David Fincher: agregar como amigo

Podemos hablar de efectos especiales, de dirección de actores, de planos-secuencia y de tropecientas más cosas, pero al final lo que distingue a los buenos directores de los grandes directores es saber entretener al respetable aunque le den un guión como el de The Social Network. Y David Fincher no sólo hace tolerables dos horas delante de una historia sin mayor trascendencia, sino que consigue que cualquier espectador -incluso esos seres extraños que no tienen un perfil en Facebook- entienda el atractivo de la red social.


La historia sobre Facebook y su fundador, Mark Zuckerberg, no es tan interesante como para sacarle dos horas de película. Es más, si no fuera por el hype que vive Facebook, ni siquiera daría para hacer una película -cosa que, por cierto, sí debería hacerse con Napster, el portal que puso la industria musical patas abajo-.
Zuckerberg era un estudiante de Harvard, bastante nerd asocial, que según cuentan en la película tomó prestada de otros alumnos la idea de una red para estudiantes de la universidad. Resulta paradójico que un tipo que no sabe relacionarse en sociedad -la primera escena de la película lo deja bien claro- haya sido el creador de la mayor red social del planeta.

En definitiva, estamos ante una película que probablemente acabe en el fondo del armario de la obra de David Fincher, víctima de lo efímero de su contenido. Aunque también es verdad que si esta historia la firma cualquier otro director, jamás le habríamos agregado como amigo en Facebook.

Si quieres comer español, quédate en casa

Ayer fui a cenar a El Fogón, el que se supone que es el restaurante español en París por excelencia. Hasta anoche, mis experiencias en restaurantes españoles en París habían sido terribles. La primera fue en uno llamado Casa Manolo, cuyo nombre me parecía apropiado, pero desde que crucé el umbral de la puerta y el camarero era negro –soy de la vieja escuela y me cuesta darme cuenta de que hay negros españoles; en todo caso, aquel negro no lo era- me di cuenta de que no iba a ser EL sitio. Las fotos de toreros y sevillanas me hicieron temerme lo peor, y el jamón serrano (a años-luz del ibérico) y la tortilla reseca acabaron de sentenciar el garito. Mi segunda experiencia fue en un sitio llamado “Le chti catalan” montado por dos socios, uno ch’ti (del norte de Francia) y otro polaco. Total, que la comida estaba buena, pero no era representativo de nada.
Los demás restaurantes españoles que he visto (y no he osado entrar) son todos sitios de guiris. Uno de ellos tiene como reclamo en la entrada una foto del dueño con la Arancha Sánchez Vicario recién ganado su primer Roland Garros.


Así que ayer fui con ilusión, pero sin mucha fe. El Fogón está en el Quai des Grands Augustins, en el barrio latino, a tiro de lapo de Notre Dame. Mala ubicación para un sitio auténtico, no guirilándico. El toro de Osborne en la puerta tampoco ayudó a convencerme de lo contrario. Al entrar, la decoración es más cercana a un sitio trendy francés que a un restaurante español. Pero mola. Ligera música de flamenco en el hilo musical, que me hizo arrugar el bigote.


Al llegar la carta, sorpresa: un díptico A5, con vinos y alcoholes varios en la pala izquierda y platos en la derecha. Los vinos, caritos. También había “La sangría del chef”, que me negué a pedir, pero que luego descubrí que servían en vaso alto y reconozco que no tenía mala pinta.
El menu era corto no, lo siguiente: entrantes: jamón, chorizo, lomo y pan tumaca (o pa amb tomàquet). Y de segundo, atención, bien paella (5 tipos, una de ella con jamón ibérico (¿?)), bien una selección de tapas. Y a volar.
Lo de las tapas me daba mala espina, así que pedimos –un poco a contrapié, porque no me gusta comer arroz fuera de casa- paella, que tardó los 25 minutos de rigor. Mientras tanto, sirvieron un vasito de un gazpacho con un sabor divertido y dos –repito, dos- boquerones en vinagre. Primera vez en la vida que no me meto en boquerón entero en la boca, por aquello de no pasar los restantes 24 minutos sin nada que hacer.


La paella –a banda sans banda, se llamaba- estaba buena. Poca costra por encima, pero el arroz estaba en su punto y el calamar y compañía eran buenos.
Del postre pasamos, aunque había una crema catalana con buena pinta. Mal detalle que el queso manchego –que no le llega a la uña del pie a cualquier queso francés- estaba entre los postres, como en Francia, y no en los entrantes, como en casa.


All in all, que dicen por ahí, la experiencia no estuvo mal, pero no me quedaron ganas de repetir. Me queda el sabor amargo de ver que la comida española, fuera de España, se reduce a paella, sangría y tapas, y que España sigue siendo un sitio de sol, alcohol barato y mucho cachondeo. Por mucho que lo quieran vestir. Aunque, bien mirado, en España la gente debe creer que la comida francesa se reduce a crêpes y fondues…

Renault Z. E. y el espíritu de Francia

Ayer descubrí, rebuscando entre las últimas campañas de mi propia agencia, el lanzamiento de una nueva gama de coches de Renault, llamada Z. E. (que después de más indagar quiere decir "Zéro Émissions"), que básicamente son ni más ni menos que los primeros coches eléctricos de gran consumo. Un concepto revolucionario, mucho tiempo esperado, y que parece destinado a convertir a los híbridos en un déjà vu, y en último término a cerrar el grifo al petróleo y, con ello, dejar a los países árabes comiendo dátiles a la sombra de una palmera.

Pero volvamos al tema. Renault anuncia para 2011 toda una gama de coches eléctricos para cubrir más o menos todos los segmentos: Fluence (berlina), Kangoo Express (profesionales), Zoe (compacto) y la gran novedad, el Twizy. Este último es un biplaza urbano, posicionado para competir con las motos de tres ruedas. Una revolución dentro de una revolución. Un bicho de dos metros de largo por uno de ancho con una autonomía de 100 km.

Ahora bien, la pregunta que se le viene a todo ser humano con dos dedos de frente es ¿cómo se recargan las baterías de estos aparatos? ¿Con una batería? ¿Seis pilas AA? ¿Plutonio? ¿Residuos orgánicos?

Pues no, la cosa es todavía más complicada: los modelos grandes ofrecen tres posibilidades:
a) que un técnico instale en tu casa una Wallbox, un enchufe especial que permite la carga en seis u ocho horas. El problema de este sistema es doble: por un lado, los que tienen garaje comunitario y tienen que hacer obra, y por el otro, los que aparcan en la calle.
b) la recarga rápida, un chispazo de 400V que en 10 minutos recarga la batería un 50%. Si ya se me hace largo poner gasolina, imaginen diez minutazos mirando las revistas de la tienda Repsol. Por no hablar de que Renault no ofrece ningún mapa que explique en qué puntos se pueden encontrar estos puestos de recarga rápida.
c) el Quick Drop, que recarga la batería completamente en sólo 3 minutos. El sistema ideal, a priori. Un pequeño asterisco señala una pequeña pega: que sólo está disponible en Dinamarca e Israel . Lo que no hagan los israelitas por hundir el chiringuito árabe, no lo hace nadie.

