Lebowski, diez años después

El título de este post es puramente comercial; la verdad es que casi hace once años que se estrenó El gran Lebowski.

El otro día discutía sobre las mejores comedias de los últimos veinte años, y se me olvidó hablar de Lebowski. Para mí, sin lugar a dudas, la mejor película de los Coen. Recoge lo mejor de Barton Fink, elimina la falta de ritmo de Fargo y no cae en el error de contratar a George Clooney como comediante. Como digo, la mejor película de los hermanos Coen.
La primera vez que la vi, lo recuerdo perfectamente, fue un día que no tuve clase en el instituto -el profesor no vino- así que, con toda la mañana libre, pasé por el videoclub y alquilé siguiendo el criterio que se seguía entonces: por la carátula.

Sin entrar en referencias de esta peli a la obra de Raymond Chandler y otras pajas mentales que le gustan al gafapastismo, El gran Lebowski, diez años más tarde, se ha convertido en película de referencia de los 90 y en clásico generacional. Como muestra de ello está el Lebowski Fest, que se celebra por todo EE. UU. y sirve para homenajear a la peli, beber rusos blancos y, por supuesto, jugar a los bolos.

Independientement del retorcido guión -macguffin incluido-, la brillante mezcla de estilos musicales (¡Mozart, los Gipsy Kings y unos falsos Kraftwerk en una misma banda sonora!) y la fotografía del gran Roger Deakins, lo que hace del Lebowski una película brillante es el casting. Empezando por un Jeff Bridges que nunca estuvo tan fino, pasando por John Goodman bordando a su amigo judío militarista, hasta acabar en toda la pléyade de secundarios de lujo que adornan la función: Peter Stormare, John Turturro ("nobody fucks with the Jesus!"), un desconocido entonces Philip Seymour Hoffman y mi favorito personal, el gran Steve Buscemi.

Para los que no la tengáis a mano, os dejo un resumen cortesía de YouTube.


Como dije en su momento, una de mis 20 películas favoritas. Un clásico básico que no me cansaré nunca de ver. Fucking A.

Capturando a Tintín

Pues ya está. Lo que parecía un proyecto maldito de Hollywood, la adaptación de Tintín a la pantalla grande, ya va sobre ruedas.
Han tenido que juntarse dos directores como Spielberg y Peter Jackson para poder ponerlo en marcha, y aún así han tenido que vender su alma al diablo para que se lo financien mano a mano Paramount y Sony, después de que la Universal dijera verdes las han segado.

La idea es rodar una trilogía, con Steven a los mandos de la primera, Peter a los mandos de la segunda, y González Iñárritu dirigiendo la tercera. Esto último me lo he inventado, pero apuesto a que a alguno le ha recorrido un escalofrío al pensar cómo podía acabar Milú bajo el yugo del autor de Amores perros.
La primera película se basa en la que para mí es la mejor aventura del reportero belga, algo por encima de El cetro de Ottokar: El secreto del Unicornio.

Total, que han decidido que lo mejor que podían hacer para plasmar el comic de Hergé es recurrir al motion capture, técnica consistente en rodar a los actores llenos de sensores de movimientos contra un croma, y después convertirlos en un dibujo animado. Es la técnica que se utilizó, por ejemplo, en la soporífera Polar express (ver a Tom Hanks en versión digital junto a estas líneas).


La técnica, si bien resulta discutible, merece mi confianza por tratarse de Steven. En lo que ya no estoy de acuerdo es en el casting: Tintín será interpretado por el (entonces) niño de Billy Elliott frente a mi favorito, el loveactually Thomas Sangster. Daniel Craig dará vida al malvado pirata Rackham el Rojo (esta elección me produce más curiosidad que inquietud) y el capitán Haddock será impersonado por Andy Serkis, que viene siendo el actor que
hizo de Gollum en los Anillos y que apestó hasta extremos insospechados en King Kong haciendo de... marino. Mala elección a todas luces, y menos para una historia en la que el protagonista es el borracho marino barbudo.
Sigue sin estar claro quién será el otro personaje clave del relato, el profesor Tornasol, pero miedo me da que quien sea caiga en la trampa de sobreactuar para darle el punto cómico al genial y sordo inventor.


Más allá de todo este debate, inútil a todas luces salvo que Spielberg lea este blog (por si acaso, permitidme: ¡hola maestro!), lo que me inquieta es lo difícil que es retener la esencia de las historias de Hergé, basadas en historias demasiado complejas -me temo- para los niños de ahora, con un tono realista que lo distancia de los harrypotters y otros éxitos infantiles de los últimos años, y sobre todo apoyadas en el lápiz experto de Hergé que elevaba cada viñeta a la categoría de obra de arte.

A day in the brands


El otro día estuve viendo en Canalsat la versión de American Psycho que protagonizó Christian Bale. Fue, por cierto, la primera peli que vi en el cine cuando llegué a Madrid, hace ya casi 9 años, y que luego homenajearíamos en el corto Espanis sico, pero esa es otra historia.
La verdad es que, sin tener un guión muy allá (cierto es que el texto original de Bret Easton Ellis es un referente como historia que va de más a menos), la película se sostiene exclusivamente por la interpretación de Bale. La cara de psicópata la borda, el tío.


Total, que en la película, como en la novela, se hace alusión continuamente a las marcas de las cosas que el protagonista usa. Dicen que somos lo que consumimos, así que puede tomarse esto como un psicoanálisis:

A las 7:50 suena mi despertador Philips. Lleva conmigo unos doce años, pero todos mis intentos de reemplazarlo por algo más glamouroso han sido en balde. Me preparo el desayuno: tostada con queso de untar, marca blanca del supermercado donde compro, y Cola Cao turbo traido de España. Sospecho que Nesquick les vende el producto.

Me ducho utilizando el gel con olor a melón -fresco, con un contrapunto dulce y cítrico- de The soap story, una tienda jabonera de amigos santanderinos.

Me visto, hoy con unos Levi's y unas converse negras. Casual Friday.

