Un anuncio turbador

De las cosas que más nervioso me ponen -intento deliberadamente evitar el verbo turbar, que me parece tan inmaduramente cómico- es la publicidad que no entiendo. Posiblemente haya veces que me falte el contexto adecuado o simplemente el conocimiento para decodificar una campaña, aunque la mayoría de las veces me temo que la desconexión es más voluntad del emisor (la marca o, específicamente, el equipo creativo que trabaja para la marca) que incapacidad del receptor, o sea yo.

El caso es que desde hace un par de semanas, llevo viendo en los mupis -los posters de las paradas de autobús- y en el metro a lo largo y ancho de París una campaña que me trae de cabeza. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que se trate de una campaña.
La cosa es que se ve a Darth Vader haciendo levitar una bandeja en McDonald's. "Venez commes vous êtes" (ven tal como eres) reza el titular. Aparte del pequeño detalle de que este póster no tiene ninguna relación con el rollo que se trae McDo de un tiempo a esta parte ("I'm lovin' it"), nada que añadir.

¿O sí?


He pasado bastante tiempo esperando el metro delante de esta imagen, y me he planteado ciertas cuestiones a propósito de ella. Por ejemplo ¿qué hace Darth Vader comiendo en McDonald's? ¿Han montado un McDo para el personal imperial en la Estrella de la Muerte? Más aún: ¿qué hace Darth Vader comiendo solo? ¿no tiene ni un mísero storm trooper que le dé charla en plan hay que ver cómo está el tema de la rebelión? ¿no se le ha ocurrido invitar al Emperador, y ya de paso sacar el tema de su subida salarial? Y a todo esto, ¿por qué hace levitar la bandeja? ¿cómo hace para comerse un Big Mac sin quitarse el casco? ¿y por qué ha metido la pajita -con perdón- en el vaso ANTES de llegar a la mesa?

Pero lo que más me mosquea de este asunto no es el propio Vader, que al final es un trabajador por cuenta ajena, sino la pareja de detrás. ¿Qué demonios hace una pareja, su mano en el muslo de ella, dándose el lote en una publicidad de McDonald's? Y por si eso fuera poco, ¿qué demonios hace una pareja dándose el lote detrás de Darth Vader en un McDonald's?

Sospecho que en algún lugar hay unos creativos partiéndose de la risa. Riéndose de mí.
Los hijoputas.

El extraordinario Jacinto Antón

No todos los días se puede decir que se ha leído un libro genial. Yo, hoy, tengo ese privilegio.

Bueno, sin nos ponemos puntillistas como Seurat, no se trata de un libro per se, sino más bien una recopilación de artículos que Jacinto Antón ha venido publicando en El País edición de Cataluña, a lo largo de los últimos catorce años.


"Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias", que así se llama el libro, llegó a mis manos previa recomendación de mi mediático amigo Javi.
La señorita que me atendió en El Corte Inglés se pasó un rato escrutando su base de datos para saber si tenía el título de marras. He de reconocer que, aunque recordaba íntegro el título, preferí darle el nombre del autor para no pasar vergüenza.


En fin, que Jacinto Antón es un autor extraordinario. Se aproxima a la realidad desde una inocencia impropia de un periodista de su experiencia -me atrevería a describirlo como el reverso luminoso de Pérez-Reverte-, y consigue hacer de lo cotidiano algo maravilloso. A los ojos de Antón, la compra de un hámster puede ser una epopeya ("En qué momento se convierte la vida en destino? El otro día, sin ir más lejos, cuando me compré un hámster", comienza el artículo en cuestión) y el desmontaje del árbol de Navidad, en una operación de alto riesgo.
A lo largo de las 344 páginas de aventuras, Jacinto Antón habla de temas tan dispares como los indios Sioux, el standartenführer Skorzeny, su miedo al telesilla, los gorilas que han sido descubiertos en plena postura del misionero o su obsesión particular, el explorador, aventurero y falso noble húngaro Laszlo Almásy. Además, cita a uno de mis héroes particulares, el piloto alemán Hans Rudel, y su maravillosa biografía "Piloto de stukas", de la que creo que ya hablé en su momento.

Antón deja muchas joyitas a lo largo del camino ("Adoro los submarinos: combinan de mis grandes miedos, el mar y los ascensores"), y personalmente me identifico con el artículo en el que confiesa que, de vez en cuando, extravía algún libro interesante en las librerías, a la espera de una mejor ocasión para hacerse con él.

Tengo que admitir lo he pasado mal con los ataques de risa que me ha provocado "Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias" en el metro de París. Incluso una vez estaba tan metido en la historia, que tuve que cruzar el vagón de un salto para no pasarme de estación.
No habría sido tan grave; al fin y al cabo, no
tiene uno todos los días la suerte de encontrarse con un libro tan maravilloso como el de Jacinto Antón.

Guía para sobrevivir a la gripe cochina

El otro día me perdí (dammit!) el estreno en CanalSat de la película tailandesa SARS Wars, la epopeya de un grupo de seres humanos que luchan contra zombies fallecidos por la gripe aviar de hace unos años.

Pues bien, sin llegar a estos extremos, la semana pasada me pasaron por fin las recomendaciones del Espíritu Santo en caso de pandemia de gripe cochina. Un poquito cuenta lo que todos sabíamos: que si no le estornudes a la gente en la cara, que si lávate las manos no sea e tengan mierda, que si toma un klínex nuevo...


Lo inquietante no es eso, sino descubrir otra serie de recomendaciones complementarias, que amenzazan seriamente nuestra querida rutina invernal:

- A lo Pretty Woman: prohibido dar la mano, abrazar o besar (en cambio, no dice nada de practicar sexo, así que infiero que vamos a acabar haciéndolo como Julia Roberts le pedía a Richard Gere).

- Virtuales, hasta cierto punto: hay que limitar las actividades de grupo: se recomienda cambiar las reuniones físicas por teleconferencias. En cambio, evitan cuidadosamente recomendar el teletrabajo, que tanto ansiamos algunos.

- Viva el Sofing: evitar deportes de equipo: a tomar por saco todo partido que no sea en una pantalla.

-Por lo menos no pareceremos mimos: no utilizar guantes de látex (y ahora se lo dicen a Michael...).

- Convertirnos en justicieros enmascarados: llevar una máscara -modelo FFP2, precisan- cuando a) estemos en contacto con gente, b) en el transporte público, c) con invitados y d) cada vez que realicemos limpieza. Puntualizan que no es necesario llevarla cuando se trabaja solo en una oficina cerrada. Así que vamos a acabar autistas y sucios.

- Y para colmo, la máscara, por cierto, sólo es efectiva "hasta un máximo de entre 4 y 8 horas". Es decir, que entre la cuarta y la octava hora de uso, lo mismo te contagias incluso llevando la mascarilla como un panoli.

Está claro que, si la gripe no acaba con nosotros, lo que parece improbable con su tasa de mortalidad del 1%, este tipo de chorradas conseguirán rematarnos.

Cuando pasábamos la tarde liberando al mundo

Con el verano cinematográfico dando sus últimos estertores hollywoodienses -el verano real no acaba para mí hasta el 14 de septiembre-, hoy he ido a ver GIJoe. Junto a los Masters del Universo, los GIJoe han sido sin duda mis juguetes favoritos. Miles de tardes me pasé, la mayoría mano a mano con mi gran amigo Luis, los dos armados de yiyous y mucha imaginación.
No sólo estaban muy bien hechos -ese agujero en la espalda en el que se encajaban las mochilas-,
sino que además tenían el mejor repertorio de armas, naves y otros accesorios del mundo juguetil. A diferencia de los Transformers, los Joes sí que me interesan. Me preocupan.

No puedo evitar el paralelismo con los Transformers. Para empezar, porque ambos comparten fabricante -Hasbro- y pro
ductor cinematrográfico -Lorenzo di Bonaventura-. A partir de ahí, ambas franquicias son polos opuestos. Principalmente, porque una se la dan a un director de acción genial como Michael Bay y la otra se la dan a un vendedor de alfombras como Stephen Sommers, autor de espantos espantosos como La Momia (1 y 2) o Van Helsing.
Para que lo entendamos todos, con el mismo presupuesto uno crea un Lago de los cisnes cibernético mientras el otro organiza unos sanfermines bélicos.


