Apenas aterrizado de Costa Rica, dejo mis cosas en casa, echo un sueñecito reparador... y me voy al cine. La película del año me esperaba: el retorno de Batman y, sobre todo, la rentrée en escena del Joker, encarnado por primera y última vez por Heath Ledger.
Hacía mucho que no me sentía así al salir del cine. Posiblemente desde Terminator 2. Es muy difícil salir de la sala con la certitud de que acabas de ver una obra maestra.
Y ojo, que no hablo de un género en especial, hablo de "obra maestra" en el sentido más amplio del término.
Todo en The dark knight es absolutamente brillante. La historia, desarrollada por los hermanos Nolan a partir de comics de referencia como La broma asesina o sobre todo el magistral The long Halloween, es sencillamente impresionante. Me he pasado el camino desde el cine hasta casa dándole vuelta a todas las tramas, subtramas, elementos, personajes, etc. sin encontrar un solo agujero, un solo cabo suelto. Y no sólo eso, sino que consigue en todo momento que el espectador considere plausible la historia de Gotham City.
Mucho se ha hablado de la interpretación de Heath Ledger del personaje del Joker. Yo, que siempre pensé que era complicado mejorar el trabajo de Jack Nicholson en 1989, me retracto públicamente. Qué exhibición, qué manejo del cuerpo, qué inflexiones de la voz, que manera de caminar entre el histrionismo y la psicopatía y, sobre todo, qué risa tan... jokeresca. La locura en estado puro.
En la otra esquina, Batman -en un doble papel que Christian Bale clava, aunque no entiendo muy bien por qué habla como a gritos susurrados-, Gordon -un lujo tener un secundario que se llama Gary Oldman-, Harvey Dent -un muy sobrio Aaron Eckhart y un sensacional maquillaje final- y sobre todo Michael Caine, que con apenas otra página de diálogo sigue componiendo un Alfred Pennyworth memorable.
Hay más. La acción, dirigida por el propio Nolan sin segunda unidad ni nada, es impecable y absolutamente verosímil. Desde el atraco al banco hasta la persecución final, pasando por el interrogatorio, el estilo de Nolan -y su inspiración michaelmannista- es difícil de superar.
Un detalle que ya me había gustado en Batman Begins, tres años ha, es la música a cargo de Hans Zimmer y James Newton Howard. En esta ocasión, se superan no tanto gracias al tema principal -una suite basada en la percusión y los graves, muy lejos de las fanfarrias clásicas de las películas de superhéroes- sino especialmente gracias a los silencios. En particular, ese inquietante silencio sonoro que rodea al Joker cada vez que toma la palabra.
En definitiva, dos horas y media de espectáculo en cuchara sopera, una ostentación de maestría cinematográfica, una auténtica iluminación para aquellos que amamos el séptimo arte y, si hay justicia en este mundo, una indiscutible candidata a los Oscar.
La foto ilustra perfectamente mi alucine: as ocho de la morning y un sol de justicia. Me he levantado, y tras ducha y batalla a muerte con una araña, he ido a desayunar. El desayuno fenomenal -y sin embargo gratuito-, pero recordad pequeños satamontes que aqui a las tortitas no les ponen mermelada de fresa, sino salsa picante de la muerte. De momento es todo. Voy a ver si consigo un taxi para ir a ver a los diplodocus.
Pues sí, el próximo sábado 9 me mandan -por motivos exclusivamente laborales, que conste en acta- a Costa Rica.
¿Qué sabemos de Costa Rica a priori? Poca cosa, parece ser la (engañosa) respuesta. Colonia española independizada en 1821 junto con otras muchas, con numerosos volcanes y cuya moneda es el prestigiosísimo colón.
Y sin embargo Costa Rica, sin tener el glamour de otros países, ni dictaduras bolivarianas, ni canal, ni pretóleo, ni carnaval, ni miss universos, ni de nada, tiene sus secretos escondidos.
El principal de ellos, la isla Nublar, situada a 120 millas al oeste de la costa, que la compañía americana Ingen convirtió, allá por 1993, en un parque temático con dinosaurios reales.
Más allá del jurásico peligro de la remota isla, Costa Rica presenta a uno de los jugadores de fútbol más estrambótico de todos los tiempos: Paulo Wanchope. Futbolista de escasa técnica pero mucho mucho gol -como su vecino panameño ,el no menos mítico Dely Valdés-, enchufó goles de todos los colores en Inglaterra, España, Japón, EE. UU. y un largo etcétera. En la foto, una muestra de su estrambótico -y sin embargo eficaz- estilo.
Y Costa Rica, por último, tiene esto que ya de por sí justifica la existencia de dicho país:
Hacía una temporada que quería contar aquí la historia del crucero Indianapolis, uno de los últimos barcos americanos hundidos en la Segunda Guerra Mundial.
El USS Indianapolis partió el 16 de julio de 1944 desde San Francisco hacia Tinian, haciendo escala en Pearl Harbor (foto). En sus bodegas ibas muchas partes de lo que luego sería "Little Boy", la bomba atómica que planchó con raya al medio la ciudad japonesa de Hiroshima.
Una vez entregada la mercancía, el 28 de julio salió con 1.196 hombres a bordo del puerto de Guam hacia Filipinas, desde donde debía partir hacia Okinawa. Jamás llegó a puerto.
En la noche del 30 de julio, dos torpedos lanzados por un submarino japonés le alcanzaron, hundiéndolo rápidamente (en tan solo dos minutos, citan algunas crónicas) y matando a unos 300 hombres. Señales de socorro fueron enviadas, pero desatendidas porque, al estar el Indianapolis en misión secreta, los oficiales que recibieron el SOS consideraron que se trataba de una treta japonesa.
Así que ahí tenemos el 30 de julio cuando sale el sol a 800 y pico hombres en mitad del Pacífico sin botes salvavidas -no hubo tiempo de sacarlos- y sin nadie que los venga a rescatar. Como si no fuera suficiente estar abandonados flotando en el océano más grande del mundo, a primera hora de la mañana empezaron a avistarse tiburones. Los escualos comenzaron a dar vueltas alrededor de los grupos de hombres. A las pocas horas, ya había centenares de tiburones esperando su turno.
Finalmente el 2 de agosto, un piloto que sobrevolaba la zona reportó "muchos hombres en el agua", y a partir de ahí se organizó la operación de rescate.
De los más de 800 hombres que cayeron al agua, sólo 317 hombres salieron del agua con vida. Uno de ellos fue el capitán Charles McVay, quien después sería llevado a la corte marcial acusado de haber arriesgado el barco al seguir un rumbo recto y no zigzaguear como dictaban sus órdenes. Finalmente, y ante la declaración del capitán japonés responsable de su hundimiento afirmando que el zig zag no hubiese mejorado las cosas, McVay fue exonerado de sus cargos.
Muchas de las familias de los marineros muertos le culparon del hundimiento, y McVay llevó sobre sus hombros el peso de la culpa hasta que, en la mañana del 6 de noviembre de 1968, el capitán del USS Indianapolis se voló la sien en su casa de Connecticut.
Mientras espero impaciente el momento de hincarle el diente a El caballero oscuro, ayer me pegué sesión de cine superheróico con El increíble Hulk. Cine de verano palomitas-free, que para eso estamos en Francia. Mmmm.
