No soy fan de la geolocalización. La razón es muy simple: es el pegamento que une para siempre la vida online de la vida offline.
El palabro del mes es "mass mingling". ¿Qué es mass mingling? -os preguntaréis sin duda. Pues es la nueva tendencia de moda surgida a raíz de los servicios de geo-localización online. Es decir, que gracias a sitios como Foursquare, Gowalla or Latitude, la gente está ya compartiendo en internet el sitio en el que están físicamente. No sólo eso, sino que además, se están organizando quedadas masivas a través de esos soportes.
No es que yo esté en contra de las quedadas a través de internet -no puedo estarlo después de tantas y tantas sanatoriadas racinguistas-, pero sí que me temo que va a llegar el momento en el que esté twitteando desde un bar en la Latina, y el pibe de mi lado me dé unos golpecitos en el hombro y me pregunte si yo soy adrimedia. Y hombre, una cosa es que no me importe tener amigos de Facebook con los que no hablo nunca, o subscriptores a mi Tweeter que no me interesan en absoluto, y otra que los peñazos online (que se pueden ocultar, banear, borrar, o simplemente evitar dándole a la ruedecilla del ratón para abajo) se conviertan ahora en peñazos físicos.
Y eso sin entrar en casos específicos, como esa entrevista para un nuevo trabajo para la que te das cita en la cafetería de un hotel, e inmediatamente todos tus compañeros de curro -jefe incluido- saben que no estás en la silla del dentista, sino en el bar del Hilton. Y olvidémonos del clásico "estoy llegando" cuando vas tarde a una cita con alguien, y en realidad estás dando la segunda vuelta a la llave de casa.
Porque ahí es a donde estamos llegando; no es el hecho de querer separar la identidad on y offline (cada vez más complicado), sino el hecho de poder controlar cuándo queremos que las dos converjan.
Me encanta que las adaptaciones salgan bien
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Después de un par de semanas cerrado por vacaciones chinas, vuelvo a la vida para hablar de la película que más esperaba de este verano 2010: El Equipo A.
Para mí es una serie mítica, con la que pasé muchísimas horas en mi más tierna infancia (y nótese que, a diferencia de lo que dicen los expertos, pocos de los niños que vimos pistolas en El Equipo A hemos acabado siendo asesinos en serie).
El Equipo A era en realidad una serie de dibujos con personajes de carne y hueso, unos guiones absurdos que en manos de cualquier otro grupo de actores habrían sido una catástrofe televisiva. Sin embargo, los Dirk Benedict, Dwight Schulz, Mr T y por supuesto George Peppard le daban vida al invento.
Así las cosas, lo complicado de adaptar El Equipo A era encontrar una historia que diera para 90 minutos (a poder ser sin toda la parte "camp" de la serie original) y sobre todo acertar con la elección de los actores. Y vaya si han acertado: Sharlto Cooper hace un Murdock fantástico, un loco con una misión como en la serie original; el luchador Quinton Rampage Jackson da vida a M.A. (B.A. en inglés, aunque se empeñan en llamarle por su nombre "real", Bosco, media peli), quizá no tenga el carisma de Mr T, pero cumple de requetesobra; Bradley Cooper como Fénix, otro acierto porque la verdad es que es como Hugh Jackman, un tipo guapo que te cagas, y además buen actor de comedia; y por último Liam Neeson como John Hannibal Smith, que me parece el que peor parado sale de los cuatro, probablemente porque le tengo asociado a muchos de los otros papeles que ha interpretado, y porque a diferencia de los otros, parece estar en la peli por la pasta, y no por divertirse.
Además, todos los gimmicks de la serie están ahí: los puros de Hannibal, las chicas de Fénix, la gorra de Murdock, el mohawk de M.A y, por supuesto, la furgoneta GMC negra con la raya roja.
La historia es tontorrona, pero al menos en ningún momento aspira a ser seria. Esto no es discutible, porque a partir del momento en el que incluyes un tanque que cae del cielo en paracaídas, ya puedes asesinar a una camada de gatitos a sangre fría, que a la gente le va a dar la risa.
Precisamente el humor es lo que mejor funciona en la versión 2010 de El Equipo A: sin caer en la acción de dibujos animados de la serie, el tono general de la peli es tan grotesco que al final incluso el espectador más tiquismiquis dice qué coño, pone el cerebro en off y disfruta del viaje.
La película, en cambio, tiene dos problemas: uno, fundamental, el director. Joe Carnahan tiene unas credenciales decentes como director de acción, pero aquí intenta imitar a Michael Bay... sin ser Michael Bay. El resultado son escenas de acción sin pies ni cabeza, ilegibles.
El segundo problema es Alan Silvestri, cuya música es genial para películas como Regreso al futuro o Forrest Gump, pero que con todos mis respetos no sabe orquestar cine de acción. Además de casi no utilizar la partitura original de la serie (tan-tanan-taaaan), hay una escena particularmente bochornosa en la que parece que ha robado a Hans Zimmer el cedé de The Dark Knight.