A un director chapucero, GIJoe añade un cast imposible, con Marlon Wayans haciendo de negro gracioso,
un tal Channing Tatum como el héroe Duke y Christopher Eccleston haciendo de malo bobalicón.
Más aún, la música corre a cargo de Alan Silvestri, compositor de la música de Regreso al Futuro hace veinte años, y en cuyos muertos ya me cisqué en mi reciente crítica de Noche en el Museo 2. Empiezo a sospechar que el mismo ovni que se llevó a el Auténtico George Lucas también reemplazó al bueno de Silvestri por un clon malvado.


Y el caso es que GIJoe me ha gustado. La película no se toma en ningún momento muy en serio a sí misma, y eso ayuda a que la trama, un batido de tramas bondianas cruzadas con Star Wars, se haga tolerable.
Los efectos visuales están, salvo contadas excepciones, muy correctos. La representación de la tecnología, equipamiento y naves es una pasada, muy en la línea de los juguetes originales. Y hasta Sommers, que por lo demás da la sensación de elegir sistemáticamente la peor toma disponible, firma una persecución de lo más digna a través de París. Casi al final de la peli, cuando por fin vi sobre el costado de una nave el logotipo de la organización terrorista Cobra, casi me deshago en la butaca.

A nivel personal, lo más tremendo es la representación de mi personaje favorito, Ojos de Serpiente, un pistolero ninja mudo. Toma Shakespeare. Pues bien, no sólo el vestuario es tal cual el muñeco que yo tengo en casa, sino que sus movimientos son tal cual me lo llevo imaginando desde que, allá por 1986, le saqué de su envoltorio original. El actor que lo clava, por cierto, es el único acierto de cásting: Ray Park, el mismísimo Darth Maul de la saga de las Galaxias.
A su lado Sombra, el ninja malo que resulta ser el hermano de mi héroe, y del que se disfrazó mi amigo Luis en un carnaval del cole, parece un chinorris afeminado.


Unos años después de dejar de jugar con los GIJoe, alguien me dijo que los Joes no eran más que armas de propaganda americana, perversa creación de un Goebbels yanqui que habita un oscuro despacho en Washington. Y entonces me imaginé a Luis a mi lado, los dos sobre un portaaviones escuchando el Star Spangled Banner, preparados para pasar la tarde combatiendo por la libertad del mundo.

Up: qué malo es hacerse adulto

No voy a ser justo en mi crítica de Up. Y no lo voy a ser porque, de haber sido producida por cualquier estudio, Up sería una gran película. El hecho de haber sido producida por Pixar, sin embargo, la convierte en una buena película a secas. Al fin y al cabo, estamos hablando de un estudio que todavía no ha hecho una mala película, aunque Cars y Bichos flirtearan peligrosamente con el aburrimiento.

De los cuatro libros que más me influenciaron cuando era pequeño -posiblemente fui la última generación que tuvo al menos una parte de su infancia libre de ordenadores-, uno de ellos se llamaba "El viaje en globo de Guillermo". Básicamente, la historia de un niño que ata a su cama los globos que ha recibido como regalo de cumpleaños, y cuando se despierta está volando sobre su cama.
El hecho de haber leído dicha historia hace que, para mí, la premisa de Up pierda un poquito de gracia.

Pero bueno, Up no es sólo la historia de una casa voladora. Hay mucho más, como por ejemplo la historia de dos personas que envejecen juntas con sueños de viajar lejos, y (el que quiera saber, que pase el ratón sobre el texto)
al final ella muere sin conseguirlo. Todo eso narrado en los cinco primeros minutos de peli.
La historia de la casa voladora viene después, y da pie a la historia más surrealista jamás concebida por Pixar, que incluye perros que hablan, pájaros arcoiris, aventureros centenarios, un zeppelin gigante y alguna que otra ardilla omnisciente.


Sí, Up es una ida de olla general, pero no una cosa sin pies ni cabeza, al estilo Dreamworks, sino con unos personajes que la sustentan por detrás made in Pixar.
Y sobre los personajes y la historia quería detenerme. Siempre se ha dicho que las películas de Pixar gustan a todos porque tienen un nivel de lectura para niños y otro para adultos.
Si bien el año pasado con Wall-e ya aparecía una historia compleja por detrás -la humanidad ha destruido la Tierra, etc-, en Up vuelvo a ver que la historia adulta -no hay una sino dos muertes de personajes protagonistas- toma más fuerza.


Y por paradójico que parezca, me doy cuenta de que, cuanto más adultas son las películas de Pixar, menos me gustan.

Fuck you very much


Lily Allen - Fuck You [Official Video] (Non Censuré)
par Lily-Allen-Tv

Quizás en España no, pero en Francia la canción del verano es sin lugar a dudas el Fuck you very much de Lily Allen. Yo, que suelo ser un démodé en cuanto a música, conocí este tema por medio de las sesiones interminables de Virgin Radio que amenizan el verano parisien metido en una agencia de publicidad, y me quedé con la copla.

La canción me llama la atención por la incorrección política de su mensaje. En tiempos en que Jack Bauer tiene que decir dammit, Gallardón censura los escaparates de los sex shops y la guerra es más real en la PlayStation que en la CNN, supone todo un puñetazo en la mesa que triunfe una voz femenina como la de Allen al grito de Fuck you.
Probablemente ése sea el secreto de su éxito: poca gente se ha parado a entender la letra, que habla de homosexualidad, racismo, y no sé cuántas cosas más, pero sin duda todo el mundo entiende y acompaña el pegadizo estribillo.

Precisamente que sea en 2009, en medio de la peor crisis económica que muchos vivimos, cuando el hit del verano, la canción por la que se recuerda todo un año, sea este Fuck you very much, me parece una maravillosa ironía.

Fuck el sistema financiero.
Fuck la especulación inmobiliaria.
Fuck Madoff.
Fuck el barril de petróleo.
Fuck you very much.

Habemus himno anti-crisis.

Una de Justicia

Condenada por quemar al violador de su hija

La Audiencia de Alicante ha condenado a María del Carmen Espinosa, de 56 años, a nueve años y medio de cárcel por quemar y matar al violador de su hija, Antonio Cosme, alias Pincelito. La mujer roció a la víctima con un bidón de gasolina y le prendió fuego en un bar de Benejúzar (Alicante), en junio de 2005. Este hombre había sido condenado a nueve años por la violación de su hija, una menor de 13 años.

Cosme sufrió graves quemaduras en el 60% de su cuerpo, que 10 días después le provocaron la muerte en el hospital. Los magistrados condenan a la mujer, además, a pagar una indemnización de 80.000 euros a la esposa del fallecido y 15.000 euros a cada uno de sus cuatro hijos. La Audiencia también fija una pena de un año por las lesiones causadas a un vecino que acudió a ayudar a la víctima.

En la sentencia, el tribunal ha aplicado la eximente parcial debido al estado mental de la acusada, con ansiedad desde que se cometió la violación de su hija y sometida a tratamiento psiquiátrico. La madre nunca superó lo que le ocurrió a su hija y el día de los hechos, cuando se encontraba esperando un autobús, según la sentencia, escuchó una voz que le decía: "Hola, señora, ¿qué tal su hija?". Era el violador de su hija, de permiso carcelario. La sentencia refleja que la mujer entró en un estado mental que influyó en su voluntad. Tras ver cómo el hombre entraba en un bar, compró en una gasolinera cercana una botella de gasolina y la vació encima del hombre, prendiéndole fuego con una cerilla y diciéndole: "Para que te acuerdes de mí". La sentencia determina que aunque tenía parcialmente alterada su voluntad, la mujer era consciente de sus actos.

Pagafantas


Contra todo pronóstico, hoy he pagado seis euros que vale el cine en Santander por ver una película española. Vistas las que había que ver, y esperando a QT, hoy ha caído Pagafantas.

