Una opinión a contrapelo sobre el debate de los toros

He tardado, pero tenía que decir algo. Resulta que el parlamento catalán ha votado en contra de la celebración de corridas de toros en Cataluña a partir de 2012. Los antitaurinos celebraron el resultado como una mejora sensible para los derechos de los toros. La prensa conservadora (La Razón, ABC y El Mundo) hicieron del tema un asunto de Estado, al asociar tauromaquia y españolismo -condición de español, esto es-.

Yo, una vez más, me niego a alinearme con ninguno de los dos bandos. Vaya por delante que me siento español, tengo un abuelo de cada esquina del país, y jamás he ido a una corrida de toros. No me interesa el tema, no le pillo el punto. Igual que me pueda pasar con, qué sé yo, la jota aragonesa, el lechazo o la pelota vasca. A diferencia de estos tres ejemplos más o menos aleatorios, eso sí, creo que en torno al ruedo se aglutinan todos los valores rancios españoles que menos me gustan: la superstición, el mamoneo, las folclóricas, la gracia andaluza y un largo etcétera. Es más, cada vez que estando fuera de España alguien saca el tópico del flamenco y los toros, el letrero de neón que llevo en la frente se ilumina con la frase CÁLLATE YA, IMBÉCIL.
Y sin embargo, también añado que los derechos de los toros me la traen al pairo. Es más, ¿qué derechos tienen los toros? ¿Habría toros si no fuera para a) preñar vacas o b) torearlos y luego estofar su rabo? Me temo que la respuesta es en ambos casos negativa. 

Independientemente del resultado a la votación, lo que sí me inquieta es que este tema tan aparentemente capital (si hacemos caso a la prensa nacional, claro) se vote, en pleno siglo XXI, en el parlamento. No me digan que la teledemocracia no es posible para cosas como estas. Ese sitio web del parlamento catalán en el que uno tiene que meter su nombre y deneí, y clicar sobre el botón verde para "Quiero que los toros sigan en Cataluña" o sobre el rojo para "Quiero que los toros se dejen de celebrar en Cataluña". Si hemos llegado a la luna, hemos creado una lavadora irrompible y hemos conseguido escribir google en Google sin romper internet, cómo no vamos a ser capaces de eso. Apuesto a que desde un lector de La Razón a un votante de Esquerra Republicana sabrían hacerlo.

Adrimedia contra el terrorista de easyjet

Ayer volví a París. Después de un viaje relámpago en coche desde Santander, subí al vuelo de Easyjet 3908 de las 20h30 destino París Charles de Gaulle.
Entré de los primeros para coger sitio en las primeras filas y salir disparado al llegar. Encontré un asiento de pasillo, fila cinco, subí mi maleta al portaequipajes justo sobre el asiento y saqué la biografía de Cantona que estoy leyendo. Me abroché el cinturón. Después de haber dormido cinco horas en dos días, tardé unos segundos en quedarme dormido en el asiento.

Cuando me desperté, media hora después, estábamos volando hace un rato. Volví la cabeza hacia la ventanilla y todavía había luz. Entonces, justo al voltear hacia el otro lado del pasillo, le vi: un hombre de entre cuarenta y cincuenta, árabe de esos con barba de profeta de barrio y boina a juego estaba sentado a apenas un metro de mí. Llevaba un vestido largo blanco, como esos que se ponen las tías encima del bañador para conducir de vuelta de la playa. La jugada se remataba con dos calcetines blancos de hacer deporte, bien gruesos, zapatos de piel marrón y un gabán en el regazo. Un abrigo en pleno mes de julio.

Será la culpa de los infinitos episodios de 24 devorados, pero a mí el tipo se me hizo sospechoso desde el primer segundo.

Entonces, apenas hube terminado mi reconocimiento, el hombre se pone de pie, deja el abrigo sobre el asiento, y se mete en el baño del avión. El modelo de avión, que no comprobé, tenía el baño en la parte de adelante, justo pegado a la cabina de pilotaje. Un sitio ideal para decapitar el avión al inmolarse.

El tipo debió pasar diez minutos que sentí como diez horas metido en aquel habitáculo. La verdad es que ni se me pasó mi vida en fotogramas, ni pensé en que jamás conocería a Natalie Portman. Pero me acojoné como nunca antes.
Al final salió. Con gesto serio, recorrió los pocos metros que le separaban de la fila cinco y volvió a sentarse, dejando -dato significativo- el cinturón convenientemente desabrochado.
Reconozco que a estas alturas ya no le quitaba el ojo de encima.

Entonces, el árabe se dobló sobre sí mismo, llevándose las manos a los tobillos. Pasó así unos instantes y recuperó el ángulo de noventa grados. Le miré a la cara, y vi su barba moverse arriba y abajo, mientras sus labios musitaban algo -evidentemente, una plegaria, alá akbar o lo que fuera aquello-, el tipo de cosa que uno hace antes de comprar un billete al paraíso.
A estas alturas, mi espalda era un torrente de sudor, y empecé a considerar activamente la posibilidad de abalanzarme sobre él para neutralizarlo.
Y en ese momento, el hombre metió la mano entre los pliegues de su gabán amarillo, y sacó un teléfono. Era un modelo barato, de esos de concha que se vendían como churros en 2005. Entonces, el árabe lo abrió deslizando su pulgar entre la tapa y el teclado, y apretó el botón de encendido. Pensadlo: un integrista musulmán que enciende un teléfono a 33.000 pies sólo puede significar una cosa. Ka-boom. Así que ahí salté: levanté la mano para atraer la atención del jefe de cabina, mientras le decía al aspirante a Mohammed Atta que ni de coña iba a encender un móvil delante de mí en ese avión. El chaval de Easyjet, con un aplomo propio de un becario de la CTU, le pidió que lo apagara (yo esperaba un golpe seco con el exterior de la mano en la nuez del hombre, pero en fin) y, una vez el hombre devolvió su teléfono al bolsillo del abrigo, el azafato se dio por satisfecho.

La situación parecía bajo control, y entonces el piloto anunció el aterrizaje en París por megafonía.
Tocamos tierra apenas quince minutos después. Yo no le quité el ojo de encima a aquel hombre hasta que ganamos la terminal.
Pasé el miedo de mi vida. Me sentí un poco Jack Bauer. Viviremos para volver a volar en Easyjet.