Agarro mi bolsa, marca Dockers -que también aspiro a reemplazar, pero se resiste-, mi móvil de empresa, Sony Ericsson y me enchufo el iPod. El disco de Joe Crepúsculo, que lo tengo de deberes. Sobre la cabeza, mi gorro Quiksilver gris, que cumple su función y no me hace parecer Eminem.

Subo al metro, que está moderadamente lleno, y leo el gratuito Direct Matin. Es el único que dan en mi parada. No recuerdo ningún anuncio de los muchos que pagan la edición de ese periódico. Bueno, sé que la contra es entera de un operador de telefonía móvil, pero no sabría decir si Bouyges o SFR.


Llego a la agencia y enciendo el ordenador Hp, marca que es a la vez proveedor y cliente.
A media mañana me tomo un café en la máquina de Nespresso. Idéntico caso que el de Hp. Afortunadamente no soy nada gourmet de café, porque me da la sensación de que ése debe ser bastante malo.
Dado que es viernes, comemos fuera de la cantina de la agencia. Chino genérico, pero dan un arroz cantonés estándar -esto es, bueno- y una sopa picante que me deja con el estómago tocando palmas toda la tarde. Me bebo una cerveza que me dicen que es tailandesa, pero no recuerdo la marca. Un poco aguachirri, para qué nos vamos a engañar.

Por la tarde/noche voy a jugar al fútbol. Me puse pantalón Austral del Racing, herencia de cuando mi amigo Juan jugaba en el b, camiseta Joma de la 07-08, y botas Nike, que encuentro más cómodas que las Adidas. El balón, que no es mío, es un Kipsta, la marca de Decathlon. Me parece demasiado pesado. Me hago una microrrotura de fibras en el cuádriceps derecho en el minuto tres y me paso el resto del partido de portero.


Luego llegando a casa, paro en McDonalds, McDo para los franceses, y compro un McFlurry de M&M's. Sobre el eterno debate McDo-Burger King, me quedo con los accesorios de McDo y las hamburguesas y patatas de BK. La mala noticia es que en Francia no hay BK...


Al llegar a casa y enciendo la tele, una Sony Bravia, y sintonizo Calle 13 (Rue 13 aquí) para quedarme placenteramente dormido frente a la soporífera versión americana de Godzilla...

Slumdog millionaire: una película perfecta

Hoy me he levantado de bonheur, que dicen los franceses, y después de hacer unos recados me he ido a mi cine parisino favorito -no diré cuál es para mantenerlo tan vacío como suele estar- con la sana intención de hacer sesión doble.

Tenía más opciones de las que pensaba, y al final descarté Che y la última de Daniel Craig, que aquí se llama Les insurgés y va de la resistencia soviética en la II Guerra Mundial.
Compré entradas para Largo Winch, la adaptación del comic homónimo de Van Hamme y Francq, y Slumdog millionaire, la última peli de Danny Boyle.

Sobre la primera, resulta una traducción plana de la historieta original. No merece la pena ni comentarla.


Sin embargo, Slumdog millionaire... oh, Slumdog millionaire. Entré sabiendo que era una peli rodada por Danny Boyle -quien tiene crédito casi infinito conmigo desde Trainspotting- en Bollywood, en pleno corazón cinematográfico de la India.


Y salí enamorado. Qué película. Corrijo: qué PELÍCULA.


Redonda, son dos horas de maestría cinematográfica. Ya no es sólo el hecho de que, como todas las grandes historias, parte de una premisa brillante -un chaval de los suburbios de Bombay que gana la versión india de ¿Quién quiere ser millonario?- sino que además lo complementa con un trabajo espléndido por parte de actores, músicos, DOP, producción... todo ello dirigido con mano experta por el amigo Boyle.


Slumdog millionaire es un extraño cruce entre Ciudad de Dios y Forrest Gump; es la demostración de que la fantasía no consiste en construir decorados de colores y situaciones surrealistas. Que aprenda el amigo Burton.
Hubo varios momentos de esos que te estremeces en la butaca y no sabes si reír o llorar, pero de todas formas te dan ganas de levantarte y aplaudir.

Cuando la película echó el cierre la mayoría de los que allí estábamos nos quedamos clavados en la butaca mientras los créditos pasaban, saboreando la experiencia e intentando asimilar -siempre es difícil- que acabábamos de presenciar una obra maestra.


Estamos a día 17 de enero y puedo decir sin miedo a equivocarme que Slumdog es una de las tres mejores películas de 2009. Danny Boyle lo ha hecho de nuevo. Enhorabuena.

Quo vadis IMAX

Desde finales de los años 80, el mundo entero vivió la llegada de unos cines distintos. IMAX era la marca de estas salas que llegaban dispuestas a revolucionar la manera de proyectar películas.

Basadas básicamente en dos tecnologías, el 3D, primero clásico (analógico y con gafas un ojo verde, el otro rojo) y ahora digital (con las mismas gafas, pero sin los colores) y la proyección en cúpulas que permiten una visión de 360 grados (OMNIMAX).


Sin entrar en tecnicismos, la gran diferencia inicial entre IMAX y el cine convencional es el tamaño del negativo: 70 mm frente a los 35 mm del celuloide normal.
Esto tiene una pega: para rodar una película en IMAX, se necesita una cámara especial, capaz de manejar estos negativos.

Como consecuencia, la poca cantidad de salas con tecnología IMAX y la elevada inversión en nuevas cámaras que se requería hicieron que los estudios de Hollywood le dieran la espalda al sistema.

Todo cambió con la llegada del cine digital. Ahora, muchas películas se graban directamente en discos duros, con lo que el problema del negativo desaparece de raíz.
Así, algunas majors Hollywood, conscientes del valor añadido de IMAX, han empezado a rodar partes de sus películas con cámaras de IMAX.
Yo, por ejemplo, tuve la suerte de ver cómo un petardo del tamaño de Superman Returns mejoraba sensiblemente en el IMAX del Lincoln Centre en Nueva York, con pantalla gigante, gafas 3D y toda la pesca. IMAX no transforma una peli mala en buena, pero sí que es una gran diferencia respecto a quedarte en casa y verla en tu tele.


Porque esa es otra: cada vez más ahogados por la piratería y la calidad de los sistemas de cine en casa, los estudios de Hollywood se han dado cuenta que hace falta algo más que palomitas de maíz para atraer a los espectadores. Así que se han abrazado el formato IMAX como el futuro de la proyección cinematográfica.