Lo bueno que tiene esta película es la empatía con el público. Todos hemos sido pagafantas alguna vez. Ellas quizá menos, pero por las carcajadas en la sala, se ve que entendieron de qué iba el tema.

El pagafantas es ese tío que está enamorado de una chica, y ella en cambio le quiere como un buen amigo o, terror, como a un hermano.

El guión de la peli, estirado a partir de la fantástica premisa, tiene sus altos y sus bajos, pero en general se apoya en unos actores muy correctos -ojo a ese Oscar Ladoire, ¿el Leslie Nielsen español?-, alguna fórmula ingeniosa (el inicio de la película explicando lo que es hacer la cobra es sensacional), y un buen montaje. Además, a título personal, el hecho de que el personaje principal finja ser fan de Bunbury para ligar, me ha tocado el corazón por motivos obvios.

Quizás en algún momento tiene demasiado aroma a Qué Vida Más Triste, cuyo protagonista es para mí el referente del perdedor de nuestra generación. Por ponerle otro pero, de vez en cuando intentan colocar una escena en vídeo digital a lo Michael Mann que canta a retake (tomas adicionales imprevistas) de una manera repugnante.

He salido del cine con una sonrisa. No sólo por los pagafantas, sino sobre todo por ver que hay vida en el cine español, que entre tanto abrazo roto hay algún rayo de luz.

Enemigo público: el vídeo digital

Soy muy fan de Michael Mann. Un tío que ha hecho, con sus manitas, una obra maestra como Heat, me merece un aplauso.

En las dos últimas películas de Mann -Collateral y Miami Vice-, empezó a añadir a su gusto por los azules eléctricos y los negros texturizados, el uso de cámaras digitales para rodar acción. Y para qué voy a engañaros, cuando una película se rueda entera en digital -ver por ejemplo las últimas de Star Wars-, nadie se tiene por qué dar cuenta. Cuando una película se rueda la mitad en digital, y la otra mitad en 35 mm, pega un cante que no veas.

Y a todo esto, la nueva peli de Michael Mann se llama Public Enemies, y narra la historia de John Dillinger, atracador de bancos y pistolero en el Midwest americano durante la Gran Depresión.

Como suele ser habitual en Michael Mann, tiene un tête à tête interpretativo enorme, esta vez entre Johnny Depp -cada vez que le veo pienso en Jack Sparrow- y Christian Bale -cada vez que le veo pienso en Patrick Bateman-, acompañados de una sorprendentemente sin acento francés Marion Cotillard.
La historia es un cruce entre los Intocables y Bonnie & Clyde. El cógeme si puedes, los tiroteos con ametralladoras Thompson, los bandidos canallas de buen fondo, el policía obsesionado que cruza la línea que separa el bien del mal... Du déjà vu, que dicen en mi residencia habitual.

Independientemente de eso, la película se deja ver, pero sin entusiasmos. Es un gangster sin poso. No hay ninguna secuencia equivalente al la de la cornisa con Frank Nitti y Elliott Ness, ni, ya puestos, comparable con el mano a mano de Pacino y De Niro en Heat.
Y, por supuesto, está el tema del rodaje en digital, que a día de hoy quizás da más sensación de realismo, como dice Michael Mann. El problema es que llega un punto en que el realismo excesivo se convierte en sensación de estar viendo un vídeo casero.

Los más grandes, por fin juntos

Cortesía del amigo Schwepps.
Nada más que añadir.


La diferencia está en el cariño

A medida que el verano sigue comiéndose semanas, nuevas películas aparecen en la cartelera. En 2009, algunas de ellas -la mayoría- han decepcionado, y otras han sabido justificar su producción.
El caso es que las dos últimas que he visto son dos de esas comedias dirigidas a un público infantil, que a mí, acaso por complejo de Peter Pan, me suelen gustar tanto.


La primera de ellas es Ice Age: Dawn of the dinosaurs, la tercera parte de la saga de animación creada por la Fox alrededor de un grupo de bichos prehistóri
cos que conviven durante un periodo glaciar. Después de una primera parte pasable y una segunda olvidable y olvidada, el rollete detrás de esta nueva entrega era ver a los protagonistas en un mundo de triceratops, pterodáctilos, diplodocus, stegodones y, por supuesto, tyrannosaurus rex. Sí, yo también era un dino-friki cuando era pequeño.

Contra todo pronóstico, Ice Age 3 retoma lo mejor de la primera película, la mezcla de humor con acción, y añade un nuevo personaje enorme, Buck, una alimaña con acento inglés que recuerda al Burt Lancaster de El temible burlón (me pregunto cómo se llamaría en realidad este clásico piratesco).

Aparte de eso, la tercera parte de la Edad de Hielo nos reencuentra con Scrat, la proto-ardilla que busca obsesivamente una bellota. Sin duda, el mejor personaje mudo que nos ha dejado el cine de animación hasta l
a fecha.

Si bien Ice Age 3 retoma elementos de la película original y añade nuevos ingredientes a la fórmula, mejorándola, no se puede decir lo mismo de Noche en el museo 2. La película original, una comedia de esas a las que los americanos añaden el peligroso epíteto
familiar, parte de la premisa de meter a Ben Stiller y a Dick Van Dyke con un montón de personajes de museo que cobran vida al anochecer.
El problema con la secuela es que intentan repetir la fórmula en el Smithsonian de Washigton, y se quedan cortos de picante. O de azafrán. O de interés. O quizás es que simplemente se echa de menos al bueno de Dick Van Dyke.

Esta
segunda noche en el museo deja algunas buenas ideas nuevas a medio camino -la escena en la que Stiller se mete en El beso, de Robert Doisneau, y le planta un beso a la chica, es genial-, y añade una trama absurda y muchos personajes que tenían más potencial cómico, como Napoleón Bonaparte, del que muestra la película.
Más allá del pequeño detalle de que 1 hora y 40 minutos de película se me hicieron largas, lo que de verdad me molestó de Noche en el Museo 2 fue la música. Sorprendentemente, el autor de la partitura es Alan Silvestri, responsable de clásicos básicos como Regreso al futuro o Forrest
Gump. Pues bien, el amigo Silvestri se ve que estaba ocupado enlazando acordes para la BSO de G.I. Joe, porque en esta ocasión no da una a derechas. Es más, en ocasiones uno se pregunta si lo que suenan son violines o un gato pasado por el garrote vil.
Noche en el museo 2 deja la impresión de ser una película hecha sin ganas, sin cariño, algo que siempre es importante, pero todavía más cuando se trata de cine dirigido a niños. La prueba última de esto es el poster de la película, en la que un mal uso de Photoshop hace que el malvado faraón egipcio esté pisando el pie del mono espacial. Ver para creer.

Afortunadamente, el verano sigue. Próxima estación, unos que nunca se olvidan de ponerle amor a lo suyo: Pixar.

O'Donojú, el irlandés que se hizo mexicano

Dan O'Donoghue es, además de un tipo fantástico, el mejor publicitario que he conocido desde que empecé a trabajar en este mundillo. Dan es inglés de y del Manchester, pero su familia, como su apellido indica, viene de Irlanda, tierra de eternos emigrantes. Pues bien, uno de los antepasados de Dan, mientras la mayoría de sus compatriotas cruzaban el Atlántico para ir a crear los Estados Unidos de América (Boston por ejemplo es una ciudad con importantes raíces irlandesas), decidió irse al sol de España.

Así que en 1762 nació en Sevilla Juan O'Donojú, adaptación castiza del impronunciable apellido original incluida. Se alistó joven en el ejército, y como oficial le tocó luchar en Zaragoza contra el invasor francés, hasta que fue hecho prisionero por las tropas de Murat. Logró escapar en 1811 y llegó hasta Cádiz, donde se refugiaban las famosas Cortes de Cádiz que crearon una constitución liberal en 1812 para la España libre. Como es bien sabido, cuando el borbón Fernando VII regresó al poder una vez derrotado Napoleón, dijo que verdes las han segado y se pasó por el arco del triunfo las deliberaciones de Cádiz.

