Pongo aquí un artículo que se publicó hace un par de años en El Norte de Castilla sobre Ramón Martínez, tirador de esgrima, segoviano y bisabuelo mío.
Las reglas muy claras
| |
La preocupación por el legado de su padre se refleja en las normas que regulan las clases de gimnasia: «Se suplica a los señores alumnos el buen trato de los aparatos, quedando obligados a pagar cualquier desperfecto que ocurra siempre que sea por imprudencia».El primer testimonio escrito que da fe del trabajo del maestro de esgrima José María Martínez en Segovia es un anuncio publicitario incluido en la guía de Pedro Hernández Useros, editada en 1889. Dice así: «Gimnasio médico y sala de armas. 10-Trinidad-10. Segovia. Director: José María Martínez, profesor de esgrima de la Academia de Artillería. Lecciones particulares á precios convencionales. Clases especiales para señoras». Recién diplomado por la Escuela Central de Gimnástica de Madrid, Martínez consiguió ese mismo año de 1889 la plaza de profesor de Esgrima y Gimnasia de la Academia de Artillería de Segovia. Valenciano de nacimiento, el esgrimista se trasladó con su familia y se instaló en la ciudad del Acueducto, donde acabó echando raíces gracias al prestigio que su labor adquirió con los años.
En vista del interés que las disciplinas físicas que impartía despertaron en el entorno de la Academia, don José María decidió abrir un gimnasio particular que, según el anuncio mencionado, primero estuvo situado en el número 10 de la calle Trinidad. Ahí comenzó una historia de casi un siglo que los más viejos del lugar conocen al dedillo.
El maestro es un enamorado de su cometido y, por supuesto, de las materias que ha estudiado en Madrid, y conoce a la perfección los entresijos de la gimnasia, sus dificultades físicas y aplicaciones. A finales del siglo XIX aún no existen las casas de material deportivo, por lo que la imaginación y el sentido común deben ser virtudes innatas en un buen profesor de gimnasia. Cuando abre la sala de armas, el profesor Martínez pone en práctica los conocimientos adquiridos en la Escuela de Gimnástica y diseña los aparatos que necesita para poder prestar sus servicios. Él los idea y los plasma en un papel, pero encarga la fabricación a carpinteros y herreros de Segovia. Después empieza a trabajar y a ganar alumnos y alumnas, porque sus clases también tienen en cuenta a las mujeres. José María Martínez es un adelantado a su tiempo.
La sala particular del profesor de la Academia de Artillería pasó por varios locales antes de su instalación definitiva en el número 3 de la plaza de San Martín, lo que debió suceder hacia 1905 a juzgar por una nota que 'El Adelantado' publica el día 8 de febrero de aquel año: «La nueva sala se ha establecido en la casa que anteriormente ocuparon las oficinas de Telégrafos. Ni es grande ni allí hay lujo. Pero en ella reinan entusiasmo, juventud y fuerza, elementos indispensables para toda buena obra y que aquí se emplean y seguirán empleándose, seguramente, con excelentes resultados». La misma información revela que el gimnasio de Martínez llevaba un tiempo cerrado por ausencia del dueño, aunque este regresó para retomar e impulsar su labor con más fuerza si cabe.
Prueba de su afán de superación es la iniciativa que emprende en diciembre de 1906, cuando pone el gimnasio a disposición de los niños que asisten a las escuelas municipales. Para ello solicita permiso, y el Ayuntamiento se lo concede sin dudarlo. Los escolares acudían de 4 a 9 de la tarde de los días no festivos de los meses de septiembre a mayo, tal y como consta en el Archivo Municipal. Los lunes y los martes asistían los alumnos de la escuela de Martín Chico; los jueves, los de Santa Eulalia; los viernes, los de San Lorenzo en fin, el gimnasio estaba siempre lleno de muchachos.
José María Martínez murió en diciembre de 1912, pero, afortunadamente, la actividad no sufrió parón alguno; su hijo, Ramón Martínez Esteve, que ya entonces contaba con éxitos reseñables en campeonatos nacionales de esgrima, cogió las riendas del gimnasio que el progenitor había dejado con rango municipal. El Ayuntamiento acordó «por unanimidad ( ) nombrarle profesor del Gimnasio Municipal en iguales condiciones que lo desempeñaba su difunto padre (q.e.p.d.). El alcalde: Pedro Zúñiga Otero».