También da lástima que los dos cameos de Dirk Benedict y Dwight Schulz pasen totalmente desapercibidos. Yo, pese a saber más o menos cuándo deberían aparecer en pantalla, ni los vi pasar. No tienen ni una línea de guión, y es una pena porque habría sido muy cachondo verles actuar después de 25 años.24, la serie con la que me hice mayor
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El ser humano suele asociar sus experiencias a un contexto, a un momento determinado. Esto pasa también con las películas y las canciones: ¿quién no recuerda, por ejemplo, cuándo y dónde vio Star Wars por primera vez? ¿quién ha olvidado con quién fue a aquel concierto de los Rolling?
Con las series de TV, en cambio, la cosa es un poco distinta, porque duran mucho más de 2 horas. Nos acompañan durante años.
En el caso de 24, yo empecé a ver la serie cuando vivía con mi amigo Blaski en la calle Gasómetro. Un domingo aburrido le pedí algún DVD y acabé quedándome casi sin dormir, (aquel final de la temporada 1 parecía insuperable, y sin embargo...) tras ventilarme cuatro temporadas casi sin pestañear. Luego fuimos añadiendo adictos y adictas (sobre todo adictas) a la serie, y cuando nos quisimos dar cuenta Jack Bauer era como de la familia.
24 no es sólo una historia de acción, sino que ha sido una revolución en la manera de contar televisión y en la calidad del producto. No ha sido tanto un fenómeno por el qué contaba, sino por el cómo lo hacía. El guión, la música, los actores, la manera de mover la cámara... todo ha sido perfecto.
Si el Equipo A es la serie de mi infancia, y Friends me acompañó desde antes de la adolescencia hasta la universidad, 24 es la serie con la que me hice mayor.
Con todas esas noches pendientes de que se descargara el torrent del capítulo (sí, hemos pirateado todas las temporadas porque no podíamos verlas de otra manera sin esperar meses; para compensar, luego las hemos comprado íntegras en DVD).
Con todos esos momentos de quedarnos clavados, incrédulos, frente a la pantalla del ordenador.
Con todos esos "Drop the gun!" que nos hemos gritado en plan de coña.
Con todos esos momentos de amistad parapetada en una serie de televisión.
¿Necesita publicidad el iPad?
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Personalmente, no soy un gran fan del iPad. Creo que, como suele pasar con Apple, sus productos llegan dos o tres años antes de tiempo. En el caso del iPad, después de leerme las especificaciones técnicas, mi primera pregunta fue dónde se habían ido los puertos USB. Hace tres años, cuando sacaron el MacBook Air, se olvidaron el lector de CD/DVD. El tiempo dio la razón a Steve Jobs, porque ahora todo va por discos duros y llaves USB.
Ahora se ventilan el universal serial bus, y proponen como alternativa la idea de estar siempre conectados a internet, y así poder acceder a todos los contenidos desde la nube, o en streaming. ¿Y en los aviones? -pregunté, incisivo- ¿cómo veo pelis en los aviones, sin conexión a nada? La respuesta son los discos duros sin hilos.
Como jamás he visto uno, hice una búsqueda en Amazon. Al teclear "wireless hard drive" me salieron 417 resultados. En realidad, sólo los 13 primeros productos correspondían a mi búsqueda (lo demás eran cosas varias sin hilos). El primero de los resultados, casualmente, fue el Time Capsule de Apple, a 399 dólares la pieza. Para poder comparar, tecleé "external hard drive" y la página escupió... 9.263 respuestas.
Total, que no me voy a comprar un iPad. Al menos por ahora.
Pero volviendo a Francia, el metro de París ha sido inundado esta semana con miles de marquesinas made in Apple, en la que se muestra, desde el punto de vista de un ser humano reclinado con las piernas estiradas, las cosas que se pueden hacer con el bicho de Apple: escribir emails, leer lemonde.fr (me pregunto si Le Monde habrá pagado por salir ahí), tontear con aplicaciones, o ver Star Trek. En la parte de abajo, la fecha de lanzamiento: el 28 de mayo.
Apple siempre ha sabido manejar muy bien el arte de dejar que hablen de uno. Las semanas antes de la presentación del que entonces rumoreado iSlate, los medios llenaron miles de líneas especulando sobre la nueva invención de ese genio que es Steve Jobs. Cuando lo presentó, apareció en las portadas de toda la prensa mundial. Y todo a coste prácticamente cero.
Todo el mundo (o al menos todo el público objetivo del invento) sabe lo que es el iPad. No hace falta dejarse los cuartos en una campaña, y menos sin es una cosa simplona y aburrida, totalmente lo opuesto a los valores que asociamos a la marca Apple. Por mucho que en su agencia TBWA estén encantados de llevárselo crudo. Y por mucho que los ingresos de Apple hayan crecido un 113% desde el lanzamiento del iPhone.
El videoclub de los gafapasta
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Por fin sacan un videoclub de verdad para los que tenemos PS3, rápido, legal, sin virus, con alguna peli gratis... lástima que no haya ni una sola peli que me interese (al menos en el tráiler del asunto).
¿Por qué nadie cree en Superman?
El otro día hice el pedido más grande de libros que jamás he hecho por internet: 13 tomos pedí a The Book Depository, esa tienda online que tiene un catálogo casi infinito y tiene el bonito detalle de no cobrar gastos de envío.