O'Donojú, que era liberal, fue acusado en 1814 de conspiración contra la Corona. Afortunadamente para él, ningún cargo pudo ser probado, y en compensación por las torturas que había sufrido se le nombró capitán general de Andalucía.
En 1820, con el pueblo español aburrido de tanta tiranía, Fernando VII se vio obligado a jurar la nueva Constitución. «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional», dijo el amigo borbón. Cosas veredes.

O'Donojú, para entonces un militar de prestigio y reconocido liberal, fue entonces designado Jefe Político Superior y Capitán de la Nueva España, lo que equivalía a ser nombrado virrey de México. Llegó al puerto de Veracruz el 3 de agosto de 1821, y rápidamente se enteró de que la mayor parte de la Nueva España apoyaba al rebelde Agustín de Iturbide. Unas semanas más tarde, se reunió con el rebelde, y reconoció su autoridad, y el derecho a la independencia del territorio colonial.
Los militares españoles, lógicamente cabreados con la sonora bajada de pantalones de O'Donojú, ocuparon varias plazas fuertes. El 13 de septiembre se acordó oficialmente el cese de las hostilidades, y los últimos grupúsculos beligerantes del ejército español se vieron obligados a retirarse a Veracruz, y finalmente a embarcarse de vuelta a España.

Juan O'Donojú firmó el 28 de septiembre de 1821 el Tratado de Independencia de México, y se convirtió de facto en el número dos de la junta que gobernaría el nuevo país, detrás del propio Iturbide.

Poco pudo disfrutar O'Donojú de su nueva condición, ya que el 8 de octubre fallecía, según la versión oficial, a causa de una infección pulmonar a los 59 años. Obviamente, muchos han encontrado sospechosa esta muerte tan inmediata, y se sospecha que pudo ser envenenado.
En cualquier caso, O'Donojú es a día de hoy una figura importante de la historia de México, donde está enterrado en la catedral del DF con honores de virrey. En España, pese a todo lo que hizo en vida, es considerado como un simple traidor .

A veces Francia es maravillosa

El pasado miércoles estuve viendo, en el cine con más afluencia de Europa (Les Halles en París, una putísima mierda de cine), "The hangover". El título, traducido al español, sería "La resaca". En Francia han decidido rizar el rizo y cambiar el título a... "Very bad trip", que por mucho que se pronuncie a la francesa ("Vegui baddd trguip") sigue siendo un nombre inglés. Que me ahorquen si le veo la lógica.

En fin, que la película es la comedia del año en la taquilla de los EE. UU., donde se está fajando bastante bien con los robots sin alma de Michael Bay. Parte de una premisa clásica de comedia, la despedida de soltero que se va de las manos, pero lo hace siguiendo un esquema muy fresco, y se aprovecha de tres actores desconocidos para mí con mucha química entre ellos.


Lo que más me gustó, sin duda, es descubrir que la despedida de soltero en francés se dice "ente
rrement de vie de garçon", que creo que no hace ni falta traducirlo al español. A veces el francés es maravilloso. Y hablando de extravagancia gala (¿?), el mismo miércoles, a las doce en punto, empezó a sonar una sirena a todo tren en la calle.

La cosa ululaba como las alarmas que había en Londres en el 40, cua
ndo los bombarderos alemanes repartían bombas como quien lanza migas de pan a las palomas. Total, que pregunté que para qué servía esa alarma -que por cierto no había oído en los dos años que llevo aquí-, y nadie supo explicármelo.

A veces Francia es maravillosa.

Una (otra) peli de robots de juguete

Haciendo un poco de memoria, he caído en la cuenta de que hace dos años que se estrenó Transformers, y ya entonces la comenté en este blog. Nos hacemos mayores, muchachos.
Ya hablando de hacerse mayor, hoy tuve momentos en que me sentí verdaderamente viejo viendo Transformers 2. Se me pasaron por la cabeza líneas de texto que he escuchado en boca de, por ejemplo, mi padre: "El cine de hoy no se preocupa por el guión" o "Va tan rápido, que no te enteras de lo que está pasando".
Pues así me sentí yo en algún momento de TF2. Vaya por delante, un vez más, que mi envolvimiento (¿?) emocional con los robots de Hasbro es bastante limitado, y jamás tuve uno solo en casa. Pero sigo siendo muy fan de Michael Bay... aunque quizás un poquito menos después de las dos Transformers.

Y eso que TF2 empieza bien. Después del final de la primera parte, los Transformers están integrados en el ejército americano, y se dedican a buscar robots malos (Decepticons) por todo el mundo.
El problema surge cuando los guionistas se dan cuenta de que necesitan una excusa para hacer avanzar la trama. Voilà, macguffin que te crió, y los robots se vuelven a dar hostias como panes entre sí, sólo que ahora más grandes, más caras y a más bandas. Sesenta transformers hay en pantalla, dicen los productores, incluyendo un set de electrodomésticos que cobra vida de pronto. Sesenta son muchos bichos. Algunas veces, vemos dos batallas en paralelo, con robots de todos los tamaños, formas y colores intercambiando crochets, y uno se acuerda de cuando de pequeño juntábamos los juguetes para hacer como que se peleaban, mientras hacíamos ruido con la boca.

Para el recuerdo negativo queda la transformix que presentan, prima hermana de la de T:3, y el criadero de robots, calcado al de Matrix, y que no tiene ningún puto sentido, porque si no estoy yo loco lo suyo es que los robots los construya... no sé, ¿un orfebre megalómano? ¿Un ingeniero que salió tarifando de Google? ¿Un mecánico loco de la Nasa?


Como el macguffin inicial llevaba a un callejón sin salida -o los plumillas no sabían salir de él-, deciden buscar un segundo macguffin. Y cometen el error de mostrarlo y perder veinte minutos, veinte, en explicar qué es, de dónde viene... y a dónde va. Porque en el momento en que el transformer viejuno (me vais a perdonar que no me aclare con la ensalada de nombres robóticos) te explica de qué va la movida, no hace falta ser Sherlock Holmes para olerse el final de la peli.

Visualmente, el factor Bay sigue valiendo su peso en oro: mientras que en Terminator: Salvation algunas escenas daban el cante, en TF2 cada dólar invertido luce en pantalla. Que esa es otra, ya que en Europa IMAX no proyecta estas pelis, si vais al cine a verla, buscad una pantalla bien grande. A mí me tocó verlo en la sala 8 del Gaumont Marignan de los Campos Elíseos y me arrepentí de mi elección desde el minuto 1.

Antes de ir a ver TF2, pensáoslo bien: son dos horas y media de peli, tolerables sólo si eres un niño grande o si optas por dejarte el cerebro en casa y dedicarte a disfrutar de las palomitas recién hechas.

Mumbai on my mind


Lo primero que uno ve al aterrizar en el aeropuerto de Mumbai son casas EN el aeropuerto. Entre una pista y los hangares, un puñado de chabolas resisten cual invencibles galos separados por un muro y un foso con agua (yo, por lo menos, no vi cocodrilos dentro).

La antigua Bombay (según dicen, del antiguo nombre colonial portugués, Bom Baia) es una ciudad repartida entre varias islas y penínsulas unidas por carreteras continuamente ocupadas por coches, taxis de tres ruedas, motos y peatones. En los lindes del asfalto se apilan miles de pequeños locales comerciales, la mayoría de no más de un metro de ancho, que ofrecen todo tipo de servicios a cualquier hora: bares, talleres mecánicos, artesanía o, el más popular de todos, peluquerías. En muchos de esos locales, de no más de cuatro metros cuadrados, se apilan familias enteras en torno a un colchón.

Para poder comprender lo que es el tráfico en Mumbai, hay que estar allí. Es un ballet caótico. Calles sin carriles delimitados, autopistas cortadas que obligan a hacer insólitos cambios de sentido, semáforos (pocos) totalmente colapsados y mucho, muchísimo, uso del claxon. Si uno cierra los ojos un momento, podría llegar a creer que está en la reunión anual de correcaminos, mic-mic.