Como la noche y el día

El tráiler me engañó. Bueno, el tráiler, y que Tom Cruise me parece, como Brad Pitt, mucho mejor actor de lo que su cara bonita promete. De Cameron Díaz vaya por delante que no esperaba nada, porque van quince años desde su debut en La máscara y todavía espero que supere la escena del esperma en el flequillo de Algo pasa con Mary.

El tráiler prometía una buena película de acción con tintes de comedia, un género jodido, pero que cuando se ha hecho bien -pienso aquí en El secreto de Thomas Crown, Mr and Mrs Smith y, sobre todo, en Mentiras arriesgadas- tiene su puntito. Así que me fui ayer a ver Noche y Día, Night and Day en Francia... y Knight and Day en el original. Que me ahorquen si entiendo las sutilezas de los traductores.

El primer susto me lo llevé al descubrir, en plenos créditos, que el director del tema era James Mangold, al que yo tenía por director artesano e independiente, a raíz de sus previos Copland, Walk the Line o 3:10 to Yuma. Un director raro para una comedia de acción puede ser una buena idea, pensé, iluso de mí.

La historia es básicamente la de Tom Cruise, un espía que, por un motivo algo confuso, acaba metiendo a Cameron Díaz en un embolado a varias bandas con un MacGuffin de por medio. Premisa tonta a más no poder, con lo cual, una vez descartada la inteligencia en la trama, nos queda agarrarnos al talento de director y protagonistas, y a la dirección de las escenas de acción. En Mentiras arriesgadas, por ejemplo, la trama se podía resumir en dos líneas sobre una servilleta de bar, y en cambio el trabajo de James Cameron, Arnie y Jamie Lee Curtis convirtió a la peli en un clásico del sub-género de espionaje cachondo.
Aquí Tom Cruise se dedica a hacer gestos raros, Cameron Díaz a alternar su celebérrima sonrisa con cara de sorpresa. Entre los dos hay menos química que entre la Reina Sofía y Letizia Ortiz. 
Añádase a la mezcla a Jordi Mollà en otro papel de malo hispano de manual, calcado de pe a pa al que hacía en Dos policías rebeldes 2. Inofensivo, poco interesante, irrelevante... su papel de traficante de armas da tanto miedo como Cameron Díaz con una pistola de agua. 

Y ahí entra James Mangold, un tipo que consiguió no sólo que el chalado de Joachim Phoenix hiciera una actuación de Oscar, sino que por poco logra que Stallone aprendiera a actuar para hacer Copland. Aquí en cambio, da la impresión de que el amigo Mangold estaba en la famosa lista que por lo visto hace Tom Cruise antes de los rodajes, especificando quién no tiene derecho a mirarle a la cara. Y si no estaba, y resulta que se llevaba bien con nuestro cienciólogo favorito, es que Mangold se pasó el rodaje borracho, o directamente se le ha olvidado dirigir: no hay ni un plano interesante, ni una secuencia memorable (aparte de esos Sanfermines en Sevilla que a Blaski le gustarán tanto), ni nada que deje constancia de que el que movía la cámara delante de Cruise y Díaz tenía más de dos neuronas jugando al pinpón.

A pesar de ser flojo, me imagino el mismo guión con Cameron, Schwarzenegger y Curtis, y es que me parto sólo de pensarlo. Como la noche y el día, vaya.

Toy Story 3: los juguetes se ponen existencialistas

Francia ha debido ser el penúltimo país del mundo en el que se ha estrenado la tercera parte de Toy Story. De todas las películas de Pixar -quizá con el permiso de Monstruos S.A.- las dos Toy Storys son mis favoritas. Incluso hay un debate muy serio sobre la posibilidad de que la 2 sea todavía mejor que la 1.

Así que no me extraña que Lee Unkrich, el director de esta tercera parte, estuviera acojonado ante la perspectiva de hacer esta peli.

Y es que el 3 es un número maldito. Con la excepción de Indiana Jones y John McClane, ninguna saga ha conseguido hacer una tercera parte a la altura de las dos primeras. Lo de "a la tercera va a la vencida" nos ha dejado bodrios protagonizados por Superman, los ewoks, Marty McFly, Robocop o Spiderman, entre otros.

Como en el maravilloso grupo de Facebook ("Quítate de mi camino, niño, que llevo diez años esperando Toy Story 3"), la sala estaba llena de gente de mi edad, y había pocos chavales para ser una sesión a las 6 de la tarde. Supongo que muchos irían a ver la versión en francés...

Hablando de adultos, lo bueno de las películas de Pixar, desde aquel debut con Toy Story en 1995, es que siempre han tenido dos niveles de lectura, uno para niños, y otro para mayores. Mi problema es que ya llevo dos años -en 2008 con Wall-E y en 2009 con Up- en los que encuentro el texto para mayores, pero ni rastro de la capa para niños. Nadie dice que no se puedan hacer películas de animación para adultos, pero Toy Story tiene que ser un juguete para niños, tanto pequeños como grandes.

Toy Story 3 tiene partes oscuras, más cercanas a Indiana Jones y el Templo Maldito que a las anteriores historias de juguetes de Pixar. El malo, por ejemplo, es Hannibal Lecter en versión peluche. Y en el último cuarto de hora de peli hay un momento en el que se te ponen de corbata. No sentía tanta angustia viendo dibujos animados desde que David el Gnomo se convirtió en árbol. La muerte de la madre de Bambi es una broma al lado de ese momento en el basurero.

Pero lo peor no es eso: el niño que hay en mí durante un momento de TS3 -como en Wall-E y en UP- se estaba aburriendo sentado en la butaca.


Toy Story 3 no es, vaya por delante, ni Superman 3, ni mucho menos Shrek 3. Los personajes siguen ahí: Woody, Rex, el señor Potato, Hamm y nuevos fichajes como sobre todo Ken, el metrosexual novio de Barbie. Por encima de todos ellos, una vez más, está Buzz Lightyear, que protagoniza varias de las mejores escenas de la película. La animación es bestial, aunque el 3D es innecesario y sigo odiando llevar gafas durante hora y media. Y a la música de Randy Newman se suma esta vez una versión descacharrante del "You have a friend in me" hecha por los Gipsy Kings.