El Twizy, en cambio, ofrece una cuarta alternativa: la recarga en 3 horas y media en un enchufe estándar de 220V. Con un poco de buena voluntad, uno se imagina que el sistema será como el de esas cámaras a las que le quitas la batería (en este caso, del tamaño de un maletín) y las enchufas directamente. Renault, por si acaso, no lo deja nada claro en su web.

Se me quedan muchas más preguntas en la cabeza, como ¿Cuánto dura una batería? ¿Cómo funciona el pago de la carga? ¿Será competitivo el precio del Twizy? Demasiadas incógnitas en el aire.
Renault anuncia que va a lanzar un test en la región francesa de Yvelines y que los vehículos estarán disponibles en septiembre de 2011 (las reservas se pueden hacer desde ya).

Tienen un año para acabar con las incertidumbres y evitar caer en esa trampa tan francesa de una idea genial con una implementación irreal. Y si no, que le pregunten al Concorde.

Una obsesión (con mallas) recurrente

Un hombre que se viste con el calzoncillo sobre los leotardos no deja de ser una obsesión como otra cualquiera. Y si uno echa un vistazo a los cuatro años largos de este mi blog, verá cómo el tema que hoy nos ocupa aparece de tanto en tanto.

Desde que se estrenó Superman Returns (Bryan Singer, 2006), hemos pasado cuatro años de rumores, de qué hacer con la franquicia, de a quién hay que pagar un pastuncio por renovar los derechos, etc. Desde hace unos meses sabemos que en la Warner habían puesto a Chris Nolan a producir la nueva versión del Hombre de Acero. Se ve que tener una nueva peli de Batman sobre la mesa se le quedaba corto al hombre. Lo primero que hizo fue poner a David Goyer a trabajar un guión. 
Ayer se anunció en la prensa la elección de Zack Snyder (300, Watchmen) como director de la nueva película de Superman.
La elección parece acertada: Snyder es un tipo que fue capaz de hacer la sorpresa de -precisamente- 2006 con un grupo de tíos musculados frente a una pantalla verde, y después supo salir airoso de una adaptación de cómic tan jodida como Watchmen. 

Al conocer la noticia, he decidido hacer lo que sólo un friki devoto del superhombre judío haría: revisar el Superman Returns de 2006. Un Superman blandito encarnado por el desconocido iowense Brandon Routh. Una peli que cubrió costes pero se quedó corta respecto a las expectativas recaudatorias, dejando a la franquicia en una especie de limbo del que parece que al fin va a salir. 
Vista con la perspectiva de los cuatro años transcurridos, el principal problema de Returns es su acercamiento a la nostalgia. Cuando uno se decide a quitar el polvo a personajes del pasado, hay dos maneras de hacerlo: bien copipegando la fórmula original (como en la serie de El coche fantástico) o reinventando la historia a partir de una premisa similar (como en Batman Begins o en 007: Casino Royale). El problema es que Singer optó por el primer modelo, hasta el extremo de servir a modo de secuela imposible de Superman II, con fanfarria de John Williams incluida. Y al final, ni el público de 2006 era el de 1977, ni Brandon Routh era Christopher Reeve.

¿Se puede volver a contar la historia del último kryptoniano sin morir en el intento? Yo creo que sin duda sí, y la prueba es que un spin off como Smallville, la vida de Supermán antes de Metrópolis, lleva diez temporadas de éxito en la TV americana. Serie de la que, por cierto, no he visto un solo capítulo.

En fin, que los rumores empiezan a hablar del general Zod como malo de la función. Me parece bien, porque si un problema tiene Superman es la ausencia de un malvado tan poderoso como él, y hasta ahora Zod ha demostrado ser el único capaz de estar a la altura.
En fin, ya veremos qué pasa, pero parece que el de Snyder y Nolan es el último tren para un personaje histórico, que si no sale airoso de esta nueva aventura tardaremos muuuucho tiempo en volver a ver en una pantalla de cine.

The Town, jugar a polis y cacos con un cásting de lujo

Entramos en temporada  pre-Oscar, y una de las primeras en sonar como posibles candidatas es The Town. 
Hace masmenos quince años, dos chavales se llevaron el Oscar al mejor guión por "El indomable Will Hunting". Después, uno tomó buenas decisiones (principalmente Bourne) y el otro malas (principalmente, todas). Esos dos chavales eran Matt Damon y Ben Affleck. Affleck, después de un periodo jodido que incluyó ludopatía y tocar fondo vestido de Daredevil, co-escribe y dirige The Town. 


Es una peli de polis y cacos en Boston. Dicho lo cual, todos los críticos se han lanzado a compararla con Infiltrados. Y no tiene nada que ver. The Town habla del juego del gato y el ratón entre un poli -el madmen Jon Hamm- y una banda de atracadores -el cuasi oscarizado Jeremy Renner y Affleck-. Entre medias hay una chica muy mona llamada Rebecca Hall.


Eso es lo mejor de The Town: los actores. Jon Hamm me encanta, con ese aire de suficiencia que siempre acaba pasándole factura. Affleck no desentona, aunque su personaje bien podría ser el mismo que firmó en Operación Reno hace ya diez años. Tiene un papel secundario el gran Pete Postlewhite, que vuelve a bordarlo aunque siempre será Giuseppe Conlon. Y Renner se sale, creando a un matón de barrio que se guía por unos códigos morales intransferibles, de esos que cuando uno le da la espalda nunca sabe si le va a dar una palmada o le va a meter una bala.


Aparte de las interpretaciones, The Town no tiene nada especial. Es una historia clásica rodada de manera clásica con un final clásico. Una película que podía haber estado hecha hace diez, veinte o treinta años, y seguiría siendo igual de válida, igual de buena.


Si me preguntan, The Town no tiene madera de Oscar. Aunque claro, si me preguntan, habría dicho lo mismo de más de la mitad de las películas que han ganado la estatuilla en la última década.

Pantallazos de un sábado de otoño

El otoño ha llegado ya a París. El martes todavía estábamos a 25º y hoy la máxima han debido ser 15º. Así que era una gran oportunidad para armarse con una mantita y enchufarse cosas pendientes. En total he visto tres:

- el piloto de The Event: buen episodio piloto, aunque un poco bajón el fenómeno paranormal del final. Serie recomendada por Blaski, The Event parece una mezcla de 24 y Lost. Espero que tenga más de la primera que de la segunda. Más que nada, porque nunca me interesó Lost lo más mínimo.

