Chronicle: superhéroes como nosotros

X-Men meets Heroes meets La Bruja de Blair. 
Con este planteamiento me fui a ver hoy, noche de Oscars, una película que no entra en el radar de la Academia: Chronicle. 


Se trata de un falso documental sobre tres adolescentes que reciben superpoderes y tienen que aprender a la fuerza aquello que decía el tío de Spider-man de que todo poder conlleva una responsabilidad. De hecho uno de los personajes explica en un momento dado que los superpoderes son como un músculo: hay que hacerlo fuerte poco a poco, o se corre el riesgo de que se rompa.


Dicho esto, Chronicle vale la pena. Es la primera vez, Batman Begins incluido, en el que me creo a pies juntillas el arco que lleva a tres pajilleros a convertirse en superhombres. Eso sí, lo del estilo de falso documental me parece totalmente prescindible, porque una cosa es creerse la historia dentro del marco de ficción y otra llegarse a plantear que la cosa es real... lo que en La Bruja de Blair, que me pilló con quince años y sin escepticismo googleiano, sí que sucedía.


En cualquier caso, antes del atracón de máscaras y leotardos que nos vamos a pegar este verano entre The Dark Knight Rises, The Amazing Spider-Man y Los Vengadores, Chronicle -como Kick Ass en 2009- viene bien para desengrasar el género y hacernos creer que otro tipo de película superheróica es posible.




J Edgar: la larga vida del oficinista

J Edgar Hoover fue, durante años, el tipo más influyente en la política norteamericana. Desde su despacho de director del FBI acumulaba montañas de información privada de políticos, banqueros, actores y un largo etcétera, recogida de manera mayoritariamente ilegal a lo largo de cuarenta y ocho años de mandato. 


El problema de todo esto es que casi todo lo hizo sentado en una silla, con un teléfono a su lado. Y con semejante panorama es difícil hacer una película.


Quizá es por eso que Clint Eastwood parece interesarse más por el lado personal de Hoover, atrapado entre una madre ultraconservadora (y que acojona, puesto que la interpreta Judi Dench) y una cierta pulsión homosexual.


El segundo problema de la película es, para mí, el cásting. Contratar a Leonardo Di Caprio para encarnar al protagonista me parece un error de bulto. Di Caprio es demasiado conocido y tiene demasiada mili a la espalda como para resultar creíble. Además, más o menos la mitad del metraje -que se estructura en torno a demasiados flashbacks y flashforwards- muestra a un anciano Edgar Hoover, lo que implica un Di Caprio maquillado hasta el absurdo. 


En fin, que J Edgar me parece un biopic fallido. Lo cual no quiere decir que a Leonardo Di Caprio no le pueda caer un Oscar por ello. 

Misión imposible con estos mimbres

Le tengo un cierto cariño a la saga de Misión:Imposible. La primera me pareció maravillosa, una especie de James Bond con una trama más cerebral y tramposa. La segunda fue como una montaña rusa, descerebrada pero espectacular. Luego llegó Bourne y redibujó el panorama del cine de espías, haciéndolo más realista, más sucio. Bond respondió con Daniel Craig y Casino Royale, M:I con una tercera parte mucho más intensa que cualquiera de sus predecesoras que se abría con una escena de tortura cojonuda. 


Al igual que Bond, las películas de M:I siempre tienen un director diferente. A diferencia de Bond, los guionistas de M:I siempre son distintos. Y una cosa es darle un guión parecido a Brian de Palma, John Woo y JJ Abrams, y otra que cada película se parezca a la anterior en que sale Tom Cruise y poco más. 


En esas estábamos cuando se estrenó Misión:Impossible 4: Protocolo Fantasma. El director elegido esta vez es Brad Bird, que venía de firmar una película que podía haber sido genial y que en cambio es aburridota como Los Increíbles. 


Por su parte, el guión podría ser perfectamente el de uno de los Bonds de Pierce Brosnan, product placement de BMW y Apple incluidos. 


Pero lo que más me ha sorprendido de la película es la poca acción que hay. Poquísima. Y en una película así, o contratas a Paul Haggis para que te escriba los diálogos como hicieron en Casino Royale, o tienes un guión a prueba de bombas, o tienes un Michael Bay moviendo la cámara. Y M:I:4 no tiene ninguna de las tres cosas. 


Después de cuatro películas, dos cosas son evidentes:
1) Tom Cruise tiene 50 años y se empieza a notar. Si el relevo es Jeremy Renner -que ya tiene 40- mal vamos.
2) Ya nadie sabe de qué va la saga Misión:Imposible. ¿Es cine de espías para adolescentes? ¿Es cine de acción inteligente? ¿Es parodia de 007 y Jason Bourne? Personalmente creo que el desafío como el título indica, es 
conseguir plantear escenarios inconcebibles para el espectador a priori, y que sin embargo después se resuelvan de manera creíble. 