Y sin embargo, hay a lo largo de la hora y media de metraje un rollo existencialista acerca del futuro de los juguetes, su abandono por parte del dueño original, su perpetuación a través de una guardería con nuevos niños a cada año, etc. que parece un poco fuera de tono. Aun siendo la soledad una idea que aparecía en las dos primeras partes, en TS3 es martilleado hasta la extenuación. Como si el guión lo hubiera escrito un juguete recién abandonado por su dueño. Y deja un regusto amargo en el espectador.

Al final, por mucha animación de vanguardia, mucha creatividad y mucho tresdé que le eches, no deberían olvidarse que Toy Story debería ser, ante todo, una película para niños.

What if? ma non troppo

Cuando era más joven y vehemente, solía decir que los What if?, esos ejercicios condicionales que planteaban una realidad alternativa, eran una parida.
Los años pasan, y me he ido convenciendo de que, cuando están bien hechos, cuando se construyen a partir de una hipótesis posible, los What if? pueden ser un ejercicio válido.

Todo esto viene a cuento de Fatherland, la novela de Thomas Harris, escrita en 1992, que me acabo de ventilar en poco más de una semana. Fatherland es una historieta policiaca en una Alemania nazi de 1964, vencedora de la II Guerra Mundial.
El libro está bien escrito -no podía esperar menos del autor de El Dragón Rojo-, los personajes son creíbles, la Alemania nazi descrita es interesante, y hasta aporta un dato que yo desconocía: se tardaba unas doce horas en ir en tren desde Berlín hasta Auschwitz. Esto es, doce horas compartiendo vagón sin ventilación con otras 59 personas.

El problema de Harris es que basa su hipotético mundo en la victoria alemana en la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS. El libro plantea entonces un Reich paneuropeo que va de Londres a Moscú, de Helsinki a Madrid, con Churchill refugiado en Canadá y con los Estados Unidos viviendo una Guerra Fría alternativa con los nazis al otro lado del Atlántico.

Muchos autores se han hecho pajas mentales con este tema, y la conclusión generalizada es que a Hitler le pudo, como a Napoleón un siglo y medio antes, la megalomanía. Si no hubiese abierto el frente ruso (tenía un tratado de no agresión firmado con el hijoputa sanguinario de Stalin), podría haber completado la invasión de Gran Bretaña con calma. Y después, ya con detenimiento, decidir cómo hincarle el diente a los ruskis.

Afortunadamente para todos -o para casi todos- Hitler metió la gamba.

Online = offline, sí o sí

No soy fan de la geolocalización. La razón es muy simple: es el pegamento que une para siempre la vida online de la vida offline.

El palabro del mes es "mass mingling". ¿Qué es mass mingling? -os preguntaréis sin duda. Pues es la nueva tendencia de moda surgida a raíz de los servicios de geo-localización online. Es decir, que gracias a sitios como Foursquare, Gowalla or Latitude, la gente está ya compartiendo en internet el sitio en el que están físicamente. No sólo eso, sino que además, se están organizando quedadas masivas a través de esos soportes.

No es que yo esté en contra de las quedadas a través de internet -no puedo estarlo después de tantas y tantas sanatoriadas racinguistas-, pero sí que me temo que va a llegar el momento en el que esté twitteando desde un bar en la Latina, y el pibe de mi lado me dé unos golpecitos en el hombro y me pregunte si yo soy adrimedia. Y hombre, una cosa es que no me importe tener amigos de Facebook con los que no hablo nunca, o subscriptores a mi Tweeter que no me interesan en absoluto, y otra que los peñazos online (que se pueden ocultar, banear, borrar, o simplemente evitar dándole a la ruedecilla del ratón para abajo) se conviertan ahora en peñazos físicos.

Y eso sin entrar en casos específicos, como esa entrevista para un nuevo trabajo para la que te das cita en la cafetería de un hotel, e inmediatamente todos tus compañeros de curro -jefe incluido- saben que no estás en la silla del dentista, sino en el bar del Hilton. Y olvidémonos del clásico "estoy llegando" cuando vas tarde a una cita con alguien, y en realidad estás dando la segunda vuelta a la llave de casa.


Porque ahí es a donde estamos llegando; no es el hecho de querer separar la identidad on y offline (cada vez más complicado), sino el hecho de poder controlar cuándo queremos que las dos converjan.

Me encanta que las adaptaciones salgan bien

Después de un par de semanas cerrado por vacaciones chinas, vuelvo a la vida para hablar de la película que más esperaba de este verano 2010: El Equipo A.
Para mí es una serie mítica, con la que pasé muchísimas horas en mi más tierna infancia (y nótese que, a diferencia de lo que dicen los expertos, pocos de los niños que vimos pistolas en El Equipo A hemos acabado siendo asesinos en serie). 

El Equipo A era en realidad una serie de dibujos con personajes de carne y hueso, unos guiones absurdos que en manos de cualquier otro grupo de actores habrían sido una catástrofe televisiva. Sin embargo, los Dirk Benedict, Dwight Schulz, Mr T y por supuesto George Peppard le daban vida al invento.

Así las cosas, lo complicado de adaptar El Equipo A era encontrar una historia que diera para 90 minutos (a poder ser sin toda la parte "camp" de la serie original) y sobre todo acertar con la elección de los actores. Y vaya si han acertado: Sharlto Cooper hace un Murdock fantástico, un loco con una misión como en la serie original; el luchador Quinton Rampage Jackson da vida a M.A. (B.A. en inglés, aunque se empeñan en llamarle por su nombre "real", Bosco, media peli), quizá no tenga el carisma de Mr T, pero cumple de requetesobra; Bradley Cooper como Fénix, otro acierto porque la verdad es que es como Hugh Jackman, un tipo guapo que te cagas, y además buen actor de comedia; y por último Liam Neeson como John Hannibal Smith, que me parece el que peor parado sale de los cuatro, probablemente porque le tengo asociado a muchos de los otros papeles que ha interpretado, y porque a diferencia de los otros, parece estar en la peli por la pasta, y no por divertirse.
 
