo demás da la sensación de elegir sistemáticamente la peor toma disponible, firma una persecución de lo más digna a través de París. Casi al final de la peli, cuando por fin vi sobre el costado de una nave el logotipo de la organización terrorista Cobra, casi me deshago en la butaca.

A nivel personal, lo más tremendo es la representación de mi personaje favorito, Ojos de Serpiente, un pistolero ninja mudo. Toma Shakespeare. Pues bien, no sólo el vestuario es tal cual el muñeco que yo tengo en casa, sino que sus movimientos son tal cual me lo llevo imaginando desde que, allá por 1986, le saqué de su envoltorio original. El actor que lo clava, por cierto, es el único acierto de cásting: Ray Park, el mismísimo Darth Maul de la saga de las Galaxias.
A su lado Sombra, el ninja malo que resulta ser el hermano de mi héroe, y del que se disfrazó mi amigo Luis en un carnaval del cole, parece un chinorris afeminado.


Unos años después de dejar de jugar con los GIJoe, alguien me dijo que los Joes no eran más que armas de propaganda americana, perversa creación de un Goebbels yanqui que habita un oscuro despacho en Washington. Y entonces me imaginé a Luis a mi lado, los dos sobre un portaaviones escuchando el Star Spangled Banner, preparados para pasar la tarde combatiendo por la libertad del mundo.

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