No sé qué taquilla hará este M:I:4, y tampoco sé si Tom Cruise resistirá una entrega más. Yo si fuera el propio Cruise, a la sazón productor del invento, haría lo que nadie ha tenido el coraje de hacer hasta la fecha: envolver Misión:Imposible 5 con un lacito y regalársela a Quentin Tarantino.


PD: de imagen os dejo lo mejor de la cinta, las dos mozas del invento. Cada una en su estilo, tremendísimas.

Unbroken: el libro de 2011

A diferencia de mi gemelo malo, no acostumbro a escribir sobre lo que leo. Desde 2010, es verdad, apunto en la columnita a la izquierda de estas líneas los títulos de los libros que voy leyendo.

En esa lista sólo están los libros que acabo, pues desde hace años decidí no perder el tiempo acabando historias que no me gustan o interesan. Así, he abandonado tres o cuatro libros desde enero pasado.

"Unbroken", en cambio, es de esos libros que uno no olvida. Si Louie Zamperini, el protagonista de esta historia real, hubiese vivido solo un tercio de las cosas que le han pasado, ya habría valido la pena escribir sobre él. Un tipo que participó en los Juegos de Berlin en el 36 y acabó dando la mano a Hitler, que se hizo bombardero en la Air Force americana después del ataque a Pearl Harbor, que sobrevivió 47 días en una balsa en el pacifico, bebiendo lluvia y comiendo gaviotas, que resistió 25 meses en campos de concentración en Japón, y que hoy, a los 94 años, vive para contarlo.

No os digo más. Id a una librería, compradlo ("Invencible", en castellano), y alucinad con la increíble historia de Louie Zamperini.

Tintín: GRACIAS Mr Spielberg

Vaya por delante que una de las dicotomías que me corroen por dentro -creo que de esto ya hemos hablado aquí- es la que separa a Tintín de Astérix. Pues bien, desde que ayer vi El Secreto del Unicornio, versión Spielberg, la dicotomía está un pelín decantada hacia el reportero belga dibujado por Hergé.


La película me ha parecido, sencillamente, tal cual yo lo imaginaba cuando recorría las viñetas de Hergé con mis ojos de niño primero, y de (algo) mayor también. Como me la describió mi tintinófago amigo Sebas, la película es sobrecogedora. Y así me sentí en el cine, con la boca abierta y acertando sólo a mascullar "joder" de vez en cuando. 


Además, El Secreto del Unicornio siempre fue mi álbum favorito de Tintín, con ese velero con un unicornio en proa y toda la historia que lleva a descubrirnos Moulinsart por vez primera. Para ser estrictos, la película es una mezcla de las historias de El Secreto del Unicornio, El Tesoro de Rackham el Rojo y El Cangrejo de las Pinzas de Oro. Sin embargo, el guión está tan bien tejido que parece que los tres álbumes jamás hubiesen sido publicados por separado. 


Siempre he sido muy de Spielberg, aunque tras la última y penosa aventura de Indiana Jones me empecé a plantear si no se estaría haciendo mayor. Cual paloma de Alberti, me equivocaba. Vaya si me equivocaba. Tintín es sin duda la mejor película de aventuras que he visto en años, me pregunto si desde -glups- La Última Cruzada. Todo es perfecto desde los maravillosos títulos de crédito hasta el gran primer plano de Milú con el que, como hacía Hergé, cierra la historia.


La pregunta es ¿qué opinarán de ella los pobres desgraciados que nunca leyeron a Hergé? Spielberg explicaba en una entrevista que la idea es que se acerquen a la película como lo hicieron a, por ejemplo, Shrek, con la ventaja añadida de descubrir el universo de Tintín por vez primera. En cualquier caso, para los tintinófilos, la película es una delicia de guiños (¡Hergé caricatura a Tintín! ¡Un periódico habla del Cetro de Ottokar! ¡Latas de cangrejo en conserva! ¡Un jarrón de China!) que invita a no pestañear en todo el metraje.


¡Y los personajes! Tenía mis dudas en este punto, porque a) dudaba que la recta moral norteamericana fuese a sacar a Haddock bebiendo whisky Loch Lomond; b) Hernández y Fernández podían ser cargantes o si c) Milú sería el típico animal que no se sabe muy bien qué pinta. Además, no tenía nada claro que fuesen a sacar el flashback al Caballero de Hadoque, sin duda mi parte preferida del libro. Pues todo esto es tal cual debería ser. Incluso los secundarios (Allan el contramaestre, Néstor el mayordomo, la Castafiore) son tal cual los pintó Hergé. Y la batalla de Hadoque contra Rackham el Rojo es magnífica, probablemente la mejor batalla naval que yo he visto en una sala de cine. 


En fin, que no puedo recomendaros suficientemente que la veáis. El Tintín de Spielberg es de esas cintas mágicas que te devuelven la capacidad de emocionarte delante de una pantalla como cuando eras un niño. Y de esas hay muy, muy pocas películas.