Todo sea dicho, los trece libros que pedí los había examinado primero físicamente durante mi viaje a Irlanda (curiosamente, Dublín también parece tener mejores librerías que París) pero como quiera que no me cabían en la maleta, decidí apuntarlos y pedirlos más tarde.
A lo largo de estas tres semanas, mi buzón se ha ido llenando de paquetitos de todos los tamaños, desde los paperbacks más cutres hasta un A4 con portada de 250 gramos acabado en brillo sobre la II Guerra Mundial.
La lista de mis peticiones contiene un poco de todo, pero básicamente cosas de comunicación, de fútbol, y de frikismo vario.
Precisamente el primer libro que he acabado pertenece a esta categoría. Our hero, de Tom de Haven, lo compré aspirando a leer un ensayo inteligente sobre la figura de Superman, y acabé descubriendo la historia detrás del Hombre de Acero, desde que fue ideado en 1934 hasta hoy.
Sin ser nada que no se pueda descubrir gratis en internet, es interesante enterarse de que Jerry Siegel y Joe Shuster, los creadores del invento, se pasaron muchos años pobres de solemnidad, tras haberles robado los derechos del personaje la editorial DC comics. O que se hizo en su día un musical de Broadway titulado "It's a bird, it's a plane... it's Superman". O descubrir que, detrás de las viñetas, hay unas intrigas políticas más propias de El ala oeste de la Casa Blanca que de un mundo de colores. O, sin ir más lejos, que Superman (la película), no tiene ningún sentido de la cronología.
Es una pena de De Haven no se meta en profundidad con el psicoanálisis del personaje, porque entre tanto apunte histórico deja caer, sin llegar a elaborar, la tesis de que Superman se dedica a salvar a la Tierra no por obligación "profesional", sino porque le pone hacerlo.
Me gustaría leer algún comentario inteligente sobre por qué Superman ha pasado a ser un personaje marginal en el siglo XXI. Por qué ya nadie parece tener interés en hacer una película sobre él. Por qué sencillamente ya nadie cree en Superman.
Pateando las convenciones: Kick-Ass
Siendo un consumidor compulsivo como soy de cine, rara es la película que escapa a mi radar antes de que la gente oiga hablar de ella. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, hay películas -máximo dos al año- que descubro tarde, voy a ver sin apenas referencias, y encima me acaban gustando. A bote pronto, podría citar a 300, Taken, El concierto y poco más en los últimos años.
Kick-Ass se ha colado por méritos propios en este grupeto de películas que me dejan pegado a la butaca.
Y es que Kick-Ass es diferente. En una época de hipocresía moral paroxística, en la que Jack Bauer no puede decir fuck y en cambio triunfa por todo lo alto una web que enchufa tu webcam a la de un tipo aleatorio que probablemente te enseñe el rabo, Kick-Ass es un soplo de aire fresco frente a todas las películas de Hollywood cortadas por el mismo patrón de corrección política y minimización del riesgo comercial. El director de la historia es Matthew Vaughn, que empezó su carrera como productor de Guy Ritchie, y tras conocer al autor del cómic original Kick-Ass, intentó venderle el proyecto a todas las majors americanas. Ninguna lo quiso, así que Vaughn se lió la manta a la cabeza, consiguió que Brad Pitt y otros cuantos pusieran pasta, y rodó la peli a lo bruto. Y digo a lo bruto, porque en EEUU le han dado una R, que sobre el papel significa que los menores de 17 tienen que ir acompañados de un adulto, y en la práctica significa "chavales venid a ver Kick-Ass (literalmente, "pateaculos"), que tiene que molar fijo".
Uno de los problemas clásicos de las películas basadas en comics (o novelas gráficas, para los puristas) es que no suelen saber manejar el tempo de la comedia con el ritmo de una película de acción. Lo bueno que tiene Kick-Ass es que no sólo consigue que el humor sea gracioso y la violencia sea creíble, sino que por el camino pone en pie a un personaje de 11 años que habría podido protagonizar Kill Bill, un malo simpático (Mark Strong, compensándonos por Sherlock Holmes) y hasta consigue componer a un Batman de andar por casa con un Nicholas Cage , que parecía sentenciado a pasarse el resto de su carrera haciendo películas de acción light para la Disney.En fin, y perdón por la broma fácil, el culo que resulta pateado en este caso es el de la industria americana, acostumbrada a alimentarnos con recetas precocinadas, tan sanas que al final no saben a nada.
Y además, ni en los 60 los niños que veían a John Wayne ajusticiaban a continuación a sus padres, ni en los ochenta nos tirábamos por la ventana con una capa roja, ni ahora nadie se va a vestir de superhéroe y va a salir a la calle a repartir mamporros. Salvo los griegos, claro.
Iron Man 2: la sombra de The Dark Knight es alargada
Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Desde Coppola y su Padrino II, el cine ha demostrado que este lugar común no tiene por qué ser dogma de fe.
En el particular universo de las adaptaciones cinematográficas de cómics, segundas partes han ido de hecho tradicionalmente buenas, hasta el punto de mejorar las originales. Así, Superman II era mucho mejor peli que Superman I, en parte gracias a Terence Stamp y en parte gracias a que Supes no retrocedía en el tiempo para salvar a Lois; Spider-Man 2 fue la mejor de la trilogía de Raimi a años luz de las otras dos; X2 con Hugh Jackman en su salsa fue un gustazo, y The Dark Knight es un clásico no ya del cine de superhéroes, sino del Cine con mayúsculas.