Como alguna vez ya he comentado en estas líneas, Hulk es uno de los personajes de Marvel de segunda fila, muy por debajo de Lobezno, Spider-Man o el Capitán América. Nunca me gustaron sus comics, básicamente porque nunca hubo una historia más allá del doctor que se convierte en monstruo. Jekyll y Hyde en versión radiactiva, para que nos hagamos a la idea.
Después de una primera adaptación al cine por parte de Ang Lee, quizás demasiado pretenciosa desde el punto de vista intelectual (¿tiene conciencia Hulk?, se preguntaba con sus ojos medio cerrados, el director de, oh sí, Tigre y Dragón), pero al menos innovadora en cuanto al uso de viñetas de comic en una película, El increíble Hulk es el intento de llevar la franquicia hacia el terreno del encefalograma plano... que al final es de lo que se trata con semejante personaje. O quizás no.
La peli abre muy bien: en unos títulos de crédito de unos tres minutos te cuentan toda la historia de Bruce Banner (Edward Norton), quien se somete a un experimento que sale mal y le convierte en un bicho verde con muy mala leche. Entonces decide, ante el acoso del ejército, dejar a su novia y huir para aprender a dominar al monstruo. Hop, fantástica intro en tres minutos. Bravo a Louis Leterrier, el director francés a cargo de mover la cámara en esta ocasión.
Después, descubrimos a Banner en una favela brasileña. El plano aéreo que recorre la favela, con miles de casas formando un solo ente en la ladera de una montaña, es acojonante. Ni que decir tiene que descubren el escondite de Banner... de una manera surrealista. Resulta que mientras trabaja en una fábrica embotelladora de guaraná, se hace una herida y un poco de sangre cae en una botella. De entrada, leo en imdb que el plano de la gota de sangre cayendo en la botella se tardó un año en hacer (!), y después resulta que esa botella contaminada le llega a un americano (cameo de Stan Lee) y... el ejército se entera! Ni MacGuffin, ni MacHostias. De alucine, oiga.
Los actores, más allá de Norton, que parece inscrito en la escuela del sosismo de Tom Hanks o Nicholas Cage, están flojetes. Liv Tyler, quien por cierto aparece pasadita de peso y luciendo falda hippie para disimular cadera, intenta repetir la actuación de Jennifer Connelly en el Hulk de 2003. Tim Roth, el malo de la función, no resulta creíble ni como mercenario, ni como monstruo, ni como nada.
Sobre los efectos especiales, que son responsables del protagonista y de su némesis, poco a señalar. Al final hay una batalla anunciada con gran pompa entre dos bichos enormes en el medio de Nueva York. Y sí, ves a dos cosas, una verde y otra amarilla, darse cera que da gloria, ora un coche, ora una cadena, se dan leches hasta en el cielo de la boca, pero no notas que dentro de ellos haya un personaje, un ser humano, una historia, un actor, o lo que quiera que debería haber. En definitva, Hulk me sigue pareciendo increíble, pero no por sus habilidades, sino por su persistente falta de realismo. La cuestión que queda por resolver es si puede hacerse un bicho verde de tres metros de una manera realista...
Leo en los internets que la última campaña de Snickers, en la que el mismísimo Mr T dispara con chocolatinas a un tipo que hace marcha por la calle, reclamándole que corra como los hombres de verdad. La campaña se emite sin problemas en el Reino Unido. Llega a EE. UU.... y se le echan encima los colectivos de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales. A estas alturas no me extraña que alguien salga a reprimir la libertad de expresión, o lo que es lo mismo a tocar los cojones al personal. Pero me sorprende que esto pase en Estados Unidos y no en Europa. Pd: y eso que la campaña me parece corrientita a más poder.
Esto le va a gustar a Álvaro Álvaro. He encontrado este vídeo en internet, donde un reportero lee una frase a un ciudadano americano y le pregunta si la ha dicho George W Bush o Batman en la serie de los años 60. Acojonante paralelismo.
Todavía resacoso después del Santiago más encarnizado que recuerdo, he dirigido mis pasos al cine para ver el aperitivo de la animación veraniega: Kung fu panda.
Avalada por unos comentarios moderadamente positivos del siempre venerable Sandecker, la peli narra la vida de un oso panda que, de la noche a la mañana, se convierte en Guerrero Dragón. La rediós.
La historia, un remake de la cenicienta previsible y simplona, no está mal. La elección de los personajes ayuda bastante; la sola presencia de la grulla como maestro del kung fu -la sola pronunciación de la palabra "grulla"- ya me hace reir.
Evidentemente, como en toda peli de animación, el doblaje puede hacerla pasable o convertirla en un infierno. En este caso, y contra todo pronóstico, la voz de Florentino Austin Powers Fernández le da un punto al personaje. Es más, el momento con el que más me he reído en la hora y media larga -sacaflús- es puramente cosecha de Flo. En lo que es la animación del tema, pues qué queréis que os cuente. Leo por ahí que si el pelo del panda está muy logrado. Pues sí, pero es una lástima que Pixar ya lo hiciera con Monstruos SA hace... siete años. Y luego está toda la rayada de los estilos de artes marciales de cada animal. Inapreciable para el ojo humano, y demasiado fino como chiste para frikis. No creo que conozca a nadie que conozca a nadie que sepa distinguir una patada de kung fu a de una patada de kung fu b. Pero en fin. Mención especial al estilo visual de los créditos del principio: tintas planas, trazos simples, muy bonito. Ah, y si alguien va a verla, que no se pierda la escena tras los créditos finales, básica para comprender el desenlace de tan barroca historia. En fin, que si queréis pasar un rato gracioso, o tenéis que cuidar una tarde de un sobrino, Kung fu panda es vuestra peli. Dreamworks ha hecho todo lo que puede. El problema es que, desafortunadamente para ellos, existe Pixar.
La raza humana agota los recursos de la Tierra y un robot es enviado allí para recoger la basura. ¿Un oso panda karateka? Wall-e, el plato fuerte de la animación veraniega, ya está a la vuelta de la esquina.
Hoy quiero hablaros de mi amigo Marcos. Marcos es licenciado en medicina (y cirugía?) por la universidad de Cantabria y, por lo tanto, ex-alumno de la Dra. Yk.
El caso es que, cuando aún era alumno suyo, un día no se sabe muy bien bajo qué tipo de circunstancias, me llevó a ver al Racing a los campos de sport de el Sardinero. Hablamos de 1992. Ese mismo año, después de muchos partidos contra equipos de ciudades insólitas, tipo Palamós, conseguimos jugar la promoción de ascenso contra el Español del Barcelona, que por aquel entonces se escribía con ñ. 1-0, y subimos a primera. Me acuerdo como si fuera ayer de aquel día porque, aunque es de justicia decir que fue mi madre la que me llevó al Racing por primera vez, cuando estaba en segunda b primero y en segunda después, Marcos fue el que, poco a poco, me fue racingueando, y alejando de los equipos guays -Madrid, Barça- que les gustaban a los demás niños. Para mí, que soy cántabro de nacimiento pero no tengo raíces familiares en la tierruca, fue muy importante. Marcos es el tipo más enamorado de Cantabria que conozco. Sabe cuál es el mejor bar en Caviedes, el mejor cocido montañés -Correpoco-, los quesucos con mejor calidad/precio, las casas rurales más secretas... Te lo cuenta tanto con tanta energía y entusiasmo, que te lo acaba vendiendo. Más que médico debería ser consejero de turismo y deporte del gobierno de Cantabria, lo haría de lujo.
