Pues ya está. Lo que parecía un proyecto maldito de Hollywood, la adaptación de Tintín a la pantalla grande, ya va sobre ruedas. Han tenido que juntarse dos directores como Spielberg y Peter Jackson para poder ponerlo en marcha, y aún así han tenido que vender su alma al diablo para que se lo financien mano a mano Paramount y Sony, después de que la Universal dijera verdes las han segado.
La idea es rodar una trilogía, con Steven a los mandos de la primera, Peter a los mandos de la segunda, y González Iñárritu dirigiendo la tercera. Esto último me lo he inventado, pero apuesto a que a alguno le ha recorrido un escalofrío al pensar cómo podía acabar Milú bajo el yugo del autor de Amores perros.
La primera película se basa en la que para mí es la mejor aventura del reportero belga, algo por encima de El cetro de Ottokar: El secreto del Unicornio. Total, que han decidido que lo mejor que podían hacer para plasmar el comic de Hergé es recurrir al motion capture, técnica consistente en rodar a los actores llenos de sensores de movimientos contra un croma, y después convertirlos en un dibujo animado. Es la técnica que se utilizó, por ejemplo, en la soporífera Polar express (ver a Tom Hanks en versión digital junto a estas líneas).
La técnica, si bien resulta discutible, merece mi confianza por tratarse de Steven. En lo que ya no estoy de acuerdo es en el casting: Tintín será interpretado por el (entonces) niño de Billy Elliott frente a mi favorito, el loveactually Thomas Sangster. Daniel Craig dará vida al malvado pirata Rackham el Rojo (esta elección me produce más curiosidad que inquietud) y el capitán Haddock será impersonado por Andy Serkis, que viene siendo el actor que hizo de Gollum en los Anillos y que apestó hasta extremos insospechados en King Kong haciendo de... marino. Mala elección a todas luces, y menos para una historia en la que el protagonista es el borracho marino barbudo.
Sigue sin estar claro quién será el otro personaje clave del relato, el profesor Tornasol, pero miedo me da que quien sea caiga en la trampa de sobreactuar para darle el punto cómico al genial y sordo inventor.
Más allá de todo este debate, inútil a todas luces salvo que Spielberg lea este blog (por si acaso, permitidme: ¡hola maestro!), lo que me inquieta es lo difícil que es retener la esencia de las historias de Hergé, basadas en historias demasiado complejas -me temo- para los niños de ahora, con un tono realista que lo distancia de los harrypotters y otros éxitos infantiles de los últimos años, y sobre todo apoyadas en el lápiz experto de Hergé que elevaba cada viñeta a la categoría de obra de arte.

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