Atravesar la ciudad puede llevar entre cuarenta y cinco minutos y dos horas. La gente que trabaja -una minoría- se mueve con chófer porque a) crean empleo, b) la mano de obra es baratísima (nuestro chófer cobraba treinta euros al día) y c) dado que la gente pasa su vida en un atasco permanente, por lo menos aprovechan para convertir el asiento trasero del coche en una oficina ambulante.
Cruzar la calle, cosa que sólo tuve que hacer una vez en tres días, es lo más parecido que he sentido a torear a puerta gayola. Valor y buen sprint en corto son fundamentales para conseguirlo.

Lo más sorprendente del tema es que el pueblo indio es feliz. Namaste, lo que te dicen para saludarte, es una especie de declaración de respeto hacia el otro. Me explicaba un indio, cuando le preguntaba que cómo era posible tanta alegría, que la gente ha aprendido a conformarse con lo que tiene, y disfrutar de cada momento como si fuera el último. Así se explica, me decía, la pasión que tienen los indios por la comida. Para ellos, el hecho de llenar el estómago forma parte de una especie de carpe diem perpetuo. Incluso los indios ricos comen como si fuera su último día sobre la Tierra. Cenando con ellos, y después de haberme comido un plato de arroz, una especie de mini-kebab y ensalada, me vinieron a decir que de que iba, que eso no era cenar.

Hablando de la comida, adaptarme me resultó mucho menos complicada de lo esperado. Por un lado, el hecho de ir en plan rico, del hotel al trabajo, de ahí a un restaurante y vuelta al hotel, obviamente ayuda. El agua, pese a que dicen que en los hoteles es segura, es mejor si viene de una botella con el sello virgen (lavarse los dientes con agua mineral, además de una mariconada, es engorrosísimo). La fruta debe comerse pelada, precisamente porque la piel tiene mucha mierda, que no se va al ser lavada con agua del grifo.
Lo demás, sin ningún problema... siempre que le pongamos sentido común. A la hora de la comida, siempre me pegaba a un indio o india y le preguntaba cómo de “spicy” era cada plato. Cuando te dicen que algo es picante, mejor ni acercarse. Cuando te dicen que algo está especiado, pero no pica, en realidad sí pica. Esto lo descubrí demasiado tard
e, cuando probé un rollito con una salsa verde (pensé, iluso de mí, que las salsas seguirían el código de color de los semáforos), y creí morir. Además, me explicaron después, tuve la suerte de escoger una especie de bomba, que sólo explota cuando te lo metes en la boca y lo muerdes. Como tener a Lucifer haciendo una rave en tu lengua

Frente a los otros países asiáticos, sobre todo su emergente rival chino, la India tiene una ventaja fundamental: todo, absolutamente todo el mundo, habla inglés. Una cosa es el rollo Gandhi, y lo contentos que se pusieron de sacar a patadas a los roast beef en el 47, y otra cosa es que pretendan imponer su incomprensible lengua... cualquiera de las muchas que hablan en el país. Muy espabilados, estos indios. Ya podían tomar nota algunos.

Otra cosa llamativa es que los indios, para decir que sí con la cabeza, no la inclinan hacia adelante, sino que la menean lateralmente, como esos muñecos cabezones que tienen un muelle loco en el cuello. Obviamente, es preferible no acordarse de esa analogía para poder evitar partirse el rabo delante de un indio que te dice que sí.

Tuve la suerte de asistir a una charla que daba un antiguo director de márketing de Coca-Cola en la India. Explicaba un poco cuál era la mentalidad del consumidor indio, y la definía como basada en un “refreno brahamánico” (“brahamanic refrain”). Es decir, que la resignación vital, el disfruta de lo que hay que preside la mentalidad india, tiene unas fuertes raíces histórico-religiosas. Contaba este hombre que, por ejemplo, en la India no se tira casi nada a la basura. Es por eso que se ven taxis de los años sesenta todavía en marcha. Precisamente uno de los negocios más prósperos en las calles de Mumbai son las tiendas de recambios, donde se vende casi cualquier pieza que uno pueda necesitar para estirar indefinidamente la vida de su coche o su moto.

Me decía el jefe de la agencia de allí, un indio de casi dos metros y ciento cincuenta kilos llamado Nakul, que hay dos cosas que vertebran el país: la religión y el cricket. De la primera de ellas, hay pocas cosas que pueda contar. No entré en ningún templo, y tampoco llegué a encontrarle una explicación al punto rojo o naranja que llevan algunas personas en el entrecejo.
El cricket, sin embargo, me lo explicaron en detalle. Sobre todo, porque un día antes de que yo llegase, la India había sido eliminada de la Copa del Mundo después de perder con las Indias Occidentales y -horror- Inglaterra. Aunque lo que más les dolía, me contaba Nakul, era el hecho de que Pakistan siguiese adelante, con serias opciones de llevarse el torneo. Con la mirada fija en un punto imaginario, Nakul me dijo que, si la India se hubiese clasificado, debería estar jugando las semifinales a la misma hora en que estábamos hablando.

Podría seguir escribiendo durante muchas líneas más, pero para qué. Como me dijo mi madre en su momento, hay que estar en la India para entender lo que es aquello.

Oh sí nena


Viajar en business class tiene muchas ventajas, sobre todo cuando el coste del billete no sale del bolsillo de uno mismo. Bebidas gratis, periódicos infinitos, menú especial, asiento reclinable hasta hacerse cama, y hasta un neceser que incluye unas funditas para no contaminarse las orejas al utilizar los auriculares del avión. Pueden quedarse con todos los extras; para mí, lo que marca la diferencia es el video on demand, es decir, una selección de ochenta películas y series disponibles un solo golpe de dedo sobre una pantalla táctil. Se acabó eso de tener que ceñirse a unos horarios. Oh sí nena.

Total, que entre todo el surtido disponible, he elegido una peli para la que jamás habría pagado el precio de una entrada de cine: Yes Man, con Jim Carrey en el papel principal.
Para ser sincero, me gusta Jim Carrey. A lo largo de los años, ha demostrado ser un comediante histriónico pero eficaz (La máscara, Mentiroso compulsivo), y además un actor de drama muy potable (Man on the moon, El show de Truman). Tanto quiero a Jim, que hasta podría perdonarle su participación en Batman Forever.

Yes man es la historia de Carl Allen, un cuarentón divorciado que trabaja en una sociedad de crédito. Lleva una vida monótona, rehuye de sus amigos, y sepulta su tiempo libre en películas de alquiler. Un día, acude a un seminario en el que Terence Stamp le convence para, a partir de ese momento, decir que sí a todo. De esa manera, Carl/Jim pasa a aceptar cualquier cosa que le propongan, desde conceder un microcrédito para un negocio de pasteles con cara de celebrities, hasta aprender a pilotar una avioneta o a hablar coreano, pasando por irse al aeropuerto y coger el primer vuelo disponible.

Al principio, Carl es feliz: diciendo sí consigue una novia, le promocionan en el trabajo, y sus amigos le adoran. Incluso, en una escena divertidísima, salva del suicidio a un hombre gracias a que ha aprendido a tocar la guitarra.
Lo interesante de la película viene después. En un momento dado, cuando está en el aeropuerto dispuesto a comprar un billete a donde sea, es arrestado. El FBI considera sospechosa su conducta, que incluye billetes de avión en el último minuto, concesiones de créditos a empresas sospechosas de desarrollar fertilizantes como armas químicas, lecciones de pilotaje y aprender a hablar coreano (del norte). Su novia, además, descubre que su intrépido novio en realidad sigue una simple regla, y le deja.
Al final, Carl descubre que la vida no es más que un balance de síes y noes, y que ambos polos se complementan entre sí.

Me ha parecido una comedia inusual por la reflexión de fondo que arrastra, por cómo muestra el lado oscuro del más bueno malo conocido que aceptamos mayoritariamente como dogma de fe, mientras enseña también lo ridículo que puede resultar saltarse a la torera las convenciones sociales.