Después del ascenso, seguimos yendo al estadio juntos, dejándonos la garganta -con él, el fútbol en directo se vive a tope o no se vive- en cada partido, animando lo inanimable, viendo partidos de copa los miércoles por la noche con una manta verdiblanca y bocata de jamón con tomate como todo equipamiento, sobrellevando decepciones y celebrando goles que valían prolongar el sueño de un Racing de primera. Lo último -foto-, ver juntos la clasificación para la UEFA por primera vez en la historia. Enorme.
Cuando me fui a Madrid, Marcos empezó a ir al fútbol con su chica, Gema, que controla absolutamente todo lo que sucede en un estadio de fútbol... menos lo que pasa sobre el césped. De hecho, aprovecho estas líneas para agradecerle infinito que me deje el carnet cada vez que vuelvo a casa. Ella sabe que Marcos y yo lo amortizamos rápido. Mención también a las dos niñas que tienen, Marta y María (esta segunda, clónica de su papá hasta extremos insospechados), que son como sobrinucas mías.
A todo esto, el otro día Marcos dejó atrás la treintena. He echado cálculos, y si cumplimos con la esperanza de vida media, podremos ver el fútbol en directo en el Sardi -jubilados pero infatigables- unas diez temporadas más. La temporada 2035-2036 tiene buena pinta desde ya. Aupa Racing y felicidades, Marquitos!
Aquí pongo, recién salidito del horno, el primer trailer de Watchmen, la adaptación de Zack Snyder de la novela gráfica de Alan Moore. A mí la novela no me puso mucho, como ya dije en su día, aunque reconozco que hay grandes personajes y, sobre todo, que han elegido al mejor director posible. Apunta alto.
Después de una maldita huelga de guionistas, ya queda menos para la temporada 7 de 24. Viene precedida de una TV movie (qué mal suena el término) de dos horas a estrenar en otoño.
Para paliar el mono me estoy repasando los clásicos. Anteayer acabé con la 4 y me parece sin duda la mejor.
De momento, pongo aquí la foto del cast que he encontrado. Qué grande Buchanan con el pelo medio largo.
Mucho se ha hablado sobre Carla Bruni, ex-modelo, cantante y desde hace unos meses esposa de Sarkozy, caudillo de Francia.
Vaya por delante que a esta chica -a diferencia de nuestra querida Letizia- no le hace falta firmar contrato alguno con la beautiful people, porque ella ya pertenecía a ese mundillo. Independientemente, su fichaje ha sido un golpe devastador para la imagen de Sarkozy. Su popularidad no deja de caer, y para colmo, en su obsesión por modernizar la France -que falta hace- se está llevando por delante muchos derechos sociales. Ella, por su parte, lleva una vida, como decía Gomaespuma, de las que podríamos denominar. Me han contado dos cotilleos en la última semana: el de una compañera de trabajo que coincidió con ella en un salón de belleza y la describe como profundamente anoréxica, y la de un pavo que vive cerca de ella que se la encontró pasadísima a primeras horas de la mañana, y los guardaespaldas le decían a él -que se iba a trabajar-"que regardez-vous?"
Si hay un actor garantía de éxito taquillero en Hollywood en los últimos diez años, ése es Will Smith. Desde Independence Day, allá por 1997, ha encadenado taquillazo tras taquillazo en la taquilla mundial.
Su última película -la última que protagoniza, esto es- se llama Hancock, y parte de la interesante premisa de un superhéroe vagabundo y alcoholizado al que todo el mundo odia.
Bajo esa prometedora premisa, la película arranca muy fuerte: topicazos de películas de superhéroes sacados de madre, efectos especiales solventes y líneas de diálogo brillantes para un Will Smith que consigue hacer reir al público... sin que a él mismo le dé la risa.
Tras una presentación de personajes rápida y eficaz, la peli pasa como un tren de mercancías por el nudo de la acción. Y cuando crees que la cosa debería hacer chimpún, y todos a casa tan contentos, te das cuenta de que sólo llevas 45 minutos en la butaca.
Y ahora qué, te preguntas. Y la respuesta, como aprendí al llegar a casa, está en que Hancock es una película cuyo guión llevaba años circulando por Hollywood. Y un guión que circula por Hollywood tanto tiempo pasa por muchas manos que intentan pulirlo. Y cuando esto pasa, a veces sale El padrino II, y a veces salen varias películas en una sola, como grapadas a mala leche, como es el caso.
Así, Hancock pasa en un puñado de escenas de la comedia de acción a la tragedia griega. Asombroso.
(NOTA: para que lo entiendas, amigo Hopewell, como lo que nos pasó con Click, aquella simpática comedia de Adam Sandler tras la cual a punto estuvimos de hacernos el hara kiri porque la vida era una mierda).
Es a partir de ese cambio de registro cuando Hancock toma una espiral descendente. La historia deja de tener interés -ni sentido-, Will Smith se cree que su personaje es el primo carnal de Alí, y Charlize Theron se materializa de la nada para decir oye, que por algo mi nombre está detrás del de Will en los títulos de crédito.
En fin, un regusto final un tanto agridulce. Me pregunto qué habría pasado si Steven Spielberg, en lugar de rodar secuelas innecesarias, hubiese acogido a Hancock bajo su sombrero de mago. Lo mismo ahora estábamos hablando de la película del verano. Hasta la llegada del Joker, claro está.
El otro día, empollándome una de las revistas de cine que leo habitualmente, me encontré con el póster con la próxima película de Nicholas Cage: Bangkok Dangerous. Es posible que el título en España no tenga mucho que ver. Total, que me quedé mirando a Nicholas un rato, porque no entendía muy bien qué me quería decir con esa expresión que tiene.
Pero empecemos por el principio: el peinado. Cage es uno de esos actores que lleva un tiempo con problemas para sobrellevar la alopecia. Así, le hemos visto con ridículos implantes -Cara a cara-, con estúpidos tupés -La mandolina del capitán Corelli- y hasta con melena -Con Air-. En esta ocasión, le roba el estilista al mismísimo Tom Hanks de El código Da Vinci. Luego está el tema de los balazos en la parte derecha. Se diría que son balazos sobre cristal, con lo cual deducimos que Nicholas Cage o a) está en una cabina telefónica o b) está en el escaparate de Zara. Dentro de él. Quizás es por eso que tiene ese rostro, esa expresión de turbación, esa mirada perdida en el infinito. ¿¿Qué le pasa a Nicholas??
La cosa sigue. Fijémonos un instante en las manos. La mano derecha me recuerda a la del padre de Torrente. ¿Hemiplejia? Quizás. ¿Retoque con photoshop? Posiblemente. El brazo izquierdo, por su parte, está doblado en una posición de 90 grados. En este caso no hay duda: está buscando la cartera en el bolsillo interior de su chupa. Por último, la parte de abajo. ¿Es fuego? ¿Es lava? ¿Es sopa castellana?
Total que uno puede comprender perfectamente, después de este pormenorizado análisis, la angustiosa expresión de Nicholas Cage: es la cara de un hemipléjico encerrado en un escaparate de Zara lleno de sopa castellana ardiendo, tiroteado, al que encima le han robado la cartera. Pues sí que es peligroso Bangkok.