Al poco de volver a España, se estrenaba Casino Royale, y ni corto ni perezoso decidí llamar al IMAX de Méndez Álvaro a ver cuándo la proyectaban. El telefonista que me atendió, tan amable como lelo, me dijo, textual, que allí no estrenaban
películas de esas. Y claro, me calenté y, además de pedirle hablar con su jefe -cosa que no conseguí-, le conté mi opinión sobre su modelo de negocio y el interés de sus películas.
Hoy, si uno entra en la web del IMAX madrileño, la programación es la siguiente: Gigantes del océano, Everest, Profundidades marinas, Los alpes, India misteriosa, Dinosaurios alive 3D, Castillo encantado y Australia. No sé si para bien o para mal, esta última no es el maravilloso film (¿?) de Baz Luhrmann.


Todo esto viene al caso de que esta mañana estaba leyendo la prensa gratuita en el metro, y vi que había un festival de películas IMAX en la Géode, en París. Entré en su página web, para ver qué películas me interesaban y, además de las que proyectan en Madrid, hay éxitos como Gran cañón, Yo: Van Gogh, Delfines y ballenas 3D o Egipto 3D. La única que vale la pena es U23D, que ya vi -y comenté en estas líneas- hace un año, más o menos.

Así que lo siguiente que hice fue irme a mirar la programación del IMAX de NYC. El resultado: Fuerzas de la naturaleza, Madagascar 2 y Ultimátum a la Tierra. Y próximamente reponen el último Batman, que necesita volver a las salas para meterse en la carrera por los oscars.

Por si acaso las películas interesantes se pierdesen al cruzar el Atlántico, me metí en el IMAX de Londres. El resultado en este caso: las mismas pelis que en París... y además 300, Batman, Madagascar y hasta aguanta Superman Returns. Parecido para Berlín.

Por las películas que exhiben, uno diría que en Francia y en España el IMAX es como La2 o Arte, es decir, que tiene una vocación más educativa que comercial. Dado que cada vez que he ido a salas IMAX -en España y en Francia- están semivacías, me pregunto si verdaderamente creen que su programación es interesante para el público, que al final es quien paga la entrada.
Es más, me pregunto si las salas IMAX son sostenibles. Porque la alternativa, como siempre, es que IMAX esté subvencionado por la Unión Europea con nuestros impuestos. No lo sé a ciencia cierta, pero no me parece inverosímil.


Mi conclusión es que, una vez más, a los franceses y a los españoles se nos olvida que el cine es un negocio y que hay que dar a la gente lo que demanda. ¿Que no queremos vernos colonizados por el cine americano? En el nombre del padre, El enemigo íntimo, The transporter, El paciente inglés, El hundimiento, La vida es bella... son sólo algunos ejemplos de películas europeas que llenaron salas convencionales y podrían llenar salas IMAX.


Otra vez más, el caso IMAX deja la sensación de que el cine europeo utiliza un proteccionismo desfasado para ocultar sus propios complejos. O al menos así me lo parece a mí.

¿Hay vida después de Steve Jobs?

El otro día se podía leer en la prensa que Steve Jobs deja provisionalmente la dirección de Apple hasta el mes de junio. Según el comunicado oficial, el CEO de Apple tiene un desajuste hormonal.
Yo -y muchos otros- a juzgar por su evolución en las fotos que han salido en los medios, diría que tiene un cáncer como un jamón.
Espero equivocarme.


La gente suele pensar que Steve Jobs es el pavo que creó Apple. Pues sí, pero también es el pavo que creó la que es mi compañía favorita a día de hoy: Pixar.


Steve Jobs empezó a montar ordenadores cuando era un adolescente. En 1976, cuando tenía 21 años, creó Apple Computer, y a partir de 1984, cuando lanzó el primer Mac, la cosa se disparó.

En 1985, apenas un año después, Jobs abandona Apple para crear NeXT. Mientras tanto, se entretiene comprándole a George Lucas Pixar, y convirtiéndolo en el primer -y mejor- estudio de animación por ordenador.

En 1997, Jobs vuelve a Apple. La compañía tenía un 3% de cuota de mercado y productos fracasados como el Newton (la primera PDA de la historia, todo sea dicho), el QuickDraw o el PowerPc, del cual yo fui víctima colateral.
Jobs cierra todo eso y se concentra en desarrollar un nuevo sistema operativo a partir de los desarrollos que había hecho en NeXT, compañía adquirida por Apple por la nada despreciable cifra de 429 millones de dólares.

A partir de ahí, comienza la era de la i, con el iMac, el iPod, iTunes, etc. Jobs incluso se refirió a sí mismo en una ocasión como iCEO. Apple Inc. ostenta a día de hoy el 10% de cuota de mercado a nivel mundial.


Lo que más me gusta de Jobs, que por otra parte en persona debe ser un auténtico cretino, es su genialidad. Aparte de ser un visionario de su negocio, un apóstol de la innovación, Jobs deja una estela de anécdotas buenísimas:

- contrató a John Sculley, entonces CEO de Pepsi, preguntándole si quería pasar el resto de su vida vendiendo agua con azúcar a los niños o quería tener una oportunidad de cambiar el mundo.

- cuando volvió a Apple encontró una habitación llena de modelos clásicos de Mac, que se guardaban como tesoros de la historia de la sociedad. Jobs los tiró todos a la basura, y dijo que aquel que se detuviera a admirar el pasado sería atropellado por el futuro.
- le soltó a Michael Dell que su compañía sólo hacía cajas beiges sin innovación alguna.


En resumen, un tipo genial, un auténtico líder y un visionario adelantado a su tiempo.

La cuestión es: ¿podrá Apple sobrevivir después de Steve Jobs?. La respuesta no es evidente, ya que en el periodo en que Steve no estuvo a las riendas, la compañía de la manzana lo pasó realmente mal.
Sin embargo, Ford sobrevivó a Henry Ford, Disney sobrevivió a Walt y Heinz sobrevivió a Henry Heinz. Así que ¿por qué no?.