Dicho lo cual, Iron Man 2 es mucho peor peli que Iron Man 1. La primera parte se beneficiaba del hecho de que nadie daba un duro por el personaje, y poca gente veía en Robert Downey Jr la estrella de Hollywood en la que (por fin) se ha convertido.
El error principal de Iron Man 2 es seguir el Libro de la Buena Secuela, que dice que la segunda parte tiene que ser más oscura que la anterior. El ser más oscura, aunque quizá sea más seria, más adulta, no implica mejor que la anterior.
Aquí nos encontramos a un Tony Stark que está muriendo poco a poco por culpa del propio Iron Man. La presión de haber "privatizado la paz mundial", como él dice, le ha llevado a ser alcohólico e irresponsable.
Así que tenemos a Downey Jr con una motivación y un problema. Hasta ahí todo bien. La cosa se empieza a joder -como en la primera parte- con la némesis del héroe, que dirían los pajilleros de mi facultad. Igual que la última vez escogieron a un actor con talento como Jeff Bridges y le dieron un guión flojo, ahora hacen lo mismo con Mickey Rourke, que para colmo se pasa la peli encerrado en un laboratorio y mascullando en ruso.
Las otras estrellas que se unen al cast son Scarlett Johansson, que justifica su sueldo en un plano subiendo unas escaleras con la cámara tras su trasero, y Sam Rockwell, que interpreta a una especie de sosías de Tony Stark, una especie de Bill Gates frente al Steve Jobs que es Downey Jr. El problema es que Rockwell no es creíble en ningún momento, con lo cual acaba pareciendo más el comic relief (como se diga en castellano) que uno de los malos de la función.
El principal problema de esta peli es que el director Jon Favreau parece olvidarse de que está en el género palomitero-adolescente-desenfadado por excelencia, y aburre con miles de escenas de diálogo como si de un guión de Shakespeare se tratase. Y es que mirarse en el espejo de The Dark Knight es peligroso. De hecho, en Iron Man 2 apenas hay dos escenas de acción, correctas, pero bastante aburridas.
No todo es decepcionante en IM2: las nuevas armaduras son la caña, incluida la de War Machine y la maleta-armadura. Aunque lo que más mola, de lejos, son los guiños al mundo de Marvel, como la escena de Stark con Nick Furia en una tienda de donuts, el escudo del Capitán América o la escena de después de los créditos.
En fin, que da la sensación de que Iron Man 2 le ha quedado un poco grande a Jon Favreau, como si tuviera complejo de director palomitero y hubiese querido hacer cine adulto. Y ahí es cuando se ve la diferencia entre un muevecámaras como Favreau y un Director como Chris Nolan.
Que me busquen en Irlanda
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Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ir a Irlanda, o Éire, como su equipo de fútbol se llama. Tenía la impresión de que la ecuación iba a ser algo como Irlanda = (Inglaterra + Escocia) x (Cantabria + Galicia). Y efectivamente, premio.
Los irlandeses, independientes de los ingleses sólo desde 1921, han sabido crearse una personalidad aparte, basada en su bonito país, la simpatía de sus gentes, las cervezas Guinness y, últimamente, los vuelos de Ryanair. Nosotros, por cierto, fuimos en Aer Lingus, una compañía de bajo coste ma non tropo, al estilo de Easy Jet. Vamos, que a diferencia de con sus primos de Ryanair, uno no tiene la impresión de ir camino de Treblinka.
Y es que, si de algo saben los irlandeses, es de marcas. Para empezar, porque se han adueñado del color verde, y lo tienen por todas partes, desde la camiseta de sus selecciones nacionales, hasta los leprechauns. La bandera irlandesa, por cierto, fue un regalo de los franceses, siempre interesados en hacerle el juego a los enemigos de Su Majestad.
El problema de los irlandeses -y esto nunca se le debe mencionar a un irlandés- es que en el fondo son como un spin-off de los ingleses. Es decir, tienen su (ininteligible) idioma irlandés, su música celta, su deporte nacional llamado hurling, y su cerveza Guinness, pero en el fondo todo el mundo habla inglés, escucha a Cheryl Cole, está pendiente de la Premier League y bebe...algunos Guinness, y muchos Heineken.
Uno de los sitios que más quería visitar era Galway, puesto que la historia cuenta que los supervivientes de la tormenta que mandó a pique a la Armada Invencible española acabaron embarrancando en esta ciudad de la costa oeste de Irlanda, y tan a gusto se encontraron que todavía hoy pueden encontrarse nativos de Galway con pinta de españoles. Personalmente, los únicos con pinta de españoles que vi era estudiantes Erasmus, la mayoría demasiado borrachos como para poder precisar de qué parte de España venían.
La mayor aventura de Irlanda, sin embargo, son las carreteras: caminos estrechos con el mínimo de asfalto imprescidible para no tener categoría de camino de cabras, sino de comarcal. Gracias al GPS de Declan, uno podía descubrir que lo que parece la entrada a la caseta de mis tíos menorquines no es ni más ni menos que una carretera clave para salir del Burren y volver a Dublín. Las vistas, eso sí, son acojonantes.