Leo en el periódico que el hombre del tiempo por excelencia, José Antonio Maldonado, se jubila. ¿Qué habría sido de las sobremesas españolas sin el anuncio de repsol seguido del discursito de Maldonado? Para los de mi generación, además, la despedida de Maldonado suponía el principio de David el gnomo, con lo cual guardamos un vínculo emocional muy fuerte hacia este mito de la tele. También nos deja para la historia la leyenda urbana de que presentaba borracho... Este blog no ha podido encontrar pruebas de ello, pues pongo un vídeo en el que arranca el pronóstico del tiempo a lo marinero en tierra. Iba a dejar el post aquí, pero me parecería injusto no hacer un homenaje a otros dos monstruos de la tele que hace poco lo dejaron, como son Paco Montesdeoca (me encanta este apellido) y José Ángel de la Casa, que cantó el gol más grande que he visto marcar a España, el de Alfonso en el minuto 94 de la Euro 2000.
Y ya como bonus track os meto un vídeo de Matías Prats de mosqueo, que me ha hecho mucha gracia.
Como ya es tradición en este blog, el festival de Cannes de publicidad ya ha repartido sus premios anuales. En sucesivas entregas iré poniendo piezas que me hayan gustado, pero primero quiero vuestra opinión sobre el ganador, el gorila de Cadbury:
No soy muy amigo de las supersticiones. No creo en nada que no tenga una explicación racional -y razonable- detrás. Sin embargo, como muchos me habéis echado en cara el que no haya hablado de la eurocopa de fútbol en el blog, pues lo voy a explicar. El motivo es precisamente supersticioso e irracional a más no poder: cuando hace unos meses hablé de la copa del rey, mi Racing se quedó en semis. Así que por lo que pudiera pasar, decidí no hablar del tema, y ver qué pasaba. Total, el que quisiera leer de la euro para eso tiene el Marca. Y, evidentemente que no debido a esta manía absurda que me ha dado, resulta que España es campeona de Europa. Tampoco soy nacionalista -ni español, ni cántabro ni de nada-. No me gusta lo de la defensa de la patria y los valores de la tierra. No soy más o menos que nadie por haber nacido aleatoriamente donde nací. Es más, desde que se inventó internet tengo más claro que puedo tener más cosas en común con un quinceañero de Minnesota que con mi vecino de enfrente. Y sin embargo, cuando juega la selección española me mola por un solo motivo: es la única vez que todos remamos en la misma dirección. La única vez que puedo llamar a mi amigo Ramón sin hablar de su equipo, que celebro con Obélix el buen partido de Puyol o que canto canciones de Manolo Escobar con el que esté cerca de mí.
Así que ayer me encantó ver el partido con catalanes, murcianos, franceses hijos de inmigrantes y hasta algún alemán. Durante 90 minutos, uno se olvida de la crisis económica también llamada desaceleración, de la sequía generalizada que se nos avecina, de lo caro que es comprarse un piso o de las hazañas de Sabino Arana y sus colegas gudaris. Ya habrá tiempo -siendo como somos, que nadie dude que sucederá- de volver a la mediocridad mañana.
Por todo esto, bravo a Luis Aragonés, bravo a los chavales -San Iker a la cabeza-, bravo a la gente que salió a celebrarlo en masa en Barcelona, y bravo a la madre que me parió que después de toda la Euro no vio a mi vera el partido más bonito. Olé.
Pd: por si os lo preguntáis, he elegido una imagen inédita en los medios españoles, como es la fuente de St. Michel en París con su correspondiente bandera rojigualda.
Si bien la mayor parte de los chinos me parecen unos empanaos, todo el día medios dormidos, hay una variante de chinos que me dan yuyu, casi miedito. No me refiero a los que secuestraron a ya-sabéis-quién (no quiero desvelarlo para no joder a los que no han visto ya-sabéis-qué), sino a los chinos calvos y con el pelo largo.
Mi trauma viene de Al Leong, el mítico chino doble de acción que ha salido en todas las películas y series míticas de los 80 y 90. Ojo porque la filmografía del colega no tiene desperdicio: el coche fantástico, el equipo A, Arma letal, Acción jackson (!), MacGyver, Jungla de cristal, Superdetective en Hollywood 3, 2013: escape from LA, Godzilla e incluso... 24. Y yo juraría -confírmamelo Blaski- que sale en El último gran héroe, pero no aparece en Imdb. Y siempre haciendo de malo. A lo que voy. Que iba esta mañana en el metro, a lo calcomanía contra un cristal, y en esto que se abre la puerta y entra un chino de pelo largo. Era bajito, el jodío, y fingía leer un periódico de esos que te dan gratis a la entrada del metro por la mañana. Pero yo sabía que tramaba algo.
Arriesgando mi vida en pos de la actualidad periodística y la relevancia de este blog, saqué mi teléfono móvil y, disimuladamente, logré hacerle una foto. Sólo cuando estuve lo suficientemente cerca de su melena de león pekinés pude apreciar el tamaño de la caspa china. Cual si le hubieran desmigado un trozo de forespán en la cabeza, oiga. Eso sí que me ha dado yuyu. Lástima que la calidad de mi cámara en el móvil no refleje con justicia a semejante chino inquietante... y casposo.
Hacía tiempo que tenía pendiente un post sobre uno de los grupos más divertidos que he escuchado últimamente: Trébol. Trébol fue un grupo de música español formado por tres chavales a finales de los 60 / principios de los 70. Su gran momento llegó en el 71, cuando colocaron a "Carmen" en el número 1 de las listas de éxitos en España. No es mi favorita, ya que yo me quedo con "Marilyn", cuya letra dice Marilyn, Marilyn, Marilyn, Marilyn, te quiero tantooooooooo...
Además de todo esto, el padre del colega Dani Crespo era uno de sus miembros. El propio Dani se ha currado un MySpace homenaje a los Trébol en los que describe la fuerte influencia que en ellos tuvieron grupos de referencia como los Beatles y los Brincos. Él fue el que me pasó también un CD con los greatest hits de los Trébol, que me he metido en mi ipod y voy escuchando, tralarí, tralarí, en el metro parisino. Por lo visto hace algunos años, un tema suyo (creo que la misma "Carmen") aparecía en la BSO de Torremolinos 73 y hubo una especie de furor minoritario por los Trébol.
Os dejo aquí el vídeo-foto que ilustra ese gran tema de la historia de la música española. Fundamental para cualquier guateque veraniego que se precie.
Leo en el periódico de hoy que el pasado domingo murió Stan Winston, maestro de los efectos especiales y el maquillaje en múltiples clásicos de los 80 y los 90. Él fue, por ejemplo, el responsable del diseño del terminator, de darle vida a los dinosaurios de Jurassic Park, de crear las manos de Eduardo Manostijeras, de montar un bicho de cuatro metros de alto que se convirtió en la reina Alien, del traje de Predator y, últimamente, del diseño de la armadura de Iron Man. Escenas como el estornudo del brachiosaurus sobre la niña repelente en JP, la batalla final de Aliens o aquella en la que Schwarzenegger se abría el brazo en canal y dejaba al desnudo su esqueleto mecánico salieron de las manos de este genio bajito y feucho llamado Stan Winston.
Tremenda la labor de Stan, no sólo en los 80, donde los efectos mecánicos eran los reyes, sino a partir de Terminator 2 y Jurassic Park con la tecnología digital de por medio, gracias a la cual supo confundir a la gente hasta el punto de que todavía hoy resulta difícil determinar qué plano es digital y en cual sale una marioneta de Stan. Más aún, yo diría que el gran error del inefable George Lucas ha sido olvidarse completamente del mundo de Stan y lanzarse en los brazos del pixel mágico que muchas veces no aporta nada. Gracias Stan, nuestra infancia no habría sido la misma sin ti.