Sometimes when you innovate, you make mistakes. It is best to admit them quickly, and get on with improving your other innovations.
Steve Jobs.

Goodbye Prison, welcome back Mr Bauer

Hoy he leído que la Fox ha decidido acabar con una de las pocas series que he seguido en los últimos cinco años: Prison Break se acaba al final de esta temporada.

Todavía me acuerdo cuando Blaski, en aquellos tiempos felices de Gasómetro, me vino a ver para decirme que había una nueva serie de unos que tienen que escaparse de la cárcel que estaba muy bien. Efectivamente, esa serie era Prison Break.


La premisa de la serie, la del hombre que se hacía encarcelar para liberar a su hermano, era innovadora. La elección de los actores, con sus altos -Robert Knepper- y sus bajos -Wentworth Miller-, la música, el montaje... todo ayudaba a crear una atmósfera de tensión.

Luego vino la segunda temporada, que fue hecha como consecuencia directa del éxito de la primera temporada. Obviamente, cualquiera que viera el final de aquellos 24 capítulos, sabía que no había continuación razonable. Y aún así, consiguieron hilar una temporada bastante decente, sobre todo gracias a la aparición de William Fichner y Paul Adelstein.

La tercera temporada ya fue muy justita argumentalmente. La vieja fórmula cada vez se repetía más, los personajes aburrían, la cara de palo del protagonista ya no era un pero salvable, sino un escollo serio, y la cosa decaía peligrosamente.

La hora de la verdad llegó en la cuarta temporada. Algo de profeta debo tener, porque vi el primer capítulo y le mandé un email a Blaski: esto es una mierda, me bajo del carro. Y no sé si el amigo Hopewell siguió con ella o no, pero el caso es que la serie se ha inmolado poco a poco. Es lo que pasa cuando tienes una premisa tan grande como autolimitada.

Y a todo esto, Jack Bauer ha vuelto. He visto tres de los cuatro capítulos de la temporada siete. Esperaré un poco antes de hacer un juicio de valor.

Quantum of Solace (el videojuego)

A falta de fútbol o tenis por culpa del hielo que hay en París (hielos perpetuos al paso que vamos, como si esto fuera un glaciar en Laponia), me he tenido que entregar en cuerpo y alma a repasar la sexta temporada de 24 y a echarle horas a Quantum of Solace (doblado como "Cuánto sol hace" por alguna enajenada) para PS3 que me dejó el Mapá Noel.

Soy muy fan de 007, y como tal, he jugado a absolutamente todos los juegos de James Bond que han salido en los últimos 15 años. El mejor de todos, no hay debate, es el Goldeneye de la Nintendo 64.
No sólo fue el primero en jugarse en la piel de 007 -en ese caso, Pierce Brosnan-, sino que tenía un montón de misiones, mucha interactividad para la época, y tenía un modo desafío para dos jugadores que incluía personajes clásicos como Oddjob o Tiburón.

Total, que metí el disco en la consola y me encuentro con una intro decente, y con las voces de los actores originales. Esto es un buen punto, aunque no llega a ser tan guapo como cuando hicieron Desde Rusia con amor con la voz del mismísimo Connery.


La primera escena, que por cierto va, como en las películas, antes de los títulos de crédito, tiene lugar en la mansión del final de Casino Royale.
Pasamos a créditos y nos encontramos con... una escena de Casino Royale! Miré la carátula del juego -lo juro- por si me había equivocado, o por si había dos juegos en uno o algo así. Y no. La brillante idea de mezclar las dos películas supongo que viene del arrepentimiento de haber sido tan estúpidos como para no sacar un juego con cada película del agente 00. Así que ahora corrigen y mezclan dos del tirón. El resultado, un batiburrillo de escenas sin conexión entre sí, que si has visto las películas te enteras más o menos y, si no, agachas la cabeza y te pones a dar tiros a todo lo que se mueve.

El juego es fácil. Lo puse en nivel 2 sobre 4 y sobrado. Para empezar, la energía se recarga por sí misma; es decir, que uno traga balas y, con esconderse detrás de un muro, vuelve a estar como una rosa.

A nivel de gráficos, la cosa no está mal. Escenarios elaborados, con muchos objetos pero con poca interacción (cuánto daño ha hecho el GTA). Los enemigos son tirando a lelos, aunque tienen la puta manía de intentar flanquearte continuamente, lo que les convierte en un auténtico pain in the ass que se agradece.
Imperdonable que no hayan incluido la persecución con el Aston Martin del principio de Quantum. Otro punto negativo es que la opción multijugador sólo esté disponible en línea, y no puedas jugar con un segundo mando a matar a un colega.

En definitiva, un juego que no está mal, pero que podía perfectamente haber sido de PS2. Sobre la pregunta clave ¿es mejor que Goldeneye? la respuesta es un rotundo no. Doce años después. vale la pena conservar intacta mi Nintendo 64 sólo para echarse una partidita con nuestro agente secreto favorito.

Año nuevo...


Pues eso, que año nuevo, vida nueva.
O vida reciclada.
O remake de vida.
Whatever.

Aquí os dejo lo que espero de este año:

1- Volver al fútbol después de 8 años y medio
2- Hacer la vuelta a la Galia de Astérix
3- Retomar (y acabar) al menos una de las tres historias que tengo a medio escribir
4- Conseguir que el Chucho, Obelix y Blaski pisen París
5- No tener apendicitis

Os invito a comentar vuestros anhelos y desvelos.

Hala, happy new year everyone.

Optimismo 2009

Creo en 2009. A pesar de la crisis, a pesar del pesimismo, a pesar de los israelíes y los otros, a pesar de los pesares, 2009 va a molar. TIENE que molar. 2008 ha sido, en términos generales, una ful, maquillada por los éxitos deportivos conseguidos. Para abrir boca en 2009, Jack Bauer regresa a finales de enero. Pero cómo no va a molar el año nuevo!

Indiferente Australia

Escribo el que probablemente será el penúltimo post del año para hablaros de uno de los estrenos de las navidades: Australia, de Baz Luhrmann. El amigo Baz, que se ganó su crédito con la sorprendente Moulin Rouge (2001) -con Nicole Kidman de protagonista- no había vuelto a ponerse tras las cámaras desde entonces, más allá de algunos spots para Chanel... con Nicole Kidman de protagonista.