- el documental El alma de la Roja, que se hizo para conmemorar el centenario de la Federación Española de Fútbol. Es básicamente una serie de entrevistas fáciles pegadas a imágenes de archivo. Lo mejor es escuchar a los jugadores veteranos explicando que todos los internacionales españoles son un mismo equipo. Pero vamos, a parsecs de distancia de cosas como el documental inglés One Night in Turin.

- When you're strange, la historia de The Doors para principiantes, contaba de la A a la Z, con buenas imágenes, buenos vídeos y, por supuesto, buena música. Me ha aportado dos cosas: una, enterarme de dónde estaba el apartamento de Morrison en París (no demasiado lejos de mi casa, metro Sully Morland) y dos, comprobar que, después de más de diez años sin haberlas escuchado, me sigo sabiendo las letras de la mayor parte de las canciones de The Doors. Me sigo quedando, por este orden, con The End, When the music's over y Riders on the Storm.

Breaking Bad, rompiendo con (casi) todo

El mes de septiembre, ya duro de por sí, tiene el problema añadido de la falta absoluta de entretenimiento audiovisual: los cines han quemado sus mejores cartuchos durante el verano mientras velan armas para Navidad, y las series están de vacaciones para hacer su rentrée gloriosa en octubre.
El otro día probé a ver The Pacific en Canal Plus, una serie que me daba tanta pereza -The Aburridic, la había ensartado Blaski en su blog- que ni siquiera la intenté descargar en su momento. Pues efectivamente, la serie es un coñazo, y por mucho que yo sea fanático de la Segunda Guerra Mundial, me quedé roque en plena incursión japonesa.
Así que un compañero de trabajo -un judío que celebra el Yom Kippur, Hannuckah Y Navidad, imaginaos su nivel de credibilidad- me recomendó Breaking Bad, y tan desesperado estaba que la bajé.

Fantástica serie. Breaking Bad cuenta la historia de Walt, un sobrecualificado profesor de química en un instituto de Nuevo México, que al serle diagnosticado un cáncer terminal, decide hacerse narcotraficante (aprovechando sus conocimientos de química) para conseguir dinero para su familia.
La premisa, si bien suena original, es un poco una vuelta de tuerca a la de Dexter, padre ejemplar y criminal al mismo tiempo. Lo que mola de Breaking Bad es, principalmente, el protagonista. Bryan Cranston es una estrella de la tele hecha a sí misma. Mirando su biografía en Imdb, descubrimos que Cranston ha hecho de secundario en casi todas las series de televisión, desde Canción Triste de Hill Street hasta Walker, Texas Ranger, pasando por Expediente X y, sí amigos, los Power Rangers. En Breaking Bad, Cranston borda el papel de un tipo en el alambre pero sin nada que perder, que se lanza en una contrarreloj para salvar a los suyos antes de irse al hoyo.

Además de Cranston, el peso de la trama recae en el chaval que le ayuda a vender la droga, un blanco que habla como un negro y se pasa la vida fumando crack. Al principio de la serie parece un secundario cómico, pero conforme los capítulos avanzan, Aaron Paul va currándose un personaje mucho más interesante de lo que parecía.
También es fantástico el tipo que encarna al cuñado de Cranston, policía encargado de investigar el narcotráfico en la DEA. Encarnado por un actor que fue secundario -¿se puede ser actor terciario?- en Terminator 2 y en Desafío Total.

Visualmente la serie no es nada especial, pero está suficientemente bien rodada. Tiene alguna escena, eso sí, absolutamente genial, como la del prisionero en el sótano (cuando la veáis, entenderéis). Molan especialmente las intros a los capítulos, esos dos minutos que las series suelen llevar antes de los créditos, que si bien la mayoría de ellas aprovechan para repasar lo que ya ha pasado, en Breaking Bad sirven para darte pistas sobre lo que va a pasar. Evidentemente, sin que el espectador entienda una mierda, en ocasiones hasta varios capítulos más tarde.
En fin, que Breaking Bad es una serie bastante insólita, pero que vale muy mucho la pena. Luego no digáis que no os avisé.

Eurodisney: una crítica muy crítica

Ayer volví a ir a Eurodisney (o Disneyland París), por cuarta vez en mi vida. No puedo evitar, cada vez que voy, sentirme un poco fuera de sitio, porque en realidad el parque está concebido para a) adolescentes pajilleros o b) padres con hijos pequeños. Sobre todo b). Además, el personal que uno encuentra en este tipo de parque suele ser habitualmente del género tontorronus máximus, y en Eurodisney esto se multiplica a las diferentes nacionalidades que viajan hasta allí. En verano, además, uno disfruta en estéreo de las lorzas del personal, camisetas ajustadas al michelín, pantalones demasiado cortos, camisetas de tirantes que asoman en espaldas peludas y un largo etcétera. Por no hablar de las mujeres musulmanas que van con velo -¡o con burka!- en pleno verano. Aunque las novedades de este año han sido, por este orden, los turistas indios -como empiecen a viajar, démonos por jodidos- y las camisetas de la selección española campeona del mundo.


El parque está dividido en dos, el tradicional y Studios, más nuevo pero con menos cosas. Eurodisney ofrece atracciones para todos, pero sus grandes apuestas son los rollos interactivos y las montañas rusas. Los rollos interactivos son tres:
- el Capitán EO: una película 3D con Michael Jackson cuando era negro. Una cosa estupenda para 1985, cuando se diseñó.
- Star Tours: una idea cojonuda, una agencia de viajes espaciales que te lleva por el universo de Star Wars con un simulador de vuelo. De nuevo, fantástico hace veinte años, pero hoy es una cosa tan aburrida y casposa como el chaleco de Han Solo. 
- Armageddon: la peli era tremenda. La atracción es tremendamente mala. Te cuentan toda una historia con un meteorito que va a destruir la Tierra, te meten en un plató que simula una nave espacial y... acaban echándote agua con un aspersor. 
- Piratas del Caribe: un paseo en barca por una colección de animatronics piratescos. Uno sabe que va a ser aburrido desde el momento en que ni le ponen un cinturón al montarse en la atracción. Me pregunto a quién se le ocurriría hacer una película sobre semejante sopor. La primera peli no fue muy fiel, pero las dos secuelas reproducen bastante bien la sensación de sopor que se le queda a uno en semejante cosa.


Luego están las montañas rusas, que no están mal pero tienen un problema muy grande: las colas. No es de recibo que uno tenga que esperar has 80 minutos de cola -algo que obviamente no hice- para una atracción de 80 segundos. Tienen un saltacolas llamado "fast pass" que está muy bien porque te da un horario en el que puedes entrar a la atracción casi sin espera. El problema es que tienen un numerus clausus de fast passes al día, y en función de la demanda, puedes encontrar que no quedan más pases a la una de la tarde, ergo de vuelta a la cola. Si uno consigue pasar, especialmente recomendable es la montaña de Aerosmith, que básicamente pone la música del grupo mientras uno da vueltas a toda hostia. El Space Mountain no está mal, pero lo de estar en permanente oscuridad no me termina de convencer porque llega un momento en el que no sabes si estás bocarriba o bocabajo. Las demás, incluida la de Indiana Jones -que ayer se estropeó cuando llevaba hecha media hora de cola- no valen gran cosa. Aunque suene patriotero, las montañas del Parque Warner de Madrid les dan cien mil vueltas.