Además, todos los gimmicks de la serie están ahí: los puros de Hannibal, las chicas de Fénix, la gorra de Murdock, el mohawk de M.A y, por supuesto, la furgoneta GMC negra con la raya roja.
La historia es tontorrona, pero al menos en ningún momento aspira a ser seria. Esto no es discutible, porque a partir del momento en el que incluyes un tanque que cae del cielo en paracaídas, ya puedes asesinar a una camada de gatitos a sangre fría, que a la gente le va a dar la risa. 
Precisamente el humor es lo que mejor funciona en la versión 2010 de El Equipo A: sin caer en la acción de dibujos animados de la serie, el tono general de la peli es tan grotesco que al final incluso el espectador más tiquismiquis dice qué coño, pone el cerebro en off y disfruta del viaje. 

La película, en cambio, tiene dos problemas: uno, fundamental, el director. Joe Carnahan tiene unas credenciales decentes como director de acción, pero aquí intenta imitar a Michael Bay... sin ser Michael Bay. El resultado son escenas de acción sin pies ni cabeza, ilegibles.
El segundo problema es Alan Silvestri, cuya música es genial para películas como Regreso al futuro o Forrest Gump, pero que con todos mis respetos no sabe orquestar cine de acción. Además de casi no utilizar la partitura original de la serie (tan-tanan-taaaan), hay una escena particularmente bochornosa en la que parece que ha robado a Hans Zimmer el cedé de The Dark Knight.
También da lástima que los dos cameos de Dirk Benedict y Dwight Schulz pasen totalmente desapercibidos. Yo, pese a saber más o menos cuándo deberían aparecer en pantalla, ni los vi pasar. No tienen ni una línea de guión, y es una pena porque habría sido muy cachondo verles actuar después de 25 años.

En fin, que El Equipo A ha vuelto, y aunque el cierre de la peli deja vía libre para una secuela, de momento la taquilla está demostrando que a veces los planes no salen del todo bien...

24, la serie con la que me hice mayor

El ser humano suele asociar sus experiencias a un contexto, a un momento determinado. Esto pasa también con las películas y las canciones: ¿quién no recuerda, por ejemplo, cuándo y dónde vio Star Wars por primera vez? ¿quién ha olvidado con quién fue a aquel concierto de los Rolling?
Con las series de TV, en cambio, la cosa es un poco distinta, porque duran mucho más de 2 horas. Nos acompañan durante años.

En el caso de 24, yo empecé a ver la serie cuando vivía con mi amigo Blaski en la calle Gasómetro. Un domingo aburrido le pedí algún DVD y acabé quedándome casi sin dormir, (aquel final de la temporada 1 parecía insuperable, y sin embargo...) tras ventilarme cuatro temporadas casi sin pestañear.  Luego fuimos añadiendo adictos y adictas (sobre todo adictas) a la serie, y cuando nos quisimos dar cuenta Jack Bauer era como de la familia.
24 no es sólo una historia de acción, sino que ha sido una revolución en la manera de contar televisión y en la calidad del producto. No ha sido tanto un fenómeno por el qué contaba, sino por el cómo lo hacía. El guión, la música, los actores, la manera de mover la cámara... todo ha sido perfecto.

Si el Equipo A es la serie de mi infancia, y Friends me acompañó desde antes de la adolescencia hasta la universidad, 24 es la serie con la que me hice mayor.
Con todas esas noches pendientes de que se descargara el torrent del capítulo (sí, hemos pirateado todas las temporadas porque no podíamos verlas de otra manera sin esperar meses; para compensar, luego las hemos comprado íntegras en DVD).
Con todos esos momentos de quedarnos clavados, incrédulos, frente a la pantalla del ordenador.
Con todos esos "Drop the gun!" que nos hemos gritado en plan de coña.
Con todos esos momentos de amistad parapetada en una serie de televisión.

¿Necesita publicidad el iPad?

El próximo 28 de mayo llega el iPad a Francia. La travesía del Atlántico le ha llevado dos meses, así que uno se pregunta si los habrá traído Steve Jobs en una barquita de remos.

Personalmente, no soy un gran fan del iPad. Creo que, como suele pasar con Apple, sus productos llegan dos o tres años antes de tiempo. En el caso del iPad, después de leerme las especificaciones técnicas, mi primera pregunta fue dónde se habían ido los puertos USB. Hace tres años, cuando sacaron el MacBook Air, se olvidaron el lector de CD/DVD. El tiempo dio la razón a Steve Jobs, porque ahora todo va por discos duros y llaves USB. 

Ahora se ventilan el universal serial bus, y proponen como alternativa la idea de estar siempre conectados a internet, y así poder acceder a todos los contenidos desde la nube, o en streaming. ¿Y en los aviones? -pregunté, incisivo- ¿cómo veo pelis en los aviones, sin conexión a nada? La respuesta son los discos duros sin hilos.
Como jamás he visto uno, hice una búsqueda en Amazon. Al teclear "wireless hard drive" me salieron 417 resultados. En realidad, sólo los 13 primeros productos correspondían a mi búsqueda (lo demás eran cosas varias sin hilos). El primero de los resultados, casualmente, fue el Time Capsule de Apple, a 399 dólares la pieza. Para poder comparar, tecleé "external hard drive" y la página escupió... 9.263 respuestas.

Total, que no me voy a comprar un iPad. Al menos por ahora.

Pero volviendo a Francia, el metro de París ha sido inundado esta semana con miles de marquesinas made in Apple, en la que se muestra, desde el punto de vista de un ser humano reclinado con las piernas estiradas, las cosas que se pueden hacer con el bicho de Apple: escribir emails, leer lemonde.fr (me pregunto si Le Monde habrá pagado por salir ahí), tontear con aplicaciones, o ver Star Trek. En la parte de abajo, la fecha de lanzamiento: el 28 de mayo.