En fin, que Australia, película protagonizada por los australianos Hugh Lobezno Jackman y, lo habéis adivinado, Nicole Kidman, narra la historia de unos granjeros entre 1939 y 1942. La acción transcurre en el norte de... Australia.

Si os soy sincero, mis expectativas para esta película, que ya en el trailer se anunciaba como un pasteleo entre los dos protagonistas, eran bajas. Pues bien, como decía a la salida mi tía Marina, es tan mala que en lugar de dormirte, te encabrona.


El despropósito empieza, como no podía ser de otra manera, por el guión. Una historia que pretende resultar épica y resulta confusa, pretenciosa y sobre todo, muy indiferente. En ningún momento el público conecta con los personajes, posiblemente ayudado por lo previsible de la historia y la incapacidad expresiva -que no es noticia- de Nicole Kidman. Si bien Moulin Rouge funcionaba a pesar de ella, Australia se hunde en el barro un poquito más gracias a ella.
Hugh Jackman, que tiene un tópico papel de rudo vaquero, hace lo que puede dentro del esperpento que le rodea.


Y sin embargo, ni Hugh ni Nicole llevan la película al desastre interpretativo. Tal honor (¿?) recae en David Wenham, antes visto como el soso de Faramir en la trilogía del Señor de los Anillos. El amigo Wenham -en la foto, aprendiendo a montar a caballo, que es el 80% de lo que hacía en El Señor de los Anillos- da vida al malo de la película, y de tanta cara de malo y tantas frases de malo y tantas veces que hace cosas malas, cruza la delgada línea que separa la actuación sublime del ridículo más espantoso. No sólo la cruza, sino que se pasa los 180 minutos de metraje subido en el barco de la sobreactuación más lamentable.


Mención especial para el amigo Luhrmann. Su dirección es un rosario de imprecisiones, incluyendo planos cortos que deberían ser medios, planos largos de promoción del turismo australiano, cámaras lentas que pretenden realzar el dramatismo y acaban provocando la carcajada, contraplanos a ninguna parte... Posiblemente, el director ciego que interpretaba Woody Allen en Un final made in Hollywood no lo habría hecho peor.


Y luego están los efectos visuales. No sé si os acordáis de esos borrosos planos generales de París hechos por ordenador que salían en Moulin Rouge y que daban la impresión de haber puesto un folio de plástico delante del objetivo de la cámara. A pesar del cante a píxel que daban, tenían un doble pase: por un lado, eran escenas en plan onírico-festivo, y por otro, estábamos en 2001.
En Australia, que los aviones, los barcos, el pueblo y hasta las vacas se vean borrosos ya no cuela.

En definitiva, un horror, un auténtico esperpento de dimensiones épicas, que deja a Baz Luhrmann por debajo del nivel de Tim Burton tras El planeta de los simios, en el mismo pozo que quedó Guy Ritchie después de su demencial Barridos por la marea. ¿Será capaz de recuperarse? Quiero pensar que sí, pero mucho me temo que pasará mucho tiempo hasta que pueda pronunciar el nombre de Baz sin soltar una risita burlona.

Adiós Paco, adiós

Pues sí. Independientemente de la mierda que ha sido la eliminación de nuestro representativo racinguístico de la copa de la UEFA, ayer 18 de diciembre de 2008 fue un día histórico para la ciudad de Santander porque, después de 44 años, de los cuales 30 en democracia, la estatua de Franco ha sido retirada del ayuntamiento.

Tengo que decir que me fastidia un poco ese final tan épico, montado en su caballo cual llanero solitario. Me hubiera gustado más un derribo popular al estilo Saddam, pero en Santander es posible que hubiese más gente aguantando el pedestal que tirando de la estatua.

Para no repetir la galería de fotos de El Diario Montañés (ojo al pájaro que se encaramó al caballo armado de una bandera de Falange), os pongo la noticia que ha salido aquí en el gratuito Direct Matin que me da todas las mañanas Rosalie (nombre totalmente ficticio pero muy poético) antes de subirme al metro.
Total, que arrivederci Paco y hasta luego Lucas...

La miopía laboral europea

Si hay un asunto importante que ha pasado bastante desapercibido en los medios, hasta hoy, es la proposición de aumentar la semana laboral de 40 a 65 horas. Independientemente de que la diferencia de Europa con el resto del mundo es la cantidad de derechos sociales que tenemos. Independientemente también de que la sencilla división 65/5=13 horas de curro al día, creo que el error gordo en Europa, el que lastra la productividad, es la manía de trabajar por tiempo.

De la misma manera que unos seres humanos corren más que otros, que unos son más altos que los demás y que algunos -pocos- consiguen aprenderse de memoria las páginas amarillas, me parece de cajón entender que a una persona X le puede llevar menos tiempo editar una película, hacer un presupuesto o poner un ladrillo que a una persona Y.

Posiblemente, tenía mucha lógica hace veinte, treinta o cincuenta años que la gente trabajase los unos al lado de los otros, calentitos, mientras escribían con una Olivetti y le enviaban cartas a los clientes. Supongo que, entre carta y carta, les daría tiempo a pensar, que es una cosa que cada vez se da menos en las empresas.
La cosa empezó a cambiar con la llegada del fax, allá por los ochenta. Fax va, fax viene, el ritmo de trabajo se incrementaba, pero seguías teniendo que ir a la oficina porque sólo ellos tenían una máquina de fax.

Ahora, en pleno siglo XXI, con el webmail, la banda ancha, la blackberry, el webcast, los SMS los discos duros virtuales y la ciberlocura generalizada, uno es exactamente igual de operativo en casa que en la oficina. Perder el tiempo se pierde igual, leyendo el Marca, chateando en el MSN o comprando en Amazon. Quizás la diferencia está en que en lugar de tomar café con el de al lado, en casa nos distraemos con la tele.
Por lo tanto, ¿qué sentido tiene que haya que aparecer, hola buenos días, todas las mañana por la oficina? Más aún, ¿qué sentido tiene quedarse diez horas en la oficina?
Tiene más sentido que al trabajador X le digan el día 1 del mes: señor Pérez, este mes tiene que hacer usted 27 proyectos. O facturar 50.000 euros. O escribir n artículos, o componer z canciones. No sé si me explico. Y luego que cada cual se distribuya como le plazca. ¿Y qué si decido pasarme dos semanas sin dormir para adelantar proyectos y luego me paso los restantes quince días tocando la bandurria en la playa de El Sardinero?.