Christopher Walken > Hugh Jackman
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Mira que Hugh Jackan no sólo me parece uno de los tipos indiscutiblemente guapos, sino que además me cae bien. Lo que no puede ser es que deje que DDB París le ponga a hacer esto
porque por mucho que lo intenten jamás podrán hacerlo igual que esto
Y además, que Hugh Jackman está bien, pero Christopher Walken sigue siendo un crack.
PD: a mí me daría bastante vergüenza proponer esta campaña a Lipton.
Saliendo de la crisis a hostias
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Se cuentan por docenas los gurús del márketing que en los últimos doce meses nos han contado la película de que, en chino, el pictograma de la palabra "crisis" es el mismo que el de la palabra "oportunidad".
La mayoría de las grandes multinacionales no han entendido el mensaje, o han hecho oídos sordos, y sin embargo la mayor multinacional del mundo no ha dejado pasar el tren: la iglesia católica francesa acaba de lanzar una campaña por todo lo alto para reclutar sacerdotes.
Toda acción de márketing empieza por un problema a resolver: desde los 37.555 sacerdotes que repartían hostias en Francia en 1970 se ha pasado a 15.440 en 2008.
Y también toda acción de márketing pasa por explotar una oportunidad de mercado: el descenso en el número de religiosos contrasta con el 10% de desempleo y subiendo que gastan al norte de los Pirineos, con aumentos del 7,2% de los menores de 25 y del 12% entre 25 y 49 años que buscan trabajo.
¿Y qué mejor curro que uno que no exige grandes esfuerzos ni físicos ni intelectuales, y que asegura techo y comida, más primas por trabajar los domingos?
Blanco y en botella, el Servicio Nacional de Vocaciones de la Iglesia Católica ha sacado los tanques publicitarios a la calle, a la caza de candidatos para la Operación Triunfo del sacerdocio.
Según reconoce la propia Iglesia, el target de la campaña son los jóvenes entre 16 y 22 años. Tampoco se ha reparado en gastos para el despliegue de medios, que incluye postales en bares, restaurantes y cines, así como anuncios en prensa, un sitio web -que sorprendentemente se lanzará mañana, con la campaña ya empezada- y hasta una página de Facebook, donde la imagen de cabecera reza "Jesus is my Boss".
La agencia responsable de semejante despliegue (en Francia las agencias suelen firmar sus piezas) es Bayard Service, que investigando en su web descubrimos que se trata de un chiringuito "al servicio de la comunicación comercial de las comunidades cristianas" (sic). Otros trabajos de la agencia incluyen la maquetación de las revistas Le lien ("El vínculo"), Amour et Famille y Rencontres ("Encuentros"), huelga decir que todos ellos blockbusters en sus respectivas diócesis.
Ardo en deseos de ver el ROI de esta campaña. O bueno, si Bayard Services no alcanza a medir estas cosas, por lo menos que incrusten Google Analytics en la web, para ver hasta qué punto la crisis empieza a ser preocupante de verdad.
Menos furia, y más historia
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Sam Worthington
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Soy diez años demasiado joven para haber visto las películas de Harryhausen en su momento. El rollo del stop motion ya estaba desfasadísimo cuando empecé a interesarme por otra cosa que no fuera Espinete o MA Baracus. Así que Jasón y los Argonautas la vi entre bostezos ya en la facultad, y jamás me molesté en ver su última peli, Furia de Titanes, hecha en el 81.
En cambio me he animado a ir a ver el remake. Como buen pajillero hollywoodiense, leí primero en internet que el 3D de esta peli se había hecho deprisa y corriendo para aprovechar el efecto Avatar, habiendo completado la adaptación tridimensional en dos meses en lugar de los nueve que suele llevar el proceso.
Tengo al francés Louis Leterrier por un director de acción solvente, capaz de salir mejor parado que Ang Lee de una película de Hulk, y responsable de una buena peli de mamporros como fue Transporter 2.
El problema es que cuando te dan un guión que incluye un caballo alado, te llames Leterrier o te llames Spielberg, es muy probable que te salga una cosa ridícula. Y es que con las películas de fantasía, de grandes decorados y barrocos vestuarios, o lo clavas, y te sale El Señor de los Anillos o 300, o bien te lo tomas a cachondeo, y te sale Willow. Cualquier término medio, como esta peli, supone cagarla irremisiblemente.
Y es que Furia de Titanes 2010 es una concatenación de escenas de acción, como si de los niveles de un videojuego se tratase, siempre con un nuevo desafío después de haber derrotado al penúltimo enemigo. Como si un puñado de guionistas de doce años hubieran decidido pasar del planteamiento y el nudo, y se hubiesen quedado sólo con el desenlace de la historia. Un desenlace, eso sí, de 100 minutos de duración.
Más allá de la ausencia de personajes interesantes, o de una motivación (paréntesis: se supone que el motor de la historia es salvar a Andrómeda, que tiene tres planos en toda la peli, y sólo el último con el protagonista, que la trata como si fuera la mujer de la limpieza), el mayor problema de esta Furia de Titanes es que es una película que se toma en serio a sí misma. Sólo así se explica que la Warner haya decidido contratar a Liam Neeson, Ralph Fiennes, Mads Mikkelsen o el chico de moda en Hollywood, Sam Worthington.