Películas y generaciones

He visto por fin Lawrence de Arabia. Tenía 216 razones para no verla, tantas como minutos de metraje tiene la película. Aún a riesgo de que suene petulante, me cuesta encontrar tres horas y media para pasarlas delante de una película. 

Los estudios dicen que pertenezco a la generación Y, esa en la que los niños nos criamos entre ordenadores, videoconsolas y mandos a distancia. Y reconozco que me cuesta mucho mantener la concentración durante más de dos horas. Demasiados estímulos externos -internet, móvil, etc.- y demasiadas cosas en la cabeza pendientes por hacer. 

Aún así, me senté conmigo mismo a ver la que dicen es la obra maestra de David Lean. La película que se disputa con Ciudadano Kane y alguna otra el honor de ser La Mejor Película de la Historia del Cine. La favorita e inspiración de Steven Spielberg. Guau.

La historia me la sabía antes de verla: TE Lawrence, oficial del ejército inglés que lideró la insurrección de los árabes contra los turcos en la Primera Guerra Mundial. Suficiente para que me interesase. 

La cosa es que, hablando pronto y mal, Lawrence de Arabia me ha parecido un aburrimiento. 

Sé que es políticamente incorrecto decirlo y probablemente merezco que me lapiden a los pies del Muro de las lamentaciones, pero qué queréis que os diga. Esos planos interminables. Esa acción estática. Esas secuencias que no aportan nada. Esos actores que parecen recién salidos de una representación de Othello en un teatro londinense. Ese Obi Wan Kenobi haciendo de árabe. Esa música machacona. Esas tres horas y pico de peli. Se me ha hecho duro.

Una de mis grandes ilusiones es sentarme un día con mis hijos y ponerles todas esas películas que me hicieron amar el cine desde que era pequeño: Indiana Jones, Regreso al Futuro, las veintidós de 007, el Lebowski, Toy Story, Superman II, Jurassic Park... los que me conocéis ya sabéis de qué hablo. Y después de haberme aburrido con Lawrence de Arabia, una película realizada sólo veinte años antes de que yo naciera, me pregunto si algún día mis hijos no bostezarán viendo las películas con las que yo crecí. Ahora al menos sé que no les culparé por ello. 

Es más, me temo que serán ellos los que tendrán que sentarme a ver sus películas favoritas, y no al revés.

Drive: ¿y si Michael Mann hubiera dirigido Transporter?

Hoy he hecho algo que me encanta y que, por mi amor por el control de las situaciones, no suelo hacer: ir al cine a ver una película sin haber visto antes el tráiler. 


Drive se llama la afortunada. Protagonizada por Ryan Gosling, al que hasta que no he mirado su ficha en IMDB creía que había interpretado a Shaggy en Scooby Doo, y dirigida por un realizador danés que se llevó la Palma de Oro en Cannes al mejor realizador por esta peli.


Si tuviera que resumir Drive en una frase, diría que es la intersección entre Transporter y el Collateral de Michael Mann.


Drive es la historia del personaje de Gosling, un tipo que es doble de acción en Hollywood y mecánico de coches de día, y chófer de criminales de noche. Gosling, que entiendo que tenga su público, no mola tanto como Jason Statham.


La historia, por mucho pajilleo en torno al guión que estoy seguro irá in crescendo en los próximos meses, es bastante corriente, e incluye varios de los clichés que hemos visto en el cine de acción más palomitero: el ex-convicto, el malo malísimo, el maestro jedi, la chica traidora... Con todo, los secundarios televisivos (Bryan Cranston, Christina Hendricks y Ron Perlman) se salen como era de esperar. 


Aunque sin duda lo que queda en la retina de Drive es la mano de su director, el (para mí) desconocido Nicolas Winding Refn, que se toma su tiempo en cada plano sin hacer que al espectador se le haga larga la espera hasta el siguiente corte. Lo contrario que el cine de acción actual, que parece editado por la asociación de montadores epilépticos de Los Angeles. Quizá Winding Refn a veces peca de preciosismo, incluso puede resultar un poco petulante en su manera de enfocar según qué escenas, pero viniendo del mismo país que el soporífero Lars Von Trier, vamos a darle un margen.


Me ha parecido tan original la peli, que voy a pasar por alto que los títulos de crédito del principio estén escritos en Mistral, probablemente la tipografía más guarra de las que incluye Microsoft Office, después de nuestra detestada Comic Sans.


Ah, y ojo a la música de Drive, clara candidata a mejor banda sonora de 2011. 


En fin, Drive es la nueva película de la gente cool. Y si no, al tiempo.

Carpe diem.


“Your time is limited, so don't waste it living someone else's life. Don't be trapped by dogma - which is living with the results of other people's thinking. Don't let the noise of other's opinions drown out your own inner voice. And most important, have the courage to follow your heart and intuition. They somehow already know what you truly want to become. Everything else is secondary.”
Steve Jobs 
1955-2011

Horrible bosses: motherfucking risas

Hacía tiempo que me apetecía ver una comedia chorra, de esas que apagas el móvil y el cerebro al entrar al cine y te pasas dos horas descojonándote sin motivo aparente. Y ésta es del nivel de descerebre visto en "The Hangover", que si no me equivoco en España fue creativamente traducida como "Resacón en Las Vegas". 