La conclusión que uno saca de Yes man es que hay que ir por ahí con los ojos y las orejas abiertas, estar dispuesto a probar lo desconocido dentro de los límites que marca nuestro propio sentido común. Doblar lo convencional sin romperlo del todo. ¿Estará ahí el secreto de la felicidad?

Lección práctica de formación sentimental

Después de pasar la tarde juntos, haber ido al cine y cenado unos crêpes, a los postres me dicen mis amigos Antoine y Emilie, en plan casual, "Nous nous sommes pacsés lundi". El PACS es el pacto civil de solidaridad, figura legal de nombre de indudable origen francés, que viene a ser el equivalente al matrimonio civil en España.

Pues bien, estos dos habían solicitado pacsearse el viernes, les habían dado hora a primera hora del lunes en el ayuntamiento de su arrondissement, habían ido, firmado, y cada uno a trabajar por su lado. Antoine me contó que su jefe, que es bastante gay, se ofendió por la poca importancia que le habían dado. Lógicamente, el PACS es el máximo estatus legal al que puede aspirar en este país (que no en España).

Lo que me hizo gracia de verdad fue la lectura que hacía cada uno del hecho de haber firmado un documento que les acredita como pareja de hecho. Es todo un ejemplo práctico de que las mujeres son de Venus, y los hombres son de Marte:

- Emilie, por su parte, estaba muy contenta, porque después de cinco años notaba que la cosa seguía hacia adelante. El poner su firma negro sobre blanco le daba seguridad. Los siguientes pasos, me decía muy contenta, es la boda por la iglesia (vestido blanco inclusive), comprar un piso y tener un bebé.

- Antoine, por su lado, estaba también contento: gracias al PACS, entre los dos podrán ahorrarse una pasta en impuestos al hacer la declaración de la renta conjunta. Además, añadió, me han asegurado que si en un momento dado lo dejamos, no tengo más que mandar una carta al ayuntamiento y ya está -añadió.

Ni que decir tiene que, al escuchar la palabra boda, mi amigo Antoine sólo acertó a articular una palabra: "Quoi?".

Más demonios que ángeles

Después de cinco semanas en cartelera, hoy por fin he ido a ver Ángeles y Demonios. Basada en la novela homónima de Dan Brown, A&D se plantea, al revés que el libro, como secuela de El código Da Vinci. Vaya por delante, que tanto una como otra obra literaria me parecieron altamente entretenidas.

Durante la semana, me repasé precisamente El código Da Vinci, la lentérrima película de Ron Howard que en 2006 amasó más de 700 millones de dólares a nivel mundial, y sin embargo no conozco a nadie que le gustase.

A&D está dirigida por el mismo Howard, y vuelve a cometer el mismo error de cásting al poner a Tom Hanks en los zapatos del profesor Robert Langdon. Esta vez, eso sí, le quitan el horrible mullet que lucía en la película anterior.
Y hablando de errores de cásting, mucho ojo a Ewan McGregor, que lleva dando palos de ciego desde su aparición en La isla, de mi queridísimo Michael Bay. En A&D, Ewan está fuera de sitio, con un acento irlandés forzadísimo y, aún peor, con cara de estarse aguantando la risa a lo largo de toda la peli.

Como adaptación cinematográfica de una novela, A&D es muy superior a su predecesora. Donde antes había interminables monólogos, ahora hay mucha más acción. Sorprende bastante la mejoría de guión, dado que al lado del correcto David Koepp está el terrorífico Akiva Goldsman, responsable de los libretos de Batman Forever y Batman & Robin. La larga mano de Akiva se nota, sin embargo, en cosas como un profesor de historia en Harvard necesite intérprete para leer latín, mientras Indy leía arameo sin problemas.

Lo mejor de A&D, sin embargo, es la banda sonora de Hans Zimmer. Después de dos composiciones bestiales para los Batman de Chris Nolan, Zimmer utiliza muy eficazmente la percusión y los coros para contribuir a ahondar en el ritmo y el dramatismo de la narración. Sin duda, el mejor compositor de Hollywood a día de hoy.

En mitad de toda esta movida está Ron Howard, un director eficaz capaz de lo mejor -Apolo 13, Una mente maravillosa- y de lo peor -El código Da Vinci, Rescate-. El amigo Howard, si bien como he comentado consigue al menos que esta película no sea una lectura pública del libro original, parece un poco desbordado por la grandiosidad de la Roma que intenta retratar. Así, alterna planos soberbios -sobre todo, los gran primeros planos-, con cosas incoherentes como una grúa que nos mete en la plaza de San Pedro y... se queda a medio camino.

En fin, que una vez más me quedo con las ganas de saber qué habría sido si Ángeles y Demonios hubiese estado dirigida por un director con un poquito más de personalidad y un actor con un registro más amplio. Supongo que, al ritmo de remakes que va Hollywood, en unos veinte años podré tener la respuesta.

Eurostareando

Lo de París los domingos por la mañana es de risa. Me he levantado a las 7h40 para coger un Eurostar que me lleve a Londres. En el metro de camino a la Gare du Nord sólo había clochards (vagamundos) y... chinos!

Después de un cambio de línea en Chatelet, el equivalente parisino a Nuevos Ministerios, he llegado a la Gare du Nord con hora y cuarto de antelación. Sí, soy un poco maniaco a la hora de coger aviones y trenes.

El Eurostar, el tren que lleva de París a Londres o viceversa cruzando el Canal de la Mancha, tiene unas medidas de seguridad como las de un aeropuerto. Hasta tres controles he tenido que pasar, entre frontera francesa, frontera británica y detector de metales.

El plan para hoy es claro: llegaré a Londres, conseguiré pounds (ahí podía haber estado más previsor, pero en fin), iré al hotel que tengo en Baker St (al lado de la casa de Sherlock) y me iré a dar una vueltecita con parada obligada en The Soccer Scene en Carnaby St.

Luego, a ver si consigo ir a ver en primicia, para envidia de propios y marcianos, a la nueva Mediavilla, que ya tiene 48 horas de vida...

Terminator, salvado y poco más

La verdad es que lo decía esta tarde, y me daba la risa: iba a ver Terminator cuatro. Dieciocho años más tarde, todavía me acuerdo de cuando me llevaron mis primos a ver Terminator 2 a un cine de la Gran Vía madrileña.
La verdad es que T2, pese a ser una especie de remake de la película original, es un auténtico peliculón, tan divertido y espectacular como el día de su estreno. Terminator 3, subtitulado La rebelión de las máquinas, fue una película tan correcta como innecesaria.

Con Schwarzenegger preocupado por la crisis mundial desde su poltrona de Governator, parecía que la franquicia estaba muerta y enterrada. Sin embargo, la codicia de los productores llevó a desarrollar una cuarta parte, para la que eligieron al terrorífico director McG (hay que ser imbécil para hacerse llamar McG), cuyo currículum incluía las dos partes de Los ángeles de Charlie.

La sorpresa saltó cuando un actor de primera fila como Christian Bale se subió al carro para interpretar al Jo
hn Connor adulto. A partir de ese momento, las expectativas sobre el proyecto se dispararon. Los tráilers pintaban bien. Qué demonios, pensamos todos, quizás esta cuarta parte no es tan mala idea después de todo.

Y T4, subtitulada Salvación, no está mal. Es terriblemente irregular, con buenas escenas de batalla que se intercalan con escenas de transición aburridísimas.
Precisamente Christian Bale, que se suponía la estrella de la función, acaba siendo un estorbo más que una ayuda. Primero, porque le imaginamos de American Psycho. Segundo, porque es Bruce Wayne. Y tercero, y más importante, por su voz impostada. En serio, ¿de dónde sale esa voz? Me hace pensar en la manera en la que hablan los niños cuando gastan bromas por teléfono. Encima, no se le entiende una mierda. Y por último, no puedo evitar pensar en la cantidad de Strepsils que debe tomar este señor durante los rodajes para
mantener a tono la garganta.