Una vez más, Europa demuestra que va por detrás del debate a plantear. Tanto criticar a los americanos, y ellos tienen muy claro lo del delivery. Allí, en muchos trabajos, apareces por la oficina una o dos veces a la semana, y el resto del tiempo puedes estar en un atolón del Pacífico Sur, siempre que haya cobertura telefónica y conexión a internet.
Al que da resultados, no se le piden cuentas. Faltaría más.

Sesión de frikismo: The Star Wars Holiday Special

Terrorífico. Es el único término que se aproxima -de lejos- a lo que me ha parecido lo que acabo de ver: el Star Wars Holiday Special de 1978.

La historia de esto es que, a raíz del éxito del episodio IV, a la CBS se le ocurrió que quizás hacer un especial de thanksgiving de Star Wars -total, ya se había hecho con Elvis Presley unos años antes- era una buena idea.
Así que contactaron a Lucas, que nunca le ha hecho ascos al dinero fácil, y se llevaron a los acto
res originales para hacer cameos a cada cual más espantoso. Pero vayamos a la trama del tema.

La historia va del "Life Day" en el planeta de Chewbacca, que viene a ser como acción de gracias en la tierra (¿?). Ahí conocemos a la familia de Chewie: su mujer Malla, su padre Lumpy (literalmente traducido, lleno de bultos) y su hijo Itchy (literalmente de nuevo, que pica).


La cosa empieza regular, pero si algo caracteriza a este programa es su capacidad de empeorar por momentos: sale el rótulo con el título y, sí amigos, una voz en off estilo años setenta dice "The Star Warssss Holiday Speciaaaal!".

Los primeros diez minutos, en casa de los Chewbacca, son un intercambio de gruñidos a tres b
andas. Directamente y sin anestesia. Entonces aparece, tachán, Mark Hamill como Luke Skywalker con una capa de maquillaje (se había pegado una leche en coche unos meses antes) de un dedo de espesor.

Mientras tanto, intercalan escenas de Han y Chewie escapando de un control imperial... reciclando efectos especiales y planos enteros de la película. Con un par.

Luego sigue un festival del despropósito que incluye un videoclip musical de un grupo preochentero, la mujer de Chewie viendo un programa de cocina para wookies, y una pelea de Han con un stormtrooper que se salda cuando Han le hace un amago, y el
soldado imperial se tropieza con su arma y cae al vacío.

Aunque lo mejor de todo, el terror definitivo, lo dejan para el final, cuando Leia, ensaimadas en la cabeza incluidas, se canta un temita llamado "We celebrate a day of peace". Os dejo el
link, porque me da verguenza postear el vídeo en mi blog.

Treinta años después, el amigo Lucas sigue sin reconocer la existencia de este programa. Qué poco sentido del humor, y sobre todo, qué poca vergüenza torera. ¿Hará lo mismo con Indiana Jones 4 dentro de unos años?

Películas que hasta qué punto hay que hacer

Desde hace una temporada, los amigos hollywoodienses se han dado cuenta de que, a falta de buenos guiones nuevos, han decidido utilizar buenas historias... viejas.

De ahí la ola de remakes que se nos han venido encima en los últimos años, desde La matanza de Texas, Solaris, Ladykillers, Viernes 13, Psicosis, Italian Job, King Kong, etc. la mayoría de ellos con la relación pasta/guión inversamente proporcional a la de su original.


Lo que pasa es que, salvo quizás en el caso de Psicosis -cuyo original por cierto es muy inferior a otras obras maestras de Hitch como Con la muerte en los talones, El hombre que sabía demasiado y sobre todo La ventana indiscreta-, el resto de películas a mí directamente no me parecían nada del otro jueves en su versión original.


La cosa cambió cuando hace una temporada comenzó a rumorearse una posible versión de Mary Poppins a cargo de Steven Spielberg. Evidentemente, una gota de sudor frío se deslizó por mi espalda con sólo imaginarme a un Jack Black de la vida haciendo el papel de Bert que bordó Dick Van Dyke. Al final parece que el proyecto se queda en agua de borrajas. Uf.


El problema de los remakes es que, como veréis, la mayor parte de las pelis son previas a 1980, con lo cual no me afectaban directamente. Sin embargo, en un movimiento que parece destinado a decirnos a los de mi generación chavales, os estáis haciendo viejos, los estudios de Hollywood se empiezan a plantear remakes de las películas de nuestra infancia. Y eso sí que no.
Como muestra, un botón (o mejor tres):

Speed3: con Keanu Reeves y Sandra Bullock a la cabeza... quince años después del original. Si ya la secuela aquella en un barco fue mala, no me puedo imaginar el interés de ver a caradepalo Reeves y a una Sandra Bullock cuyo mayor talento interpretativo -sí amigos, hablo de su culo- lo debe tener de capa caída, persiguiendo un carrito de la compra lleno de dinamita.

Karate kid 5, con el hijo de Will Smith de prota. Y digo 5 aunque supongo que la mayoría de vosotros jamás llegó a ver la cuarta en la que Daniel San era reemplazado por Hillary Swank. Y además, el señor Miyagi hace una temporada que se fue a pulir cera al otro barrio.


Robocop: innecesario remake donde los haya, y más con Darren Aranofsky a la cabeza. No digo que dentro de diez años no se pueda hacer, pero es que ahora la película sigue siendo tan actual como hace veinte años. Y el que no me crea, que se compre el blu-ray.


Y claro, uno no puede evitar pensar en ese ejecutivo de la Universal que necesita cerrar su balance anual que está dando pérdidas -a quién se le ocurre hacer Air Force One 2, con Harrison Ford a la cabeza- y se lanza a rehacer Regreso al Futuro. Se avecinan tiempos duros para nuestra generación...