Quitando a Mikkelsen -que aún así lo hacía mejor con el ojo que sangraba de Casino Royale- los demás actores parecen estar allí contando los minutos para cobrar su cheque. Neeson (Zeus) se pasa media película vestido como un caballero del zodiaco, berreando frases grandilocuentes con la voz grave, un poco como cuando éramos niños y quieríamos imitar la voz del malo del inspector Gadget. No me extraña que, como se ve en la foto, le tuvieran que dar aire entre toma y toma. Fiennes tampoco es que tenga un papel como el de El Paciente Inglés, pero tampoco le pone mucho cariño al tema. Yel bueno de Sam lo intenta, y hasta juraría que hace parte de sus escenas de acción, pero nació sin talento interpretativo, y no es su culpa. Nos le quieren vender como el nuevo héroe de acción, y ni tiene la mala hostia de Stallone, ni el carisma de Arnie ni la ironía de Bruce Willis.
You can't beat the Beatles
Hoy se cumplen 40 años de la separación oficial de The Beatles. Aunque gran parte de la culpa la tuvo Yoko Ono, los cuatro de Liverpool se separaron después de más de diez años juntos.
Como con los filósofos de la Grecia clásica, cuál era la probabilidad de que tres talentos como Lennon, McCartney y Harrison se juntasen en una ciudad como Liverpool. El debate sobre quién tenía más talento de los cuatro creo que está vacío de contenido; basta con ver las carreras por separado de los cuatro para darse cuenta de que el verdadero Genio con mayúscula era Lennon, y McCartney se iluminaba simpáticamente cuando estaba a su lado. Harrison, con mucho más talento que el de su papel en la banda dejaba entrever, se sentía oprimido por el ego del dúo Lennon-McCartney. Y Ringo, tocando los tambores en silencio, era con George Martin y Brian Epstein parte del pegamento que los mantenía unidos.
No tuve la suerte de vivir la beatlemanía en directo, pero apuesto a que la gente que estaba en la Tierra aquel 10 de abril de 1970 se acuerda de dónde estaba cuando se enteró del final de los Beatles.
Os dejo su última actuación en directo, en enero del 69 sobre el tejado de su productora Apple. ¡Cuánto habría dado yo por estar ahí! Pero como no puede ser, voy a darles mi particular homenaje tocando unas cuantas en el Beatles Rock Band.
Tomo prestadas por último las dos fantásticas frases que dejó Paul al anunciar el final de los Fab Four:
"The world is still spinning and so are we and so are you. When the spinning stops, that will be the time to worry. Not now. Until then, the Beatles are alive and well and the beat goes on."
Una (otra) de piratería, parte II
Otra costumbre muy nacional es la de poner el grito en el cielo por cualquier cosa, y luego no hacer nada de nada para mejorar la situación. Esto es, concretamente, en lo que se ha basado tradicionalmente la actividad de los sindicatos en España; ni siquiera han sido capaces de conseguir un día al mes libre como recuperación de horas extras, como los franceses.
Vaya por delante que no estoy a favor del pirateo indiscriminado. Yo creo que los autores de contenidos, sea en la forma que sea, deben recibir una remuneración por su trabajo. Ojo, que no digo una remuneración "justa" -la justicia siempre depende del cristal con el que se mire- sino aquella que fije el libre mercado.
Por lo tanto, también creo que a esa gente que dice que subir un torrent es igual que prestar un libro a un amigo, habría que pasarla por la quilla.
Hace diez o quince años, las ventas de películas de vídeo crecían exponencialmente, cualquier artista de medio pelo podía ganar un disco de oro, los cines estaban hasta la bola y los libros... bueno, dejémoslo en que se vendían unos cuantos más que ahora.
El problema es que llegó internet, y el modelo de negocio saltó en mil pedazos. La tecnología permitió el intercambio de datos a cada vez mayor velocidad, y esto desembocó en un cambio más profundo: la gente se acostumbró a tener acceso a los contenidos sin pagar por ello.
Así que todos las compañías que tradicionalmente se han dedicado a la difusión y venta de contenidos, desde las discográficas hasta las multinacionales de Hollywood, pasando por editores de libros y un largo etcétera, están como los indios cuando se encontraron con el ejército de Cortés, intentando sobrevivir en una batalla que tienen perdida de antemano.
Salía en la edición de ayer del LA Times -el mismo que sacó al Sombrerero Loco en su portada- un artículo que aseguraba que las majors de Hollywood se planteaban dejar de vender DVDs en España a causa del crecimiento de la piratería. Probablemente lo primero que debieran hacer es mirarse al ombligo y bajar los precios de las películas en soporte físico. Desde el momento en que es más barato comprarse un DVD en el Amazon inglés (con sus correspondientes gastos de envío) que acercarte a El Corte Inglés a por él, hay un problemita. Si retiran los discos de las tiendas, una parte de la gente que compra películas lo hará por internet, y otra parte aprenderá a conseguirlas gratis online. Y vaya usted a convencer a estos últimos de volver a pagar por ver una peli en casa.