Acabo de leerme mi tercer libro en tres semanas. En esta ocasión, ha caído Un día de cólera (por si lo estáis pensando, la película era un día de furia), de Arturín Pérez-Reverte a propósito de los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Siempre he dicho que Reverte es un diez como articulista/ensayista y un cinco como novelista. Depende de la novela (El club Dumas, El maestro de esgrima) puede subir hasta el siete, pero no más.
Sin embargo, oh mustios collados, en Un día de cólera nos ofrece una descripción narrada del dos de mayo espectacular. No es ya el hecho de que Reverte se lo curre como en él es habitual, presentando nombres y apellidos, bares, calles y circunstancias que sucedieron allí con total exactitud, sino que encima consigue entretejer historias de una manera fascinante. La más importante de ellas, claro está, la de los capitanes Daoiz y Velarde en el parque de artilleros de Monteleón.
Pero lo fundamental del libro, hecho un aparte con la heróica defensa de Monteleón y el consiguiente mosqueo de Murat (entonces gobernador militar de Madrid nombrado a dedo por un tal Napoleón), es la disección de la lógica -no añadiré el epíteto racional en este caso- que movió a esos hombres y mujeres a batirse armados de navajas, escopetas de caza y macetas con el mejor ejército del mundo. Motivos que van desde el orgullo patrio hasta el propio, pasando por vendettas personales, provocación del invasor, compañerismo y por qué no locura. Y sólo leyendo cómo era Madrid -cómo éramos nosotros- hace doscientos años es cuando uno se pregunta si queda algo de aquellos españoles en los que hoy llevamos el DNI en la cartera. Y sólo entonces uno se plantea si hemos cambiado, y si lo hemos hecho para bien, o para mal.
Desde la misma nación que nos dejó a los Monty Python, llega un vídeo buenísimo en el que se anima a los futboleros ingleses, ante la eliminación de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda de la Eurocopa, a apoyar a España. Tremendo vídeo. PD: ¿podemos?
Resulta que, si muchas veces hago comentarios mordaces de los chinos, he descubierto una gente todavía más comentable: los filipinos. ¿Cuál es la diferencia entre un chino y un filipino? Pues que unos fueron un imperio toda su vida y los otros fueron colonizados... por nuestro imperio. Es decir, tenemos a unos seres humanos por cuya sangre corre sangre china y española. Lo máximo. Sólo hay que ver el país cómo es de maravilloso.
A lo que voy. Si hace un par de años hablábamos del boom de los back dormitory boys, esos dos chinos que se ponían delante de una webcam a cantar canciones -el mote les vino de la primera de ellas, I want it that way, de los Backstreet Boys-, ahora os pongo aquí a estos dos maravillosos filipinos sin nombre comercial asignado, que nos deleitan no sólo con sus expresiones faciales, dignas de encomio, sino también con unas coreografías trabajadísimas -ojo al solo de guitarra de Brian May en Bohemian Rhapsody, reinterpretado para fregona- y un decorado típicamente filipino -ojo al presumible bote de Cola Cao en las estanterías de la izquierda-.Os dejo los dos mejores, pero tenéis más en youtube. Enjoy-
El otro día salió un estudio que dice que siete de cada diez españoles prefieren el fútbol al sexo, y el 63% de ellos planifica su vida en torno a los partidos de fútbol.
Lo primero que hay que decir es que es un mal estudio. Hablar de "sexo" y de "fútbol", en genérico, es distinto que "ir de compras" o "ir de compras por los Campos Elíseos" o "ver una película en el cine" y "ver Indiana Jones y el Guión de la Muerte". Habrá que precisar, pues, de qué "fútbol" y de qué "sexo" estamos hablando."Fútbol", así en general, hay todas las semanas. Puede ser un Madrid-Barça o un Extremadura-Pontejos, pero haberlo, haylo. Así que lo primero será preguntarse: ¿tiene usted sexo todas las semanas? De acuerdo con la media europea, que creo que es de tres relaciones sexuales a la semana, la respuesta parece que es afirmativa.
Ahora bien, hay partidos y partidos, igual que hay polvos y polvos. Preguntarle por ejemplo esta cuestión a mi primo Obelix o a mi amigo el señor Argelina cuando el Madrid juega una final de Champions es ridículo. De hecho, no creo que a ninguna mujer con cabeza sobre los hombros -y corazón en el pecho- se le ocurriera ponerles en la disyuntiva. O ahora que vienen los partidos de la selección, que son una vez cada dos años -según toque Eurocopa o Mundial-, idem de lienzo.
Sin embargo, también habría que haber preguntado por la alternativa, es decir, el sujeto pasivo del polvo. Porque no es lo mismo sexo con la pareja habitual que con, pongamos un ejemplo elegido al azar, Laetitia Casta, que de casta debe tener bien poco.Lo cual me lleva a formularme la pregunta definitiva en torno a este tema: ¿es mejor ver una final del Mundial con España metida o tirarse a Laetitia Casta?
Ahí os dejo la reflexión, y cierro el post antes de buscarme un lío...
Mientras poco a poco voy viendo asomar el fin de esta interminable ITV que me está tocando pasar, me he dado cuenta de que me apetece hablar de muchas cosas, pero ninguna daría por sí sola para rellenar un post comme il faut. Así que he decidido meterlas todas de golpe. La poca vergüenza de Hopewell y su no-crítica a Indiana Jones y el Guión Infernal; los huevos que tiene Rafa Nadal, y cómo me gusta verle jugar aunque sea mucho menos elegante -y gay- que Federer; el que me he dado cuenta que mi maravillosa tarjeta Euro -26 que tantas satisfacciones en forma de descuento me ha dado ya es historia; los dos (flojetes) libros que llevo engullidos de Jeff Lindsay sobre Dexter, y en los que se basa mi adorada serie de TV; la campaña de Endesa, con esos niños repelentes de patada en la boca; Cloverfield, que alquilé en DVD y que ni siquiera es la suma de La bruja de Blair+Godzilla, si no directamente el making of de esta última; la boda express de mi primo JuanRa, cuya exclusiva se rumorea que ha vendido a Hola!, Hello! en su versión en inglés; la campaña de Cuatro que veo unas catorce veces al día y que dice que este año sí, que nos llevamos la Euro, que podemos. Y claro, uno que no es de piedra, ya se ha vuelto a ilusionar con los de siempre.
Acabo de salir de ver Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. No he hecho nada entre medias: hemos salido del cine, y veinte minutos después estoy delante del ordenador. Así que esto va en caliente... aunque casi puedo jurar que no me voy a arrepentir de nada de lo que diga a continuación.
Venía pensando en el coche en la cantidad de palabras que empiezan en castellano, como Indiana, por el prefijo in-: insípido, indignación, insoportable, inverosímil, innecesario, etc. Pues bien, TODAS ellas son aplicables a esta película y a mi sensación post-film. Me siento como si durante dos horas hubiese estado atado a una butaca de cine, y George Lucas (o acaso su clon) y Steven Spielberg (¿idem?) hubiesen estado meándose encima de mí, y al acabar me hubieran sacado los ojos con palillos chinos y hubiesen escupido en las cuencas.