Y yo me pregunto: ¿dónde está la idea creativa?. Más aún, ¿es necesaria esta campaña?. El márketing (al que pertenece la publicidad) se creó para diferenciar productos en el mercado. Pues bien, en el caso del iPad, la idea creativa es el producto en sí. Igual que cuando un producto es malo, da igual lo que inviertas en publicidad, que la gente no picará (o lo hará sólo una vez), cuando el producto es excelente, como es el caso del iPad, la publicidad no aporta gran cosa.
Apple siempre ha sabido manejar muy bien el arte de dejar que hablen de uno. Las semanas antes de la presentación del que entonces rumoreado iSlate, los medios llenaron miles de líneas especulando sobre la nueva invención de ese genio que es Steve Jobs. Cuando lo presentó, apareció en las portadas de toda la prensa mundial. Y todo a coste prácticamente cero. 

Todo el mundo (o al menos todo el público objetivo del invento) sabe lo que es el iPad. No hace falta dejarse los cuartos en una campaña, y menos sin es una cosa simplona y aburrida, totalmente lo opuesto a los valores que asociamos a la marca Apple. Por mucho que en su agencia TBWA estén encantados de llevárselo crudo. Y por mucho que los ingresos de Apple hayan crecido un 113% desde el lanzamiento del iPhone.

Me pregunto si crecerán otro 113% tras el lanzamiento de este iPhone gigante.

El videoclub de los gafapasta

Por fin sacan un videoclub de verdad para los que tenemos PS3, rápido, legal, sin virus, con alguna peli gratis... lástima que no haya ni una sola peli que me interese (al menos en el tráiler del asunto).

¿Por qué nadie cree en Superman?

El otro día hice el pedido más grande de libros que jamás he hecho por internet: 13 tomos pedí a The Book Depository, esa tienda online que tiene un catálogo casi infinito y tiene el bonito detalle de no cobrar gastos de envío. 
Todo sea dicho, los trece libros que pedí los había examinado primero físicamente durante mi viaje a Irlanda (curiosamente, Dublín también parece tener mejores librerías que París) pero como quiera que no me cabían en la maleta, decidí apuntarlos y pedirlos más tarde. 
A lo largo de estas tres semanas, mi buzón se ha ido llenando de paquetitos de todos los tamaños, desde los paperbacks más cutres hasta un A4 con portada de 250 gramos acabado en brillo sobre la II Guerra Mundial. 
La lista de mis peticiones contiene un poco de todo, pero básicamente cosas de comunicación, de fútbol, y de frikismo vario.

Precisamente el primer libro que he acabado pertenece a esta categoría. Our hero, de Tom de Haven, lo compré aspirando a leer un ensayo inteligente sobre la figura de Superman, y acabé descubriendo la historia detrás del Hombre de Acero, desde que fue ideado en 1934 hasta hoy. 
Sin ser nada que no se pueda descubrir gratis en internet, es interesante enterarse de que Jerry Siegel y Joe Shuster, los creadores del invento, se pasaron muchos años pobres de solemnidad, tras haberles robado los derechos del personaje la editorial DC comics. O que se hizo en su día un musical de Broadway titulado "It's a bird, it's a plane... it's Superman". O descubrir que, detrás de las viñetas, hay unas intrigas políticas más propias de El ala oeste de la Casa Blanca que de un mundo de colores. O, sin ir más lejos, que Superman (la película), no tiene ningún sentido de la cronología.

Es una pena de De Haven no se meta en profundidad con el psicoanálisis del personaje, porque entre tanto apunte histórico deja caer, sin llegar a elaborar, la tesis de que Superman se dedica a salvar a la Tierra no por obligación "profesional", sino porque le pone hacerlo.
Me gustaría leer algún comentario inteligente sobre por qué Superman ha pasado a ser un personaje marginal en el siglo XXI. Por qué ya nadie parece tener interés en hacer una película sobre él. Por qué sencillamente ya nadie cree en Superman.

Pateando las convenciones: Kick-Ass

Siendo un consumidor compulsivo como soy de cine, rara es la película que escapa a mi radar antes de que la gente oiga hablar de ella. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, hay películas -máximo dos al año- que descubro tarde, voy a ver sin apenas referencias, y encima me acaban gustando. A bote pronto, podría citar a 300, Taken, El concierto y poco más en los últimos años.

Kick-Ass se ha colado por méritos propios en este grupeto de películas que me dejan pegado a la butaca.
Y es que Kick-Ass es diferente. En una época de hipocresía moral paroxística, en la que Jack Bauer no puede decir fuck y en cambio triunfa por todo lo alto una web que enchufa tu webcam a la de un tipo aleatorio que probablemente te enseñe el rabo, Kick-Ass es un soplo de aire fresco frente a todas las películas de Hollywood cortadas por el mismo patrón de corrección política y minimización del riesgo comercial. El director de la historia es Matthew Vaughn, que empezó su carrera como productor de Guy Ritchie, y tras conocer al autor del cómic original Kick-Ass, intentó venderle el proyecto a todas las majors americanas. Ninguna lo quiso, así que Vaughn se lió la manta a la cabeza, consiguió que Brad Pitt y otros cuantos pusieran pasta, y rodó la peli a lo bruto. Y digo a lo bruto, porque en EEUU le han dado una R, que sobre el papel significa que los menores de 17 tienen que ir acompañados de un adulto, y en la práctica significa "chavales venid a ver Kick-Ass (literalmente, "pateaculos"), que tiene que molar fijo".
Uno de los problemas clásicos de las películas basadas en comics (o novelas gráficas, para los puristas) es que no suelen saber manejar el tempo de la comedia con el ritmo de una película de acción. Lo bueno que tiene Kick-Ass es que no sólo consigue que el humor sea gracioso y la violencia sea creíble, sino que por el camino pone en pie a un personaje de 11 años que habría podido protagonizar Kill Bill, un malo simpático (Mark Strong, compensándonos por Sherlock Holmes) y hasta consigue componer a un Batman de andar por casa con un Nicholas Cage , que parecía sentenciado a pasarse el resto de su carrera haciendo películas de acción light para la Disney.
En fin, y perdón por la broma fácil, el culo que resulta pateado en este caso es el de la industria americana, acostumbrada a alimentarnos con recetas precocinadas, tan sanas que al final no saben a nada.