Dice el adagio que, si no puedes con el enemigo, más vale aliarse con él. Llevado al terreno de los contenidos online, esto es lo que han hecho, por ejemplo, los Monty Python. Conscientes de que sus sketchs se adaptaban perfectamente a los gustos de la generación YouTube, decidieron abrir un canal en YouTube. El texto de bienvenida es sencillamente sublime: "For 3 years you YouTubers have been ripping us off, taking tens of thousands of our videos and putting them on YouTube. Now the tables are turned. It's time for us to take matters into our own hands. We know who you are, we know where you live and we could come after you in ways too horrible to tell. But being the extraordinarily nice chaps we are, we've figured a better way to get our own back: We've launched our own Monty Python channel on YouTube."
A diferencia de otros que también han abierto chiringuito en la web de vídeos de Google, los Python tuvieron la brillante idea de poner, al lado de cada vídeo gratuito, links a sus DVD a la venta en amazon.com. El resultado habla por sí mismo: subieron hasta el número 2 de los más vendidos, con un aumento del 23.000% en sólo dos meses.
Es sólo un ejemplo, pero lo que deja en claro es que hay maneras de conseguir que la creación de contenidos y su difusión online sea rentable. Sólo hace falta tener la suficiente imaginación para saber cómo hacerlo.
Una (otra) de piratería, parte I
Una de las cosas buenas de ser español es que siempre llegamos tarde a todo. Y no sólo estoy hablando de la puta manía de llegar sistemáticamente tarde a las citas, sino también de que todos los problemas que tenemos, los han tenido antes otros países. Y si no que le pregunten al Gobierno, que ya está sacando brillo al cazo después de ver la lluvia de millones en nombre de Europa que le ha caído a los pobrecitos griegos.
Pero volvamos al tema. En Francia, en 2009, aprobaron por fin una ley anti-piratería. La cosa -que según el gobierno francés ha costado 6,7 millones de euros, y según las operadoras de internet 100- viene a ser una medida contra las descargas peer to peer, o P2P. Al que se descargue contenido de manera ilegal, primero se le envía un email, luego una carta y como última medida, se le corta el acceso a internet.
Abro un inciso para contar una anécdota sobre Hadopi. En enero pasado, la agencia francesa Plan créatif presentó en sociedad el logo de la Alta Autoridad para la protección de obras y la protección de derechos en internet (HADOPI en sus siglas en francés). Pues bien, un francés denunció en su Twitter que la tipografía utilizada era una Bienvenue, que había sido creada en 2000 para uso exclusivo de France Télécom (de hecho, era la tipo del antiguo logo de Wanadoo). Ahí no acaba la cosa. Por que resulta que la tipografía del texto en rojo, una Bliss, también había sido utilizada sin pagar derechos. Tres días después, y ante la rechufla generalizada de todo el mundo online y offline francés, Plan créatif compra la licencia de la Bliss, y como la Bienvenue no se la deja utilizar France Télécom, la cambian por una FS Lola, que se parece a la original como un huevo a una castaña. Total, que la bandera anti-piratería francesa está hecha de manera ilegal. Y nosotros que creíamos que el sainete era un género exclusivo del sur de los Pirineos.
La ley Hadopi, que cinco meses después de su aprobación todavía no ha entrado en vigor, es ya un fracaso absoluto. Y lo es por la sencilla razón de que no ha tenido en cuenta ni las descargas directas (tipo Megaupload) ni el streaming. A día de hoy, revela un estudio, alrededor del 16% de los usuarios franceses utiliza los servicios P2P. Es decir, que la ley una vez más va un paso por detrás de la realidad, y por lo tanto no sirve para proteger los contenidos ni para cambiar la actitud de los usuarios.
En España, la ministra de turno se ha sacado de la manga una cosa parecida, y con la inestimable ayuda de la Stasi de pandereta que es la SGAE, se ha lanzado a una cruzada de cierre de sitios P2P. Tan tarde y tan mal como de costumbre.
Una reflexión rápida sobre el 3D
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El chollo del siglo llegó en formato tridimensional. El 3D, según parece, es bastante rentable: pasar el último bodrio de Tim Burton a 3D costó 20 millones de dólares y dos semanas de trabajo (sobre un presupuesto de 250 millones en este caso concreto, son migajas).
Las entradas de cine tridimensional cuestan cuatro dólares más; pongamos que de esos 4$ extra, 2 son para la sala y 2 para la productora (normalmente creo que se reparten 20/80, pero en fin) con lo cual no sólo estás logrando dos dólares más por espectador que ya la habría ido a ver en 2D, sino que estás trayendo un puñado de espectadores nuevos al cine, que de otra manera se la habrían bajado de internet.
Y aquí la única que sale ganando -y perdiendo- es Sony, que vende películas y televisores.
Que le corten la cabeza
Etiquetas:
Alicia,
infamia,
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Pocas veces he tenido más clara una crítica de una película. Cuando era pequeño, uno de los pocos cuentos de Disney que no me gustaba era Alicia en el País de las Maravillas. Cuando fui mayor, aprendí a detestar el cine pretencioso y sobrecargado de Tim Burton. Pues bien, hoy, con un par, me he dejado arrastrar a ver la versión burtoniana del cuento de Lewis Carroll.
