A medida que el verano sigue comiéndose semanas, nuevas películas aparecen en la cartelera. En 2009, algunas de ellas -la mayoría- han decepcionado, y otras han sabido justificar su producción. El caso es que las dos últimas que he visto son dos de esas comedias dirigidas a un público infantil, que a mí, acaso por complejo de Peter Pan, me suelen gustar tanto.
La primera de ellas es Ice Age: Dawn of the dinosaurs, la tercera parte de la saga de animación creada por la Fox alrededor de un grupo de bichos prehistóricos que conviven durante un periodo glaciar. Después de una primera parte pasable y una segunda olvidable y olvidada, el rollete detrás de esta nueva entrega era ver a los protagonistas en un mundo de triceratops, pterodáctilos, diplodocus, stegodones y, por supuesto, tyrannosaurus rex. Sí, yo también era un dino-friki cuando era pequeño.
Contra todo pronóstico, Ice Age 3 retoma lo mejor de la primera película, la mezcla de humor con acción, y añade un nuevo personaje enorme, Buck, una alimaña con acento inglés que recuerda al Burt Lancaster de El temible burlón (me pregunto cómo se llamaría en realidad este clásico piratesco).
Aparte de eso, la tercera parte de la Edad de Hielo nos reencuentra con Scrat, la proto-ardilla que busca obsesivamente una bellota. Sin duda, el mejor personaje mudo que nos ha dejado el cine de animación hasta la fecha.
Si bien Ice Age 3 retoma elementos de la película original y añade nuevos ingredientes a la fórmula, mejorándola, no se puede decir lo mismo de Noche en el museo 2. La película original, una comedia de esas a las que los americanos añaden el peligroso epíteto familiar, parte de la premisa de meter a Ben Stiller y a Dick Van Dyke con un montón de personajes de museo que cobran vida al anochecer.
El problema con la secuela es que intentan repetir la fórmula en el Smithsonian de Washigton, y se quedan cortos de picante. O de azafrán. O de interés. O quizás es que simplemente se echa de menos al bueno de Dick Van Dyke. Esta segunda noche en el museo deja algunas buenas ideas nuevas a medio camino -la escena en la que Stiller se mete en El beso, de Robert Doisneau, y le planta un beso a la chica, es genial-, y añade una trama absurda y muchos personajes que tenían más potencial cómico, como Napoleón Bonaparte, del que muestra la película.
Más allá del pequeño detalle de que 1 hora y 40 minutos de película se me hicieron largas, lo que de verdad me molestó de Noche en el Museo 2 fue la música. Sorprendentemente, el autor de la partitura es Alan Silvestri, responsable de clásicos básicos como Regreso al futuro o Forrest
Gump. Pues bien, el amigo Silvestri se ve que estaba ocupado enlazando acordes para la BSO de G.I. Joe, porque en esta ocasión no da una a derechas. Es más, en ocasiones uno se pregunta si lo que suenan son violines o un gato pasado por el garrote vil.Noche en el museo 2 deja la impresión de ser una película hecha sin ganas, sin cariño, algo que siempre es importante, pero todavía más cuando se trata de cine dirigido a niños. La prueba última de esto es el poster de la película, en la que un mal uso de Photoshop hace que el malvado faraón egipcio esté pisando el pie del mono espacial. Ver para creer.
Afortunadamente, el verano sigue. Próxima estación, unos que nunca se olvidan de ponerle amor a lo suyo: Pixar.




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