La película elegida ha sido "Horrible Bosses", una comedia farrellyesca protagonizada por Jason Bateman, Jason Sudeikis y otro tipo chiquitín. Los tres tipos bordan sus respectivos papeles, pero como era de esperar la función la roban Jennifer Aniston, Kevin Spaceym Colin Farrell y, sobre todo, Jamie Foxx en sus papeles secundarios. La historia es bastante simple: Spacey, Aniston y Farrell son los jefes de los tres protagonistas, a los que hacen la vida imposible. Y Jamie Foxx es un consultor de asesino llamado Motherfucking Jones, nombre que me hizo reír a cada vez que lo pronunciaron en pantalla.


Que no, que probablemente no vale la pena pagar una entrada de cine para ver esta peli, pero que a veces una sala del cine, sin teléfono, ni internet, ni prisas, es la única manera de pasar dos horas concentrado tan sólo en dejar salir tu propia risa.

Vaqueros, alienígenas y un director sin personalidad

Era verano en Iowa y no había mucho que hacer. Una tarde -creo que lo conté en este mismo blog- caminé durante una hora hasta el único cine que allí había, y en él vi la segunda Piratas del Caribe y Snakes on a Plane. La segunda de ellas fue el hype de 2006 sólo por su título; era tan absurdo que a la gente le hizo gracia desde el principio. Y además estaba Samuel L. Jackson. La peli era floja, pero el delirio estaba a la altura del título.


Pues bien, cinco años después sale Cowboys & Aliens con Daniel James Bond Craig y Harrison Indiana Jones Ford. Vaya por delante que el último intento que recuerdo de hacer ciencia ficción en el Oeste es Wild Wild West. Yo le tengo cariño a esa peli -al fin y al cabo incluía una araña mecánica gigante y a Kevin Kline- lo cual no impide que sea un título infame. La gente en aquella ocasión nunca llegó a saber si era una comedia, una de acción, o un western. El mismo error que comete Cowboys & Aliens. 


Alex Fáundez, un cretino con el que me descojono cuando escribe en Imágenes, siempre dice que Jon Favreau no tiene personalidad ninguna. Y esta peli le da la razón. El guión no es ninguna maravilla, pero los actores son suficientemente buenos como para que, bien dirigidos, la cosa no desvariase. 


Aún así, lo mejor de la película no son ni Craig ni Ford, que no lo hacen mal, sino Sam Rockwell, que es descacharrante cada vez que aparece en pantalla. 


Cowboys & Aliens no consigue ser ni un western memorable, ni una película de acción entretenida ni mucho menos -lo más difícil de todo- una buena comedia. Y es una auténtica pena. 

¿Cine de superhéroes o cine de verdad?

En este verano de superhéroes de segunda fila, y temiéndome que no voy a tener el vqlor de ir a ver Green Lantern en 3D, hoy he visto Capitán América.


El personaje siempre me recordó a Superman, probablemente porque los dos fueron armas propagandísticas norteamericanas durante la Segunda Guerra Mundial. Tampoco ninguno de los dos me interesó especialmente en formato cómic. 


Leyendo sobre la película del Capitán América estos últimos meses, me sorprendía la cantidad de veces que se hacía mención a lo de hacer una película de superhéroes. Error; las películas las hay buenas o malas, entretenidas o aburridas. Lo demás son epítetos y excudos a la mediocridad.


Lo malo que tiene este Capitán América es que podía haber sido una buena peli. De verdad. Los medios están ahí (los efectos especiales están bastante bien), los actores también (Hugo Weaving de malo siempre es una apuesta segura y Tommy Lee Jones tiene las mejores frases de la peli), e incluso el guión tiene un pase. Es más, el guión tiene una parte brillante en la cual el Capitán América se convierte en un muñeco de feria que va de gira por EE. UU. para vender bonos de guerra vestido con su ridículo traje de los cómics. 


El problema del Capitán América tiene nombre y apellido: Joe Johnston. Por lo visto la gente de Marvel le eligió a él porque dirigió Rocketeer hace veinte años. Por lo visto les gustaba el tono de serie B de la peli. Se les debió pasar que hace sólo una década el propio Johnston nos deleitó con ese entrañable esperpento que fue Jurassic Park 3. Un director sin personalidad ni talento, que da la sensación de poner la cámara sistemáticamente en el lugar equivocado, y no aportar nada a la película. Ni un plano interesante. Ni una interpretación interesante. Nada. Si Johnston hubiera dirigido "En busca del Arca Perdida" en lugar de Spielberg -se ocupó de los FX- ahora mismo la película estaría considerada a la altura de Rocketeer. 