Lo demás, muy rollo Disney: los decorados de cartón piedra, los muñecotes de las películas bailando, la comida hipercalórica... nada nuevo bajo el sol.


Lo que yo me pregunto es cómo puede ser que Disney, los tíos que invierten más pasta en este tipo de cosas, no hayan sido capaces de hacer evolucionar la experiencia de un parque de atracciones. ¿Cómo puede ser que en 2010 toda la tecnología del parque sea de 1985? ¿No ha avanzado nada el ser humano? ¿No hay una manera de incluir, yo qué sé, un simulador de Toy Story en el que te conviertes en juguete? ¿Una montaña rusa en la que vas jugando a Guitar Hero? ¿Un circuito de camas elásticas en las que te visten de Mr Increíble?


En fin, que espero que el amigo John Lasseter se ponga las pilas con este tema y consiga que los parques Disney dejen de ser un viaje a la época en la que vivía el tío Walt.

Salt = Jason Bourne + Nina Myers

El principio de septiembre siempre es raro en el cine. Acabada la temporada veraniega, la gente no va a las salas porque a) todos los blockbusters están vistos y b) sigue haciendo lo suficientemente bueno como para ir a tomar algo a una terraza. 
Total, que es un cine casi vacío es en el que he visto Salt. 


Salt viene siendo un guión sobre un agente / espía / doble agente que en principio iba a interpretar Tom Cruise y dirigir Michael Mann. Al final la cosa acabó con Salt perdiendo el pene, interpretado por Angelina Jolie, con Philip Noyce (de cuya carrera sólo recuerdo El Santo) moviendo la lente.
Lo cierto es que yo me esperaba un Caso Bourne con estrógenos, y tampoco le anda tan lejos la cosa. Salt resulta una película de acción entretenida (básicamente porque no te dejan pararte a pensar ni un segundo), pero acaba agotando a base de pura inocencia, de naivité en la acción. Escenas como la de Angelina Jolie infiltrando el búnker de la casa blanca por el hueco del ascensor le dan ganas a uno de pegarle con el ordenador en la cabeza al escritor de semejante estupidez. Porque hombre, una cosa es que apilen escenas de peligro para no dejarte respirar, y otra que consigan que el oxígeno no te llegue al cerebro.

Probablemente el error de la película sea el propio cast de Angelina, ya que, al menos yo (ojo spoiler) jamás me llegué a tomar en serio la posibilidad de que ella fuera la mala del asunto. En cualquier caso, al acabar la película (que acaba raro de cojones), a mí me queda la sensación de que antes de Salt, el mundo habría preferido ver un spin off / precuela de la vida de Nina Myers.



Dicho lo cual, aprovecho para hablar de uno de los spots que han colado antes de la película. En Francia, dado que todavía no ha llegado la fantástica costumbre española de numerar los asientos, uno tiene que llegar antes de tiempo a coger sitio en la sala, de manera que se traga de pe a pa toda la ristra de anuncios. Pues bien, ha habido uno que no sólo no he entendido -los anuncios de perfume suelen ser de por sí ininteligibles-, sino que me ha parecido directamente una tomadura de pelo. Protagonizado por el chaval que hizo de Hannibal Lecter en aquella precuela olvidada, el spot no tiene ni pies ni cabeza. Y lo peor de todo es que está dirigido por Martin Scorsese. Me pregunto cuánta pasta le han aflojado los chicos de Chanel por echar una mano en semejante despropósito. En fin, juzguen ustedes mismos:

Cuando la culpa puede al placer

Hablo de Grease, los Goonies, o el cine de Michael Bay. En EE. UU. a ese tipo de películas tontorronas pero entrañables les llaman "guilty pleasures", placeres culpables que, cual terrina de Chunky Monkey de Ben & Jerry's, uno se regala de vez en cuando.

The Expendables es una película con Sylvester Stallone, Jason Statham, Dolph 23 años después de He-Man Lundgren, Jet Li, Eric Roberts, Mickey Rourke y dos cameos de Bruce Willis y el mismísimo Governator Arnie. Más placer culpable imposible.
La idea es una vuelta a ese cine testiculítico de finales de los 80 y principios de los 90, con esos guiones imposibles protagonizados por personajes como Mario Cobretti o Jack Slater.

Una película así sólo hay una manera de hacerla: sin tomársela en serio.
El problema es que Stallone, convencido de que sabe dirigir acción (y eso que en Rambo 4 no lo había hecho mal), se equivoca en casi todo. Para empezar, en darse el papel protagonista. Un tío de 64 años no puede llevar el peso de una peli de acción a sus espaldas, y menos pretendiendo relegar al para mí mejor actor de acción de la década actual, Jason Statham, al papel de sidekick, o secundario cómico. Stallone no sólo no consigue sonreír en toda la peli (lo intenta, pero la piel no da más de sí), sino que además cada vez que se pone a correr, se le notan los años una barbaridad.

En una película así, el guión no tiene ni pies ni cabeza. En The Expendables, tampoco. El libreto, co-firmado por Silvestre, tiene escenas de acción apiladas una sobre la otra  -con una violencia muy explícita filmada demasiado rápidamente para poder ser disfrutada-, pero el problema está en el diálogo. Sly otorga al mejor actor de toda la pandilla, Bruce Willis, un cameo de tres minutos. Cameo memorable, eso sí, a tres bandas entre Schwarzenegger, Stallone y Willis. Hace veinte años, semejante escena habría sido una junta directiva del Planet Hollywood. A Jason Statham le quedan líneas tontas, y al otro actor de verdad, Mickey Rourke, le deja una disertación sobre el alma que parece copipegada de un "Kant para tontos".

Al acabar los 90 minutos de metraje, uno siente más sentimiento de culpa -10 euros son muchos euros- que de placer. Es lo que tiene ir a ver una película que ya lo anuncia en su título: prescindible.

Cine de acción con etiqueta: Inception

Tenía ya ganas de echarle el diente a Inception, probablemente el último de la larga retahíla de blockbusters de verano que he ido comentando en este blog.
Una película de Christopher Nolan siempre es a) elegante y b) compleja. Inception cumple con los dos aspectos del director inglés. 

Ya desde el tráiler estaba seguro de que iba a tener momentos de quedarme mirando a la pantalla como las vacas miran al tren pasar a la altura de Reinosa. El problema de las películas con una estructura enrrevesada, basada en un veteyvén de realidad y sueño (y se me ocurren a bote pronto Desafío Total, Matrix o Abre los ojos) es que hay que tener un guionista con mucho talento para que el público no se te pierda por el camino. Inception lo consigue bastante bien, aunque por momentos es complicado distinguir los cuatro niveles de realidad y sueños en los que se mueve la acción.