Siempre quedarán imbéciles y demagogos, como Roger Ebert, que clamen al cielo diciendo que películas como Kick-Ass son las que hacen que la juventud de hoy sea tan violenta. A mí personalmente, Kick-Ass me parece, como le pasaba a Kill Bill, tan violenta que resulta cómica. 
Y además, ni en los 60 los niños que veían a John Wayne ajusticiaban a continuación a sus padres, ni en los ochenta nos tirábamos por la ventana con una capa roja, ni ahora nadie se va a vestir de superhéroe y va a salir a la calle a repartir mamporros. Salvo los griegos, claro. 

Iron Man 2: la sombra de The Dark Knight es alargada

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Desde Coppola y su Padrino II, el cine ha demostrado que este lugar común no tiene por qué ser dogma de fe. 
En el particular universo de las adaptaciones cinematográficas de cómics, segundas partes han ido de hecho tradicionalmente buenas, hasta el punto de mejorar las originales. Así, Superman II era mucho mejor peli que Superman I, en parte gracias a Terence Stamp y en parte gracias a que Supes no retrocedía en el tiempo para salvar a Lois; Spider-Man 2 fue la mejor de la trilogía de Raimi a años luz de las otras dos; X2 con Hugh Jackman en su salsa fue un gustazo, y The Dark Knight es un clásico no ya del cine de superhéroes, sino del Cine con mayúsculas.

Dicho lo cual, Iron Man 2 es mucho peor peli que Iron Man 1. La primera parte se beneficiaba del hecho de que nadie daba un duro por el personaje, y poca gente veía en Robert Downey Jr la estrella de Hollywood en la que (por fin) se ha convertido.
El error principal de Iron Man 2 es seguir el Libro de la Buena Secuela, que dice que la segunda parte tiene que ser más oscura que la anterior. El ser más oscura, aunque quizá sea más seria, más adulta, no implica mejor que la anterior. 

Aquí nos encontramos a un Tony Stark que está muriendo poco a poco por culpa del propio Iron Man. La presión de haber "privatizado la paz mundial", como él dice, le ha llevado a ser alcohólico e irresponsable. 
Así que tenemos a Downey Jr con una motivación y un problema. Hasta ahí todo bien. La cosa se empieza a joder -como en la primera parte- con la némesis del héroe, que dirían los pajilleros de mi facultad. Igual que la última vez escogieron a un actor con talento como Jeff Bridges y le dieron un guión flojo, ahora hacen lo mismo con Mickey Rourke, que para colmo se pasa la peli encerrado en un laboratorio y mascullando en ruso.
Las otras estrellas que se unen al cast son Scarlett Johansson, que justifica su sueldo en un plano subiendo unas escaleras con la cámara tras su trasero, y Sam Rockwell, que interpreta a una especie de sosías de Tony Stark, una especie de Bill Gates frente al Steve Jobs que es Downey Jr. El problema es que Rockwell no es creíble en ningún momento, con lo cual acaba pareciendo más el comic relief (como se diga en castellano) que uno de los malos de la función.

El principal problema de esta peli es que el director Jon Favreau parece olvidarse de que está en el género palomitero-adolescente-desenfadado por excelencia, y aburre con miles de escenas de diálogo como si de un guión de Shakespeare se tratase. Y es que mirarse en el espejo de The Dark Knight es peligroso. 
De hecho, en Iron Man 2 apenas hay dos escenas de acción, correctas, pero bastante aburridas.  

No todo es decepcionante en IM2: las nuevas armaduras son la caña, incluida la de War Machine y la maleta-armadura. Aunque lo que más mola, de lejos, son los guiños al mundo de Marvel, como la escena de Stark con Nick Furia en una tienda de donuts, el escudo del Capitán América o la escena de después de los créditos.
En fin, que da la sensación de que Iron Man 2 le ha quedado un poco grande a Jon Favreau, como si tuviera complejo de director palomitero y hubiese querido hacer cine adulto. Y ahí es cuando se ve la diferencia entre un muevecámaras como Favreau y un Director como Chris Nolan.

Que me busquen en Irlanda

Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ir a Irlanda, o Éire, como su equipo de fútbol se llama. Tenía la impresión de que la ecuación iba a ser algo como Irlanda = (Inglaterra + Escocia) x (Cantabria + Galicia). Y efectivamente, premio.

Los irlandeses, independientes de los ingleses sólo desde 1921, han sabido crearse una personalidad aparte, basada en su bonito país, la simpatía de sus gentes, las cervezas Guinness y, últimamente, los vuelos de Ryanair. Nosotros, por cierto, fuimos en Aer Lingus, una compañía de bajo coste ma non tropo, al estilo de Easy Jet. Vamos, que a diferencia de con sus primos de Ryanair, uno no tiene la impresión de ir camino de Treblinka.

Y es que, si de algo saben los irlandeses, es de marcas. Para empezar, porque se han adueñado del color verde, y lo tienen por todas partes, desde la camiseta de sus selecciones nacionales, hasta los leprechauns. La bandera irlandesa, por cierto, fue un regalo de los franceses, siempre interesados en hacerle el juego a los enemigos de Su Majestad.
El problema de los irlandeses -y esto nunca se le debe mencionar a un irlandés- es que en el fondo son como un spin-off de los ingleses. Es decir, tienen su (ininteligible) idioma irlandés, su música celta, su deporte nacional llamado hurling, y su cerveza Guinness, pero en el fondo todo el mundo habla inglés, escucha a Cheryl Cole, está pendiente de la Premier League y bebe...algunos Guinness, y muchos Heineken.

Uno de los sitios que más quería visitar era Galway, puesto que la historia cuenta que los supervivientes de la tormenta que mandó a pique a la Armada Invencible española acabaron embarrancando en esta ciudad de la costa oeste de Irlanda, y tan a gusto se encontraron que todavía hoy pueden encontrarse nativos de Galway con pinta de españoles. Personalmente, los únicos con pinta de españoles que vi era estudiantes Erasmus, la mayoría demasiado borrachos como para poder precisar de qué parte de España venían.
La mayor aventura de Irlanda, sin embargo, son las carreteras: caminos estrechos con el mínimo de asfalto imprescidible para no tener categoría de camino de cabras, sino de comarcal. Gracias al GPS de Declan, uno podía descubrir que lo que parece la entrada a la caseta de mis tíos menorquines no es ni más ni menos que una carretera clave para salir del Burren y volver a Dublín. Las vistas, eso sí, son acojonantes.