Pero dejémosnos de prolegómenos y pasemos al film en sí mismo. Con spoilers y todo. Desaventurado el que siga leyendo y no la haya visto aún.
La cuarta película de Indiana Jones arranca en una carretera en Nevada. Junto a un convoy militar pasa un coche lleno de adolescentes engominados al ritmo de "Hound dog" de Elvis Prestley, para que nos quede claro que estamos en los cincuenta. El convoy llega al área 51, mítica porque se supone que es donde se ocultan los extraterrestres caídos en territorio norteamericano. Allí aparece Indy con un tipo gordo y bigotudo que nadie sabe muy bien qué pinta ahí, sensación que se prolonga durante toda su presencia en pantalla. Está rodeado de soviéticos, capitaneados por Cate Blanchett con peluca y sable (¿?), quienes le piden identificar un artefacto. Mucha atención a la dirección de fotografía en la escena de exteriores, que es más falsa que la de El coche fantástico. Y a todo esto, van cinco minutos de película.
El espectador más cuco se da cuenta de que estamos en el mismo almacén donde se guardaba el arca perdida al final de la primera película. Tirando pólvora al aire (¿?) Indy descubre la caja que le piden los rusos. La abren y resulta ser un alien. A todo esto, Jones escapa, hay una persecución absolutamente aburridísima y al final los rusos se piran con el botín e Indiana acaba en un pueblo desolado en mitad de Nevada. Pronto descubrimos que se trata de un pueblo fantasma, utilizado por el ejército para pruebas nucleares. Nuestro héroe, en medio de una set pièce de corta y pega que nadie se explica, se mete en una nevera de plomo (¿?) y escapa indemne no sólo a la explosión, sino también a la radiación posterior. Y es que ya no se fabrican neveras como las de antes... Cortamos directo a la universidad donde Indy da clase y nos enteramos de que le han despedido sin saber por qué, y además es una escena de siete segundos nos explican que Marcus Brody murió dos años antes y que Henry Jones Sr. (foto de Sean Connery incluida) la diñó un año después de Marcus. Qué rachita llevamos, le comenta Indiana a un señor que quiere imitar a Denholm Elliott haciendo de Marcus. Indy se sube en un tren para irse con la música a otra parte y en el andén aparece un joven en moto (¿?) que parece el doble de luces de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo (creo que es esa peli; no la he visto). Tenemos nueva (y soporífera again) persecución de los rusos, Indiana de paquete en la moto incluido, que acaba en una biblioteca después de muchas vueltas.
A todo esto, el chaval ha explicado que a su madre la han raptado bla bla bla y hay que irla a rescatar, así que los dos y la moto del chaval (¿?) se embarcan y marchan a Perú. A partir de aquí, la peli es un sinfín de estupideces a cada cual más grande que la anterior. Descubrimos que la madre del chaval es Marion (por ti sí pasan los años, querida), y que Indy es no menos que su padre. recordemos el clavito que echan en aquel submarino en El arca perdida. Al chaval, a todo esto, hace un ratito que toda la sala le desea una muerte lenta y dolorosa a manos de un ñu del altiplano maya.
Aparece por allí John Hurt, que lejos de ser Abner Ravenwood -a la sazón padre de Marion- como todos hubiésemos deseado, es un viejo arqueólogo loco que se pasa el resto de la peli babeando incoherencias que por lo visto son superbrillantes porque ayudan a Indiana a resolver todos los acertijos. Tenemos otra persecución, ésta por el medio de la selva, a tres coches. La cito aquí porque tiene dos momentos cumbres en la historia de la estupidez cinematográfica: uno, la lucha de espadas entre dos coches de Cate Blanchett y el hijo de Indy; y sobre todo dos, el momento en el que Indy Jr. se balancea por la jungla de liana en liana al estilo Johnny Weissmuller. Ese momento solo ya justifica levantarse de la sala y dejar atrás semejante horror, o alternativamente morderse la lengua y tragársela para morir asfixiado.
Luego uno ya se pierde entre historias mayas, conquistadores españoles y... alienígenas. Si en la primera peli el rollo esotérico era un poder divino, en la segunda se trataba de unas piedras luminosas y en la tercera hablábamos del Santo Grial y la vida eterna, en esta nos hablan de marcianos. Genial, Lucas, te has currado el McGuffin mogollón.
El final de la peli, después de una escena de acción (¿?) que parece el festival del efecto digital (Spielberg se jactaba de haber hecho esta peli a la vieja usanza...ja!), tenemos un epílogo que incluye boda entre Indy y Marion. No seré tan friki como para quejarme de que entre los invitados al convite no estén ni Tapón ni sobre todo Sallah -aunque esto me llama poderosamente la atención-, pero sí digo que hay un momento de indignación bestial en el que le cae el sombrero de Indiana Jones a los pies del niño de los cojones y suenen los acordes de la fanfarria creada por John Williams en plan "el nuevo Indy ya está aquí, queridos adolescentes!". Así cerramos el círculo de un film horroroso de principio a fin.
En definitiva, un insulto al personaje (quizás Harrison y su secuencia con la serpiente en las arenas movedizas es lo único salvable de este sainete para descerebrados), una broma pesada al legado de tres películas fantásticas, un aburrimiento infinito (manda huevos), y sobre todo un sensación de que después de veinte años esperando esta película, jamás debieron prolongar aquella magnífica escena del final de la Ultima cruzada en la que Marcus, Sallah, Indy y su padre cabalgan heróicos hacia la puesta de sol, camino de la leyenda.
Después de partidos en Barakaldo, en Las margaritas, un ascenso, otro ascenso, el 5-0 al Barça, los miércoles de copa y manta con el Numancia, el descenso, el ascenso otra vez, el fútbol bonito, el fútbol horrible, el 2-3 en el Bernabéu, las salvaciones in extremis con Yosu y muchas fuentes de Cacho, ayer había que conseguirlo por lo civil o por lo criminal. Y se consiguió.
El año que viene a pasear la verdiblanca por Europa. Grande Racing, grande Cantabria. Y yo, como dice mi amigo Marcos, doy por amortizada mi enfermedad, pues me ha permitido vivir y disfrutar un día histórico como ayer.
Cuando los Beatles sacaron Abbey Road (1969), se corrió el rumor de que Paul McCartney estaba muerto y había sido reemplazado por un clon. La fotografía de la portada, con Paul siendo el único beatle descalzo y con el paso cambiado, junto con la inquietante matrícula del Volkswagen Beetle aparcado detrás de ellos, 28IF -28 years old if Paul was alive- alimentaron esta leyenda urbana. A juzgar por la carrera de McCa en solitario, lo mismo es verdad.
Yo sostengo la misma teoría para George Lucas. Un tipo que tenía ideas como American grafitti, THX1138 o, sobre todo, la primera space opera de la historia que le llevó tres años concebir y que acabó llamándose Star Wars. Incluso, en 1979, le habló a Steven Spielberg de un personaje que se le había ocurrido, mitad aventurero, mitad playboy, llamado Indiana Smith.
Hasta ahí, apuntaba maneras de genio.
Pero algo se torció tras El arca perdida. En aquel año, según mi teoría, George Lucas falleció / fue abducido, clonado y reemplazado por un malvado clon destinado a amargarnos la vida al resto de la humanidad. Repasemos el curriculum de George Lucas a partir de ese momento para convencernos de ello: - El retorno del jedi: a caballo entre el remake de la primera parte y la apoteosis del merchandising, siempre lo recordaremos por los ewoks, lamentando su no deshollamiento por las tropas imperiales.