La película es básicamente una cinta de acción con un barniz de ciencia ficción que le permite pasarse las leyes de la física por el arco del triunfo. La trama: un caso de sabotaje industrial que sucede en la mente del heredero de una compañía multinacional. Esto se olvida rápidamente, porque la densidad visual es tanta, que a uno acaba dándole bastante lo mismo lo que suceda con los personajes. Y eso que el cast es de primer nivel, por mucho que yo no sea precisamente un incondicional de Leonardo Di Caprio. Lo que sí que confirmo es que, si mañana un meteorito cayera sobre la cabeza de Natalie Portman, una vez observados unos días de duelo, la reemplazaría por Marion Cotillard.

Pero bueno, insisto en que los actores son lo de menos. Porque, si como ciencia-ficción a mí me parece que patina un poco a nivel de guión (y que lo de el mundo de los sueños, para ser sinceros, me suena a Matrix recalentado), como película de acción es la caña. El dúo Chris Nolan - Wally Pfister es ahora mismo lo más sublime que se puede encontrar detrás de una cámara de cine. Ver cómo plantean el montaje, los encuadres, la iluminación, los movimientos de cámara... todo, es una pasada. A estos dos tíos les das una handycam y les sueltas en Malasaña, y consiguen que la plaza del Dos de Mayo parezca la Place Vendôme.

Mención especial a los últimos diez segundos de metraje, con todo el cine al borde del asiento, viendo girar una peonza. Brutal.

En fin, que Inception no creo que sea la película del año, pero es sin duda el cine más elegante que he visto en mucho tiempo.


PD: Dicho lo cual, alcanzo mi post número 500 en éste mi blog. ¡Gracias por leerme!

Una opinión a contrapelo sobre el debate de los toros

He tardado, pero tenía que decir algo. Resulta que el parlamento catalán ha votado en contra de la celebración de corridas de toros en Cataluña a partir de 2012. Los antitaurinos celebraron el resultado como una mejora sensible para los derechos de los toros. La prensa conservadora (La Razón, ABC y El Mundo) hicieron del tema un asunto de Estado, al asociar tauromaquia y españolismo -condición de español, esto es-.

Yo, una vez más, me niego a alinearme con ninguno de los dos bandos. Vaya por delante que me siento español, tengo un abuelo de cada esquina del país, y jamás he ido a una corrida de toros. No me interesa el tema, no le pillo el punto. Igual que me pueda pasar con, qué sé yo, la jota aragonesa, el lechazo o la pelota vasca. A diferencia de estos tres ejemplos más o menos aleatorios, eso sí, creo que en torno al ruedo se aglutinan todos los valores rancios españoles que menos me gustan: la superstición, el mamoneo, las folclóricas, la gracia andaluza y un largo etcétera. Es más, cada vez que estando fuera de España alguien saca el tópico del flamenco y los toros, el letrero de neón que llevo en la frente se ilumina con la frase CÁLLATE YA, IMBÉCIL.
Y sin embargo, también añado que los derechos de los toros me la traen al pairo. Es más, ¿qué derechos tienen los toros? ¿Habría toros si no fuera para a) preñar vacas o b) torearlos y luego estofar su rabo? Me temo que la respuesta es en ambos casos negativa. 

Independientemente del resultado a la votación, lo que sí me inquieta es que este tema tan aparentemente capital (si hacemos caso a la prensa nacional, claro) se vote, en pleno siglo XXI, en el parlamento. No me digan que la teledemocracia no es posible para cosas como estas. Ese sitio web del parlamento catalán en el que uno tiene que meter su nombre y deneí, y clicar sobre el botón verde para "Quiero que los toros sigan en Cataluña" o sobre el rojo para "Quiero que los toros se dejen de celebrar en Cataluña". Si hemos llegado a la luna, hemos creado una lavadora irrompible y hemos conseguido escribir google en Google sin romper internet, cómo no vamos a ser capaces de eso. Apuesto a que desde un lector de La Razón a un votante de Esquerra Republicana sabrían hacerlo.

Adrimedia contra el terrorista de easyjet

Ayer volví a París. Después de un viaje relámpago en coche desde Santander, subí al vuelo de Easyjet 3908 de las 20h30 destino París Charles de Gaulle.
Entré de los primeros para coger sitio en las primeras filas y salir disparado al llegar. Encontré un asiento de pasillo, fila cinco, subí mi maleta al portaequipajes justo sobre el asiento y saqué la biografía de Cantona que estoy leyendo. Me abroché el cinturón. Después de haber dormido cinco horas en dos días, tardé unos segundos en quedarme dormido en el asiento.

Cuando me desperté, media hora después, estábamos volando hace un rato. Volví la cabeza hacia la ventanilla y todavía había luz. Entonces, justo al voltear hacia el otro lado del pasillo, le vi: un hombre de entre cuarenta y cincuenta, árabe de esos con barba de profeta de barrio y boina a juego estaba sentado a apenas un metro de mí. Llevaba un vestido largo blanco, como esos que se ponen las tías encima del bañador para conducir de vuelta de la playa. La jugada se remataba con dos calcetines blancos de hacer deporte, bien gruesos, zapatos de piel marrón y un gabán en el regazo. Un abrigo en pleno mes de julio.

Será la culpa de los infinitos episodios de 24 devorados, pero a mí el tipo se me hizo sospechoso desde el primer segundo.

Entonces, apenas hube terminado mi reconocimiento, el hombre se pone de pie, deja el abrigo sobre el asiento, y se mete en el baño del avión. El modelo de avión, que no comprobé, tenía el baño en la parte de adelante, justo pegado a la cabina de pilotaje. Un sitio ideal para decapitar el avión al inmolarse.

El tipo debió pasar diez minutos que sentí como diez horas metido en aquel habitáculo. La verdad es que ni se me pasó mi vida en fotogramas, ni pensé en que jamás conocería a Natalie Portman. Pero me acojoné como nunca antes.
Al final salió. Con gesto serio, recorrió los pocos metros que le separaban de la fila cinco y volvió a sentarse, dejando -dato significativo- el cinturón convenientemente desabrochado.
Reconozco que a estas alturas ya no le quitaba el ojo de encima.