El sucesor
Acababa de nacer 'el gimnasio de don Ramón', nombre por el que fue conocido a lo largo del siglo XX. En 1913, el joven Ramón -tenía 25 años- fija las tarifas para el nuevo curso: «Para abono de diez meses á la clase de gimnasia higiénica, 5 pesetas al mes. Fuera de abono, 7,50 pesetas. Por abono durante igual tiempo á las clases de esgrima y gimnasia, 10 pesetas mensuales, y 15 pesetas para los no abonados».
Desde la plaza de San Martín, don Ramón generalizó el interés por la esgrima, deporte que en la década de 1920 vivió en la ciudad uno de sus momentos más dulces, sobre todo en el entorno de la Academia de Artillería, centro donde también impartía clases el sucesor de Martínez. Señala Juan Manuel Santamaría que la Sociedad Deportiva de la Academia organizó con éxito torneos muy reñidos, como el celebrado en 1927, en el que hubo 28 asaltos de espada y 32 asaltos de sable.
La guerra civil fue un paréntesis en el tiempo que, en el caso de la esgrima, dio paso a un periodo aún mejor. Según Santamaría, la mayoría de los alumnos cadetes de la Academia y de los muchachos de las clases acomodadas practicaron con entusiasmo un deporte que en los años que siguieron a la contienda adquirió un auge inusitado, siempre alrededor del gimnasio de don Ramón. Destacó -no podía ser de otra manera- su propio hijo, Ramón Martínez Roig, campeón de España de sable en los años 1947 y 1949 e integrante del equipo español que participó con escasa fortuna en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960.
Aunque atentísimo a las evoluciones de su hijo, Martínez Esteve siguió entregado en cuerpo y alma al gimnasio y a sus clases de educación física en las escuelas públicas segovianas. Los ayuntamientos franquistas le fueron subiendo los emolumentos que cobraba como funcionario -en 1943 percibía 4.000 pesetas al año-, e incluso le propusieron un convenio «para la prestación de servicios profesionales a las Escuelas de Enseñanza Primaria de esta capital» a cambio de 12.250 pesetas anuales, reto que asumió gustoso en enero de 1953 a pesar de sus 64 años. ¿Cuántos segovianos habrá que aún le recuerden dirigiendo los ejercicios físicos y las carreras de turno en los patios de aquellas escuelas de la posguerra o en las escarpadas laderas del Pinarillo! «Era un hombre delicioso, una pura anécdota por la cantidad de vivencias acumuladas», recuerda Mariano García Carretero, actual profesor del INEF y autor de una tesina sobre el gimnasio de don Ramón. «Llevaba Segovia en las venas y tenía una vitalidad tremenda. Con 80 años manejaba la espada como nadie porque tenía una muñeca prodigiosa que conservó siempre. Era un hombre afable y simpático, pero también con un pronto muy suyo».
Jubilado como empleado del Ayuntamiento en 1958, Ramón Martínez Esteve continuó dando clases en su gimnasio particular de la plaza de San Martín hasta casi el final de sus días.
Murió el 11 de junio de 1984, al poco de cumplir los 96 años de edad. El local quedó convertido en un bar.

3 comentarios:
La marijo.....y yo te otorgamos el OSCAR DE LA FAMILIA Mediavilla MARTINEZ por este artículo y más cosas. Eres la repera, rey del articulismo, la publicidad, además del be.... de tu tía.
que yo no he hecho el artículo!
os ciega el fanatismo, de momento sólo soy emperador de valdenoja y príncipe de cala apartió...
El articulo, sea de quien sea (no está claro cual es la cuota parte de contribución del comentarista), se lee con mucho gusto. El abuelo Ramón era la ostia (sin hache) y no me extrañan los encendidos elegios de sus nietas a la autoría o trancripción del articulo en cuestión. Sigue informandonos de todas estas cosas y de las otras also. Feliz estancia en las Pitiusas. Besos a todos
Post a Comment