En fin, que para un español del norte, que disfruta lo justo del sol y la playa, Éire es el país definitivo. En cinco días no creo ni haber visto un 5% del país, así que pienso volver. Si algún día la cosa se pone tan negra que no puedo vivir en Santan, que me busquen en Irlanda.

Christopher Walken > Hugh Jackman

Mira que Hugh Jackan no sólo me parece uno de los tipos indiscutiblemente guapos, sino que además me cae bien. Lo que no puede ser es que deje que DDB París le ponga a hacer esto

porque por mucho que lo intenten jamás podrán hacerlo igual que esto

Y además, que Hugh Jackman está bien, pero Christopher Walken sigue siendo un crack.
PD: a mí me daría bastante vergüenza proponer esta campaña a Lipton.

Saliendo de la crisis a hostias

Se cuentan por docenas los gurús del márketing que en los últimos doce meses nos han contado la película de que, en chino, el pictograma de la palabra "crisis" es el mismo que el de la palabra "oportunidad".

La mayoría de las grandes multinacionales no han entendido el mensaje, o han hecho oídos sordos, y sin embargo la mayor multinacional del mundo no ha dejado pasar el tren: la iglesia católica francesa acaba de lanzar una campaña por todo lo alto para reclutar sacerdotes.


Toda acción de márketing empieza por un problema a resolver: desde los 37.555 sacerdotes que repartían hostias en Francia en 1970 se ha pasado a 15.440 en 2008.
Y también toda acción de márketing pasa por explotar una oportunidad de mercado: el descenso en el número de religiosos contrasta con el 10% de desempleo y subiendo que gastan al norte de los Pirineos, con aumentos del 7,2% de los menores de 25 y del 12% entre 25 y 49 años que buscan trabajo.

¿Y qué mejor curro que uno que no exige grandes esfuerzos ni físicos ni intelectuales, y que asegura techo y comida, más primas por trabajar los domingos?

Blanco y en botella, el Servicio Nacional de Vocaciones de la Iglesia Católica ha sacado los tanques publicitarios a la calle, a la caza de candidatos para la Operación Triunfo del sacerdocio.

Según reconoce la propia Iglesia, el target de la campaña son los jóvenes entre 16 y 22 años. Tampoco se ha reparado en gastos para el despliegue de medios, que incluye postales en bares, restaurantes y cines, así como anuncios en prensa, un sitio web -que sorprendentemente se lanzará mañana, con la campaña ya empezada- y hasta una página de Facebook, donde la imagen de cabecera reza "Jesus is my Boss".

La agencia responsable de semejante despliegue (en Francia las agencias suelen firmar sus piezas) es Bayard Service, que investigando en su web descubrimos que se trata de un chiringuito "al servicio de la comunicación comercial de las comunidades cristianas" (sic). Otros trabajos de la agencia incluyen la maquetación de las revistas Le lien ("El vínculo"), Amour et Famille y Rencontres ("Encuentros"), huelga decir que todos ellos blockbusters en sus respectivas diócesis.

Ardo en deseos de ver el ROI de esta campaña. O bueno, si Bayard Services no alcanza a medir estas cosas, por lo menos que incrusten Google Analytics en la web, para ver hasta qué punto la crisis empieza a ser preocupante de verdad.

Menos furia, y más historia

Soy diez años demasiado joven para haber visto las películas de Harryhausen en su momento. El rollo del stop motion ya estaba desfasadísimo cuando empecé a interesarme por otra cosa que no fuera Espinete o MA Baracus. Así que Jasón y los Argonautas la vi entre bostezos ya en la facultad, y jamás me molesté en ver su última peli, Furia de Titanes, hecha en el 81.
En cambio me he animado a ir a ver el remake. Como buen pajillero hollywoodiense, leí primero en internet que el 3D de esta peli se había hecho deprisa y corriendo para aprovechar el efecto Avatar, habiendo completado la adaptación tridimensional en dos meses en lugar de los nueve que suele llevar el proceso. 

Tengo al francés Louis Leterrier por un director de acción solvente, capaz de salir mejor parado que Ang Lee de una película de Hulk, y responsable de una buena peli de mamporros como fue Transporter 2.

El problema es que cuando te dan un guión que incluye un caballo alado, te llames Leterrier o te llames Spielberg, es muy probable que te salga una cosa ridícula. Y es que con las películas de fantasía, de grandes decorados y barrocos vestuarios, o lo clavas, y te sale El Señor de los Anillos o 300, o bien te lo tomas a cachondeo, y te sale Willow. Cualquier término medio, como esta peli, supone cagarla irremisiblemente.
Y es que Furia de Titanes 2010 es una concatenación de escenas de acción, como si de los niveles de un videojuego se tratase, siempre con un nuevo desafío después de haber derrotado al penúltimo enemigo. Como si un puñado de guionistas de doce años hubieran decidido pasar del planteamiento y el nudo, y se hubiesen quedado sólo con el desenlace de la historia. Un desenlace, eso sí, de 100 minutos de duración.

Más allá de la ausencia de personajes interesantes, o de una motivación (paréntesis: se supone que el motor de la historia es salvar a Andrómeda, que tiene tres planos en toda la peli, y sólo el último con el protagonista, que la trata como si fuera la mujer de la limpieza), el mayor problema de esta Furia de Titanes es que es una película que se toma en serio a sí misma. Sólo así se explica que la Warner haya decidido contratar a Liam Neeson, Ralph Fiennes, Mads Mikkelsen o el chico de moda en Hollywood, Sam Worthington. 
Quitando a Mikkelsen -que aún así lo hacía mejor con el ojo que sangraba de Casino Royale- los demás actores parecen estar allí contando los minutos para cobrar su cheque. Neeson (Zeus) se pasa media película vestido como un caballero del zodiaco, berreando frases grandilocuentes con la voz grave, un poco como cuando éramos niños y quieríamos imitar la voz del malo del inspector Gadget. No me extraña que, como se ve en la foto, le tuvieran que dar aire entre toma y toma. Fiennes tampoco es que tenga un papel como el de El Paciente Inglés, pero tampoco le pone mucho cariño al tema. Yel bueno de Sam lo intenta, y hasta juraría que hace parte de sus escenas de acción, pero nació sin talento interpretativo, y no es su culpa. Nos le quieren vender como el nuevo héroe de acción, y ni tiene la mala hostia de Stallone, ni el carisma de Arnie ni la ironía de Bruce Willis.