Entonces, el árabe se dobló sobre sí mismo, llevándose las manos a los tobillos. Pasó así unos instantes y recuperó el ángulo de noventa grados. Le miré a la cara, y vi su barba moverse arriba y abajo, mientras sus labios musitaban algo -evidentemente, una plegaria, alá akbar o lo que fuera aquello-, el tipo de cosa que uno hace antes de comprar un billete al paraíso.
A estas alturas, mi espalda era un torrente de sudor, y empecé a considerar activamente la posibilidad de abalanzarme sobre él para neutralizarlo.
Y en ese momento, el hombre metió la mano entre los pliegues de su gabán amarillo, y sacó un teléfono. Era un modelo barato, de esos de concha que se vendían como churros en 2005. Entonces, el árabe lo abrió deslizando su pulgar entre la tapa y el teclado, y apretó el botón de encendido. Pensadlo: un integrista musulmán que enciende un teléfono a 33.000 pies sólo puede significar una cosa. Ka-boom. Así que ahí salté: levanté la mano para atraer la atención del jefe de cabina, mientras le decía al aspirante a Mohammed Atta que ni de coña iba a encender un móvil delante de mí en ese avión. El chaval de Easyjet, con un aplomo propio de un becario de la CTU, le pidió que lo apagara (yo esperaba un golpe seco con el exterior de la mano en la nuez del hombre, pero en fin) y, una vez el hombre devolvió su teléfono al bolsillo del abrigo, el azafato se dio por satisfecho.

La situación parecía bajo control, y entonces el piloto anunció el aterrizaje en París por megafonía.
Tocamos tierra apenas quince minutos después. Yo no le quité el ojo de encima a aquel hombre hasta que ganamos la terminal.
Pasé el miedo de mi vida. Me sentí un poco Jack Bauer. Viviremos para volver a volar en Easyjet.

Como la noche y el día

El tráiler me engañó. Bueno, el tráiler, y que Tom Cruise me parece, como Brad Pitt, mucho mejor actor de lo que su cara bonita promete. De Cameron Díaz vaya por delante que no esperaba nada, porque van quince años desde su debut en La máscara y todavía espero que supere la escena del esperma en el flequillo de Algo pasa con Mary.

El tráiler prometía una buena película de acción con tintes de comedia, un género jodido, pero que cuando se ha hecho bien -pienso aquí en El secreto de Thomas Crown, Mr and Mrs Smith y, sobre todo, en Mentiras arriesgadas- tiene su puntito. Así que me fui ayer a ver Noche y Día, Night and Day en Francia... y Knight and Day en el original. Que me ahorquen si entiendo las sutilezas de los traductores.

El primer susto me lo llevé al descubrir, en plenos créditos, que el director del tema era James Mangold, al que yo tenía por director artesano e independiente, a raíz de sus previos Copland, Walk the Line o 3:10 to Yuma. Un director raro para una comedia de acción puede ser una buena idea, pensé, iluso de mí.

La historia es básicamente la de Tom Cruise, un espía que, por un motivo algo confuso, acaba metiendo a Cameron Díaz en un embolado a varias bandas con un MacGuffin de por medio. Premisa tonta a más no poder, con lo cual, una vez descartada la inteligencia en la trama, nos queda agarrarnos al talento de director y protagonistas, y a la dirección de las escenas de acción. En Mentiras arriesgadas, por ejemplo, la trama se podía resumir en dos líneas sobre una servilleta de bar, y en cambio el trabajo de James Cameron, Arnie y Jamie Lee Curtis convirtió a la peli en un clásico del sub-género de espionaje cachondo.
Aquí Tom Cruise se dedica a hacer gestos raros, Cameron Díaz a alternar su celebérrima sonrisa con cara de sorpresa. Entre los dos hay menos química que entre la Reina Sofía y Letizia Ortiz. 
Añádase a la mezcla a Jordi Mollà en otro papel de malo hispano de manual, calcado de pe a pa al que hacía en Dos policías rebeldes 2. Inofensivo, poco interesante, irrelevante... su papel de traficante de armas da tanto miedo como Cameron Díaz con una pistola de agua. 

Y ahí entra James Mangold, un tipo que consiguió no sólo que el chalado de Joachim Phoenix hiciera una actuación de Oscar, sino que por poco logra que Stallone aprendiera a actuar para hacer Copland. Aquí en cambio, da la impresión de que el amigo Mangold estaba en la famosa lista que por lo visto hace Tom Cruise antes de los rodajes, especificando quién no tiene derecho a mirarle a la cara. Y si no estaba, y resulta que se llevaba bien con nuestro cienciólogo favorito, es que Mangold se pasó el rodaje borracho, o directamente se le ha olvidado dirigir: no hay ni un plano interesante, ni una secuencia memorable (aparte de esos Sanfermines en Sevilla que a Blaski le gustarán tanto), ni nada que deje constancia de que el que movía la cámara delante de Cruise y Díaz tenía más de dos neuronas jugando al pinpón.

A pesar de ser flojo, me imagino el mismo guión con Cameron, Schwarzenegger y Curtis, y es que me parto sólo de pensarlo. Como la noche y el día, vaya.

Toy Story 3: los juguetes se ponen existencialistas

Francia ha debido ser el penúltimo país del mundo en el que se ha estrenado la tercera parte de Toy Story. De todas las películas de Pixar -quizá con el permiso de Monstruos S.A.- las dos Toy Storys son mis favoritas. Incluso hay un debate muy serio sobre la posibilidad de que la 2 sea todavía mejor que la 1.

Así que no me extraña que Lee Unkrich, el director de esta tercera parte, estuviera acojonado ante la perspectiva de hacer esta peli.

Y es que el 3 es un número maldito. Con la excepción de Indiana Jones y John McClane, ninguna saga ha conseguido hacer una tercera parte a la altura de las dos primeras. Lo de "a la tercera va a la vencida" nos ha dejado bodrios protagonizados por Superman, los ewoks, Marty McFly, Robocop o Spiderman, entre otros.

Como en el maravilloso grupo de Facebook ("Quítate de mi camino, niño, que llevo diez años esperando Toy Story 3"), la sala estaba llena de gente de mi edad, y había pocos chavales para ser una sesión a las 6 de la tarde. Supongo que muchos irían a ver la versión en francés...

Hablando de adultos, lo bueno de las películas de Pixar, desde aquel debut con Toy Story en 1995, es que siempre han tenido dos niveles de lectura, uno para niños, y otro para mayores. Mi problema es que ya llevo dos años -en 2008 con Wall-E y en 2009 con Up- en los que encuentro el texto para mayores, pero ni rastro de la capa para niños. Nadie dice que no se puedan hacer películas de animación para adultos, pero Toy Story tiene que ser un juguete para niños, tanto pequeños como grandes.

Toy Story 3 tiene partes oscuras, más cercanas a Indiana Jones y el Templo Maldito que a las anteriores historias de juguetes de Pixar. El malo, por ejemplo, es Hannibal Lecter en versión peluche. Y en el último cuarto de hora de peli hay un momento en el que se te ponen de corbata. No sentía tanta angustia viendo dibujos animados desde que David el Gnomo se convirtió en árbol. La muerte de la madre de Bambi es una broma al lado de ese momento en el basurero.

Pero lo peor no es eso: el niño que hay en mí durante un momento de TS3 -como en Wall-E y en UP- se estaba aburriendo sentado en la butaca.