Eso sí, si uno se queda a ver los créditos de la película -cosa que hago sistemáticamente por respeto, pero que en las pelis de Marvel hay que hacer para ver la escena posterior- descubrirá cómo el propio Johnston aparece como co-autor de un par de temitas de la banda sonora. Huelga decir que dicha banda sonora, que la firma el decrépito Alan Silvestri, es otra calamidad.


A todo esto, lo que más me ha gustado de este Capitán América son los pósters de Olly Moss, mi artista gráfico favorito a día de hoy. 


Qué ganas de que llegue 2012 y nos encontremos con el Batman final de Chris Nolan. Cine de verdad. 

Estos simios no son nimios

Vayan por adelantado mis disculpas por la rima consonante en el título. No lo he podido evitar. 


Hace ahora diez años me fui a Londres a pasar una temporada en casa de mi primo el Chucho. Me lo pasé de puta madre, y además de ir a Craven Cottage a ver un estupendo Fulham-Sunderland de pie, descubrí la que hoy es mi cerveza favorita: la John Smith. En cualquier caso, no todo iba a ser de color de rosa, y en una tarde tonta de aquel fatídico verano se nos ocurrió ir al cine a ver el remake de El Planeta de los Simios que estrenaba Tim Burton. 


Yo de aquella todavía era muy de Burton, pues era el director que me había hecho flipar con Batman en 1989 y llorar con Eduardo Manostijeras poco después (la única otra vez que lloré delante de una pantalla fue con el series finale de David El Gnomo).


Poco hay que decir sobre aquella película. Fue un desastre sin precedentes, incluyendo un final que justifica el echar a monos carnívoros empapados en crack al equipo técnico y artístico del film. A todos.   


El caso es que ha pasado una década y han estrenado El Origen del Planeta de los Simios. Y, a pesar de desperdiciar un poquito el bellezón que es Freida Pinto, la película esta bastante bien por una sola razon: los monos son los protagonistas del invento. Y están tan bien hechos, que te los crees. 


Y encima el final de la peli queda lo suficientemente abierto como para hacer una secuela inteligente. 


Este nuevo Planeta de los Simios es ciencia ficción que se deja ver. En fin, pongamos las cosas en perspectiva: no pasa nada por esperar a que la película salga en deuvedé. Lo que ya es algo más que lo que merecía la mierda que pario Tim Burton hace ahora diez años. 

Transformers: con tres basta, Mr Bay

Los robots parlanchines son la primera saga de la que comento tres películas en este blog. Cinco años de posts dan para mucho, y aquí tenéis la primera y aquí la segunda.


Para mi alegría, no sólo he conseguido verla en dos dimensiones -no se me ocurre un dolor de cabeza más intenso que una peli de Michael Bay en 3D- y en mi sala favorita: la B del MK2 de la Bibliothèque François Miterrand.


Como expliqué en su momento, los Transformers ni me van ni me vienen, jamás jugué con ellos y si voy a ver las pelis es porque el que mueve la cámara se llama Michael Bay. En esta tercera parte uno ya no puede ir para disfrutar de Megan Fox, que es sustituida por una rubia con acento inglés y poco salero. 


La película es mejor que la segunda aunque sólo sea por la última hora de metraje (la cosa dura dos horas y media) en la que hay una batalla acojonante con Chicago como ring. Esta vez Bay ha decidido hacerlo en plan salvaje, y no sólo los robots se mutilan de todas las maneras imaginables, sino que los humanos son fumigados como lo eran en Mars Attacks: lasereados hasta los huesos.


A diferencia de las anteriores películas, en ésta la acción transcurre en un rollo historia-ficción como en la última de los X-Men. En este caso, el macguffin de la historia se lo encuentran sobre la luna Buzz Aldrin y Neil Armstrong en 1969. Salen Kennedy, Nixon, y hasta Obama le impone una medalla a Shia LaBeouf (se entiende que no es debido a su contribución al universo de Indiana Jones).


Dicho lo cual, seis años ha pasado Michael Bay jugando con robots. Por el camino se han quedado guiones que podrían haber sido películas de haber estado él tras la cámara. Es hora de pasar página, con tres basta Mr Bay.

Las pretensiones

Vuelta al cine. Obligado por cuestiones de amistad a esperar hasta la semana que viene para ver Transformers 3, pensé que sería una buena idea (incluso un gesto pseudopatriótico) ir a ver la "Balada triste de trompeta" de Alex de la Iglesia que se ha estrenado esta semana en París.


Podría resumir la cosa en que por primera vez en mi vida me he salido de una sala de cine. Pero eso sería ser caritativo con la peli de De la Iglesia. 


Ni siquiera me hace falta saber cómo acaba la cosa. Y eso que empieza bien, con una primera escena en la que milicianos republicanos interrumpen una función de circo para reclutar soldados, y acaba con Santiago Segura rebanando cuellos machete en mano vestido de payaso. A partir de ahí, el propio Torrente es el que pone el primer clavo en el ataúd de BTDT con una actuación penosa, propia de un tipo que no se ha leído el guión hasta una hora antes de empezar a rodar. 