Iba al cine con muy pocas expectativas, pensando que iba a ser demasiado barroca, que los maquillajes y los decorados iban a ser más importantes que el guión y los actores, que la música iba a ser más de lo mismo. Me quedé corto, muy corto, en mis pesimistas presunciones.
La ambientación es, en efecto, sobrecargada, con mogollón de elementos superfluos -casi todos hechos por ordenador- y los maquillajes y vestuarios son tan abigarrados que te preguntas si hay un actor ahí dentro.
Ahí es cuando la cosa se va al garete, con los actores. Porque, a priori, Burton tenía un elenco bastante decente, capitaneado por Johnny Depp (que no Deep como dice el 99% de la población mundial), Anne Hathaway, Crispin Glover, las voces de Alan Rickman, Christopher Lee y Martin Sheen, y la inevitable e insoportable Helena Bonham Carter. Están todos y cada uno de ellos -excepción hecha de la chica que hace de Alicia- sencillamente espantosos: Depp compone un sombrerero loco tan estridente que hace que su locuaz capitán Jack Sparrow parezca salido de Hamlet; Helena Bonham Carter no hace más que chillar su única línea de guión -"¡QUE LE CORTEN LA CABEZA!"- y Anne Hathaway debería llevarse un Razzie honorífico por su terrible interpretación de la Reina Blanca. No sólo consigue crear el secundario más anodino de la historia del cine en el siglo XXI, sino que deja a todo el mundo con la duda de quién coño le sugirió que se pasara la película con los brazos en alto, como si intentase bailar El lago de los cisnes con zancos.
La fotografía también es de premio: más oscura que el sobaco de un grillo la mayor parte del tiempo. Y luego está el tema del 3D -añadido deprisa y corriendo por Disney para poder cobrar tres euros más por la entrada- que no aporta nada, ni ayuda a meterse en el maravilloso mundo de las maravillas, ni mola lo más mínimo.
No me olvido de la banda sonora de Danny Elfman. Me encantó en el Batman de Burton allá en el 89. Y ya está: se ha pasado los últimos 21 años, que ya son años, repitiendo los mismos acordes, los mismos arreglos vocales, las mismas armonías machaconas. Insufrible.Pero lo peor de todo -y créanme cuando insisto en que hay un huevo de cosas que odiar en esta película- es el guión. Vaya por delante que no he leído (ni pienso leer) ninguna de las obras de Carroll, pero el libreto de esta historia es infumable, con personajes presentados cual reos en el pelotón de fusilamiento, situaciones absurdas las unas detrás de las otras y cero sentido del humor. No escuché ni una risa en toda la película, ni siquiera en esa estúpida escena final en la que Johnny Depp decide bailar break dance para rellenar metraje.
Hasta que hemos llegado. Que le corten la cabeza a Tim Burton.
Explorando los límites de la ciencia ficción
Etiquetas:
ciencia ficción,
cine,
Tim Burton
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Hace algunos días me obligué, a raíz de un debate facebookero, a establecer mis límites de tolerancia a la ciencia ficción. Mi conclusión principal es que soporto lo plausible, pero no lo irreal. Como esta última frase parece una cita de Sheldon, el antisocial personaje de The Big Bang Theory, pongo algún ejemplo:
- Me gustan Regreso al futuro, Terminator, Alien, Star Wars, The Matrix, Predator y El planeta de los simios (la original, no la del incapaz de Tim Burton).
- No me gustan Blade Runner, las secuelas de Matrix, The prestige, El quinto elemento, Yo Robot, Godzilla, Donnie Darko, Los sustitutos o Soy Leyenda.En realidad, según repaso la lista, no estoy muy seguro de que mi clasificación siga una lógica racional. ¿Es más plausible hacer de un DeLorean una máquina del tiempo que crear clones que nos sustituyan? Posiblemente no.
La prueba de esto es que, dentro de un mismo universo conceptual (la realidad es un programa informático llamado The Matrix), una película me gustó, y dos no.
Supongo que al final la ciencia ficción es exactamente igual que cualquier otro género, y lo que cuenta es que la historia y los personajes te importen mínimamente.
En fin, que mientras tanto, os dejo el tráiler de la siguiente película de Christopher Nolan, el director de los dos últimos Batman (y del aburrimiento que me pareció The Prestige). No sé si alguien entenderá jamás de qué habla la peli, pero desde luego el minuto 0:18 del vídeo es sensacional. Tanto, como para comprarme una entrada de cine.
Foto de familia
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1) Si en Asia tuviesen un lenguaje racional, dominarían el mundo
2) Sería mucho más interesante si contabilizasen también las horas de internet en el trabajo
3) YouTube ya es más importante que cualquier canal de TV mundial
4) Internet en el teléfono no termina de despegar (y qué decir de las videollamadas)
5) Mientras siga habiendo música gratis, nadie va a pagar por ella
6) Sigo sin entender de dónde viene el spam
2) Sería mucho más interesante si contabilizasen también las horas de internet en el trabajo
3) YouTube ya es más importante que cualquier canal de TV mundial
4) Internet en el teléfono no termina de despegar (y qué decir de las videollamadas)
5) Mientras siga habiendo música gratis, nadie va a pagar por ella
6) Sigo sin entender de dónde viene el spam