Toy Story 3 no es, vaya por delante, ni Superman 3, ni mucho menos Shrek 3. Los personajes siguen ahí: Woody, Rex, el señor Potato, Hamm y nuevos fichajes como sobre todo Ken, el metrosexual novio de Barbie. Por encima de todos ellos, una vez más, está Buzz Lightyear, que protagoniza varias de las mejores escenas de la película. La animación es bestial, aunque el 3D es innecesario y sigo odiando llevar gafas durante hora y media. Y a la música de Randy Newman se suma esta vez una versión descacharrante del "You have a friend in me" hecha por los Gipsy Kings.

Y sin embargo, hay a lo largo de la hora y media de metraje un rollo existencialista acerca del futuro de los juguetes, su abandono por parte del dueño original, su perpetuación a través de una guardería con nuevos niños a cada año, etc. que parece un poco fuera de tono. Aun siendo la soledad una idea que aparecía en las dos primeras partes, en TS3 es martilleado hasta la extenuación. Como si el guión lo hubiera escrito un juguete recién abandonado por su dueño. Y deja un regusto amargo en el espectador.

Al final, por mucha animación de vanguardia, mucha creatividad y mucho tresdé que le eches, no deberían olvidarse que Toy Story debería ser, ante todo, una película para niños.

What if? ma non troppo

Cuando era más joven y vehemente, solía decir que los What if?, esos ejercicios condicionales que planteaban una realidad alternativa, eran una parida.
Los años pasan, y me he ido convenciendo de que, cuando están bien hechos, cuando se construyen a partir de una hipótesis posible, los What if? pueden ser un ejercicio válido.

Todo esto viene a cuento de Fatherland, la novela de Thomas Harris, escrita en 1992, que me acabo de ventilar en poco más de una semana. Fatherland es una historieta policiaca en una Alemania nazi de 1964, vencedora de la II Guerra Mundial.
El libro está bien escrito -no podía esperar menos del autor de El Dragón Rojo-, los personajes son creíbles, la Alemania nazi descrita es interesante, y hasta aporta un dato que yo desconocía: se tardaba unas doce horas en ir en tren desde Berlín hasta Auschwitz. Esto es, doce horas compartiendo vagón sin ventilación con otras 59 personas.

El problema de Harris es que basa su hipotético mundo en la victoria alemana en la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS. El libro plantea entonces un Reich paneuropeo que va de Londres a Moscú, de Helsinki a Madrid, con Churchill refugiado en Canadá y con los Estados Unidos viviendo una Guerra Fría alternativa con los nazis al otro lado del Atlántico.

Muchos autores se han hecho pajas mentales con este tema, y la conclusión generalizada es que a Hitler le pudo, como a Napoleón un siglo y medio antes, la megalomanía. Si no hubiese abierto el frente ruso (tenía un tratado de no agresión firmado con el hijoputa sanguinario de Stalin), podría haber completado la invasión de Gran Bretaña con calma. Y después, ya con detenimiento, decidir cómo hincarle el diente a los ruskis.

Afortunadamente para todos -o para casi todos- Hitler metió la gamba.

Online = offline, sí o sí

No soy fan de la geolocalización. La razón es muy simple: es el pegamento que une para siempre la vida online de la vida offline.

El palabro del mes es "mass mingling". ¿Qué es mass mingling? -os preguntaréis sin duda. Pues es la nueva tendencia de moda surgida a raíz de los servicios de geo-localización online. Es decir, que gracias a sitios como Foursquare, Gowalla or Latitude, la gente está ya compartiendo en internet el sitio en el que están físicamente. No sólo eso, sino que además, se están organizando quedadas masivas a través de esos soportes.

No es que yo esté en contra de las quedadas a través de internet -no puedo estarlo después de tantas y tantas sanatoriadas racinguistas-, pero sí que me temo que va a llegar el momento en el que esté twitteando desde un bar en la Latina, y el pibe de mi lado me dé unos golpecitos en el hombro y me pregunte si yo soy adrimedia. Y hombre, una cosa es que no me importe tener amigos de Facebook con los que no hablo nunca, o subscriptores a mi Tweeter que no me interesan en absoluto, y otra que los peñazos online (que se pueden ocultar, banear, borrar, o simplemente evitar dándole a la ruedecilla del ratón para abajo) se conviertan ahora en peñazos físicos.

Y eso sin entrar en casos específicos, como esa entrevista para un nuevo trabajo para la que te das cita en la cafetería de un hotel, e inmediatamente todos tus compañeros de curro -jefe incluido- saben que no estás en la silla del dentista, sino en el bar del Hilton. Y olvidémonos del clásico "estoy llegando" cuando vas tarde a una cita con alguien, y en realidad estás dando la segunda vuelta a la llave de casa.


Porque ahí es a donde estamos llegando; no es el hecho de querer separar la identidad on y offline (cada vez más complicado), sino el hecho de poder controlar cuándo queremos que las dos converjan.

Me encanta que las adaptaciones salgan bien

Después de un par de semanas cerrado por vacaciones chinas, vuelvo a la vida para hablar de la película que más esperaba de este verano 2010: El Equipo A.
Para mí es una serie mítica, con la que pasé muchísimas horas en mi más tierna infancia (y nótese que, a diferencia de lo que dicen los expertos, pocos de los niños que vimos pistolas en El Equipo A hemos acabado siendo asesinos en serie). 

El Equipo A era en realidad una serie de dibujos con personajes de carne y hueso, unos guiones absurdos que en manos de cualquier otro grupo de actores habrían sido una catástrofe televisiva. Sin embargo, los Dirk Benedict, Dwight Schulz, Mr T y por supuesto George Peppard le daban vida al invento.

Así las cosas, lo complicado de adaptar El Equipo A era encontrar una historia que diera para 90 minutos (a poder ser sin toda la parte "camp" de la serie original) y sobre todo acertar con la elección de los actores. Y vaya si han acertado: Sharlto Cooper hace un Murdock fantástico, un loco con una misión como en la serie original; el luchador Quinton Rampage Jackson da vida a M.A. (B.A. en inglés, aunque se empeñan en llamarle por su nombre "real", Bosco, media peli), quizá no tenga el carisma de Mr T, pero cumple de requetesobra; Bradley Cooper como Fénix, otro acierto porque la verdad es que es como Hugh Jackman, un tipo guapo que te cagas, y además buen actor de comedia; y por último Liam Neeson como John Hannibal Smith, que me parece el que peor parado sale de los cuatro, probablemente porque le tengo asociado a muchos de los otros papeles que ha interpretado, y porque a diferencia de los otros, parece estar en la peli por la pasta, y no por divertirse.
 