Volviendo a la peli, T4 tiene muchos más puntos positivos de lo esperado. Para empezar, la fotografía, ligeramente desaturada, que le va fantástica al mundo caótico cibernético en el que se mueve la acción.
El segundo punto positivo es el sonido; los ruidos que emiten los terminators son brillantes, y suenan tan mecánicos como amenazantes. El tercer punto positivo son las secuencias de acción, con algunas set pièces brillantes como la huida con el camión o, sobre todo, la escena en la que John Connor despega un helicóptero, intenta huir, y acaba estrellado, mientras la cámara corre con él, sube, entra en el aparato, vuelve a salir, y cae al suelo con el protagonista. Una pasada.

Mi conclusión de T4 es que han evitado un desastre como pasó con la cuarta parte de otras franquicias (que le pregunten al Dr. Jones), pero les ha salido una película que no quedará impresa en huecograbado en la retina de los fans. Siendo justos, ya lo advertía el título de la película: Terminator, salvado. Nada menos, y tampoco nada más.

La amenaza fantasma, diez años después


En un par de meses se cumplirán diez años del estreno de la película más anticipada de la historia: Star Wars, Episodio I, La Amenaza Fantasma, era su título. En rigurosa primicia, y después de ocho años en la nevera, el autor de estas líneas ha sacrificado dos horas largas en pos del progreso de la raza humana (¡timbales!).

Pues bien, mi impresión general, diez años después, es mejor de lo esperado.

Por un lado, sí, los efectos especiales han envejecido mal que te cagas. Pelis como Jurassic Park o T2, del 93 y el 91 respectivamente, son una delicia, mientras que en La Amenaza Fantasma puedes intuir las ensaladas de píxeles, los actores haciendo el gañán delante de un croma azul, las texturas inexistentes por omisión y la cara de auto-satisfacción rozando el onanismo del ente antes conocido como George Lucas.

Por otro lado, la explicación de la Fuerza, que se suponía que es una energía filosófico-religiosa, a través del número de L casei immunitas en sangre, es de cagarse.
Es como pasar de Platón a Aristóteles de golpe y porrazo.
Y sí, Jar-Jar Binks sigue siendo un cruce abyecto de Ewok y Krusty el payaso. Es insoportable, enervante, fusilable con mierda.


En cambio, hay otras cosas que me han gustado. Sobre todo, dos: una, Liam
Neeson, que hace un jedi cojonudo, con el equilibrio justo entre sabiduría y reparte-cera del que carecen los Yoda, Obi-Wan, Luke y demás ralea.
La segunda cosa es el malo, Darth Maul, que mola un huevo con su doble sable láser. La batalla entre él y los dos jedis al final me cuesta creer que haya sido dirigida por Lucas. Es más, me cuesta tanto, que no me lo creo.
También me ha sorprendido, leyendo por internés, saber que Benicio del Toro iba a hacer el papel de Maul, pero rompió el contrato cuando descubrió que Lucas había cortado casi completamente sus líneas de diálogo.

Evidentemente, Lucas la vuelve a cagar cuando le despeña por un acantilado al final de la peli.

La Amenaza Fantasma, sin embargo, es mucho más dura de ver una vez que se pasa la novedad del estreno. Hay secuencias enteras -el reino submarino, la batalla gungan vs droids, los monólogos del Darth Baby- que son directamente insufribles.

Diez años después, da la sensación de que, en realidad, nadie necesitaba un Episodio I. Todos sabíamos quiénes eran, de dónde venían y a dónde iban los personajes de Star Wars.
Eso sí, este nuevo visionado me ha permitido distinguir las escenas de Keira Knightley de las de Natalie Portman. Y me reafirmo en lo que ya creía: Natalie, I love you.


Y a todo esto, ¿qué coño es La Amenaza Fantasma?

La aventura formidable del hombrecillo indomable

Siempre que, en uno de los miles de test que circulan por internet, me preguntan por mi libro favorito, yo respondo que es "La senda del perdedor" de Bukowski. Y sí, la autobiografía de Hank es espectacular, sensacional. Y, sin embargo, hay otros dos libros a los que considero obras geniales, que además fueron de los primeros que leí cuando aprendí a juntar letras y palabras hace... bueno, hace tiempo.

El primero de ellos es "Cuentos por teléfono", de Gianni Rodari. Algún día le haré el homenaje que corresponde. El segundo es el que da título a este post, "La aventura formidable del hombrecillo indomable", escrito e ilustrado por el checo Hans Traxler.

El cuento es pura surrealidad: la aventura de un hombre que, al encontrar una esponja, empieza una aventura que le llevará hasta la luna. Todo eso, en verso. Para colmo, lo leí traducido al castellano, con los azares que eso conlleva cuando se trata de poesía. Pero bueno, es una obra fantástica, delirante, que afortunadamente para aquellos cuya madre no os lo compró en su momento, tenéis disponible aquí. Que lo disfruten.

The clown wars

Por primera vez desde que tengo uso de razón, no vi una película de Star Wars en el cine. La razón: tenía una pinta espantosa. Sin embargo, un par de comentarios positivos de mis primos alcorconeros hicieron que me decidiese a pasar una hora y media viéndola.

La historia: el alienígena que se adueñó del cuerpo de George Lucas decidió seguir explotando la franquicia, esta vez con una serie de animación para TV. Sin embargo, al ver el primer capítulo, se le encendió la bombilla: ¿por qué, ya que está hecho, no lo proyectamos en cines? Y así fue como Star Wars: The Clone Wars, llegó a las salas el pasado verano.


Para empezar, esta serie no está distribuida por Fox, sino por Warner, por lo que el comienzo de la "película" no es igual a las otras.
Para seguir, la clásica banda sonora de John Williams ha sido reemplazada por una cosa orquestada por un tal Kevin Kiner. En lugar de hacer algo totalmente diferente, o puestos a copiar, darle una vuelta a la cosa como
algunos de los brillantes remixes que se han hecho por ahí, el amigo Kiner se saca de la manga unos temas sin carisma, sin... Fuerza.

La calidad de la animac
ión, lejos de los niveles de Pixar, no está mal. El diseño de personajes parece estar inspirado en el manga, y hasta la reproducción de mi querida Natalie Portman se salva de la quema.
Luego, el flujo de la animación es regulero; en alguna de las batallas parece que alguno de los ordenadores que renderizó la cosa se las vio y se las deseó para procesar tanto píxel en movimiento.

El guión es sin duda lo más flojo de este sacacuartos de Lucas: Obi-Wan, Anakin, y la nueva padawan de Anakin (una chica, entiendo que decisión determinada por los estudios de mercado de Lucasfilm), tienen que rescatar al secuestrado hijo de... Jabba el Hutt! Honestamente, ni los niños de ocho años se merecen una chorrada semejante.
Independientemente de la estupidez del punto de partida, el desarrollo de la trama lleva a situaciones esperpénticas -como una batalla en la cual Anakin se infiltra en las líneas enemigas escondido debajo de una caja- y personajes absurdos -como el tío travestido de Jabba-.

En fin, que a mí me parece una pena que se estén cepillando la marca Star Wars y todo lo que lleva detrás a base de subproductos como éste. Pero en fin, George Lucas lo parió, y él (o quien quiera que habita su cuerpo) verá lo que hace.

Back to back blockbusters

Entre los cincuenta y los setenta, en Estados Unidos los cines proyectaban sesiones contínuas de películas de ciencia ficción, lo que se llamaban programas back to back. Hoy, con una cartelera con un incremento del número de blockbusters directamente proporcional a la temperatura en la calle, he tenido que hacer sesión doble para ponerme al día.

Por un lado, he empezado viendo Wolverine, spin off a partir del mejor personaje de las tres películas de X-Men producidas por la Fox: Lobezno.
Sin ser un fanático del personaje al nivel que puedo serlo de Batman, por ejemplo, Wolverine es un tío que siempre me ha caído bien por lo políticamente incorrecto que resulta. En los cómics fuma y mata, indistintamente. Pues bien, Wolverine es no recomendada para menores de 13, y producto de la 20th Century Rupert Murdoch Neocon Fox. Es decir, ni un fuck en todo el metraje, y el único puro que se fuma, acaba pulverizado por una bala.