La buena noticia es que me regalaron las entradas del cine, así que lo único que me duelen son las dos horas invertidas. Ahora empieza la temporada fuerte. Próximas paradas, Kick Ass y Iron Man 2.

You can't beat the Beatles

Hoy se cumplen 40 años de la separación oficial de The Beatles. Aunque gran parte de la culpa la tuvo Yoko Ono, los cuatro de Liverpool se separaron después de más de diez años juntos. 

Como con los filósofos de la Grecia clásica, cuál era la probabilidad de que tres talentos como Lennon, McCartney y Harrison se juntasen en una ciudad como Liverpool. El debate sobre quién tenía más talento de los cuatro creo que está vacío de contenido; basta con ver las carreras por separado de los cuatro para darse cuenta de que el verdadero Genio con mayúscula era Lennon, y McCartney se iluminaba simpáticamente cuando estaba a su lado. Harrison, con mucho más talento que el de su papel en la banda dejaba entrever, se sentía oprimido por el ego del dúo Lennon-McCartney. Y Ringo, tocando los tambores en silencio, era con George Martin y Brian Epstein parte del pegamento que los mantenía unidos.

No tuve la suerte de vivir la beatlemanía en directo, pero apuesto a que la gente que estaba en la Tierra aquel 10 de abril de 1970 se acuerda de dónde estaba cuando se enteró del final de los Beatles.

Os dejo su última actuación en directo, en enero del 69 sobre el tejado de su productora Apple. ¡Cuánto habría dado yo por estar ahí! Pero como no puede ser, voy a darles mi particular homenaje tocando unas cuantas en el Beatles Rock Band.




Tomo prestadas por último las dos fantásticas frases que dejó Paul al anunciar el final de los Fab Four:

"The world is still spinning and so are we and so are you. When the spinning stops, that will be the time to worry. Not now. Until then, the Beatles are alive and well and the beat goes on."

Radioactivität

No lo puedo evitar, me encantan estos gráficos.
Mejor aún si se leen con Kraftwerk de fondo.

Una (otra) de piratería, parte II

Otra costumbre muy nacional es la de poner el grito en el cielo por cualquier cosa, y luego no hacer nada de nada para mejorar la situación. Esto es, concretamente, en lo que se ha basado tradicionalmente la actividad de los sindicatos en España; ni siquiera han sido capaces de conseguir un día al mes libre como recuperación de horas extras, como los franceses.

Vaya por delante que no estoy a favor del pirateo indiscriminado. Yo creo que los autores de contenidos, sea en la forma que sea, deben recibir una remuneración por su trabajo. Ojo, que no digo una remuneración "justa" -la justicia siempre depende del cristal con el que se mire- sino aquella que fije el libre mercado. 
Por lo tanto, también creo que a esa gente que dice que subir un torrent es igual que prestar un libro a un amigo, habría que pasarla por la quilla.

Hace diez o quince años, las ventas de películas de vídeo crecían exponencialmente, cualquier artista de medio pelo podía ganar un disco de oro, los cines estaban hasta la bola y los libros... bueno, dejémoslo en que se vendían unos cuantos más que ahora.

El problema es que llegó internet, y el modelo de negocio saltó en mil pedazos. La tecnología permitió el intercambio de datos a cada vez mayor velocidad, y esto desembocó en un cambio más profundo: la gente se acostumbró a tener acceso a los contenidos sin pagar por ello.

Así que todos las compañías que tradicionalmente se han dedicado a la difusión y venta de contenidos, desde las discográficas hasta las multinacionales de Hollywood, pasando por editores de libros y un largo etcétera, están como los indios cuando se encontraron con el ejército de Cortés, intentando sobrevivir en una batalla que tienen perdida de antemano.

Salía en la edición de ayer del LA Times -el mismo que sacó al Sombrerero Loco en su portada- un artículo que aseguraba que las majors de Hollywood se planteaban dejar de vender DVDs en España a causa del crecimiento de la piratería. Probablemente lo primero que debieran hacer es mirarse al ombligo y bajar los precios de las películas en soporte físico. Desde el momento en que es más barato comprarse un DVD en el Amazon inglés (con sus correspondientes gastos de envío) que acercarte a El Corte Inglés a por él, hay un problemita. Si retiran los discos de las tiendas, una parte de la gente que compra películas lo hará por internet, y otra parte aprenderá a conseguirlas gratis online. Y vaya usted a convencer a estos últimos de volver a pagar por ver una peli en casa.
Dice el adagio que, si no puedes con el enemigo, más vale aliarse con él. Llevado al terreno de los contenidos online, esto es lo que han hecho, por ejemplo, los Monty Python. Conscientes de que sus sketchs se adaptaban perfectamente a los gustos de la generación YouTube, decidieron abrir un canal en YouTube. El texto de bienvenida es sencillamente sublime: "For 3 years you YouTubers have been ripping us off, taking tens of thousands of our videos and putting them on YouTube. Now the tables are turned. It's time for us to take matters into our own hands. We know who you are, we know where you live and we could come after you in ways too horrible to tell. But being the extraordinarily nice chaps we are, we've figured a better way to get our own back: We've launched our own Monty Python channel on YouTube."

A diferencia de otros que también han abierto chiringuito en la web de vídeos de Google, los Python tuvieron la brillante idea de poner, al lado de cada vídeo gratuito, links a sus DVD a la venta en amazon.com. El resultado habla por sí mismo: subieron hasta el número 2 de los más vendidos, con un aumento del 23.000% en sólo dos meses.

Es sólo un ejemplo, pero lo que deja en claro es que hay maneras de conseguir que la creación de contenidos y su difusión online sea rentable. Sólo hace falta tener la suficiente imaginación para saber cómo hacerlo.