- Indiana Jones y el templo maldito: erróneo guión para la secuela de Indy, basado por supuesto en lo mal que lo pasaba el pobre Lucas por su divorcio. Nos ha jodido, nunca fue fácil vivir con un malvado clon en casa.
- Los ewoks (la película y la serie de dibujos). Para qué incidir más sobre el tema. Horrible.
- Howard, un nuevo héroe: "pensé que en 1986 sería una buena idea hacer una película con un tipo disfrazado de pato". Sin comentarios, maestro.
- Willow: aquí algo le salió mal, porque lo que quería ser una peli de serie b, con protagonistas de baratillo y efectos especiales chungos, al final se convirtió en una peli de culto. No contaba el clon de George con el frikismo del personal.
- Indiana Jones y la última cruzada: sostengo que en esta película el amigo Spielberg, después de la braga que fue El templo maldito, le dijo a George que no se molestase ni en aparecer por el rodaje. De hecho, no he visto ni una foto de Lucas con Sean Connery. Y así salió el clásico que salió.
- Star Wars episodios I, II y III: horribles y prescindibles precuelas de las películas originales. Para siempre quedará en nuestro recuerdo Jar Jar Binks, el bicho que consiguió ser más odiado que los ewoks. También salían las guerras clon. Que me ahorquen si no es un guiño a la teoría de este post.
Y hasta ahí el -impresionante- currículum del llamado George Lucas desde 1981 hasta la fecha. Como podréis comprender, pánico me da que el ok final al guión del nuevo Indy lo haya dado él.
A todo esto, la última del malvado clon de George Lucas es que, de cara a Indy 5, se le ha ocurrido darle el protagonismo a Shia LeBoeuf y que Harrison Ford sólo salga de contrapunto cómico, à la Sean Connery en La última cruzada. De ser esto así, propongo poner bote para contratar un sicario que se ventile a este ser humano... clónico.
Habemus equipo para la Eurocopa. El amigo Aragonés, que a mí como entrenador no me gusta pero como psicólogo me parece un fenómeno, se ha llevado a los 23 que se tenía que llevar. Teniendo los pies en el suelo, puesto que seguimos teniendo una defensa lamentable (quizás me falta Piqué), me gusta mucho un detalle: ya tenemos a cinco jugadores que juegan fuera de España, entre ellos el amigo Fernando 25 goles en Inglaterra Torres. Y también tenemos a tres jugadores de talla mundial: Casillas, Ramos y Cesc. Si Dinamarca se llevó la Euro sin haberse clasificado en el 92 y Grecia ganó en 2004 jugando al pelotazo, lo mismo hay milagro. A ver si pasamos por lo menos de cuartos, que ya toca.
Esta es la historia de Oscar Pistorius. Quizás la hayáis leído en los periódicos o visto en las noticias, pero por si acaso alguien se la ha perdido, me parece importante contarla.
Oscar Pistorius nació en Sudáfrica en 1986. Por un problema congénito, a los 11 meses tuvieron que amputarle ambas piernas a medio camino entre las rodillas y los tobillos. Desde pequeño empezó a hacer deporte, como waterpolo, tenis, rubgy (!) o lucha (!!). Tras una lesión de rodilla en 2004, empezó a correr como terapia de rehabilitación. Y resulta que, cual Forrest Gump con piernas biónicas, Oscar empezó a correr mucho. A correr como alma que lleva el diablo. Tanto esto es así, que en el mismo verano de 2004 le mandaron con el equipo sudafricano a los juegos paralímpicos de Atenas (que se celebran después de los olímpicos y que nadie ve). Y Oscar no sólo se plantó en la final de 100 m, sino que se llevó la medalla de oro y record del mundo al correr los 200 metros en 21,97 segundos. Intentad correr 200 metros (dos veces el largo de un campo de fútbol) en ese tiempo, y me lo contáis después.
En el campeonato mundial de paralímpicos de 2006, Oscar no sólo repitió en 200, mejorando su récord, sino que arrasó en 100 y en 400 metros lisos. Así que pasó lo que tenía que pasar: Oscar consiguió que le dejaran competir con la gente sin discapacidad. En el verano de 2007, compitió en 400 metros en un meeting en Sheffield, e hizo séptimo con 47,65 segundos. El ganador, para que os hagáis a la idea, corrió en dos segundos menos. Así que Oscar pensó que sería una buena idea ir a correr a Pekín. Sin embargo, alguien en el comité de la federación internacional de atletismo pensó que sus piernas prostéticas, lejos de ser una putada, son una ventaja competitiva, y que si dejaban correr con ellas a Oscar, pronto la gente no dudaría en amputarse las piernas para convertirse en Robocops con zapatillas deportivas. Después de muchos dimes y diretes, con sus tribunales parriba y pabajo, parece que a alguien se le ha ocurrido que las piernas (blades en inglés, de ahí lo de Blade Runner) de Oscar no son tantísima ventaja, y que a lo mejor el chaval se las puso para poder correr. A secas. Así que nuestro amigo Oscar ahora se encuentra ante la oportunidad de poder correr en unos Juegos Olímpicos. Sólo tiene que conseguir bajar su marca en 400 m. de 46,56 a 45,95 segundos, mínimo olímpico, para que sus piernas biónicas alucinen al personal en los juegos de Pekín. Así que todos con el Blade Runner sudafricano. Ánimo, chaval.
Como si de una escena de Mira quién habla, aquella comedia de los 80 con John Travolta, se tratara, de vez en cuando me toca hacerme una ecografía para ir viendo a) qué pasa con mi infección en el hígado y b) cuánto líquido tengo en la pleura (es decir, en el pulmón). Gracias a mis contactos con el mundo del hampa médico, he podido tener acceso a las imágenes exclusivas de mi última prueba, calentitas de esta mañana. Como podréis ver, la tecnología de visualización médica no ha avanzado gran cosa en los últimos veinte años...
En la imagen de arriba, se ve (?) hacia la mitad-izquierda una forma como de huevo con una rayita horizontal blanca. Esa rayita son burbujas que contienen a las celebérrimas bacterias caccae, y la zona con forma de huevo alrededor es toda la parte afectada del hígado.
En la imagen de abajo veréis que hacia el centro izquierda hay como una forma de cuña en un color más clarito que el resto. Eso es un trozo de mi pulmón derecho, y es clarito porque tiene aire dentro. Eso es bueno. Veréis que en su interior hay una zona casi con la misma forma, pero en negro. Es oscurito porque eso es líquido de mi maravilloso derrame pleural. Eso es malo.
Resumen y conclusión, que para quitar mi infección higadil (mucho mejor término que "hepática") sigo con mi antibiótico por vena, y para mejorar mi capacidad pulmonar y que se reabsorba el puto líquido, me han dado un jueguecito con tres bolas que hay que hacer subir al chupar aire. Suena sencillo, pero es como el Tetris, una cosa fácil que se puede convertir en un auténtico infierno. Como me decía una enfermera esta mañana: "paciencia y resignación cristiana". Paciencia y resignación, la que usted quiera, señora. Pero cristiano, lo justito. Faltaría plus.