Aún así, la película la aguanta sobre sus espaldas el propio Wolverine, que es una vez más el -según todas las mujeres del mundo mundial- buenorro Hugh Jackman. A pesar de que pierde un poco el tono rebelde y contestatario que tenía en X-Men, sigue siendo un personaje interesante.


Los guionistas de la función aprovechan la
ocasión para seguir abriendo el universo mutante, representando a personajes clásicos como Gambit o Deadpool, y rehaciendo la personalidad de Sabretooth, que ahora pasa a ser hermano del héroe.
Lo mejor de la película, los créditos iniciales, donde se ve al inmortal Lobezno luchando en todas las guerras del siglo XX. También está sorprendentemente bien el Arma XI, que es en términos videojuegueros el malo de la última pantalla. La verdad es que acojona bastante su aspecto.

En el apartado negativo, la sensación de baratillo generalizado que inunda la película. Más que por falta de presupuesto, yo lo achacaría a la falta de imaginación de Gavin Hood, el director de la función, para hacer brillar los mimbres que tiene. Queda la duda de lo que habría podido hacer un director de verdad, estilo Zack Snyder o David Fincher, con el personaje.

La segunda parte de mi doblete ha sido para el remake de Star Trek. Sorprendentemente, jamás he visto un minuto de las diez películas y miles de episodios de TV que se han hecho sobre esta saga. Siempre me ha parecido demasiado camp, demasiado de baratillo. Este remake, dirigido por JJ Abrams, carece de muchas cosas, pero desde luego que de medios no.

Al entrar en el cine, tenía la sensación de que no me iba a gustar. Al salir de la sala, tuve la confirmación que esperaba. Star Trek es una especie de ciencia ficción erudita. Como si Star Wars hubiese sido escrita por un equipo de ingenieros aeronáuticos de la NASA.
Los personajes son planos y la trama, por querer resultar inteligente, acaba resultado engorrosa.

Si hay un grupo de fans de una película irascibles, esos son los trekkies. Por eso, cuando JJ Abrams desveló que él en realidad era fan de La Guerra de las Galaxias, más de uno le declaró persona non grata. Quizá por eso, en el film aparece Leonard Nimoy, que ha interpretado a Mr Spock (el de las cejas depiladas y las orejas de elfo) a lo largo de cuarenta años. A mí me parece que la presencia de Nimoy no hace sino añadir complejidad innecesaria a la trama, y parece que su presencia es más una concesión a la galería que una necesidad de guión.


En definitiva, estoy seguro de que esta película hará mucho dinero en taquilla, y en algunas semanas empezaremos a escuchar los rumores de una secuela. A mí que no me esperen: no nací para ser Trekkie.

París, deux ans plus tard.

Ayer hizo dos años que hice mi petate y me vine a París. Mientras Sarkozy, elegido el mismo día que yo llegué, hace su balance, yo saco dos años muy positivos en casi todos los sentidos.

Desde el día que aterricé en el Charles de Gaulle con tres maletas -que se me cayeron al suelo-, muchas cosas han cambiado.
Profesionalmente, estar aquí me ha enseñado cómo son los franceses, cómo razonan, etc. Estar cerca del sol te permite no sólo coger un buen bronceado, sino aprender un huevo de cosas de los intereses ocultos que mueven la publicidad y, por ende, nuestro mundo.

Desde el punto de vista personal, París ha sido mi primera oportunidad de vivir solo, negociar el alquiler, aprender a organizarme, cocinar, hablar con albañiles, limpiar, contratar la luz e internet en francés, planchar y un largo etcétera. Evidentemente, no me olvido de mi pequeño percance de salud el año pasado, del que salí with a little help from my friends, entre los que obviamente destaco a la Dra Mimamá, que estuvo ahí desde que me desperté de la anestesia hasta que volví a la vida dos meses después.

En París he hecho pocos amigos. Los pocos que he hecho, sin embargo, son pour toujours. Principalmente, mis dos grandes compis aquí son Mathieu, un ch'ti tan grande como su corazón, y sobre todo Antoine, un tipo sencillamente sensacional, espectacular, un hermano francés que, entre otras muchas cosas, me llevó al hospital el día que mi apéndice implosionó. Merci, mec.

Una cosa que me propuse al llegar aquí fue aislarme de los españoles. Ha sido imposible. A gente tan maja como Maite y Quicu y el paisano (mademoiselle) De la Peña, no tiene sentido evitarlos.
He tenido la suerte, además, de ver a la selección levantar la Euro 2008 y a mi querido Racing jugar en el mítico Parque de los Príncipes frente al PSG, golazo de Gonzalo Colsa incluido.
El partido lo vi con un montón de racinguistas que conocí en internet, y que algunos de ellos se han convertidos en buenos amigos.
Hablando de amigos, me he hecho muy colega de Javi, presentador de postín en el Canal Plus francés, con el que rápidamente pasó la corriente y así hemos montado Fútbol no es fútbol. Gran tipo, a pesar de ser un poquito más bajo de lo que da en pantalla.

No sé cuánto tiempo más estaré aquí -espero que el suficiente como para ir al Louvre-, pero está claro que París es una ciudad que ya forma parte de mi historia.

Hey T-Mobile

Tremendo.

On ne passe pas

"Nadie pasa" era la divisa de la línea Maginot. Construida por el gobierno francés durante el periodo de entreguerras con el único fin de proteger Francia de un nuevo ataque alemán, la Línea Maginot está formada por una serie de fortificaciones que se extienden desde la frontera norte con Alemania hasta el linde francoitaliano a orillas del Mediterráneo.

La historia es bien conocida: el ejército nazi decidió atravesar el desprotegido bosque de las Ardenas, en la neutral Bélgica, y alcanzó París, estampida franco-inglesa de por medio, en tan sólo un mes. La Línea Maginot, si bien es cierto que resistió mientras fue atacada de frente, tuvo que sacar la bandera blanca cuando los alemanes llegaron por la retaguardia.

Por fin, después de mucho tiempo esperando, he conseguido visitar la Línea. En un bosque cercano a Estrasburgo, escondido entre los árboles, está el bunker de entrada a la fortaleza de Schoenenburg. Sin apenas turistas, hicimos una visita guiada de dos horas y media a lo largo de los cuatro kilómetros de fortificación subterránea.

En la instalación vivieron seiscientos soldados entre 1930 y 1939. Schoenenburg está dividido en dos partes, una logística, con dormitorios, aseos, cocina, generadores eléctricos e incluso filtros de gas, y una zona de combate con seis cañones diferentes. Ambas partes están unidas por un pasillo de dos kilómetros en forma de V que impide que, en caso de invasión enemiga de una de las dos partes, se pudiese disparar de un extremo al otro.
Curiosamente, en Schoenenburg sólo murieron dos soldados, y ambos durante ejercicios de entrenamiento.

Cuando efectivamente los alemanes atacaron, en ocasiones con obuses de 420 mm, los seiscientos de Schoenenburg se defendían con ridículos cañones de 75 mm. Mientras los stukas alemanes dejaban caer bombas de 250 kg, los franceses habían considerado ridícula la instalación de defensas antiaéreas.
A pesar de la desigualdad ofensiva, es verdad que la Línea Maginot es un prodigio técnico como construcción defensiva. Los seis cañones eran retráctiles, de manera que eran subidos (189 toneladas suben y bajan con tan sólo una palanca) durante quince o veinte minutos, y luego volvían a ocultarse bajo tierra, a salvo de los bombardeos enemigos. El aspecto que dejan sobre el terreno, como puede verse en la foto, es la de un platillo volante haciendo picnic.

La mujer que nos hizo de cicerone a la construcción decía, orgullosa, que la Línea Maginot cumplió su objetivo, porque los alemanes no pasaron por ella. Luego reconoció que los soldados de Schoenenburg, rodeados por los alemanes, sólo tenían provisiones para un máximo de tres meses. O, lo que es lo mismo, habrían acabado saliendo de motu proprio, las manos en la cabeza y en fila de a uno hip-haro.
On ne passe pas? El que no se consuela es porque no quiere.