Hablando de guión, la cosa es dramática, no en la acepción artística del término sino en lo conmovedor del asunto (conmovedor para mal). Las relaciones entre los personajes están cogidas no ya con pinzas, sino tal como quedaría colgar con clips un jersey de lana mojado: torpe, pesado, arrastrando a todo lo que hay alrededor de él. 


No se sostiene ni un hilo: el malo alcohólico y maltratador que está con una tía guapa a la que le va un gordo que a su vez se cruza dos veces con ella y se quieren tanto que parece que han crecido puerta con puerta. Todo esto ambientado en el mundo del circo en la España franquista, que le da un rollo muy Jean-Pierre Jeunet al conjunto, quizá con la secreta esperanza de que los que encuentren el fondo insolvente al menos se lo pasen bien con la forma. 


Luego la cosa degenera hasta el punto en que el gordo intenta matar al alcohólico, y tras escapar de los picoletos acaba recogiendo perdices con la boca en el coto de caza de un acólito de Franco. 


Pero más allá de problemas en cada uno de los pilares de la peli, mi objeción principal al tema es la actitud con la que se presenta la narrativa: cada plano, cada escena, cada segundo de metraje está concebido con autocomplacencia, con soberbia. Balada triste de trompeta es una película pretenciosa (hasta en su propio título), y ése es su principal pecado.


En cualquier caso, si este es el nivel actual de Alex de la Iglesia, no me extraña que esté a favor de la circulación libre de contenidos por internet: no debe haber un pirata que quiera bajarse su película.




A todo esto, cuando escapé de ese horror acabé metido en Kung Fu Panda 2. Hace tres años en este mismo blog hablé de la primera película, que hoy recuerdo como una cinta de animación divertida, probablemente por su total descerebre y ausencia de pretensiones. 


La diferencia es que, si bien en 2008 decía que no competía en la liga de Pixar, hoy creo que sigue sin hacerlo, pero no por falta de calidad (la animación está a la par con Toy Story 3) sino precisamente porque Pixar lleva unos años tomándose demasiado en serio, mientras que Kung Fu Panda sigue fiel a lo suyo: un oso repartiendo mamporros. La premisa sin duda ayuda, pero la grandeza de los padres de la criatura está en saber tomarse la cosa a risa, y hacer al público partícipe de la broma. 

Midnight in Paris: déjà vu

No soy muy de Woody Allen. No he visto sus clásicos básicos (Annie Hall & Co.) y sus maravillas modernas (Match Ball) no me gustaron un pimiento. Lo pasé bien con las comedietas de los 90 (Poderosa Afrodita, etc.) pero sin más.


Sin embargo decidí ir a ver Midnight in Paris más que nada por curiosidad, y por comprobar si, después de cuatro años, me falta por ver algo básico. Y no: cada uno de los rincones los conozco al dedillo, e incluso sé dónde encontrar el despacho de abogados que aparece en la peli. Lo único que no he hecho es pasar una noche en el Bristol. La peli de Allen es una brochure de tópicos parisiens; sólo le falta el cruasán y el café au lait.


Midnight in Paris es, como Vicky Cristina Barcelona, una historieta woodyallenesca dentro de un folleto turístico. En este caso tiene un componente fantástico que no está mal: el prota, Owen Wilson, viaja a los años veinte y se encuentra con la fauna parisina de la época, desde Gertrude Stein y Picasso hasta Hemingway, Buñuel, Man Ray y Dalí. Precisamente lo mejor de la película es el Dalí de Adrian Brody, que en poco más de cinco minutos de pantalla borda al histriónico genio catalán.


Por lo demás, lo de siempre en Allen: mujeres tontitas, música de jazz y créditos al principio. 


Mucho mejor un finde semana chez adrimedia.


Después de los créditos, por cierto, se descubre que no sólo la productora española y privada Mediapro ha puesto pasta en la peli, sino que también cuenta con la ayuda de TV3 y del Ministerio Español de Cultura, los dos igualmente españolas pero, oh sorpresa, pagadas con la pasta de los contribuyentes. Me pregunto qué interés puede tener España en promocionar París... 

X-Men: Primera Clase

Vaya por delante que el título de la película en inglés es X-Men: First Class y no X-Men: Primera Generación que ha decidido el señor que traduce los títulos de Pirineos hacia abajo. 


La película inaugura un nuevo subgénero dentro de las adaptaciones de cómic, el de la precuela histórica. Y lo hace porque la historia se ambienta en plena guerra fría entre EE. UU. y la URSS, hasta el punto que reinterpreta la crisis de los misiles en Cuba en clave superheroica. 


Por ser conciso, X-Men: First Class es sencillamente la mejor película de superhéroes desde Kick Ass en 2009, ambas del mismo director, el británico Matthew Vaughn. 