Ayer sábado sabadete, a falta de otros menesteres que hacer, pude ir al cine -convenientemente escoltado- a ver Iron Man. Iba a ver una española, pero me equivoqué de sala. You know. Al principio pusieron dos tráilers (o sólo recuerdo dos tráilers), el del nuevo Indy -muuuucho peor doblado- y el de El increíble Hulk -distinto collar, mismo perro-. Tal y como prometía el tráiler de Iron Man, fantástica peli, muy fiel al cómic original. Pero empiezo por el principio: el personaje de Iron Man.
El Hombre de hierro, como se le conocía en España en los ochenta, es de esos superhéroes de segunda fila de la Marvel, junto con Hulk, Thor, etc., lejos del glamour -y el nivel de ventas- de los 4F, los X men o, por supuesto, Spider-Man A mí siempre me ha gustado mucho, sobre todo por el rollete ese de que a) se la sopla su identidad secreta y b) es pública y notoriamente alcohólico. Es decir, que el personaje en sí es tan divertido como lo puedan ser Logan o Peter Parker. Para retratar a Tony Stark en la película, los productores cometieron el grave acierto de firmar a Robert Downey Jr., que como siempre ofrece una interpretación llena de mala baba y genial en alguna improvisación. No puedo darle un diez porque mi querido Santander tiene un problemita que se llama "no hay cines en VO con películas de después de 1995", con lo cual me chupé un doblaje como mandan los cánones.
El problema de Iron Man, como suele pasar a la mayoría de superhéroes, es que tiene una galería de enemigos de todo a 100. En este caso han optado para contratar a Jeff Bridges (Lebowski) para dar vida a Obadiah Stane, que se convierte en Iron Monger, o lo que es lo mismo un bicho con una armadura mucho más grande que el héroe. Bridges me parece un poco fuera de su elemento, con unas líneas de diálogo pobretonas y un final (?) bastante tristón.
Los efectos especiales, lo fuerte de la peli, son la caña. Son responsabilidad de ILM, la cual es la primera vez en mucho tiempo que veo que no ha puesto a los becarios a ocuparse de una película. El diseño del traje, tremendo, es obra del gran Stan Winston, y se nota. Y sin embargo, cuando ves cómo Stark se convierte en Iron Man, uno no puede sino imaginar cómo sería Robocop en el año 2008...
Ese curioso a la par que repugnante nombre es el que tiene el bicho que me cooooorre por las venas con la fuerza de un ciclónnnn. Ahora ha tocado cambiar de antibiótico, siempre por mi maravilloso drum vena p'arriba, y seguir con la cantinela.
A todo esto, ayer me levanté con lo que ilustra la foto: un agujero en el ombligo. Y no me refiero al rollo cordón umbilical bla bla bla, sino a un agujero que se ve negro y al apretarlo suelta aire y suena como los globos al quitarles el nudo prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrlllllllllllllllllllllll. Todo esto rollo del aire viene de que para operar una apendicitis a lo moderno te agujerean el ombligo y meten aire para poder maniobrar dentro. Muy limpio. Muy lógico. Muy innovador. Pero cuando tu ombligo hace ruido asusta, creedme. Hoy parece que el agujero está en remisión. , aunque todavía he oído esta mañana música de viento para ombligo solista.
A todo esto, después del paseo futbolístico del miércoles (con escaso éxito desde el punto de vista deportivo) ayer escapé al videoclub y me alquilé Disturbia, cuyo nombre no me explico cómo no han cambiado en España. Es esa peli de Shia Laboeuf y David Morse remake entre La ventana indiscreta y Escape de Absolom. No sé si sabéis cuál. No está mal, aunque el último tramo de la peli, cuando el malo decide que es malo, me pareció un poco chusquero, como si le faltase una explicacioncita. Próximo objetivo: Iron Man (de una puta vez) el fin de semana.
Mientras espero a que me concedan la libertad condicional y pueda escaparme al cine a ver Iron Man, pongo aquí los nuevos trailers de las dos películas que más concentran mi atención en los próximos meses:
Por un lado, el esperado regreso de Henry Jones Jr. Trailer más explicativo que el anterior, momentazo incluido cuando le dice a su colega que baje los brazos para salvarles de hacer el ridículo.
Por otro lado, la vuelta a las andadas del amigo Bruce Wayne en su traje de neopreno acompañado del espíritu de Heath Ledger, cuya composición del Joker parece de lejos lo mejor de la película. Dejo, por último, la primera foto de Dos caras, versión Aaron Eckhart, con un trabajazo de maquillaje/CGI/Photoshop de lo más rico que he visto en mucho tiempo. Tommy Lee Jones se debe estar revolviendo en su tumba... o donde sea.
Ya sabéis que la medicina para principiantes con ejemplos se entiende mejor. Vaya por delante que no me gusta convertir a este blog en un diario de enfermo, pero qué queréis, that is life... lately.
Total, que hoy nuevo paso por el hospital con un triple objetivo: hacerme una nueva ecografía (gel helador de tripas incluido), una placa de tórax (que no me han dejado en jpg para incluir en este blog como prueba gráfica) y ponerme un drum.Ahorro la pregunta retórica: un drum es un catéter largo que te meten desde el brazo hasta más menos el corazón (en mi caso se han cortado un pelo y lo han dejado en la vena cava). La ventaja es que, a diferencia de las vías normales, no se parte al meter antibiótico a chorro y, por lo tanto, me ahorra el aguantar a una enfermera cada día diciéndome con acento del barrio pesquero "ay hijín qué venas más malas tienes ¿no?". Así que, a pesar del rollo terminator que me da tener una conexión entre mi antebrazo y mi corazón, pues por lo menos es útil. La parte de Allen Iverson viene provocada por el cómo tapar este drum en mi brazo y hacerlo compatible con una vida normal, que en mi caso se limita a sostener un libro con dos manos y a escribir en este mi blog. La solución al dilema la proporciona la mismísima NBA: si os fijáis en el brazo derecho del amigo Iverson en la imagen... el mío está igual. Clavado, al menos de aspecto. Eso sí, me queda un poco para poder volver a los terrenos de juego. De momento, el miércoles, vuelvo a la grada. Y eso ya es un triunfo.
De las pocas noticias positivas en los últimos quince días: Extremoduro, el grupo más mítico de mi adolescencia, se vuelve a reunir, sacan disco y hacen gira. La rediós.Los descubrí, como la gente de mi edad, gracias a Agila (1996), un disco brutal sin ser perfecto, abierto con cuatro canciones a cada cual mejor que la anterior y una colaboración con Albert Plá -Qué sonrisa tan rara- sensacional.
Luego ya fui descubriendo el resto de discos a base de cintas que me grababa mi primo Álvaro Álvaro.Los discos que siguieron a Agila fueron flojetes con alguna canción memorable -Salir, A la sombra de mi sombra-- hasta que sacaron en 2002 Yo, minoría absoluta, que fue una auténtica pasada con mucho tema al mejor nivel de tiempos pretéritos: A fuego, Standby y por supuesto ese monumento al amor y la lírica llamado simplemente Puta.
A todo esto, no me queda muy claro cuál es la mejor canción de estos chicos...
El nuevo disco, La ley innata, sale a finales de mayo y promete ser una suite al estilo Pedrá, es decir todo de corrido y sálvese quien pueda.PD: vamos a ver, amigo Blaski, si esta vez nos coordinamos y vamos al mismo puto concierto, mano a mano con la botella calimocho. Sin mariconadas ni mujeres, ya me entiendes. Te dejo pillar las entradas a ti :)