Además, todos los gimmicks de la serie están ahí: los puros de Hannibal, las chicas de Fénix, la gorra de Murdock, el mohawk de M.A y, por supuesto, la furgoneta GMC negra con la raya roja.
La historia es tontorrona, pero al menos en ningún momento aspira a ser seria. Esto no es discutible, porque a partir del momento en el que incluyes un tanque que cae del cielo en paracaídas, ya puedes asesinar a una camada de gatitos a sangre fría, que a la gente le va a dar la risa. 
Precisamente el humor es lo que mejor funciona en la versión 2010 de El Equipo A: sin caer en la acción de dibujos animados de la serie, el tono general de la peli es tan grotesco que al final incluso el espectador más tiquismiquis dice qué coño, pone el cerebro en off y disfruta del viaje. 

La película, en cambio, tiene dos problemas: uno, fundamental, el director. Joe Carnahan tiene unas credenciales decentes como director de acción, pero aquí intenta imitar a Michael Bay... sin ser Michael Bay. El resultado son escenas de acción sin pies ni cabeza, ilegibles.
El segundo problema es Alan Silvestri, cuya música es genial para películas como Regreso al futuro o Forrest Gump, pero que con todos mis respetos no sabe orquestar cine de acción. Además de casi no utilizar la partitura original de la serie (tan-tanan-taaaan), hay una escena particularmente bochornosa en la que parece que ha robado a Hans Zimmer el cedé de The Dark Knight.
También da lástima que los dos cameos de Dirk Benedict y Dwight Schulz pasen totalmente desapercibidos. Yo, pese a saber más o menos cuándo deberían aparecer en pantalla, ni los vi pasar. No tienen ni una línea de guión, y es una pena porque habría sido muy cachondo verles actuar después de 25 años.

En fin, que El Equipo A ha vuelto, y aunque el cierre de la peli deja vía libre para una secuela, de momento la taquilla está demostrando que a veces los planes no salen del todo bien...

24, la serie con la que me hice mayor

El ser humano suele asociar sus experiencias a un contexto, a un momento determinado. Esto pasa también con las películas y las canciones: ¿quién no recuerda, por ejemplo, cuándo y dónde vio Star Wars por primera vez? ¿quién ha olvidado con quién fue a aquel concierto de los Rolling?
Con las series de TV, en cambio, la cosa es un poco distinta, porque duran mucho más de 2 horas. Nos acompañan durante años.

En el caso de 24, yo empecé a ver la serie cuando vivía con mi amigo Blaski en la calle Gasómetro. Un domingo aburrido le pedí algún DVD y acabé quedándome casi sin dormir, (aquel final de la temporada 1 parecía insuperable, y sin embargo...) tras ventilarme cuatro temporadas casi sin pestañear.  Luego fuimos añadiendo adictos y adictas (sobre todo adictas) a la serie, y cuando nos quisimos dar cuenta Jack Bauer era como de la familia.
24 no es sólo una historia de acción, sino que ha sido una revolución en la manera de contar televisión y en la calidad del producto. No ha sido tanto un fenómeno por el qué contaba, sino por el cómo lo hacía. El guión, la música, los actores, la manera de mover la cámara... todo ha sido perfecto.

Si el Equipo A es la serie de mi infancia, y Friends me acompañó desde antes de la adolescencia hasta la universidad, 24 es la serie con la que me hice mayor.
Con todas esas noches pendientes de que se descargara el torrent del capítulo (sí, hemos pirateado todas las temporadas porque no podíamos verlas de otra manera sin esperar meses; para compensar, luego las hemos comprado íntegras en DVD).
Con todos esos momentos de quedarnos clavados, incrédulos, frente a la pantalla del ordenador.
Con todos esos "Drop the gun!" que nos hemos gritado en plan de coña.
Con todos esos momentos de amistad parapetada en una serie de televisión.

¿Necesita publicidad el iPad?

El próximo 28 de mayo llega el iPad a Francia. La travesía del Atlántico le ha llevado dos meses, así que uno se pregunta si los habrá traído Steve Jobs en una barquita de remos.

Personalmente, no soy un gran fan del iPad. Creo que, como suele pasar con Apple, sus productos llegan dos o tres años antes de tiempo. En el caso del iPad, después de leerme las especificaciones técnicas, mi primera pregunta fue dónde se habían ido los puertos USB. Hace tres años, cuando sacaron el MacBook Air, se olvidaron el lector de CD/DVD. El tiempo dio la razón a Steve Jobs, porque ahora todo va por discos duros y llaves USB. 

Ahora se ventilan el universal serial bus, y proponen como alternativa la idea de estar siempre conectados a internet, y así poder acceder a todos los contenidos desde la nube, o en streaming. ¿Y en los aviones? -pregunté, incisivo- ¿cómo veo pelis en los aviones, sin conexión a nada? La respuesta son los discos duros sin hilos.
Como jamás he visto uno, hice una búsqueda en Amazon. Al teclear "wireless hard drive" me salieron 417 resultados. En realidad, sólo los 13 primeros productos correspondían a mi búsqueda (lo demás eran cosas varias sin hilos). El primero de los resultados, casualmente, fue el Time Capsule de Apple, a 399 dólares la pieza. Para poder comparar, tecleé "external hard drive" y la página escupió... 9.263 respuestas.

Total, que no me voy a comprar un iPad. Al menos por ahora.

Pero volviendo a Francia, el metro de París ha sido inundado esta semana con miles de marquesinas made in Apple, en la que se muestra, desde el punto de vista de un ser humano reclinado con las piernas estiradas, las cosas que se pueden hacer con el bicho de Apple: escribir emails, leer lemonde.fr (me pregunto si Le Monde habrá pagado por salir ahí), tontear con aplicaciones, o ver Star Trek. En la parte de abajo, la fecha de lanzamiento: el 28 de mayo.

Y yo me pregunto: ¿dónde está la idea creativa?. Más aún, ¿es necesaria esta campaña?. El márketing (al que pertenece la publicidad) se creó para diferenciar productos en el mercado. Pues bien, en el caso del iPad, la idea creativa es el producto en sí. Igual que cuando un producto es malo, da igual lo que inviertas en publicidad, que la gente no picará (o lo hará sólo una vez), cuando el producto es excelente, como es el caso del iPad, la publicidad no aporta gran cosa.
Apple siempre ha sabido manejar muy bien el arte de dejar que hablen de uno. Las semanas antes de la presentación del que entonces rumoreado iSlate, los medios llenaron miles de líneas especulando sobre la nueva invención de ese genio que es Steve Jobs. Cuando lo presentó, apareció en las portadas de toda la prensa mundial. Y todo a coste prácticamente cero. 

Todo el mundo (o al menos todo el público objetivo del invento) sabe lo que es el iPad. No hace falta dejarse los cuartos en una campaña, y menos sin es una cosa simplona y aburrida, totalmente lo opuesto a los valores que asociamos a la marca Apple. Por mucho que en su agencia TBWA estén encantados de llevárselo crudo. Y por mucho que los ingresos de Apple hayan crecido un 113% desde el lanzamiento del iPhone.

Me pregunto si crecerán otro 113% tras el lanzamiento de este iPhone gigante.