Es jodido hacer una película de los mutantes de Marvel sin el más atractivo de todos ellos, el Lobezno que borda Hugh Jackman. Sin embargo, el alemán Michael Fassbender hace que nadie eche de menos al mutante de las garras de adamantium. Espectacular es la palabra que mejor describe la actuación de Fassbender como Magneto antes de Magneto. El principio, en el que se dedica a cazar nazis por medio mundo, es digno del Bond de Connery (y Craig). La escena en la que tortura a un banquero suizo magnetizando sus empastes de plomo deja al espectador con dolor de muelas. Fassbender, en el que no caí ni en Malditos Bastardos, ni en 300 ni en Hermanos de Sangre, entra a mi lista de actores favoritos.


El encargado de darle la réplica, el profesor Xavier de James McAvoy, está a años luz. Blandito en la interpretación, plano como personaje, nunca consigue estar a la altura de su amigo primero y antagonista después. Kevin Bacon, en cambio, sigue siendo afortunadamente Kevin Bacon.


Maravilloso el elenco de secundarios, que incluye al agente Pierce de 24 y al padre de Dexter, así como un cameo en un bar que provocó el aplauso en la sala.


En definitiva, a pesar de sus fallos (principalmente los efectos especiales), X-Men: First Class es un soplo de aire fresco en la fórmula comiquera, el descubrimiento de una estrella y la primera peli de superhéroes de época. Más que suficiente para pagar la entrada del cine.

Hall Pass: algo pasa con los Farrelly (por fin)

Le pese a quien le pese, "Algo pasa con Mary" es una de las comedias más influyentes de los últimos veinte años. El estilo soez con buen fondo de los hermanos Farrelly se confirmó con aquella película en la que Cameron Diaz enamoraba a todo el mundo, espectadores incluidos.

Desde entonces, los Farrelly se han pasado quince años dando palos de ciego intentando superar su obra maestra. Hall Pass no es más divertida que Algo pasa con Mary, pero se queda más cerca que ninguna de sus predecesoras. La película es la historia de Owen Wilson y Ben Stiller (el papel interpretado por Jason Sudeikis esta claramente escrito para Stiller) a quienes sus respectivas esposas dan una semana de libertad (hall pass, en inglés) para que revivan su tiempo de solteros. Por el camino encontramos todo lo esperable: alcohol, drogas, mamporros y alguna que otra cachonda como Nicky Whelan, una australiana que es clavadita a la Cameron Díaz de 1995.

Un punto de partida así de simple y cero pretensiones es todo lo que necesitan los Farrelly para montar una comedia. Porque al final da la impresión de que se han pasado década y media dándole vueltas a como perfeccionar su fórmula, de cómo reinventarse a sí mismos, cuando nadie les pedía que lo hicieran.

Thor: otro dios aburrido

Dice el refranero que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Por eso que cuando no hay historia, no hay cojones de hacer una cosa interesante. Es como si dentro de cinco años contratan a un premio Nobel de literatura para escribir la biografía de Sergio Ramos. Misión imposible.


Por eso que ya sabía que Thor iba a ser lo que es: un largometraje sobre un personaje secundario en el universo Marvel. Porque detrás de los Spider-Man, Iron Man, Capitán América o Lobezno hay toda una serie de teloneros como Cíclope, Ojo de Halcón, Daredevil y hasta me atrevería a decir que Hulk. Tipos que, desde su concepción, no resultan lo suficientemente interesantes como para cargar con el peso de una historia.


Así que a Thor, por mucho que le pongas a un director acostumbrado a trabajar con libretos de William Shakespeare, que claves el cásting del personaje que da nombre el film o que lo rodees de secundarios de lujo, la cosa no da para más.


Lo único que tiene Thor de especial es que no es un tipo normal con superpoderes, sino un dios venido a la Tierra. Su origen extraterrestre y todopoderoso recuerda un poco a Superman. Y, como a Superman, da la impresión de que Thor es demasiado poderoso para cualquier cosa que los terrestres le podamos echar encima. 


Para evitar eso, los guionistas de la cinta nos llevan hasta Asgard, el planeta de Thor en el que gobierna su padre Odín (interpretado por Hannibal Lecter). Ahí se las ve con su hermano Loki, el clásico personaje celoso que le traiciona y nanana. También conocemos a la madre de Thor, a sus colegas, nos ponemos al día en moda asgardiana, nos preguntamos qué tendrán en la cabeza los arquitectos de por allá para crear un puente salido del Mario Kart y un largo etcétera. Pero si hay una razón en las películas de Superman por las que no nos llevan a Krypton, -y el ratito de Thor en Asgard lo confirma- es porque es un puto coñazo. Y eso que Thor en su mundo conserva sus superpoderes.


Como era de esperar en una película de Kenneth Branagh, lo mejor de Thor es el pasaje sin poderes, cuando es exiliado a la Tierra y se encuentre con -oh sí nena- Natalie Portman. Lo que se llama un exilio dorado. En Superman, y ya acabo con el paralelismo, lo que más molan son los pasajes protagonizados por Clark Kent.