Pd: para levantar el ánimo os dejo el que para mí es el mejor vídeo jamás en YouTube: el trailer de Titanic 2.

Roser

Roser Ferrán Gayet es una persona especial.
Catalana de 1915, la Guerra Civil Española le impidió hacer estudios de química, que es lo que ella quería. En su lugar, tuvo que quedarse trabajando en Barcelona, mientras sus padres se iban a Sant Pau de Segúries, a salvo de los bombardeos franquistas, que obligaban a Roser a dormir entre dos colchones, por si se venía el techo abajo.


Después vino la derrota republicana y, como para otros muchos catalanes, el exilio. Cruzó los Pirineos, y el gobierno francés la envió, junto a otros 100.000 españoles (una quinta parte del total de exiliados), al campo de concentración de Argelès sur Mer, en el sur del país.

Unos años más tarde, conoció a Julián Ruiz Aranda, un empresario español huido de su Aragón natal como polizonte en un carguero -ésa me temo que es otra historia-, un personaje que hacía fortuna de las maneras más insospechadas. Como la propia Roser dice, un día vivían en un palacio, y al siguiente no tenían para comer.

De su matrimonio nacieron dos hijos, y la familia se trasladó a vivir a la Plaza de Oriente 3, en Madrid.

En 1975, su marido se muere y Roser, con un hijo en la universidad y el otro en el instituto, expieza a buscar trabajo -falseando su edad verdadera- hasta que encuentra uno de secretaria en la Philips.
Un nuevo revés, pero ella se mantiene optimista. Como ella dice "las dos mejores etapas de mi vida son desde que se murió mi padre hasta que me casé, y desde que se murió mi marido hasta hoy".


Los últimos veinte años han sido de más calma para Roser, acompañada de sus múltiples mascotas, desde la pérfida siamesa Lucrecia hasta el actual Miumiu, pasando por el canario Peter o la perra Norma.
En 1999, si no me recuerdo mal, se lió la manta a la cabeza y decidió irse -pago a plazos al Corte Inglés mediante y para susto mayúsculo de familiares y allegados- a conocer Constantinopla.


El otro día cumplió 93 años. Y ahí sigue frente al Palacio Real de Madrid,
vestida de colores estridentes, viendo la RAI por las tardes, leyendo la Vanguardia, yéndose a pasar el verano a Sant Pau -donde hace no mucho fue pregonera de fiestas- y repartiendo joie de vivre allá por donde pasa.

A por los 94, Roser. Muchas gracias por las enseñanzas, abuela.

Buy nothing? venga coño

Anoche leía en la prensa que un empleado de Wal Mart murió en New York al ser pisoteado por una avalancha de gente ansiosa de conseguir gangas en las rebajas prenavideñas.

Lamentable, sin duda, pero un tanto irónico si tenemos en cuenta que hoy sábado se celebra el "Buy Nothing Day" que invita al personal a boicotear a la sociedad de consumo actual que corrompe a las personas y nos convierte en gremlins consumistas.


Aprovecho la cuñita para desmentir esa frase tan manida de que la publicidad crea necesidades e incita al consumo. Incita al consumo, desde luego, porque ese es su fin público y sin tapujos, aunque la publicidad puede vender un mal producto una vez, pero la segunda ya no lo conseguirá. Lo que desde luego no hace es crear necesidades. Las necesidades -comer, no pasar frío, dormir, comunicarse- ya existen.


Pues bien, yo en este día tan señalado me he comprado, además de comida para toda la semana, una raqueta de tenis. Confieso que lo he hecho sin saber lo del día contra el consumo, porque si lo hubiese sabido... me hubiese comprado dos raquetas.


Y es que me puede molestar en un momento dado el desenfreno de las compras navideñas, las rebajas, la semana fantástica, el 2X1 y el todo a 100, pero lo que no puedo soportar es que me quieran imponer una idea, por muy bien intencionada, progre y buenrollista que sea.

La redención como aperitivo

Semana intensa para el autor de estas líneas: antes del evento del año (3.000 racinguistas en París bien merecen ese calificativo), y del estreno de Transporter 3, ayer he visto 24: redemption, el esperadísimo retorno de Jack Bauer después de año y medio de silencio.

Por cierto, me reafirmo en mi afirmación de que las productoras hollywoodienses son miopes: llevo meses metiéndome en el sitio de la Fox, y hace unas semanas descubrí que iban a ofrecer los capítulos enteros online, 24 horas después de su difusión en televisión. Aleluya, me dije, y así ayer me metí a verlo y... tachán, si no eres residente en los EE. UU., no se puede ver. Qué manera de perder dinero estúpidamente, queridos Rupert Murdoch.

Pero a lo que voy. Tras el final del sexto día, posiblemente el más flojo, pero siempre muy superior a la media de series y películas de acción que vemos hoy en día, 24 se vio masacrada por la huelga de guionistas de Hollywood de finales del año pasado, que impidió finalmente que la séptima temporada se estrenase en enero de 2008.

Una vez aplazado el estreno un año (un año que ha pasado leeeeeeeeentamente para los fans de Jack), ayer tuve la suerte de ver el doble capítulo que nos prepararon los productores antes de retomar la trama en el séptimo día. Así, 24: redemption es una TV movie (es decir, una película hecha para un estreno directamente televisivo) que en dos horas nos cuenta la historia de Jack, exiliado en un país subsahariano donde trabaja ayudando en la escuela de su amigo Benton (Robert Carlyle).

La historia en Africa, cuya trama tiene un poco de déjà vu de toooodas las películas de acción en Africa de los últimos diez años, se desarrolla en paralelo a una trama política que se cuece en Washington entre la nueva presidenta (aprovecho para reivindicar a David Palmer como primer presidente negro de EE. UU., muy por delante de cómosedice/cómosellama) y los nuevos malvados de la función.
Lo mejor del capítulo africano es, sin duda alguna, reencontrarnos con Jack Bauer. Sin embargo, la mejor escena queda reservada para Robert Carlyle y su cara a cara con el coronel africano... sin mover el pie izquierdo.

