La experiencia Eurostar

Pocas marcas tienen la posibilidad de ofrecer una experiencia tan intensa como los medios de transporte. Una de las más fascinantes es sin duda el tren que une París con Londres, el Eurostar.

El concepto ya es de por sí revolucionario, impensable hace sólo unas décadas: unir el continente europeo con una isla. Tiene ese punto de ingeniería genial francesa que tenía el Concorde, con un toque de pragmatismo cortesía de los anglosajones. La mezcla da como resultado un invento genial que funciona en el mundo real.

El Eurostar tiene como principal ventaja para el usuario el ahorrarse el infierno en el que se han convertido los aeropuertos, especialmente desde el 11-S. Basta con aparecer media hora antes de la salida, y los trámites pre-embarque son una comprobación del pasaporte de puro trámite, y un detector de metales que no requiere quitarse ni el reloj, ni los zapatos, ni el cinturón, con lo cual el pasajero se ahorra el humillante ritual que se ha convertido en norma antes de coger un avión. Además, el Eurostar sale y llega al corazón de la ciudad, a menos de media hora de casi cualquier punto. Nada que ver con los lejanísimos aeropuertos de Heathrow o Charles De Gaulle.

En mi experiencia personal, tardé una hora desde que salí de casa hasta que subí al tren, más dos horas y cuarto de viaje y otra media hasta el punto de destino. No es un gran ahorro de tiempo, pero sí que resulta mucho más productivo estar sentado en el tren escribiendo estas líneas en lugar de esperar en la cinta de equipajes u, horror, en un tren de cercanías hasta la bandera. Por cierto, pequeño detalle: los seis Eurostars que he cogido han salido a su hora.

El viaje en sí, para qué nos vamos a engañar, tiene bastante margen de mejora. Hoy, es como cualquier tren normal y corriente. Los asientos no son especialmente cómodos (no he probado la clase business aún), las piernas del señor sentado frente a ti se entrecruzan con las tuyas, y la cabeza se te cae hacia los lados cuando intentas echar una cabezada. En el último viaje, además, tuve la mala suerte de ir junto a una familia india con un recién nacido aspirante a soprano. Entiendaseme, no censuro el hecho de viajar con un bebé (posiblemente más coñazo para los propios padres que para los demás), por lo que decidí contraatacar los berridos del crío con su propia medicina: puse a todo tren la banda sonora de Slumdog Millionaire en mis auriculares Bose. ¡Ja! Fin del problema.


La experiencia Eurostar es una de las pocas -ahora mismo la otra que se me viene a la cabeza es la invención del radiador secatoallas- que le hacen a uno sentirse orgulloso de su condición de humano. Y mucho me temo que pocas marcas pueden aspirar a ofrecer una sensación parecida.

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