Aparte de algún momento de comedia inesperado y brillante, mola por encima de todo el cameo de Jeremy Renner como Ojo de Halcón. Y es que Marvel ha entendido que sus personajes con son capítulos aislados, sino que, como en los cómics originales, pertenecen a un universo en el que se entrecruzan historias y protagonistas. Y todo apunta a que, si lo hacen bien, la película que reunirá a los Iron Man, Thor, Hulk, Capitán América y compañía, Los Vengadores, puede ser el paroxismo geek. Pero para eso habrá que esperar todavía un año. 2012, el año de Batman, Superman, Spider-Man y Los Vengadores. Tenían razón los mayas, se va a acabar el mundo fijo.


Para cerrar con Thor, os pediré que no la veáis en 3D y que me supongo que la comparación con Superman, en lugar de con los Masters del Universo como pensé al ver el tráiler, quiere decir que en el fondo no está tan mal.

Scream: ¿no hay tres sin cuatro?

Todos sabemos aquello de que a la tercera va a la vencida, de que no hay dos sin tres. Eso debió de pensar Wes Craven y los hermanos Weinstein cuando dieron luz verde a aquel espanto que fue Scream 3. Espanto no porque espantara en su guión, sino por la ausencia del mismo. La verdad es que la primera peli tuvo su aquel -supongo que también influye que la veas con 14 años o con 28-, aunque yo siempre fui más del pescador de Sé lo que hicisteis el último verano... que también sufrió unas secuelas de mear y no echar gota.

Once años han pasado de aquello, y ahora Scream vuelve con una nueva vuelta de tuerca, pero con las mismas tres caras de siempre: Neve Campbell, Courtney Cox y David Arquette. Otra vez dirigidos por Wes Craven. Otra vez con guión de Kevin Williamson. ¿Había necesidad de una tercera secuela, más de una década después de la anterior? Probablemente la respuesta vaya unida a los protagonistas de la película: que levante la mano el que me diga un proyecto de cualquiera de los cinco en los últimos diez años. Ya, Courtney Cox -por cierto vaya labio superior le ha dejado el botox- acabó con Friends en 2004, y luego consiguió una serie. Neve Campbell colecciona divorcios. Y David Arquette, recién divorciado de Cox... bueno, ¿alguien recuerda otro papel de David Arquette antes o después de Scream?

Total, que la única razón para hacer esta películas era el show me the money, que dicen en Hollywood, y dejémonos de leches.

Total, que la película es lo que es, sustos bastantes tontorrones y un par de giros de guión de esos que mi amigo Blaski ve venir desde el minuto tres de metraje. Ni siquiera -y el me vais a perdonar el spoiler- tienen los huevos de matar a ninguno de los tres protagonistas.

Yo, personalmente, creo que jamás conseguirán superar los diez primeros minutos de la Scream original.


Nota aparte: en Francia la entrada para ver semejante patochada está PROHIBIDA a menores de doce años. Supongo que entonces cualquiera de las Saw serán prohibidas para todos los públicos...

Rango: sopor animado

Lo malo de las dicotomías es que uno siempre se queda, como en los libros de Elige Tu Propia Aventura, con las ganas de saber cómo habría sido la otra alternativa. 


Mi dicotomía de hoy era Sucker Punch o Rango, y al final acabé viendo esta última. Y, a pesar de las terribles críticas de Sucker Punch, dudo que fuera peor alternativa.


Rango es la primera película de animación de Industrial Light and Magic, la mítica empresa de efectos visuales de George Lucas, responsable entre otros de Regreso al Futuro o Jurassic Park. Como vuestros relojes internos os dirán, el problema es que esas pelis datan de hace mil años, y la ILM había visto cómo las Pixar y compañía les pasaban por la derecha en animación por ordenador, e incluso cómo la Weta de Peter Jackson les discutía el dominio en su propio territorio, el del efecto especial de toda la vida.


Y tengo que decir que, en lo que respecta a la animación, Rango es una película impecable. Lástima que no sea suficiente.


Cada vez se acerca más el punto en el que cine con actores y cine de animación converge. Hasta ahora todo han sido halagos a la verosimulitud de la animación (esos pelos en Monstruos SA, esos reflejos en Cars, esos humanos en Toy Story 3), pero como dice el refrán friki, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. O lo que es lo mismo, se acerca el día en el que las películas de animación dejarán de ser evaluadas por la calidad de su factura visual, y pasarán bajo el microscopio como el resto de obras audiovisuales: por su guión, sus actores, su dirección, su fotografía, y ese largo etcétera.


Todo esto para decir que Rango, a pesar de la brillantez de sus pixels, es un coñazo de tomo y lomo. La historia no tiene ni pies ni cabeza, los personajes no molan, el ritmo es soporífero, y tanto Johnny Depp como el director del invento, Gore Verbinski, demuestran que juntarles de nuevo sólo sirve para repetir los resultados de Piratas del Caribe 2 y 3: películas espantosas, y taquillazos insospechados. 


La duda es si es que me estoy volviendo muy gourmet, o si las tragaderas del personal cada vez son más generosas con la mierda en pantalla grande.