En definitiva, sin llegar a ser orgásmico, 24: redemption es un estupendo aperitivo para el día 7. Y nos deja una constatación incuestionable: Jack is back.

Un chándal revolucionario

Como es por todos sabido, Adidas es una multinacional deportiva de origen alemán que factura más de 7.000 millones de euros al año. Su presupuesto promocional, que por cierto no aparece en su memoria anual, no os lo puedo decir, pero sí que sé que paga cifras por encima de los 10 millones de dólares al año a deportistas como Zidane o Kobe Bryant, por no hablar de los clubes a los que paga por salir a jugar con sus tres rayas: Milan, Liverpool, Real Madrid, Marsella o la NBA entera y verdadera... Es decir, invierten mucha pasta para que sus tres rayas se asocien con lo mejor de lo mejor.

Hasta aquí, todo normal.

Pero hete aquí que, desde un par de años a esta parte, hay una nueva celebrity que lleva la marca alemana en todas sus apariciones mediáticas. Y esa celebridad no es otra que el Comandante, así con mayúscula, Fidel Castro. La última de las ocasiones anteayer, con motivo de la visita del presidente chino, Hu Jintao, a Cuba.

Una rápida búsqueda en Google nos revela que Adidas es el patrocinador oficial del equipo olímpico cubano desde hace mogollón. Así que Fidel lo que ha hecho es, con toda naturalidad, dejarse de corsés revolucionarios, de fajín y chaleco antibalas, y ponerse un chándal de su equipo, como todo hijo de vecino haría al llegar a casa.

La cosa, desde la perspectiva del profesional de las marcas, es bien distinta: ¿qué impacto tiene para Adidas su asociación con el único régimen comunista del continente americano? ¿es positivo para Adidas estar en los medios a cualquier precio? Pues según declaraciones en el New York Times de Travis González, director de relaciones públicas de Adidas, el impacto no es ni negativo, ni positivo.

Todos sabemos en este mundillo lo difícil que resulta a las marcas europeas -que le pregunten a Camper, Sanofi, Danone o Audi- introducirse en el mercado americano, y no creo que la foto distribuida por todas las agencias de noticias del mundo de Fidel Castro en su chándal Adidas rojo, blanco y azul -¿en qué otra bandera salen estos colores?- dándole la mano al presidente de China -quien por cierto ha sobrepasado a Japón y ya es el principal comprador de bonos del tesoro americano- vaya a hacerles ningún favor a la marca alemana para que el John Smith de turno compre su producto.

En relaciones públicas, se mide el impacto de una campaña monetizando el tiempo de exposición en los medios. Es decir, si por ejemplo un spot de 20" en la CNN a las nueve de la noche cuesta medio millón de dólares, cuarenta segundos de la marca en el informativo, son el equivalente a un millón de dólares. No digo que el vestir a Fidel de Adidas sea una acción de RRPP, no creo que sean tan idiotas, pero sí que la exposición que la imagen tiene en todos los telediarios del mundo conlleva un impacto directo sobre la marca.

¿Qué debería hacer Adidas? Pues depende de lo que les interese vender, y sobre todo de dónde y cuánto les interese vender. Yo en su lugar cortaría de raíz, retirando discretamente el patrocinio del equipo olímpico cubano, o alternativamente, diseñando un modelo especial "Commandante series"... sin el logo ni las rayas.
¿Y qué no debería hacer? Callarse. O, mucho peor, salir en los medios diciendo que total, qué más da, si esto no es ni positivo ni negativo para la marca.

Homenaje a Arnie

Hace un rato, el amigo Nosomos me ha pasado un articulito que era básciamente una loa graciosa de las películas de acción, y se me ha calentado la cabeza y he decidido homenajear al más grande: Arnold Schwarzenegger (deletreo sin copypaste de wikipedia, conste).

Arnold comenzó su carrera como culturista, consiguiendo en 1967, a la tierna edad de 20 años, el título de Mr Universo.
Luego repetiría título -anabolizantes mediante- cuatro veces, hasta que en 1968 llegó a EE. UU. dispuesto a convertirse en "el mejor actor de la historia" (sic).

Después
de muchos papeles de mierda, aunque sin caer en el mundo del porno como el semental italiano, su momento llegó con Pumping Iron, un título de 1977 sobre... el mundo del culturismo. Un poco lo mismo que haría, veinte años después, el rapero Eminem.

En 1982, Arnie conoce su primer gran éxito gracias a Conan el bárbaro y su (inferior) secuela Conan el destructor. Era 1984, y mientras Carl Lewis coleccionaba oros en Los Ángeles, un joven director recién salido de Pirañas III, de nombre James Cameron, le da el papel protagonista en Terminator.

A partir de ahí, el cine de acción de los 80 tuvo acento austriaco: Commando (peliculón), Perseguido (de la que guardo un súper recuerdo y que he localizado en formato, ejem, al margen de la ley), Danko calor rojo (en la que hacía de poli soviético), Depredador, Los gemelos golpean dos veces, Desafío total (peliculón sin paliativos), Poli de guardería (clásica comedia de acción), y las que son mis tres pelis favoritas protagonizadas por Arnie: Terminator 2, El último gran héroe (gran peli incomprendida) y Mentiras arriesgadas.


Es en 1991 cuando decide lanzar junto a Bruce Willis, Sylvester Stallone y Demi Moore la cadena de restaurantes temáticos Planet Hollywood, que tienen mucho rollete pero en los que, una vez hecha la foto con el terminator o el gremlin de turno, se come bastante
mal.

A partir de 1994, su carrera comienza un lento declive, encadenando coñazos como Eraser, El fin de los días o Daño colateral cuyo punto álgido estaría en la inclasificable y überkitsch Batman y Robin. Y Arnie, que es un tipo listo y veía venir su declive -y si no lo veía, ya se lo decían las taquillas-, se metió a político, donde sobrevive hasta nuestros días.

En definitiva, Arnold Schwarzenegger representa sin duda el mejor cine de acción de los ochenta y principios de los 90, indiscutiblemente por encima de los Stallone (con quien siempre quedó pendiente hacer La Película de Acción Definitiva), Van Damme o Steven Seagal.

Hasta la vista, Arnold.